
Contar con la ventisca y el aguacero, con los chaparrones, es signo de vida, lo normal
El 8 de agosto de 1996, muy temprano, todavía no había salido el sol, pasé junto al camping de Biescas camino del Pirineo. Me llamaron la atención las ambulancias, policía y bomberos junto a la carretera, pero como nadie nos dijo nada, seguimos de camino. Íbamos a subir el Garmo Negro. Se notaba que había pasado una gran tormenta. En la montaña, todo rezumaba agua, pero lucía un sol precioso, fue una gran excursión. De regreso nos enteramos de que hubo 87 víctimas mortales y 183 heridos. Una gran riada había arrasado el camping.
En otras ocasiones he sufrido la tormenta en primera persona. Cuando la naturaleza se desata, lo único que sientes es miedo y una gran impotencia. Entonces se agradece un refugio donde guarecerse. Las tormentas también pueden ser personales, de pronto todo se pone negro: un diagnóstico médico, un revés económico, un hijo que va por mal camino, la sospecha de una infidelidad… la vida no está libre de temporales y aguaceros. ¿Qué hacer?


