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jueves, 29 de septiembre de 2011

Reencuentro en Berlín de Roma, Atenas y Jerusalén

Reencuentro en Berlín de Roma, Atenas y Jerusalén
   El reto es decisivo para superar la crisis que padece la Iglesia en el mundo occidental: el futuro depende de la renovación de la fe, no de reformas estructurales

      La densidad de la presencia de Benedicto XVI en su Alemania natal no puede resumirse en unas pocas líneas. Pero me atrevo a señalar dos grandes líneas de fuerza: una, estrictamente teológica, que llama al seguimiento de Cristo dentro de la Iglesia; otra, la apelación al diálogo sincero sobre las grandes cuestiones antropológicas actuales, de las que depende la construcción de la paz y la justicia.

      Son dos constantes vitales en el pensamiento de Joseph Ratzinger y en el magisterio de Benedicto XVI. Nunca quizá un Obispo de Roma dedicó tanto espacio y tan sinceros elogios a la razón humana y a su capacidad para entender la Revelación divina y, al mismo tiempo, facilitar el entendimiento entre hombres de orígenes y culturas a veces excesivamente contrapuestas.

      La gran novedad consiste en que el Papa reitera sus propuestas en una caja de tanta resonancia como la sede del Bundestag berlinés. No es accidental que allí mismo se reuniera, después de pronunciar un discurso memorable, con los representantes de la comunidad judía. Venía a ser como un caso práctico de la teoría general expuesta ante los parlamentarios: si no se acepta la posibilidad de un fundamento radical de las leyes, más allá de la mayoría de los votos, se puede construir una legislación antihumana, como la que dio origen a la Shoah, al gran proyecto nazi de destruir al pueblo de Israel.

      Una vez más resalta el temple intelectual y académico de Joseph Ratzinger. A diferencia de la intolerancia que rechaza a priori su palabra —no es el caso de los grandes pensadores, como Jürgen Habermas—, plantea un debate sereno sobre las bases éticas universales del derecho. Sólo será posible esa ardua tarea si se reinterpretan los jalones de la ciencia y la filosofía desde la Ilustración, que confinan ética y fe al ámbito de lo privado. Determinar la presencia de culturas y religiones en la convivencia democrática ciudadana se hace casi una obligación, más aún si se piensa en el actual multiculturalismo alemán, buen campo de pruebas para la situación global del planeta. Se comprende que Benedicto XVI haya hablado desde la razón en el Bundestag, y haya dedicado tiempo a luteranos, judíos y musulmanes.

      Recibió a estos últimos en la Nunciatura de Berlín. Quizá estas palabras reflejan la idea central del discurso del Papa: «Muchos musulmanes conceden gran importancia a la dimensión religiosa. Esto a veces se interpreta como una provocación en una sociedad que tiende a marginar este aspecto o, como máximo, a admitirlo en la esfera de las decisiones individuales. La Iglesia católica está firmemente comprometida en que se dé el debido reconocimiento a la dimensión pública de la pertenencia religiosa. Es una exigencia no irrelevante en el contexto de una sociedad pluralista. Sin embargo, hay que cuidar siempre de que se mantenga el respeto hacia el otro. El respeto mutuo crece sólo sobre la base del consenso sobre algunos valores inalienables, propios de la naturaleza humana, sobre todo la dignidad inviolable de cada persona».

      Para casi todos los pueblos, dentro y fuera de Occidente, la referencia esencial para la convivencia pacífica es la Constitución del Estado. Benedicto XVI subrayó las sólidas convicciones de los redactores de la ley fundamental germana, que permite su vigencia cuando tantas cosas han cambiado en Alemania en los últimos sesenta años (incluida la reunificación). Los redactores de la carta constitucional «sabían que tenían que confrontarse con personas de confesión diversa o incluso no religiosos: el terreno común se encuentra en el reconocimiento de algunos derechos inalienables, que son propios de la naturaleza humana y preceden a cualquier formulación positiva. De ese modo una sociedad sustancialmente homogénea sentó las bases que hoy consideramos válidas para un mundo caracterizado por el pluralismo. Bases que, en realidad, indican también los límites evidentes de ese pluralismo: no es concebible, en efecto, que una sociedad puede mantenerse a largo plazo sin un consenso sobre los valores éticos fundamentales».

