
La laicidad tal como la entienden las democracias avanzadas, no es una religión, sino una actitud del Estado ante el fenómeno religioso
El ministro de Cultura y “secretario de laicidad” del Partido Socialista ha remitido recientemente una carta a las ejecutivas provinciales del partido bajo el lema “laicidad, religión de la libertad”.
El documento se ha dado a conocer en diversos medios de comunicación. Debo reconocer que como eslogan suena bien. A la vez, como muchos eslóganes, encierra en pocas palabras equívocos, simplificaciones y contradicciones. En este breve comentario me referiré a tres de ellos.
En primer lugar, entender la laicidad como religión. Los ilustrados del Siglo XVIII, empezando por Rousseau, propusieron la laicidad como religión civil, con unos dogmas fijados por el gobernante, que los revolucionarios franceses pretendieron imponer a toda la sociedad mediante la violencia. Esta religión laica se ha manifestado en diversos momentos históricos como intolerante (así la diseñaron Proudhon, Marx, Feuerbach, entre otros), porque se entiende como la única verdadera.












