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viernes, 8 de enero de 2021

Con el TIEMPO CONTADO. Fugacidad de la vida, alegría y tristeza.

 

Uno mismo empieza a tener la sensación de formar parte de una cuenta atrás de incierta duración, pero cuyo final ya no queda tan lejos como para pasar desapercibido…

En enero de este año a punto de terminar, entre sesión y sesión de un curso a jóvenes de todo el país, un colega me comentaba que le invadía una sensación enorme de caducidad. Escuché calladamente porque me interesaba lo que él dijera y porque hace un tiempo que ese mismo sentimiento me asalta inesperadamente.

Aquel comentario se vino conmigo y reaparecía devolviéndome la presencia y los gestos de mi brillante colega y amigo, que me adentraban de nuevo en la meditación sobre el poco rastro que los hombres dejamos y el casi seguro destino de cuanto hacemos. Hasta hace poco nunca había visitado una ciudad y pensado al partir que seguramente no volvería muchas veces más. Tampoco había tenido ese sentimiento con personas o con libros. Ahora sé que el número de veces que volveré a leer los libros que venero serán más bien pocas que muchas.

martes, 29 de enero de 2019

¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?

«Las excavaciones para encontrar a Julen han ido parejas a ese otro excavar en la profundidad de nuestro ser». 

La búsqueda del pequeño Julen nos ha tenido a todos en vilo durante casi dos semanas. De algún modo las excavaciones para encontrar al niño han ido parejas a ese otro excavar en la profundidad de nuestro ser en busca de sentido. ¿Qué valor tiene la vida? ¿Para qué nacemos? ¿Qué es la muerte? ¿Son el azar y la fortuna los dueños de nuestra vida? 

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Nostalgia de Dios

Mientras para algunos Dios está en el centro de nuestra vida, otros −quizá mejores, con más virtudes o al menos con más ‘éxito’− tienen un hueco enorme en el centro de su vida que les duele constantemente.
Ha llamado mi atención la fuerza con la que el australiano Matthew Kelly en su bestseller Resisting Happiness sostiene con rotundidad que mucha de la infelicidad que encuentra en su trabajo como coachcon muy diferentes audiencias es la «resistencia a Dios». Mientras para algunos Dios está en el centro de nuestra vida, otros −quizá mejores, con más virtudes o al menos con más ‘éxito’− tienen un hueco enorme en el centro de su vida que les duele constantemente.

miércoles, 11 de julio de 2018

El suicidio de los triunfadores

"Nuestra época -señala el periodista Ignacio Aréchaga- tiene una actitud ambivalente en torno al suicidio. Algunos sectores piden la legalización del suicidio asistido como si fuera lo más chic en materia de “muerte digna”, el gesto último en el que el ser humano afirma su autonomía y renuncia a una vida de la que ya no espera nada. 

Pero cuando se produce el suicidio de algún famoso, como en estos días los de la diseñadora Kate Spade, el chef Anthony Bourdain o el DJ Avicii, no celebramos su libertad, sino que lo sentimos como una pérdida y nos preguntamos qué pudo llevarle a esa decisión desesperada. Siempre es inquietante descubrir que el éxito no garantiza por sí solo la satisfacción de una vida digna de ser vivida. 

martes, 8 de noviembre de 2016

El clamor de noviembre: la Vida Eterna



Es patente el intento de algunos de borrar de la geografía urbana los cementerios, primer paso para que la realidad de la muerte no se nos presente ante los ojos con toda su claridad.
Son muchas las noticias de todo tipo que nos encontraremos en este mes, y sobre las que comentaremos con amigos y conocidos. Desde las consecuencias de las elecciones americanas, pasando por la situación nueva con la que nos encontramos en el país; hasta la cadena de terremotos que sacude Italia, y los pasos que van dando los ejércitos para liberar a Mosul del yugo del estado islámico; los resultados del viaje del Papa a Suecia, en el encuentro con protestantes etc., etc. Entre tantas noticias, quizá hay una a la que prestamos poca atención, quizá por lo acostumbrados que estamos a encontrárnosla en este mes de noviembre.
La noticia es, sencillamente, la realidad de la Muerte, y la realidad de nuestros difuntos.

domingo, 8 de noviembre de 2015

¿miedo a la muerte?


