Escribe el rector de la universidad de Comillas: La mayoría de los mortales estamos necesitados de cambiar algo de los ritmos, relaciones o hábitos, incluso el rumbo, de nuestras existencias, y por eso al comienzo de un nuevo año nos sentimos casi obligados a formular propósitos para lograrlo. Es bonito y estimulante decir ¡Año nuevo, vida nueva!, pero sabemos por propia experiencia lo pretencioso que es eso de la «vida nueva»; así como lo difícil que es alterar nuestra psicodinámica existencial.
Sabemos que por más que la conciencia nos dicte la bondad de un determinado curso de acción, de poco sirve si no logramos que el bien captado por la mente se arraigue como profunda inclinación afectiva y sea percibido como bueno para uno, aquí y ahora. En determinados momentos más lúcidos podemos vislumbrar qué es lo bueno y desearlo con fuerza, pero enseguida saltan mecanismos que nos impiden ponernos en camino hacia ello.