      El concepto de ley natural está ligado a los estoicos. Jerusalén y Roma potenciaron de veras la cultura de Atenas. Muchos años después, el Concilio Vaticano II recordaría ese camino de justicia y libertad a los católicos. También a éstos se aplican las palabras de Benedicto XVI a los representantes de la Iglesia Evangélica, en el antiguo convento agustino de Erfurt, donde Martín Lutero estudió teología y fue ordenado sacerdote, en 1507: «la fe tiene que ser nuevamente pensada y, sobre todo, vivida, hoy de modo nuevo, para que se convierta en algo que pertenece al presente». El reto es decisivo para superar la crisis que padece la Iglesia en el mundo occidental: el futuro depende de la renovación de la fe, no de reformas estructurales.

Salvador Bernal

Religión Confidencial / Almudí

martes, 27 de septiembre de 2011

EL DON MÁS BELLO

El don más bello
¿Qué es la Iglesia y cuál es su misión? En el Olympiastadion de Berlín, Benedicto XVI lo ha explicado partiendo de la parábola de la vid y los sarmientos


      Los sarmientos pertenecen a la vid, y, por eso mismo se pertenecen unos a otros. Esto «no entraña un tipo cualquiera de relación teórica, imaginaria, simbólica», sino en cierta manera «un pertenecer a Jesucristo en sentido biológico, plenamente vital». Y es que «la Iglesia es esa comunidad de vida con Él y de uno para con el otro, que está fundada en el Bautismo y se profundiza cada vez más en la Eucaristía». Por tanto «Yo soy la verdadera vid» significa realmente: «Yo soy vosotros y vosotros sois yo».

      Un día, camino de Damasco, para apresar a los cristianos, Jesús detuvo a Saulo y le preguntó: «¿Por qué me persigues». Y Saulo entendió que quien persigue a Jesús, persigue a los cristianos, que forman una realidad viva, un solo cuerpo con Él. En Alemania, donde se originó la Reforma protestante y actualmente se produce una gran descristianización, donde los católicos son minoría, el Papa traduce directamente lo que le pasó a Saulo: «Por tanto, es Jesús quien sufre las persecuciones contra su Iglesia. Y, al mismo tiempo, no estamos solos cuando nos oprimen a causa de nuestra fe. Jesús está con nosotros». La Iglesia es la comunión de vida con Cristo.

      Jesús dice: «Yo soy la vid verdadera, y el Padre es el labrador» (Jn 15, 1) que poda los sarmientos para que den fruto y elimina los que están secos. Esto significa, según el Papa, que «Dios quiere arrancar de nuestro pecho el corazón muerto, de piedra, para darnos un corazón vivo, de carne» (cf. Ez 36, 26). Cristo ha venido para darnos vida y fuerza a nosotros, débiles y pecadores (cf. Lc 5, 31s). Por eso el Concilio Vaticano II llama a Iglesia "sacramento universal de salvación" (LG 48) (es decir, signo e instrumento de salvación). Esta es, resume Benedicto XVI, «la verdadera y gran misión de la Iglesia, que le ha sido confiada por Cristo».

      No todos entienden la naturaleza de la Iglesia y su misión. Algunos —continúa— la miran quedándose en su apariencia exterior; la consideran «únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la 'Iglesia'. Si a esto se añade también la experiencia dolorosa de que en la Iglesia hay peces buenos y malos, grano y cizaña, y si la mirada se fija sólo en las cosas negativas, entonces ya no se revela el misterio grande y profundo de la Iglesia».