La muerte según Ratzinger:

¿Por qué exactamente tememos ante la muerte?¿por qué la Humanidad siempre se ha resistido a creer que simplemente no haya nada más? Hay muchas razones. En primer lugar tememos a la muerte porque tenemos miedo a la nada, a salir a lo completamente desconocido. Nos rebelamos contra ella porque no podemos creer sin más que tantas cosas grandes y significativas que han crecido en una vida, de repente hayan de desintegrarse en la nada.

Nos defendemos contra ella porque el amor exige eternidad y porque no podemos aceptar la destrucción del amor que ella trae consigo. La tememos porque nadie puede sacudirse completamente la sensación de que habrá un juicio al que acudirán sin paliativos el recuerdo de todos nuestros fallos, ese recuerdo que tan diligentemente sabemos reprimir. La cuestión del juicio ha puesto su sello a la cultura funeraria de todas las épocas: el amor que rodea al muerto debe protegerlo.

viernes, 29 de mayo de 2015

En la hora de la muerte

Bronnie Ware, es una enfermera de Australia que lleva años cuidando a pacientes desahuciados en sus últimas 12 semanas de vida. Con todas las experiencias, recuerdos y remordimientos que los pacientes le han relatado recopila precisamente los 5 arrepentimientos más comunes de quienes se saben en sus días finales:
1.     Quisiera haber tenido el valor de vivir para mí, y no para las expectativas que otros tenían de mí.
“Este es el remordimiento más común de todos. Cuando uno se da cuenta que su vida está a punto de terminarse y miran en retrospectiva, es fácil darse cuenta de cuántos sueños se han pasado sin realizar.

domingo, 3 de mayo de 2015

Hombre y ceniza


   “La distinción entre vidas con valor y vidas sin valor, entre existencias dignas y existencias superfluas, nunca podría haberse formulado sin la quiebra anterior de un orden inspirado en los principios del cristianismo…  

   Según Adorno, nadie podría escribir un poema después de Auschwitz. Y, sin embargo, Paul Celan, un rumano educado en la cultura alemana por decisión de una familia que perecería en el exterminio, escribió uno de los mejores poemas de la posguerra, dedicándolo, precisamente, a aquella atrocidad. 

Celan creyó que solo el lenguaje poético podría ayudar a penetrar en las inmediaciones del mal, en los arrabales de la injusticia absoluta, en la vecindad del hondo corazón de las tinieblas. Porque solo a través de la intuición y la metáfora, solo mediante la intensidad de una imagen lírica, podríamos llegar a comprender el lugar del crimen. 

lunes, 11 de agosto de 2014

La esperanza del Cielo

La esperanza del Cielo
   De fondo lo que ansiamos, en realidad, es la felicidad más que la vida
   ¿Cómo ven hoy muchos la muerte? Hay gente, también en la élite intelectual, que enseñan doctrinas que rezuman la duda. Son quizás eslabones de esa larga cadena que lo niega todo por sistema para justificar su falta de respuestas. 
   En una gran parte del pensamiento moderno, ateo, agnóstico, secularizado, se afirma con insistencia que la interrogación suprema de la vida tras la muerte es sólo una enfermedad del hombre, algo así como una patología psicológica y sentimental, de la que hay que curarse, afrontando audazmente el absurdo, la muerte, la nada. La esperanza del Cielo, del reino de Dios ha sido reemplazada por la esperanza del reino del hombre, “por la esperanza de un mundo mejor que sería el verdadero”.

lunes, 24 de marzo de 2014

«El alma subsiste. No es que lo crea. Lo sé», dice el filósofo Jean Guitton, ya con 90 años


   El escritor francés Jean-Jacques Antier entrevista a Jean Guitton, el filósofo y escritor francés que ha escrito, superados ya los 90 años, una nueva obra: El libro de la sabiduría y de las virtudes reencontradas. La entrevista la ha publicado en italiano Avvenire, y en español, Alfa y Omega.

