El encerramiento sobre uno mismo, el aislamiento afectivo y efectivo, nos hace daño, nos duele, porque los seres humanos estamos hechos para querer y sentirnos queridos
Al comenzar un nuevo curso académico es relativamente frecuente que me inviten a hablar a los nuevos alumnos de la Universidad. Suelo elegir el tema de la vida intelectual −pensar, leer, escribir− porque estoy persuadido de que es lo que más necesitan y lo que mejor puede ayudarles en esa nueva etapa.
Inicio siempre mi exposición preguntando cuál les parece el problema más importante de la gente joven. Las respuestas suelen ser: la superficialidad, la comodidad, el miedo a pensar, la huida del compromiso, el vivir al día, la tecnologización excesiva, el gusto por el ruido, la dependencia de las modas y otras respuestas semejantes. Me parecen acertadas todas esas caracterizaciones de la gente joven, pero me gusta añadir que, siendo más radicales, yendo más a la raíz, el problema más acuciante para los jóvenes que me escuchan es casi siempre una dolorosa sensación de soledad, que a menudo va acompañada de un insoportable aburrimiento crónico.