      De esa visión no brota ya la alegría de pertenecer a esta vid: «La insatisfacción y el desencanto se difunden si no se realizan las propias ideas superficiales y erróneas acerca de la 'Iglesia' y los 'ideales sobre la Iglesia' que cada uno tiene». Y surge la tentación de separarse de la vid, con el resultado de quedar seco y ser destinado al fuego (cf. Jn 15, 6). Una opción de dramáticas consecuencias. (En Alemania muchos han tomado el camino de la apostasía, separándose de la Iglesia).

      En cambio, el que permanece con Cristo bebe del agua viva y se fortalece: «En cualquier necesidad y aridez, Él es la fuente de agua viva, que nos nutre y fortalece. Él en persona carga sobre sí el pecado, el miedo y el sufrimiento y, en definitiva, nos purifica y transforma misteriosamente en vino bueno. En esos momentos de necesidad nos sentimos a veces aplastados bajo una prensa, como los racimos de uvas que son exprimidos completamente. Pero sabemos que, unidos a Cristo, nos convertimos en vino de solera. Dios sabe transformar en amor incluso las cosas difíciles y agobiantes de nuestra vida».

      Así pues, «lo importante es que permanezcamos en la vid, en Cristo». Nota el Papa que, en ese breve pasaje, el evangelista destaca la palabra permanecer una docena de veces. Y añade Benedicto XVI: «En nuestro tiempo de inquietudes e indiferencia, en el que tanta gente pierde el rumbo y el fundamento; en el que la fidelidad del amor en el matrimonio y en la amistad es frágil y efímera; en el que desearíamos gritar, en medio de nuestras necesidades, como los discípulos de Emaús: “Señor, quédate con nosotros, porque anochece (cf. Lc 24, 29), porque las tinieblas nos rodean”; el Señor resucitado nos ofrece aquí un refugio, un lugar de luz, de esperanza y confianza, de paz y seguridad. Donde la aridez y la muerte amenazan a los sarmientos, allí en Cristo hay futuro, vida y alegría».

      Como contenido central de su explicación, subraya el Papa alemán: «Permanecer en Cristo significa, como ya hemos visto, permanecer también en la Iglesia. Toda la comunidad de los creyentes está firmemente unida en Cristo, la vid. En Cristo, todos nosotros estamos unidos. En esta comunidad, Él nos sostiene y, al mismo tiempo, todos los miembros se sostienen recíprocamente. Ellos resisten juntos a las tempestades y se protegen mutuamente. Nosotros no creemos solos, sino que creemos con toda la Iglesia».

      Y retomando desde el principio su explicación, recuerda que la Iglesia es la vida que tenemos los cristianos con Cristo. En términos de Pío XII, la Iglesia es «la plenitud y el complemento del Redentor» (Cuerpo místico). Con palabras de Benedicto XVI, la Iglesia es mensajera de la Palabra de Dios y dispensadora de los sacramentos, prenda de la vida divina y mediadora de los frutos de la vid. Utilizando una breve y sorprendente expresión, afirma: «la Iglesia es el don más bello de Dios». Y cita a San Agustín: «En la medida en que uno ama a la Iglesia de Cristo, posee el Espíritu Santo».

      Se trata de un argumento que Joseph Ratzinger viene empleando desde los años setenta: permanecemos en la Iglesia porque sólo así permanecemos plenamente en Cristo, porque ella es nuestro hogar y quien nos educa en la belleza, y así podemos llevar la vida verdadera al mundo.

      Fue en Alemania, en los años 30 del siglo XX, en donde se quiso suprimir a Dios, con la consecuencia trágica de suprimir al hombre. Y el lema de esta visita pastoral es: "Donde está Dios, allí hay futuro".

      La homilía en Berlín concluye: «Quien cree en Cristo, tiene futuro. Porque Dios no quiere lo que es árido, muerto, artificial, lo que al final es desechado, sino que quiere las cosas fecundas y vivas, la vida en abundancia».

