Debemos meditar seriamente si perseguir unos determinados objetivos (fortuna, posición social, poder…) merece según qué precios
Hoy quiero que pensemos juntos si trabajamos para vivir o… vivimos para trabajar. Si nuestra labor profesional monopoliza nuestra vida hasta el punto de convertirse casi −o no tan casi− en una adicción: si somos lo que los anglohablantes llaman un workaholic.
A veces ello es solo culpa nuestra; otras no, o no tanto. La presencia en esta reflexión de Nuria Chinchilla, profesora del IESE, aportaría mucho: yo le hablaría del consumismo que se nos inyecta en vena (y que hay que pagar −y no me refiero solo a lo económico−). Ella, entre otras cuestiones, nos expondría su empeño en que se facilite la conciliación de la vida laboral y familiar. Su compromiso para lograr que las empresas y otras entidades propicien unos horarios razonables. Su ilusión de que todo ello llegue a buen puerto.
Al hablarte de empresas y de puerto, deseo compartir contigo algo que leí hace tiempo
Cuentan que un potentado empresario se encontraba en un pueblecito costero, cuando llegó un pescador en su pequeña barca.