Hace unos días nos sorprendió la noticia de un bebé, con cinco meses de vida, nacido de tres progenitores. Se queda uno perplejo ante esas técnicas que tan por delante van de lo que es natural. Por supuesto, el cuerpo de la noticia resultaba de los más positivo.
Aparentemente un matrimonio de musulmanes creyentes, que no estaban dispuestos a participar en el experimento si había destrucción de embriones fecundados. Esto quiere decir -cosa que no se descubre a la primera- que son los investigadores quienes proponen la posibilidad a una pareja que ha tenido ya dos niños muertos a los cinco años por una enfermedad hereditaria.
Es decir, ni siquiera existe la iniciativa de unos padres desesperados por tener un hijo. Más bien existe la decisión de unos bioquímicos que quieren hacer el experimento. Están experimentando con un niño. No saben lo que va a suceder. No les proponen este invento a unos señores ricos de EEUU, que los hay, seguro, con el mismo síndrome. Y solo nos cuentan cómo ha salido el experimento cuando el bebé tiene cinco meses; no antes. Porque si resulta que nace un niño con malformaciones, con una dificultad respiratoria, de alimentación, o de lo que sea, no nos hubieran contado su atrevimiento.
