No se trata de imponer las palabras como un automatismo lingüístico. Si los niños se resisten a eso es, de nuevo, por su genio: su instinto ético les advierte, con mucho fundamento, de que así no vale
Normal que un padre no salga de su asombro ante el prodigio de la inteligencia de los niños en general y, sobre todo −porque se fija más−, de los suyos. Qué capacidad de aprenderlo todo, exponencialmente. Y, sin embargo, no hay manera de que aprehendan que se dice: "No, gracias", "Sí por favor" y también, cuando haga falta, esto es, cada dos por tres, "Perdón".
Como ahora, para el alivio de los niños y desesperación propia, no puedo reñirles (tengo la voz en reposo vocal absoluto), me doy más cuenta. Y los ojos se me quisieran salir de las órbitas cada vez que los oigo decir: "Sí" y "No", a secas. Entonces, como el silencio es un grande amigo de la reflexión, suelto este discurso (interior): "Si han aprendido a decir incluso las palabras más difíciles, como "estereoscópico", ¿por qué no asumen de una vez que la palabra "No" es, en realidad, trisilábica: "No-gra-cias"; y "Sí" es sólo un poco más larga: "Sí-por-fa-vor"?
Pero como el silencio, si se guarda, genera la autocrítica, he caído después en que tienen ellos mucha razón en su resistencia numantina a las normas de urbanidad. Adosarle sin más ni más una coletilla protocolaria a las palabras resultaría hipócrita. El agradecimiento nos tiene que costar, porque compromete. Los "por favor", si auténticos, nos bajan del trono despótico al que tiende nuestra voluntad, siempre dispuesta a coronarse como reina absoluta del universo. Y de pedir perdón, qué voy a contarles. Cuánto cuesta.