
Un gran canto a la vida, que manifiesta y apoya un rasgo que debería ser esencial en la nueva civilización que está a punto de brotar en medio de la pandemia
En estos días de comienzo de año, he tenido la sensación de que se publica mucho sobre la vida y la muerte, no siempre en relación con la pandemia. El mundo lo está pasando mal, y las perspectivas no son precisamente triunfalistas, pero se advierte con relativa fuerza la apuesta por la vida, por una vida buena, con mayor carga ética. No es tiempo de indiferencia o de nihilismo: se ha producido en la práctica cierta ruptura con esa tendencia del pensamiento postmoderno.
No me refiero a la política, tampoco a la española. Pero intuyo que buena parte de la sociedad da la espalda a sus dirigentes, porque los ve alejados de sus problemas y de sus ilusiones. Basta pensar en el momento elegido para tramitar una ley sobre la eutanasia, cuando habíamos redescubierto la responsabilidad respecto de los mayores y la necesidad de profundizar en la ética del cuidado.














