sábado, 4 de junio de 2011

¡AUXILIO!

El Dr. Cabellos nos presenta unas interesantes reflexiones sobre la ley de Igualdad

¡Auxilio!
¿Quieren modelar la sociedad a su gusto y por eso sacan este proyecto o son ignorantes de sus efectos perversos?

        Es difícil tratar este tema sin mezclarse en política. Buscaré el medio de hacerlo utilizando solamente el Magisterio de la Iglesia que, en asuntos como el que trato, es el sentido común existente de modo natural en los humanos, mientras no nos lo deterioren. A todo esto no he dicho que me voy a referir al proyecto de ley de Igualdad, presentado por la Ministra Pajín (Sanidad).

      En PaginasDigital.es, he leído un artículo magistral de Eugenio Nasarre, tocando algunos puntos del citado proyecto, que uno no sabe si tomarlo a guasa o en serio, porque es un delirante atentado contra un montón de libertades elementales, todo —como escribe Nasarre— bajo el señuelo irresistible de la igualdad. Añade también que si se trata de igualdad de todos ante la ley, no es necesario ningún proyecto, pero como ha sido propuesto, más bien parece que hay gato encerrado. Y claro que lo hay. Es el Gran Hermano: el Estado dueño de las costumbres de los hombres, con vigilantes de las mismas, que parecen una policía y un poder judicial paralelos.

      Algunos ejemplos: Estamos viendo los peligros de acusaciones falsas en la aplicación de la ley de violencia de género, que todo el mundo votó, porque era lo políticamente correcto. Pues extiéndase ese peligro —en lo que parece un chiste de Gila— a toda la sociedad y veremos cómo cualquier acusado de haber humillado, puede ser juzgado por una Autoridad —por supuesto, nombrada por el gobierno—, que bien puede conducirle a ser culpable hasta que demuestre su inocencia, si puede, claro. Justo lo contrario a la presunción de inocencia.

      Se violenta aún más la libertad con unas asociaciones a las que titula "promotoras de la igualdad de trato", que son los agentes paralelos a lo habitual. No sé si esto nace influido por los ocultos garantes del marxismo o del nacional-socialismo. Pero es así. Para lograr el propósito de modelar la sociedad de acuerdo con sus parámetros, no se queda ahí. Establece una "Estrategia Estatal para la Igualdad de Trato", con el fin de esculpir la sociedad conforme al pensamiento único: cualquier costumbre contraria al referido proyecto —esperemos que se quede ahí, para seguir respirando— será eliminada. Para el mismo objetivo invita a colaborar a los medios de comunicación, a la vez que se les amenaza si no lo hacen. O el artículo 22 es un brindis al sol —escribe Nasarre— o es un gravísimo límite a la libertad de expresión.

      Pero puede ocurrir algo tan chusco como esto: usted tiene un taxi y, por cualquier motivo, no coge a un presunto pasajero, puede ser denunciado por humillar al cliente que no subió. No digamos nada si usted es profesor de un centro educativo: ¿Puede sentirse seguro de no ser denunciado por quien diga sentirse humillado u ofendido, o de que ha explicado algo de modo que se opone a los cánones dictados por la ley? ¿Y si dice un vecino que le mira mal?

      Cómo no: también borra del mapa a los centros escolares concertados que impartan educación diferenciada, cuando la mínima libertad que puede tener un padre es la de educar a sus hijos como quiera. Ya coarta bastante esa libertad el tema de la zonificación, como para venir ahora con estas historias. Si esos centros están llenos, ahorran al estado la mitad de lo que cuesta un alumno en un centro estatal, ¿a santo de qué se les puede acusar de practicar la desigualdad? Con el mismo criterio, pueden prohibir —quizás lo hagan— las peluquerías de señoras, de caballeros, o los servicios higiénicos —perdón— que hay en cualquier lugar. Seguro que también en el Ministerio de Sanidad, que promueve esta ley.

      Son sólo unas pinceladas, pero hemos de leer el proyecto de ley entero porque constato que nos afecta absolutamente a todos, porque todos podemos ser víctimas de una denuncia por desigualar. Piensen en mí, en cualquier sacerdote que sea denunciado por algo dicho en una homilía o —lo que sería peor— en el confesonario, donde el sacerdote perdona en nombre de Cristo y, con cariño, ha de decir la verdad de las cosas. Podría ser hasta provocado por un falso penitente.

      Tendría yo que guardar la presunción de inocencia con los autores del proyecto presentado por el gobierno. Pero tengo un problema: ¿quieren modelar la sociedad a su gusto y por eso sacan este proyecto o son ignorantes de sus efectos perversos? Pues que nos lo digan. Yo sólo puedo decir que la libertad es un bien sagrado y cuando se va coartando con un exceso de legislación —quizás hasta hecha con buena fe—, todos vamos a menos, incluido el propio sistema democrático, uno de cuyos más importantes objetivos es dejar vivir en libertad para buscar el bien común. No lo es pretender una especie de "paraíso en la tierra", que no existe, ni siquiera con la Autoridad y las asociaciones encargadas de velar por una pretendida igualdad, que se convertiría en perversa injusticia permanente.

