Tenía pendiente incorporar los valiosos comentarios del rabino Jacob Neusner sobre el Papa. Es considerado como uno de los escritores más prolíficos de la historia (ha escrito unos 950 libros). Desde hace años mantiene con Benedicto XVI un intercambio epistolar.
La mejor broma de mi vida la hice una vez en el gimnasio, a alguien que contestaba mis opiniones sobre el equipo de baseball de los New Cork Yankees en comparación con los New Cork Mets: "No trates de prevalecer sobre mí. ¡Soy un profesor, por lo tanto, tengo siempre razón!". Desafortunadamente, en lugar de tomarlo para la risa, me tiró contra una toalla.
Cuando a un estudioso e intelectual de éxito se le confiere el status de infalibilidad, aquí comienzan los problemas. Un estudioso no tiene necesidad de que se le diga que es infalible. Ya lo sabe, y se le paga por ello.
La profesión de investigador requiere integridad, racionalidad y honestidad intelectual. En sus primeros cinco años de papado, Ratzinger ha revelado todas estas características, junto a una abundante humildad, generosidad y amor. Sin embargo, el mundo tiene todavía necesidad de tiempo para acostumbrarse a este Papa-estudioso, que afronta de modo directo y sin titubeos los temas fundamentales y deja caer las nimiedades, cuando es posible.
Los musulmanes han comprendido de qué está hecho este Papa, en Ratisbona cuando, con una intervención muy profunda, Benedicto XVI puso en duda la contribución del Islam a la civilización. Los anglicanos han entendido de qué está hecho este Papa cuando él, en un arranque de honestidad, invitó al clero anglicano a entrar a formar parte de la Iglesia. Los judíos han entendido de qué está hecho este Papa cuando Benedicto XVI volvió a una liturgia que cuestionaba el credo hebreo. En los tres casos, la fractura ha sido recompuesta y han prevalecido las posiciones más moderadas: con el Islam se ha hecho la paz y con anglicanos y judíos se ha llegado a una conciliación.
Pero el Papa-estudioso no había hecho más que expresar la verdad así como es sentida en el corazón del catolicismo: el Islam no puede competir con el cristianismo en cuanto a estatura moral, los anglicanos serán siempre bienvenidos, y los judíos estarían mucho mejor dentro de la Iglesia. El Papa Benedicto habla como un estudioso y pronuncia verdades cristianas tal como las enuncia el infalible obispo de Roma. Un estudioso no puede sino actuar de este modo.
La cuestión que, en este momento, perturba la paz es el modo en que, en el pasado, el cardenal Ratzinger liquidó el caso de un sacerdote culpable de haber abusado sexualmente de algunos niños. La caridad cristiana sugería perdonar a aquel sacerdote, un alma penitente despedazada y en el final de su vida. El cardenal Ratzinger le ahorró las humillaciones que un justo castigo habría comportado. El sacerdote murió en el seno de la Iglesia y Benedicto XVI mostró el verdadero significado de arrepentimiento y amor cristiano.
El pasado enero, cuando me encontré con el Papa en Roma, le pregunté qué quería hacer cuando, en unos seis meses, terminara el segundo volumen de su "Jesús de Nazaret". Con una sonrisa, me respondió: "Nada más. Este es mi último libro. Tengo otros asuntos para atender". Un estudio que deja de escribir libros no mantiene por mucho tiempo tal título. Benedicto XVI no tuvo que agregar: "Después de todo, soy el Papa". Pero el académico que hay en mí susurró: "A qué precio".
Lo que el mundo ha aprendido en estos cinco años respecto al Papa-estudioso es el precio que la academia paga por sostener la verdad y mantener la propia integridad. La infalibilidad tiene sus costos. La gente prefiere políticos capaces de mediar antes que personajes críticos y propensos a las controversias. Esto es lo que nos enseñan los papas-estudiosos en general. Pero lo que yo aprendí de este Papa-estudioso en particular es algo más.
La genuina integridad de este hombre y su capacidad de exponer la verdad a la humanidad entera, mueven intereses muy fuertes. Y por esto, también los musulmanes, los anglicanos y los judíos deben prepararse a un debate de alto perfil sobre la razón y la racionalidad compartida y encontrar un punto de encuentro sobre los conflictos, tratando de establecer quién está del lado correcto y quién del incorrecto, y qué prescriben las Sagradas Escrituras y la tradición.