- ¿A dónde va la Humanidad?
- Está en la vigilia de una transformación decisiva. Los pesimistas piensan que va hacia una autodestrucción general. La supervivencia de la vida humana no está asegurada por anticipado, pues el progreso moral y espiritual no ha ido al mismo paso que el técnico, material e intelectual.

- ¿Y esto le asusta?
- Me interroga. Asistimos a una aceleración exponencial del saber, en todos los campos. Un hombre por sí solo, sentado ante su ordenador, podrá acceder a la totalidad del saber. La Humanidad se encuentra ante una situación con la que nunca se había enfrentado. No sabemos qué nos espera y no tenemos modelos para afrontar este peligro. Nos queda poquísimo tiempo para prepararnos. Entramos con los ojos cerrados en un tiempo metafísico. Nadie quiere oír hablar de esto. Prefieren quedarse en las que Pascal llama soluciones del «divertissement».

domingo, 3 de noviembre de 2013

Difuntos

   Recordar a alguien es una forma específicamente humana de querer, por eso se ha escrito tanta literatura sobre el amor y el olvido, tantas canciones

      Quien ama recuerda y no puede imaginar un frío mayor que el del olvido, de ahí que estos días inundemos de flores y rezos los cementerios, aun sabiendo que quedan solo restos del padre o de la madre, de la esposa o del esposo, de la hija o del hermano, pero restos muy queridos porque durante un tiempo fueron ella o él, no algo que les perteneció o una buena imagen suya. 

   De ahí que las familias no descansen hasta recuperar los restos de su gente, por mucho tiempo que haya pasado. De ahí que quizá resulte desconsiderado pedir que aventen las propias cenizas. No sé.

domingo, 13 de octubre de 2013

El enigma de la muerte

   
   En la sociedad actual no se habla de la muerte. Se elude el tema como algo molesto y desagradable. Y sin embargo es una realidad innegable. Reflexionemos despacio sobre ella.

La muerte lo mismo llama
a las cabañas de los humildes
que a las torres de los reyes.
Horacio

Viviendo, todo falta;
muriendo, todo sobra.
Lope de Vega

Qué hacer con la muerte

Todos hemos visto pasar cerca –cuando no nos ha dado ya de lleno alguna vez– ese dolor tremendo que produce la pérdida de un ser querido. La mayoría de las veces casi no sabemos cómo consolar a esas personas. Les decimos unas palabras, procuramos darles ánimo, pero, al final, casi solo queda acompañarles con nuestro silencio.

viernes, 9 de marzo de 2012

Sin medias tintas

Sin medias tintas

 Fabrice Hadjadj  es un pensador que sabe ver la fe con la novedad del converso. Es ingenioso y atrevido con los temas de los que se ocupa, como la muerte, la sexualidad o el ateísmo. 

      Fabrice Hadjadj es un pensador, valiente y sin prejuicios, que ha tenido éxito en Francia presentando el mensaje cristiano de una manera atractiva y directa. Sabe ver la fe con la novedad del converso. Además de tener una brillante prosa, es ingenioso y atrevido con los temas de los que se ocupa, como la muerte, la sexualidad o el ateísmo. 

      Este joven pensador francés no le tiene miedo a la polémica. Se presenta como «judío de nombre árabe y converso al catolicismo». Sin embargo, Fabrice Hadjadj no exhibe su trayectoria biográfica, ni el hecho mismo de su conversión. Considera que es impúdico referirse a su experiencia personal de lo sobrenatural.

