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sábado, 11 de agosto de 2018

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (II)


Los actos voluntarios contribuyen a crear una connaturalidad afectiva con el bien hacia el que se mueve la voluntad. Para ello, resulta fundamental querer el bien verdadero y contar con el tiempo. De este modo se vive plenamente la realidad, que nos permite descubrir el inmenso panorama del mundo interior.

«Revestíos del Señor Jesucristo» (Rom 13,14). Hacer realidad este anhelo de San Pablo es algo más que ponerse un traje. Implica una conversión del corazón, una transformación de la persona en respuesta a la acción de la gracia, supone abandonar las obras de las tinieblas y revestirse de las armas de la luz (cfr. Rom 13,12): una formación profunda e integral.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Llegar a la persona en su integridad: el papel de los afectos (I)

Algunas personas, cuando piensan en la formación, tienden a considerarla como un saber. Sin embargo, no basta un concepto de ese estilo: llegar a la integridad de la persona requiere pensar en la formación como un ser. Se trata de un objetivo mucho más alto: sumergirse en el misterio de Cristo y dejar que la gracia nos vaya transformando progresivamente para configurarnos con Él.

Jesucristo es, sin duda, el amor de nuestra vida: no el mayor entre otros, sino aquel que da sentido a todos los demás amores y a los intereses, ilusiones, ambiciones, trabajos, iniciativas que llenan nuestros días y nuestro corazón. De aquí, que sea fundamental mantener en nuestra vida espiritual «la centralidad de la persona de Jesucristo»[1]: Él es el camino para entrar en comunión con el Padre en el Espíritu Santo. En Él, se devela el misterio de quién es el hombre[2], a qué está llamado. 

sábado, 2 de diciembre de 2017

Una personalidad que se identifique con Cristo

¿Por qué reacciono de ese modo? ¿Por qué soy así? ¿Podré cambiar? Son algunas de las preguntas que alguna vez pueden asaltarnos. A veces, nos las planteamos respecto a los demás: ¿por qué tiene ese modo de ser?... Vamos a profundizar sobre estas cuestiones, mirando a nuestra meta: parecernos cada vez más a Jesucristo, dejándolo obrar en nuestra existencia.
Este proceso abarca todas las dimensiones de la persona, que al divinizarse conserva los rasgos de lo auténticamente humano, elevándolos según la vocación cristiana. Y es que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre: perfectus Deus, perfectus homo. En Él contemplamos la figura realizada del ser humano, pues «Cristo Redentor (...) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es ‒si se puede hablar así‒ la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad»[1].
La nueva vida que hemos recibido en el Bautismo está llamada a crecer hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de la plenitud de Cristo[2].