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
ReligionConfidencial.com

lunes, 26 de septiembre de 2011

En el Bundestag, Benedicto XVI apela a la conciencia de los políticos

   Con su discurso sobre el fundamento del Derecho, el Papa impresiona y obtiene elogios de políticos de distintas ideologías. Ha sido una de las intervenciones más importantes de este viaje papal

   Eran exactamente las 16.49 del 22 de septiembre cuando Benedicto XVI comenzó el probablemente más esperado discurso de su visita oficial a Alemania. Los diputados le acababan de recibir con un aplauso “más largo de lo que hacía esperar la mera cortesía, quizá fruto del remordimiento de conciencia debido a las largas discusiones anteriores sobre la conveniencia de que un Papa hablara en el Parlamento alemán”: así dijo el comentarista de Phoenix, una sub-cadena de la segunda cadena de la televisión alemana, la pública ZDF, que retransmitió el acto en directo.

   El Papa no cayó en “la trampa”, como comentó el diario Die Welt, de pronunciar una “filípica” contra el espíritu de los tiempos, contra los temas de actualidad en los que la política se aleja de la doctrina cristiana. Si lo hubiera hecho —continúa el rotativo de Berlín—, el Papa, “en el lugar más sagrado de una República laica”, “hablando como un ciudadano, habría hecho el juego a aquellos que consideraban inadecuado que el representante supremo de la Iglesia hablara en el Parlamento alemán”.

    Sin embargo, en una alocución “muy inteligente, no exenta de humor e incluso de autoironía” —como la calificó Andrea Nahles, secretaria general del partido socialdemócrata y católica practicante—, Benedicto XVI trascendió las cuestiones políticas concretas para referirse a los fundamentos del derecho: “Servir al derecho y combatir el dominio de la injusticia es y sigue siendo el deber fundamental del político (...). ¿Cómo podemos reconocer lo que es justo? ¿Cómo podemos distinguir entre el bien y el mal, entre el derecho verdadero y el derecho sólo aparente?”. Un discurso metapolítico, que —en palabras de Volker Kauder,presidente del grupo parlamentario cristiano-demócrata— “ha puesto de manifiesto que nos hemos de preguntar una y otra vez: ¿cuáles son los auténticos fundamentos de nuestras decisiones?”.

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TEXTO COMPLETO DEL DISCURSO: AQUÍ

Aceprensa

domingo, 25 de septiembre de 2011

El sol sobre Alemania

El sol sobre Alemania
Es necesario superar el error del pasado de enfatizar cuanto divide a los cristianos e insistir en cambio en cuanto les une: la fe en el Dios trinitario revelado por Cristo y su testimonio en un mundo sediento de él, como si se adentrara más y más en un desierto sin agua

      Se puede ya extender a todo el viaje la acertada imagen del sol sobre Berlín elegida por Frankfurter Allgemeine Zeitung para titular un comentario al magistral discurso de Benedicto XVI —que, con una elección inteligente y periodísticamente perfecta, ha publicado íntegramente el autorizado periódico alemán—. No sólo y no tanto por el bellísimo tiempo fresco y soleado que está acompañando la visita, sino por su importancia en los distintos momentos. El sol, por lo tanto, resplandece sobre Alemania, donde Joseph Ratzinger ha regresado por tercera vez desde que fue elegido Papa para encontrar a la gente y hablar de Dios, como enseguida explicó.

      En la tradición cristiana la luz solar significa también aquella divina que ilumina el mundo, y precisamente el obispo de Roma ha elegido hablar de la luz de Dios al encontrar en Erfurt —justo donde el joven Lutero estudió teología— a los representantes evangélicos, acogido con auténtica cordialidad. Y naturalmente es la cuestión acerca de Dios, central en el pensamiento y en el tormento del joven monje agustino, lo que interesa sobre todo a Benedicto XVI. ¿Quién se preocupa de ello, incluso entre los cristianos? ¿Quién se toma en serio las propias faltas y la realidad del mal? Reflexionar sobre “la causa de Cristo” querida por Lutero, y por ello sobre la fe, es hoy el compromiso ecuménico principal, en un mundo donde pesa cada vez más la ausencia de Dios.  