martes, 14 de febrero de 2012

La conspiración del silencio

La conspiración del silencio

   Estos silencios quizá provengan del el simple miedo a la verdad, que conduce primero al disimulo, luego a la mentira y, por fin, a la trampa
      Es médico y dice que no tiene fe, pero que la tuvo y que le gustaría volver a tenerla. A veces lo tomo a broma y le discuto que la haya perdido o, según las ganas de meterme con él, que quiera recuperarla. Después de comprobar en muchas conversaciones que ambas bromas le molestan mucho y casi por igual, las he abandonado definitivamente.
      Pero insiste en explicarme de nuevo cuál fue el origen del cambio, por qué ahora desea tener fe: la muerte de algunos enfermos particularmente creyentes. Dice que “saben morir serenamente”, con alegría incluso, que le emocionan, que entienden mejor la muerte, quizá, porque entienden mejor la vida. Habla en particular de una mujer, muy conocida. Pero siempre que ocurre de nuevo con otros, me lo vuelve a contar.
      Se encocora hasta la rabia, sin embargo, cuando advierte que los familiares o los profesionales ocultan al enfermo la inminencia del fin. Pone voz enojada y de desprecio para decir, casi gritando, él que es hombre calmado: “¡Una conspiración de silencio!” Y la describe: «Una cosa tremenda, un silencio cenagoso, en el que todos saben y nadie quiere saber: los familiares, los médicos, el propio paciente. Deberías escribir sobre eso».

jueves, 4 de agosto de 2011

La última carta

La última carta
Espero que estos días de vacaciones tengan algo de tiempo para esos mayores que en nuestras familias son las raíces de lo mejor que todavía hay dentro de nosotros mismos. Aqui tenéis la última y preciosa carta de un abuelo

   Durante estos días de teóricas vacaciones, sacudida nuestra necesidad de paréntesis y descanso por noticias de matanzas, hambrunas, empobrecimiento, artimañas políticas y frivolidades estivales, tal vez caliente de esperanza nuestro corazón leer una última carta. Tal vez en nuestra familia también existe, en apariencia escondida, una persona tan luminosa. Todavía estamos a tiempo de manifestarle, en vida, nuestro amor y reconocimiento. El caso fue como sigue.

      Berta, arquitecto de 45 años, casada desde hace 18 años con Juan, de 47 años, piloto militar de las Fuerzas Aéreas, con grado de teniente coronel. Tres hijos de 16, 12 y 11 años. Antigua paciente. Me dice: «Le agradecimos mucho su presencia en el funeral y en el cementerio. Quiero traerle la carta que dejó en la última página de su diario. Nos conmovió a todos leerla tras su muerte. Sé que usted la apreciará en lo que significa y quizás pueda servir para otros».

      El texto dice así (excluyo los datos identificatorios):
¡Queridísimos míos, todos!
    No imaginé que sería así. Me doy cuenta de que me vais a internar y que ya no saldré viva. Dejadme el gusto de escribiros esta pequeñita carta al final de mi también pequeñito diario, ahora, mientras Matilde y Berta van haciéndome el equipaje en la habitación de al lado, la que da al jardín y al río…

    Os miraba y observaba a todos estos últimos días, mientras me acompañabais por la clínica, de médico en médico, arriba y bajo. A ti, Matilde, y a tu marido, matasanos que, ahora, no sabe qué hacer conmigo, mi tan querido Carlos. A ti, Berta, y a tu tan bonito aviador, tu Juan, al que tanto quiero. Y a todos vuestros hijos, mis nietos (menciona el nombre de siete nietos, que suprimo). Y, sobre todo, a Ricardo, mi hombre desde que era una mocita, al que pronto veré, al que extraño como nunca supuse, ni le dije y se lo debo, que ahora tendré mucho tiempo para contarle demasiadas cosas que no supe en su momento. Cosas mías, cosas nuestras, tan profundas, a veces tan duras, tan hermosas, como sembrar y abonar y cuidar y recoger, cada cosa a su tiempo, así fue lo nuestro. ¡Qué bien! Pero no es de lo que quiero escribiros ahora.

    Os miraba y observaba estos días, os iba diciendo. Veía cómo cuchicheabais a mis espaldas. Cómo, con disimulo, os quedabais en apartes con los médicos. Yo sé, hace tiempo, que estoy enferma, enferma del final. No es una sorpresa. Sí lo fue vuestro miedo… Me pareció que sufríais imaginándoos mi sufrimiento: el de morirme. Pero eso no me preocupa nada. Lo que me preocupa, a mí, es otra cosa, y eso quiero contaros. Entiendo de un modo difícil de explicaros que seguir viviendo o morir no me importa. Mi vida… ¿Qué es mi vida? Mi vida no es mi sangre corriendo por mis venas, mi corazón latiendo… ¿Mi vida? Esa vida es la que no me importa. ¿Mi Vida? Y, con mayúsculas os la pongo, mi Vida sois vosotros, todos vosotros, vuestros hijos y los hijos de vuestros hijos. Vosotros sois mi Vida. Yo no soy la vuestra, pero la vuestra ha sido y es y será mi verdadera Vida. Soy vuestra madre y vuestra abuela… No sé si lo entendéis.

