DE manera recurrente, siempre que ocurren atentados graves, surgen las mismas preguntas: ¿es compatible el islam con la democracia? ¿Qué incita a un musulmán nacido y crecido en Europa a atentar contra la sociedad? Y ya, en el extremo de la cretinez masoquista, «¿Qué hemos hecho mal [nosotros]?».
Tras dejar sentado que negar la capacidad de los musulmanes para adaptarse a la democracia es arrebatarles su condición humana –lo que nosotros no haremos– y que los problemas de adaptación psicosocial los viven diversas minorías y no por ello reaccionan acuchillando, atropellando o poniendo bombas, a esos interrogantes podrían sumarse otros, que de ordinario se suelen escamotear: ¿Qué están haciendo mal esos inmigrantes musulmanes?