      Entre bromas y veras he puesto el título de estas líneas: ¡Auxilio! Que alguien sensato nos ayude a ser libres, a no perder los derechos humanos.

Pablo Cabellos LlorenteLas Provincias / Almudí

viernes, 3 de junio de 2011

Responsabilidad por la vida pública

Responsabilidad por la vida pública

   Un aspecto central de la misión propia de los fieles laicos es su compromiso en la vida pública, cultural y política, en orden a servir al bien común y especialmente a las personas más necesitadas

     La exhortación Christifideles laici (30-XII-1988) es la Carta magna sobre los fieles laicos, su vocación y misión. El texto prolonga la reflexión del Concilio Vaticano II, asumiendo la rica experiencia del camino posconciliar, enriquecedor y renovador. Un camino, sin embargo —se observa en la introducción—, no exento de dificultades. Concretamente se alude a dos “tentaciones” en los laicos mismos: «La tentación de reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico, cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más diversas realidades temporales y terrenas» (n. 2). 

      Estas dos “tentaciones” o riesgos pueden verse como consecuencia de un doble contexto histórico-social: de una parte, desde hacía muchos siglos, una extendida mentalidad que reservaba a los clérigos la responsabilidad de la edificación de la Iglesia, y, en consecuencia, consideraba a los laicos como meramente receptores de la salvación. A esto se ha venido sumando la progresiva descristianización de la sociedad, acelerada a partir de la revolución industrial en Francia y Centroeuropa. Pues bien, es este segundo fenómeno, la descristianización creciente, el que constituye la preocupación predominante del documento y determina su perspectiva y su forma de expresarse. Y es que Jesús quiere que especialmente los fieles laicos sean sal de la tierra y luz del mundo (cf. n. 4; Mt 5, 13-14).

Tareas propias de los laicos
      El texto deja claro que la preocupación por la salvación del mundo y la restauración del orden temporal pertenecen a todos los cristianos, como continuadores de la obra de Cristo, si bien de modos diversos. A los fieles laicos (los cristianos “de la calle”, que se santifican en la vida ordinaria y en el seno de la sociedad civil) les corresponde santificar las realidades terrenas (el trabajo, la familia, la cultura y la política, la salud y la enfermedad, el ocio y el deporte, etc.) “como desde dentro” del mundo mismo, como fermento o levadura. Es decir, viviendo plenamente su condición o índole secular. Esto significa el compromiso directo en la edificación de la ciudad terrena y en el progreso de los pueblos, por medio de su trabajo y en el transcurso de su existencia cotidiana. Es “ahí”, había dicho ya el Concilio Vaticano II, donde Dios los llama a ser santos, a dar testimonio de una vida coherente y a explicar las razones de su esperanza.
      Como todos los cristianos, los laicos también pueden contribuir a las necesarias actividades intraeclesiales (la catequesis, la colaboración en la liturgia, el servicio caritativo desde las parroquias, etc.), además de colaborar en ciertas tareas de los Pastores de tal manera que no se confundan las tareas de unos y de otros. 

      Juan Pablo II impulsó la formación de los fieles laicos ante todo como cristianos (vida de oración, celebración de los sacramentos, coherencia en la vida moral) y particularmente en la Doctrina Social de la Iglesia (encíclicas Laborem exercens, de 14-IX-1981, Solicitudo rei socialis, de 30-XII-1987, y Centesimus annus, de 1-V-1991). Al hacer esto, era bien consciente de que un aspecto central de la misión propia de los fieles laicos es su compromiso en la vida pública, cultural y política, en orden a servir al bien común y especialmente a las personas más necesitadas. 

      En esta línea sigue insistiendo Benedicto XVI, concretando cada vez más, para que los laicos no se retiren de sus propias responsabilidades. Esto comporta que también los Pastores (sobre todo los obispos) ejerzan las suyas en lo que se refiere a la formación de todos los fieles. 

