Los
tres últimos papas, de manera diversa cada uno de ellos, han visto en
la humildad una luz evangélica con la que mirar la historia cotidiana
El
Concilio Vaticano II consideró deber de la Iglesia escrutar los signos
de los tiempos para interpretarlos a la luz del Evangelio. Sin embargo,
no faltan personas que intentan justamente lo contrario: desean
desentrañar el mensaje de Cristo a través de los sucesos del mundo.
Los
tres últimos papas, de manera diversa cada uno de ellos, han visto en
la humildad una luz evangélica con la que mirar la historia cotidiana.
Basta recordar la figura acartonada de Juan Pablo II
predicando incansablemente sin importarle las duras críticas hechas a
su imagen. Basta contemplar la renuncia y el desaparecimiento de Benedicto XVI, quien había aludido a la humildad como una virtud no tratada antes del cristianismo.

