Las barreras naturales que hacen que un mamífero sea siempre hijo de uno y una son potentes, no se saltan fácilmente. Podrá conseguirse, tal vez, el clon de un mono. De un humano, no.
La imagen del clon humano arraigó con fuerza en el imaginario colectivo a finales del siglo XX, cuando en febrero de 1997 irrumpió en nuestras vidas la oveja ‘Dolly’: el primer mamífero clonado mediante la técnica de cambiar el núcleo de un óvulo por el núcleo de una célula del organismo de un animal adulto. Tras su activación esa célula manipulada −rejuvenecida artificialmente− se convirtió en un embrión que se transfirió al útero de otra oveja para el desarrollo del clon. Nunca más se ha logrado repetir.
Desde ese día se ha debatido con intensidad si debíamos o no introducir la clonación como sistema de reproducción humana. El temor a que diera lugar a ejércitos de hombres esclavos, o a copias de seres humanos sin identidad, ha crecido paralelo a una fe ciega en el poder ilimitado de la biotecnología y en sus beneficios.