ZENIT
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martes, 27 de abril de 2010
jueves, 22 de abril de 2010
La barca de Pedro

Os presento este buen artículo de Ramiro Pellitero sobre el Papa
Ulises atravesó el estrecho de Mesina sin caer en la trampa de las sirenas, porque se ató al mástil de la nave después de taponar con cera los oídos de sus marineros. Algunos escritores cristianos compararon la imagen de Ulises con la de Jesús en la Cruz, y la nave de Ulises con la Iglesia. El hecho es que la imagen de la Iglesia como nave es de las más utilizadas en los primeros siglos.
Por ejemplo, Gregorio de Elvira (s. IV) dice que la Iglesia es semejante “a una nave que continuamente es agitada por las tormentas y tempestades, pero que no podrá naufragar jamás, porque su palo mayor es la Cruz de Cristo; su piloto, el Padre; su timonel, el Espíritu Santo; sus remeros, los Apóstoles”.
Benedicto XVI celebra el quinto aniversario de su pontificado en medio de una tormentosa campaña en contra. En Malta ha evocado el naufragio de San Pablo y la calurosa acogida que le dispensaron los isleños. Subrayó cómo “la tripulación del barco, para salir del apuro, se vio obligada a tirar por la borda el cargamento, los aparejos e incluso el trigo, que era su único sustento. Pablo les exhortó a poner su confianza sólo en Dios, mientras la nave era zarandeada por las olas”.
Sin duda puede verse aquí una imagen delicada de la situación en que el Papa se encuentra y lo que está haciendo para conducir la nave a buen puerto, en medio de las olas y los remolinos, poniendo de relieve lo esencial de la Iglesia y manteniéndose sereno y constante en el ejercicio de su misión.
Más allá de los logros humanos, las posesiones y la tecnología, señaló que es preciso poner la confianza sólo en Dios, clave de la felicidad y la realización humana, que nos llama a una relación de amor.
En este marco Benedicto XVI recordó la pregunta que Jesús hizo por tres veces a Pedro en la orilla del lago: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”. Sobre la respuesta afirmativa de Pedro, Jesús pone sobre sus hombros una tarea, la tarea de apacentar su rebaño. “Aquí —señaló el Papa con toda claridad— vemos el fundamento de todo ministerio pastoral en la Iglesia”. Y explicó: “Nuestro amor por el Señor es lo que nos impulsa a amar a quienes él ama, y a aceptar de buen grado la tarea de comunicar su amor a quienes servimos”.
Además, la triple confesión de amor de Pedro era una manera de reparar su triple negativa durante la pasión. De modo que “el diálogo entre Pedro y Jesús subraya la necesidad de la misericordia divina para curar sus heridas espirituales, las heridas del pecado. En cada ámbito de nuestras vidas, necesitamos la ayuda de la gracia de Dios. Con él, podemos hacer todo; sin él no podemos hacer nada”.
La misericordia divina es la medicina contra el pecado. Y la fuerza para seguir adelante es la gracia, es decir, la unión con Dios.
Con el amor de Dios y la confianza en Él, su misericordia y la gracia, los cristianos —como Jesús anunció— cogerían serpientes en su mano y no les pasaría nada. Una víbora mordió la mano de Pablo, “pero —observa el Papa— le bastó sacudírsela y echarla al fuego, sin sufrir daño alguno”.
También hoy las olas zarandean la barca de Pedro y las víboras parecen morder la mano de Pablo. Pero la Iglesia sigue adelante sobre el fundamento de la fe de los apóstoles y con la alegría de comunicar el amor de Dios a la humanidad. Esa es también la misión de todo sacerdote: “La misión confiada al sacerdote —en palabras del Papa inspiradas en otras similares que pronunció en el solemne inicio de su ministerio (24-IV-2005)— es verdaderamente un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere entrar en el mundo”. El quinto aniversario de este pontificado se celebra en este contexto de misión y de alegría, en medio de las olas.
lunes, 19 de abril de 2010
”Cinco años de Benedicto XVI”

Al cumplirse hoy cinco años del pontificado de Benedicto XVI, el escritor Juan Manuel de Prada publica en su columna de opinión del diario ABC un excelente artículo en el que, al hilo de una reciente entrevista al Cardenal Rouco, presenta en toda su hondura las raíces últimas de la “campaña desquiciada” que está sufriendo el Santo Padre.