      Precisamente utiliza el Papa la imagen de la luz para describir el progresivo distanciamiento del mundo respecto a Dios: al principio sus reflejos todavía lo iluminan, pero después el hombre acaba por perder su vida cada vez más. He aquí por qué es necesario superar el error del pasado de enfatizar cuanto divide a los cristianos e insistir en cambio —y ya es mucho— en cuanto les une: la fe en el Dios trinitario revelado por Cristo y su testimonio en un mundo sediento de él, como si se adentrara más y más en un desierto sin agua, como dijo Benedicto XVI en la homilía inaugural de su pontificado.

      Este testimonio común de los cristianos se debe reflejar —en sociedades donde la ética se sustituye con cálculos únicamente utilitaristas— en la lucha por defender «la dignidad inviolable del hombre, desde la concepción hasta la muerte». En diálogo con las otras religiones, y en particular con el judaísmo y con el islam, como ha repetido el Papa encontrando a algunos de sus representantes. Con los musulmanes y los judíos, en efecto, los cristianos y los católicos pueden y deben colaborar, en sociedades en las que hace falta combatir juntos a fin de garantizar la dimensión pública de las religiones y para crear, a través de la justicia, las condiciones para la paz: opus iustitiae pax, según la expresión veterotestamentaria elegida como lema por Eugenio Pacelli.

      En un tiempo de inquietud e indiferentismo, y en circunstancias que no raramente oprimen como en una prensa, quienes viven en la alegría de la Iglesia, que es el don más bello de Dios, deben dejarse transformar misteriosamente en el vino dulce de Cristo. Ofrecido a todos los hombres con amistad y con la razón. El hombre puede hoy destruir el mundo, y por ello, con la razón, hay que reencontrar los fundamentos del derecho. Como explicó en el Parlamento de Berlín —escribe sugestivamente Frankfurter Allgemeine Zeitung— el pescador de hombres llegado de Roma.

Giovanni Maria Vian
L´Osservatore Romano / Almudí

sábado, 24 de septiembre de 2011

Un papa en la tierra de Lutero

Un papa en la tierra de Lutero

Un viaje al corazón de Europa en medio de las crisis sobre su identidad

      Del 22 al 25 de septiembre, con el lema "Donde está Dios, ahí hay futuro", Benedicto XVI realiza una nueva visita apostólica internacional. Es ya la vigésimo primera desde su elección pontificia. El destino es su Alemania natal, con paradas en Berlín (con visitas oficiales al parlamento alemán y una misa en el Olympiastadion, donde Hitler clamó por la Guerra total), Erfurt —la ciudad católica de Lutero—, el santuario mariano de Etzelsbach y Friburgo de Frisgovia, donde mantendrá un encuentro con los miembros de la Conferencia episcopal alemana y con los jueces del Tribunal constitucional federal. En Alemania esto es posible. 

      En estos lugares se encontrará también no solo con protestantes, sino también con ortodoxos, judíos y musulmanes. En la actualidad, el 30,18% de los alemanes son católicos. El número de católicos bautizados asciende a casi 25 millones de personas (24.675.000), el 30,18% de la población. Hace poco que el número de católicos ha superado por poco a los protestantes, y el clima actual, no tiene nada que ver con las guerras de religión. La canciller alemana, Angela Merkel, hija de un pastor protestante, destacó por su parte que el viaje de Benedicto XVI anima a «la convergencia y la solidaridad entre los cristianos y la sociedad actual». 
      Además el cardenal Koch, el suizo presidente del Pontificio consejo para la unidad de los cristianos, ha declarado que «la Iglesia católica y la Federación luterana mundial preparan una declaración común sobre la Reforma de cara al quinto centenario de la publicación de las 95 tesis de Lutero en 2017». En medio de la crisis económica que no cesa —más aún, hasta se incrementa, como ahora volveremos a decir— y mientras Alemania sigue siendo la locomotora de Europa, estos encuentros resultan más que interesantes. Un viaje al corazón de Europa en medio de las crisis sobre su identidad y del euro. El papa alemán ha hablado siempre de las raíces éticas de la crisis económica. A esto se une el hecho de que Benedicto XVI va a visitar a los osies, como se llama coloquialmente a los alemanes que viven en la antigua República democrática alemana.

