Con motivo del Día Internacional de la Solidaridad, el autor reflexiona sobre la fortuna de quienes pueden contar con una asistencia sanitaria de calidad y además pueden ayudar a los demás.
Hace unas semanas volví de la República Democrática del Congo tras colaborar en un proyecto solidario en el Hospital Monkole[1]. Un grupo de ginecólogos de la Clínica y estudiantes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra tuvimos la oportunidad de participar en un programa de cribado de cáncer de cuello de útero en el barrio de Mont-Ngafula en la periferia de Kinshasa. Yo sabía que se trataba de la enfermedad oncológica más prevalente entre las mujeres congoleñas, quienes carecen de acceso a un tratamiento eficaz, convirtiendo el diagnóstico, ineludiblemente en una sentencia de muerte. Nuestra tarea consistió en implementar un sistema accesible y sostenible de cribado que permita en un futuro próximo mejorar la mortalidad por este tumor.
