La amistad social no consiste en la uniformidad que asfalta sensibilidades y conciencias, sino en la capacidad de buscar juntos, desde posturas diversísimas, lo conveniente para todos, el tradicional bien común
El obtuso se cree muy listo porque es capaz de ver enseguida los defectos ajenos. Desconoce que son inteligentes de verdad aquellos que saben descubrir y admirar las virtudes de los demás. Por eso el romo tiende a la confrontación y el inteligente, a la concordia. 
Quizá también porque las personas lúcidas padecen menos complejos de inferioridad disfrutan de una mayor apertura de mente y corazón, no se cierran, asumen el riesgo que supone abrazar la esperanza: quedar defraudados.Francisco se lo recordaba a los jóvenes cubanos en su visita a la Isla. 
Les hablaba de soñar, de no encerrarse en conventillos ideológicos o religiosos, de confiar en que, de verdad, pueden cambiar el mundo. Y resumía todo eso en una especie de encomienda, casi un mandato específico para ellos: crear amistad social.
Anduve husmeando en el concepto «amistad social». No mucho, lo que pude, y sin conseguir llegar hasta el origen filosófico, sociológico o histórico de la expresión. Pero comprobé que el cardenal Bergoglio la utilizaba ya mucho antes de convertirse en Francisco.