Escribe Mar Velasco:
A Ti, Señor, gracias por la vida de Jorge Ribera, que pasó haciendo el bien, que nos ayudó a ser mejores, y que desde el sábado ocupa −estoy segura− ya y para siempre, la mejor suite de tu resort.
Para mí, leer a Jorge, muchos días significaba ofrecer un mal rato, un sufrimiento menor, renunciar a un capricho innecesario, esbozar una sonrisa en lugar de perpetrar un ladrido, abrir los ojos ante la gratuidad de lo verdaderamente importante
A Ti, Señor, gracias por la vida de Jorge Ribera, que pasó haciendo el bien, que nos ayudó a ser mejores, y que desde el sábado ocupa −estoy segura− ya y para siempre, la mejor suite de tu resort.
Para mí, leer a Jorge, muchos días significaba ofrecer un mal rato, un sufrimiento menor, renunciar a un capricho innecesario, esbozar una sonrisa en lugar de perpetrar un ladrido, abrir los ojos ante la gratuidad de lo verdaderamente importante
Caldo de cultivo de nuestra estridente insignificancia, las redes sociales son, por lo general, eco y espejo de nuestras miserias. Pero hay veces en que lo son también de nuestras pequeñas grandezas. Jorge Ribera ha sido maestro de lo segundo.
A Jorge lo conocí de casualidad −o quizá no− navegando por las procelosas aguas de Twitter, donde recalé un día en un perfil, @suitedelresort, suficientemente potente como para hacer que me detuviera, entre admirada y conmovida.
