Para san Pablo: tanto el matrimonio como el celibato son dones de Dios, que hay que custodiar y cultivar con cuidado. (…) Ambos tienen un carisma específico; cada uno de ellos es una vocación, que el hombre, con la ayuda de la gracia de Dios, debe saber discernir en la propia vida".
−¿Entonces, solo somos libres para contestar que sí o que no?
Nosotros no decidimos nuestra vocación ni la elegimos, sino que la elige Dios. En ese sentido, es cierto que a la vocación se responde afirmativa o negativamente, pues la vocación es una llamada de Dios desde la eternidad.