    ¿Os acordáis esta mañana cuando los médicos os han dicho lo que os han dicho? ¡Qué preocupación en vuestros ojos! ¿Cómo me lo ibais a decir? ¿Quién lo haría? Recordad que yo tomé vuestras manos, las de Carlos y Matilde, y Juan y Berta. Las tomé todas juntas, y todas juntas las uní con la mía. Sólo fueron unos segundos. Porque, enseguida, y eso es lo que quiero que se os quede grabado, tomé tu mano, Carlos, y la junté con la de Matilde, y tomé tu mano, Juan, y la junté con la tuya, Berta… Y os dije que no os preocuparais por mi vida, es decir, por mi muerte, porque mi Vida no era esa. Y os dije, recordadlo, que mi Vida sois vosotros unidos, juntos ahora y siempre. Mi Vida, hijos míos de mi alma, son vuestras uniones, vuestros matrimonios, vuestras familias…, y, luego, dentro de muchos años, los matrimonios de vuestros hijos, las familias unidas de cada uno de ellos. Esta es mi Vida, que no pierdo ahora, sino que la veo ganada ante mis ojos. Y, por esa bendición tan grande, os doy unas gracias tan íntimas, grandes y profundas, que no las sé explicar mejor. Os las doy en nombre de Ricardo también, son nuestro agradecimiento porque, unidos, sois Nuestra Vida, y, en vuestra unión, veo el fruto de la unidad de nuestro amor. Gracias, hijos míos. Ya me encargaré yo de pedirle al Buen Dios que os dé también esta bendición en aquel día vuestro, aquel día en que se descubre que el principio está al final.

      No les importunaré con ningún comentario. Espero que estos días de vacaciones tengan algo de tiempo para esos mayores que en nuestras familias son las raíces de lo mejor que todavía hay dentro de nosotros mismos.

Pedro-Juan Viladrich es catedrático de Universidad y vicepresidente del Grupo Intereconomía.
La Gaceta / Almudí

viernes, 26 de noviembre de 2010

Inquietud por el más allá

   Se ha dicho que en el fondo de todos los miedos está el de morir. Parece que actualmente se plantea la posibilidad de volcar en un ordenador (download) la “configuración” y “preferencias” personales, de modo que quedaran en algún sitio…

   Nos resistimos a desaparecer del mundo y penetrar en lo desconocido. Esto se explica porque, de un lado, la vida nos proporciona la experiencia de que todos morimos, y, por otra parte, nadie ha vuelto del más allá para contarnos qué pasa. Además, está la separación de los seres queridos.

   También el cine actual, como en la película “Más allá de la vida” (Hereafter, Clint Eastwood 2010), se pregunta por lo que hay después y por la comunicación con los que se han muerto, sólo que sin nombrar a Dios; en algún momento se evoca la fe cristiana, pero de un modo desleído y poco convincente. Sin embargo, la inquietud sigue en pie, y toda la película es testimonio de ello.

   “Tal vez –escribe Benedicto XVI en su encíclica sobre la esperanza (2007)– muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo”. Querrían –prosigue– aplazar la muerte lo más posible. Pero –argumenta– seguir viviendo sin fin sería más bien una condena o una carga, algo aburrido e insoportable.
   San Agustín, que trató el tema, concluye que en el fondo sólo queremos una cosa, llámese la vida bienaventurada o, simplemente, la felicidad. Con palabras del Papa, “de algún modo deseamos la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni siquiera por la muerte”. Querríamos eternizar “el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad.... el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el antes y el después– ya no existe”. Este momento sería “la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría”.

Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad de Navarra
RELIGIÓN CONFIDENCIAL 
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martes, 25 de mayo de 2010

Una muerte feliz, más que digna

Precioso el testimonio de Salvador en el fallecimiento de su hermano José Luis. Descanse en paz.

