Los libros de autoayuda, que vinieron a sustituir una espiritualidad perdida, han vetado a Dios. Uno lo busca, y nada.
Con el comienzo de año se disparan los propósitos, y aparecen más y más libros de autoayuda: libros que dicen que ayudan a que uno se ayude a sí mismo.
Si ya nos habíamos acostumbrado a soportar la llegada del ciclón de un nuevo bestseller taladrando tablas de maderas en ventanas y puertas, y escondiéndonos a la luz de una vela en el sótano, los libros de autoayuda han superado con creces nuestro resquebrajado estupor: descubrimos que aún se puede hacer peor literatura.
