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lunes, 1 de febrero de 2016

El valor de las lágrimas

Hay que saber ponerse al lado de quien llora y echar nuestro brazo sobre sus hombros para hacerle sentir el cálido apoyo de nuestro afecto
Hace muchos años leí que la cantidad de lágrimas en el universo era una constante: cada vez que alguien −fuera un niño o un adulto− dejaba de llorar, otro a su vez rompía en llanto. Me impresionó la afirmación y quizá por ello se grabó en mi memoria, aunque no recuerde ya el autor de la frase. Por supuesto, no es posible comprobar la exactitud de la tesis, pero sí que anima a pensar sobre el valor de las lágrimas en la vida humana y el papel decisivo del consuelo.
Puede haber −de hecho hay− lágrimas de felicidad, pero casi siempre que los seres humanos lloramos no es por alegría. Los niños lloran cuando se caen, cuando algo les duele, cuando reclaman la atención de sus padres. Los mayores no solemos llorar por el dolor físico −además tomamos analgésicos−, sino por el dolor moral: la ingratitud, la incomprensión, la injusticia y, en general, todo aquello que nos haga sufrir, en especial, si es causado por las personas que queremos. Sobre todo lloramos cuando mueren los padres, los hermanos, el cónyuge, los hijos, los amigos. Aunque sigan viviendo en nuestro corazón y en nuestra memoria, lloramos su ausencia que nos priva para siempre de su trato y de su amable compañía.