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martes, 11 de diciembre de 2018

Disfrutar el día a día

Tendemos a anotar lo molesto o desagradable, mientras no damos valor, por acostumbramiento, a los gratos momentos cotidianos. Si así fuese, resultaría un negocio ruinoso: hoy no los disfrutamos y si nos faltasen los lloraríamos…
Paradójicamente descubrí esta actitud releyendo El hombre en busca de sentido (Viktor Frankl), un libro que se dibuja sobre el hediondo paisaje de los campos de concentración nazi. Es un breve ensayo para describir cómo influían las atrocidades del internamiento en la psicología de los prisioneros. Por regla general, la gente se embrutecía hasta límites incomprensibles.

miércoles, 3 de octubre de 2018

La gozosa aventura de buscar la santidad a través de las tareas humanas

Para todos, en cualquier actividad humana honesta, en todas las situaciones sociales.
Fue tachado de loco, se habló de él como el hombre más capaz de engendrar polémica del siglo XX. ¿Por qué? Nunca quiso pelear con nadie. En todo caso, trataba de sacar adelante contra viento y marea un encargo divino que se le entregó hace hoy noventa años. 
Ahí no cejó; nunca se consideró dueño de lo que Dios le confiaba; fue Él quien fundó su Obra, afirmaba. Ese convencimiento de la divinidad de la empresa que Dios ponía en sus manos le proporcionó muchas incomprensiones y sinsabores. Bien se puede afirmar que sufrió mucho para mostrar que el Opus Dei puede ser llamado sin jactancia la Obra de Dios. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

Unidad de vida en la profesión

Para poder ofrecer el propio trabajo a Dios, hay que realizarlo bien: con buena intención, con criterio recto y una conducta exterior que manifieste esos deseos interiores. Nuevo editorial sobre el trabajo.
Opus Dei - Unidad de vida en la profesiónFoto: BillyWilson
Todo trabajo honrado puede ser oración; y todo trabajo, que es oración, es apostolado. De este modo el alma se enrecia en una unidad de vida sencilla y fuerte[1].
Trabajo, oración, apostolado: tres términos que, para quien se sabe hijo de Dios no resultan ámbitos diversos, sino que se van fundiendo en la vida como notas de un acorde, hasta componer una única partitura armónica.

sábado, 12 de mayo de 2012

Crear belleza

Crear belleza
   Empeñarse en transformar la propia vida en una obra de arte viene a ser convertir la prosa diaria en endecasílabos de verso heroico

      Como el artista sabe crear belleza así puede cada uno convertir su propia vida en una obra de arte. Aprendí esto de san Josemaría Escrivá en mi juventud y poco a poco he ido calando con creciente admiración en la hondura de esa enseñanza: convertir el propio trabajo —la vida entera— en una obra de arte, del mejor arte del que cada uno sea capaz.

      La esencia de la obra de arte —como la de todos los artefactos— no es algo que esté dentro de ella, sino fuera: es su finalidad. La esencia de la obra de arte es el efecto que causa en el espectador. Una obra de arte se construye, pero su efecto no es algo que pueda construirse. Ese efecto depende de la pureza —la verdad— de los materiales empleados y, sobre todo, del espíritu del artista que trabaja esos materiales hasta su perfección poniéndolos al servicio de su idea. Además, al trabajar los materiales el artista va también modelando su espíritu: la creación artística hace que su vida misma sea bella y —por así decir— merezca ser vivida.

domingo, 24 de enero de 2010

Trabajo de Dios


San Josemaría Escrivá solía hablar de la vieja novedad del mensaje que recibió de Dios: viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo[1]. Viejo, pues el espíritu del Opus Dei es el que han vivido los primeros cristianos, que se sabían llamados a la santidad y al apostolado sin salirse del mundo, en sus ocupaciones y tareas diarias. Por eso, la manera más fácil de entender el Opus Dei es pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime, del Bautismo[2].

Llenaba de alegría al Fundador del Opus Dei encontrar en los escritos de los antiguos Padres de la Iglesia trazas de este mensaje. Bien claras a este respecto son las palabras que San Juan Crisóstomo dirige a los fieles en el siglo IV: «No os digo: abandonad la ciudad y apartaos de los negocios ciudadanos. No. Permaneced donde estáis, pero practicad la virtud. A decir verdad, más quisiera que brillaran por su virtud los que viven en medio de las ciudades, que los que se han ido a vivir en los montes»[3].

«El Señor quiere entrar en comunión de amor con cada uno de sus hijos, en la trama de las ocupaciones de cada día, en el contexto ordinario en el que se desarrolla la existencia» (Juan Pablo II).

Las circunstancias de la vida ordinaria no son obstáculo, sino materia y camino de santificación. Con las debilidades y defectos propios de cada uno somos, como aquellos primeros discípulos, ciudadanos cristianos que quieren responder cumplidamente a las exigencias de su fe[4].

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