Antecedentes
      Todo tiene una historia. En 1974, un Trabant —un pequeño coche de Alemania del Este— traqueteaba a través de los campos de Turingia, una provincia de la comunista República Democrática alemana. En el sitio del copiloto se sentaba el profesor Joseph Ratzinger y al volante estaba Joachim Wanke, entonces asistente del seminario local, el único en la RDA. Los dos sacerdotes, escribe Rainer Erice, un periodista de la radio alemana Mitteldeutsche Rundfunk Thüringen (MDR), se encontraban realizando una excursión a las históricas ciudades de Jena y Weimar. Era un momento de relajación durante la breve visita de Ratzinger a Alemania del Este, cuyo propósito era dar una serie de ponencias a los estudiantes y teólogos de Erfurt, capital de Turingia. 

      Lo importante de esta visita es que marcó el comienzo de la vigilancia a la que sometió la Stasi, o policía secreta de Alemania del Este, al profesor Ratzinger. Los documentos revelan que en 1974, la Stasi era muy consciente de que Ratzinger tenía futuro en la Iglesia, pero no tenían los espías adecuados para seguirle. En los informes, a pesar de que lo querían retratar negativamente, no pudieron evitar hacer alguna observación positiva. Además de alabar su gran inteligencia, destacaron: «Aunque puede parecer tímido al principio en una conversación, tiene un encanto que te gana».

      Ahora bien, ¿qué piensa Benedicto XVI de Lutero y de los protestantes? En su libro de 1987 titulado Iglesia, ecumenismo y política, Ratzinger escribió que había dos Luteros: uno el escritor del catecismo, compositor de himnos y promotor de la reforma litúrgica (este Lutero tendrá algo de precursor del Vaticano II); y otro Lutero polemista, que se centraba en el individuo, olvidándose del todo de la Iglesia. Han tenido lugar desde entonces muchos acuerdos y diálogos entre católicos y luteranos, además de con otros protestantes. Pero existen todavía importantes problemas: por ejemplo, en lo que se refiere al concepto de ministerio (la ordenación de mujeres y homosexuales sería un índice de ello), de autoridad (al no existir más que la de cada comunidad y tender más a una estructura democrática) y en lo que se refiere a la enseñanza moral, especialmente en el ámbito de la bioética. 

      A la vez, el conocimiento del papa actual del reformador alemán, así como su contribución directa a la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación (1999). El 3 de noviembre de 1998 mantuvo una reunión con algunas autoridades luteranas para desbloquear el acuerdo. Según Allen, la contribución de Ratzinger consistió sobre todo en tres acciones: en primer lugar, insistió que el diálogo ecuménico consistía en la "diversidad reconciliada", no en la fagocitación de otras confesiones cristianas. «Esto es importante para muchos luteranos en Alemania —dijo entonces Ratzinger—, quienes temen que nuestro último objetivo es su retorno a Roma».

      En segundo lugar, el cardenal Ratzinger reconoció a su vez la autoridad de la Confederación luterana mundial para alcanzar este acuerdo. Por último, Ratzinger se manifestó de acuerdo en que, mientras los cristianos hemos de hacer buenas obras, la justificación y el juicio de Dios corresponde a la misericordia de Dios. Faltaría más. El obispo George Anderson, de la Iglesia evangélico-luterana de América, quien no estuvo allí pero quien se carteó con los participantes afirmó: «Fue Ratzigner quien deshizo el nudo gordiano… Sin él no hubiera habido acuerdo».