De nuevo tendría que pedir excusas a los lectores por ocuparme de temas personales. El perdón sería ampliable a mi hermano mayor José Luis, por referirme en público a su reciente fallecimiento. Pero afluyen tantas cosas a la cabeza y al corazón que cuesta escribir de otros temas. Y estoy seguro, además, de que cuantos hemos seguido de cerca los últimos meses de su existencia terrena, rechazaremos siempre las simplificaciones ideológicas postmodernas sobre el fin de la vida humana.
 
José Luis murió en el Hospital Centro de Cuidados Laguna, donde estuvo maravillosamente atendido desde el 30 de marzo (justo el día en que falleció mi otro hermano, Fernando). Apenas tres días antes mis sobrinos recibieron la sentencia del Clínico de San Carlos, donde había estado internado varias semanas, llevado también con  enorme profesionalidad y detalles humanos. Les dijeron que se ocupaban desde allí de pedir plaza en centros de cuidados paliativos, porque no se podía hacer nada, ante lo avanzado de su cáncer y su debilidad general. Entre las posibilidades, me hablaron del “Dr. Laguna”, quizá deformación segoviana, por el recuerdo del famoso médico de Carlos V.
 
Pero se trataba de Laguna, cuya prehistoria conocía bien. En 1975 pude escribir los Apuntes sobre la vida de Mons. Escrivá de Balaguer en poco tiempo, porque aún la documentación era relativamente escasa. Pero sí había ya muchos datos de la amplitud de su esfuerzo a favor de los pobres y enfermos de las barriadas extremas en el Madrid de la Dictadura y de la convulsa República. Entre tantos lugares, aparecía el barrio del Lucero, donde está ese centro, ciertamente articulado, como dirían en Italia: tiene, siempre para personas mayores o gravemente enfermas, servicio de atención domiciliaria, centro de día y habitaciones. Dentro de poco contará también con una zona para lo que llaman, si no entendí mal, una Unidad de Respiro, para apoyo de las familias con enfermos dependientes.
 
Es difícil resumir en pocas líneas el excepcional trabajo que se realiza en Laguna. No dejé de escribirles una carta de agradecimiento. Acudí también una mañana para dar personalmente las gracias a quienes habían tenido a lo largo de varias semanas tantos detalles de afecto y de quehacer profesional de primera. Varias personas, ante mi asombro, coincidieron en decirme algo así como: “somos nosotras las que estamos muy agradecidas a ustedes”. De entrada, me quedé cortado. Pero luego he ido dando vueltas a la razón profunda de esas palabras sencillas y reciamente humildes: el servicio a los demás hace aún mejores a quienes lo prestan con alegría, abnegación y cariño. Estoy persuadido de que, en torno a Laguna, nunca nadie se sentirá solo: allí tienen el secreto de la piedra filosofal que convierte en dicha la posible tragedia contemporánea de la soledad de los mayores.
 
Desde luego, mi hermano tuvo la suerte de no sufrir y, sobre todo, de gozar de la constante compañía de sus hijos. Diabético perdido, cada vez veía menos. No perdió su afición al deporte. De hecho, la víspera de su muerte (pues estuvo lúcido y sin dolores hasta el final), había “visto” desde la cama con uno de sus hijos la semifinal de Federer en Madrid. No vio luego a Nadal, pues empezó a encontrarse mal después de cenar. Y murió esa noche. Le acompañaba su hijo mayor. Para la historia íntima de la familia, queda la foto de su sonrisa ese mismo día de san Isidro, rodeado por su hija y sus tres nietas vestidas de chulapas.
 
Estoy seguro de que la Virgen le ha recibido con los brazos abiertos. A sus pies se casó en los sesenta en el Santuario de la Fuencisla. Y murió en la víspera del comienzo de los cultos que a esa advocación mariana organiza la Congregación más o menos ligada al Centro Segoviano de Madrid, del que fue Presidente. Pocos días antes, el Cardenal Rouco, en su detenidísima visita a Laguna, donde también visitó a los enfermos, le dio una estampa de la Almudena y le hizo por dos veces la señal de la cruz en la frente.

SALVADOR BERNAL