Los adolescentes de hoy reciben de la sociedad una vida apática:
confort, acceso a infinidad de datos y desprecio a las Humanidades.
Sobre esta base -endeble- se «educa» a quienes dentro de poco llevarán
las riendas de la cosa pública y privada. Urge que la sociedad asuma su
papel como
responsable, no sólo de informar, sino de formar ética y culturalmente a
los nuevos ciudadanos.
Tiempo de efervescencia y descoordinación afectiva, la adolescencia
constituye un tramo clave en la formación de la personalidad, no sólo
por los frecuentes traumas que condicionan a veces el ulterior curso de
la vida sino, sobre todo, porque es cuando comienzan a despuntar los
ideales que casi
siempre impulsarán el resto de la existencia individual. Se ha dicho,
con razón, que una vida lograda es un ideal vislumbrado en la juventud y
realizado en la madurez.