Reacciones
      El teólogo luterano Reinhard Frieling sugirió no hace mucho que Benedicto podía ser declarado "cabeza honorario de la cristiandad", que está todavía muy lejos del "pleno, inmediato y universal potestad ordinaria en la Iglesia" proclamado por el Vaticano II. Pero esta sugerencia denota una gran apertura, sobre todo viniendo de un protestante (Lutero, con su énfasis habitual, había sostenido en numerosas ocasiones que el papa era el anticristo). Ahora la fórmula era "unidad con el papa, pero no bajo él". Por su parte, a los pocos días de su tercer viaje a Alemania, Benedicto XVI realizó un gran regalo a sus compatriotas, como muestra de buena voluntad: el envío a Dresde de una obra maestra de Rafael que antes jamás había salido de los Museos Vaticanos, la llamada Virgen de Foligno o Virgen Sixtina, conservada en Dresde desde mediados del siglo XVIII. María volvía a tierras alemanas, aunque no hemos de olvidar que está también en los cuadros de los luteranos Durero y Grünewald.

      No todo son datos a favor, sin embargo. Los obispos alemanes admitieron a la vez que la próxima visita del papa Benedicto XVI a su país de origen se produce en momentos en que el catolicismo en Alemania vive una "fase difícil", tras los escándalos sobre abusos sexuales en diversos centros educativos regentados por religiosos. «Vivimos una fase difícil y el santo padre no cierra los ojos ante la situación de la iglesia en Alemania», dijo el presidente de la Conferencia Episcopal germana y obispo de Friburgo, Robert Zöllitsch, durante una conferencia de prensa en Berlín unos días antes. 
      Las manifestaciones anti-papa han tenido también lugar ante la Puerta de Brandenburgo. Además algunas autoridades de Berlín han puesto trabas para desplegar grandes carteles de bienvenida al papa. En efecto, un tribunal administrativo falló en contra de la propuesta, señalando que dichas vallas podían resultar antiestéticas, ser una distracción para los conductores y causar accidentes de tráfico (tal vez estaban pensando en otro tipo de publicidad…). Los grandes carteles de casi diez metros cuadrados están permitidos en el distrito Mitte solo para campañas electorales y por "razones de abrumador interés público", que es determinado por las autoridades locales. También algunos parlamentarios declararon que no asistirían al discurso del pontífice, a pesar de haber sido aprovada la visita al Bundestag por mayoría.

      «Con Benedicto XVI parece que siempre funciona el “más difícil todavía”», comentaba un periodista español. En septiembre le espera la gran Alemania, su patria, y la estación central está en Berlín. Ciudad enigmática, cóctel explosivo de diversas esencias: la fría rigidez prusiana; la ideología marxista y el consiguiente vacío existencial; la inquietud cultural siempre en el filo de la protesta contra la tradición; y una suerte de contracultura ‘underground’ que convive con la soberbia tecnológica de una ciudad que quiere proyectarse al futuro a todo gas, quizás porque su pasado está lleno de incómodos fantasmas.

      Desde el punto de vista de la historia católica, Berlín es también el emblema de la Kulturkampf y de la atávica revuelta antirromana, que siempre encuentra en suelo germano un humus especialmente fértil. Bonito escenario para el papa nacido en Baviera [los bávaros son los tradicionales opositores de los berlineses], para el teólogo que ha desanudado todos los complejos ligados a ese malestar difuso que ahora puede convertirse en un torrente de improperios. Pero él quiere ir, sabe bien que tiene que ir precisamente allí. Se lo dijo a su paisano Peter Seewald: «sí, allí el rebaño está apremiado, y si el Señor me regala todavía la fuerza necesaria, iré con gusto»

      El papa alemán mantenía especial interés por su país. «Por un lado —decía Robert Zöllitsch, presidente de la conferencia episcopal alemana— su secretario, mons. Georg Gänswein, es un alemán. Lo informa sobre las cosas más importantes, también por Internet. No se puede pretender que el Papa navegue en internet directamente. Y luego tiene un amplio círculo de amigos en Alemania. Cuando me convertí en presidente de la Conferencia episcopal, me dieron enseguida el consejo de informar al Santo Padre, en lo posible, siempre directamente. Y debo decir que el papa Benedicto realmente escucha». Esperemos que ahora también Alemania, la tierra de Lutero, escuche al papa alemán.

Pablo Blanco Sarto. Universidad de Navarra
Alfa y Omega / Almudí