Puede estar segura, Sra. May, de que hasta el más progre de sus paisanos, obligado a elegir, preferiría pasar la vida en un país con Navidad.
La Navidad es imbatible. Sin embargo, la primera ministra británica se ha visto obligada a pedir a sus conciudadanos que no oculten el carácter cristiano por miedo a la dictadura de lo políticamente correcto. No se preocupe, señora May, por mucho que lo quieran diluir, el Merry Christmas seguirá ahí ya siempre, como nuestro «Feliz Navidad». Pese a que la simbología navideña se cae de muchas felicitaciones de empresa y de bastantes alumbrados públicos (los miedos del dinero y de la política), nadie se engaña: siguen agrandándose los números de las familias corrientes, practicantes o no, que llevan a sus niños a embobarse delante de los belenes.