En un artículo muy atinado que el semanario «Alfa y Omega» publicaba el pasado jueves el vaticanista Sandro Magister reflexionaba sobre los cinco años de papado de Benedicto XVI a la luz de una paradoja recurrente: allá donde el Papa más se ha esforzado por ejercitar de forma inequívoca su misión de guía ha sido precisamente donde de forma más agria y belicosa se le ha combatido, en un intento desquiciado por negar ese esfuerzo. En donde se demuestra que hemos alcanzado ese último capítulo de la Historia en que la ofuscación de nuestra capacidad de juicio nos permite llamar luz a las tinieblas y tinieblas a la luz, según profetizara Isaías.
Sólo así se explica que un Papa que invita a predicar en un sínodo a un rabino judío sea caracterizado como un enemigo de los judíos. Sólo así se explica que un Papa que se ha esforzado por presentar a Dios como logos, que se ha preocupado por trabar diálogo con el pensamiento filosófico de su época haya tenido que renunciar a visitar una Universidad. Sólo así se explica que el Papa que ha incorporado a la comunión a un sector del anglicanismo y limado asperezas con las iglesias ortodoxas sea tildado de antiecuménico.
Sólo así se explica que un Papa que se ha esfozado por revitalizar el legado del Concilio Vaticano II, favoreciendo su injerto en el tesoro de la Tradición, sea acusado de retrógrado. Y, en fin, sólo así se explica que un Papa que desde el comienzo de su pontificado, y aun antes, se ha empleado con denuedo en combatir la suciedad que anida en el seno de la Iglesia, adoptando medidas quirúrgicas sin que jamás le haya temblado el pulso y extremando el celo en el escrutinio de las vocaciones religiosas, haya sido acusado sin pruebas (o con pruebas tergiversadas de forma soez) de amparar abusos sexuales, en una campaña desquiciada que pretende presentarlo ante el mundo como un delincuente.
Y todo ello, ¿por qué? El cardenal Rouco, en una magnífica entrevista publicada en la misma entrega del semanario «Alfa y Omega», nos ofrece una respuesta de gran hondura teológica que, con desdichada frecuencia, los propios católicos prefieren soslayar. El Papa, como pasto supremo de la Iglesia, es el encargado de guiarla hacia su consumación en el Reino. «Y la Iglesia, a la luz del Apocalipsis -prosigue Rouco-, sabe con certeza que va a ser combatida por el Príncipe de este mundo y por todas las fuerzas del mal, que han sido en raíz vencidas, pero aún no de forma total. Esa explicación teológica de los Últimos Tiempos -con el anti-Cristo, el contra-Cristo-está vigente».
Y, a continuación, Rouco traza una panorámica de la historia del pontificado en los siglos recientes, en los que el intento de imponer «una forma de ver la persona, la sociedad y la comunidad política radicalmente secular, e incluso opuesta a Dios», se ha tropezado siempre con el escollo de la Iglesia católica, organizada en torno a su pastor supremo. Así se explica que «la cruz del martirio» haya acompañado la vida de todos los Papas a partir de la Revolución; y así se explica que, a medida que ese intento de imposición se hace más hegemónico, el martirio del Papa se haga más aflictivo. Rouco, en fin, nos está hablando de ese tiempo de la «gran tribulación» sobre el que nos advirtió San Pablo; un tiempo -el último capítulo de la Historia- en el que la Iglesia sufrirá tenaz persecución, antes de su victoria definitiva.
Sin esta lectura teológica, las mistificaciones en torno a su magisterio y los virulentos ataques que en estos cinco años ha sufrido Benedicto XVI se tornan ininteligibles. Resulta gratificante y reparador que Rouco lo haya expuesto, para consuelo de los católicos, de forma tan lúcida: porque sólo se puede tener esperanza en la victoria definitiva cuando se conoce la naturaleza verdadera de la tribulación.
JUAN MANUEL DE PRADA
ABC
LA PASIÓN DEL PAPA BENEDICTO. 6 ACUSACIONES, UNA PREGUNTA. Sandro Magister. LEER AQUÍ
ENTREVISTA AL CARDENAL ROUCO EN ALFA Y OMEGA: LEER AQUÍ
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