Responsabilidad de los Pastores
      En su discurso del 26 de mayo a los obispos italianos, el Papa les ha insistido en su responsabilidad por la formación de los fieles laicos, para que éstos se impliquen en la vida pública, venciendo «todo espíritu de cerrazón, distracción o indiferencia». Les ha dicho que han de preparar a los laicos para que «quien está llamado a responsabilidades políticas y administrativas no sea víctima de la tentación de explotar su posición por intereses personales o por sed de poder». Les ha pedido que apoyen «la vasta red de agregaciones y de asociaciones que promueven obras de carácter cultural, social y caritativo»; que renueven «las ocasiones de encuentro, en el signo de la reciprocidad, entre el Norte y el Sur» (fomentando en el Norte la cultura de la solidaridad y del desarrollo económico, e invitando al Sur a dejar compartir sus recursos y cualidades). Les ha exhortado para que sigan cultivando «un espíritu de colaboración sincera y leal con el Estado», y que animen a cuantos «son llamados a gestionar la complejidad que caracteriza el tiempo presente»

      Además de esto y en cumplimiento de su misión como Pastores, «en una época en la que surge cada vez con más fuerza la petición de sólidas referencias espirituales», deben «plantear a todos lo que es peculiar de la experiencia cristiana: la victoria de Dios sobre el mal y sobre la muerte, como horizonte que arroja una luz de esperanza sobre el presente». Y «asumiendo la educación como hilo conductor del compromiso pastoral de esta década», han de «expresar la certeza de que la existencia cristiana —la vida buena del Evangelio— es precisamente la demostración de una vida realizada». De esta manera aseguran «un servicio no solo religioso o eclesial, sino también social, contribuyendo a construir la ciudad del hombre»: «una sociedad más justa, madura y responsable, capaz de redescubrir los valores profundos del corazón humano»

La Doctrina social, referencia para la espiritualidad de los laicos y su acción
      De esta forma, y siguiendo las huellas de su predecesor, Benedicto XVI se manifiesta del todo coherente con su afirmación de que «la Doctrina social de la Iglesia representa la referencia esencial para los proyectos y la acción social de los fieles laicos, así como para su espiritualidad, que se alimenta y se encuadra en la comunión eclesial: comunión de amor y de verdad, comunión en la misión» (Mensaje a la Asamblea plenaria del Consejo Pontificio Justicia y Paz, 3-XI-2010, n. 4). 

      Es la hora de preguntarnos si, especialmente los que nos dedicamos a tareas educativas, impulsamos de hecho la Doctrina social de la Iglesia, no permitiendo que se contemple sólo como una “bella teoría”, sino traduciéndola en obras “contantes y sonantes” de servicio. Los fieles laicos —en el ejercicio de su responsabilidad y libertad— están llamados a implicarse en las tareas culturales, sociales y políticas. Esto es —sobre todo en las circunstancias actuales— presupuesto y condición, manifestación imprescindible y consecuencia intrínseca de su propia vocación y misión.

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com / Almudí

jueves, 2 de junio de 2011

EL PODER NOS PUEDE

El poder nos puede
Hay criterios pedagógicos muy respetables a favor de una educación mixta y de otra diferenciada, y no hay necesidad de ahogar a ninguna de las opciones
     Imposible discutir con el poder: nos puede. Al final impone su opinión por decreto o ley, y, mientras tanto, tampoco atiende a razones. Ellos van erre que erre a lo planificado, como sea. A uno, sin embargo, que conoce la inteligencia y la buena memoria de los lectores, le da vergüenza repetir unos argumentos claros y sencillos. Que el poder no se limite estrictamente a lo suyo y se inmiscuya en lo divino y lo humano es muy malo, entre otras muchas razones, porque su sorda presencia impide un auténtico intercambio de ideas.
      Sobre la educación no mixta o diferenciada ya quedamos en que no es discriminatoria. Tampoco son discriminatorios los Juegos Olímpicos que separan hombres y mujeres. Con respecto a la educación, lo reconocen las normas internacionales, la práctica común y cada vez más extendida en muchos de los países más democráticos del mundo y el propio Gobierno español, que permite que existan colegios de educación diferenciada de pago. Si fuesen discriminatorios de verdad, tendría que cerrarlos de oficio ya mismo.
      Pero como es imposible (imposible porque no son, repito, discriminatorios), se empeñan los socialistas en quitar el concierto económico a los pocos colegios con educación diferenciada que lo tienen. Empeño que viene de lejos, que responde a una motivación ideológica y que ha sido recientemente desautorizado por el Tribunal Supremo, nada menos. Desautorizado porque (repito) la educación diferenciada no es discriminatoria, y mucho menos, cuando los padres la eligen con la absoluta libertad de poder llevar a sus hijos a otro colegio de educación mixta. Hay criterios pedagógicos muy respetables a favor de una y de otra, y no hay necesidad de ahogar a ninguna de las opciones.
      Así están las cosas, con declaraciones de Derechos Humanos y sentencias del Tribunal Supremo incluidas, y a uno le avergüenza repetirse tanto porque esto lo entiende cualquiera con dos dedos de frente. Pero el poder, con Leire Pajín de mascarón de proa, viene con una ley que corta por lo sano (nunca mejor dicho) y niega los conciertos. Se acaba así de golpe con la posibilidad de muchos padres de poder educar a sus hijos donde ellos consideran mejor. Que muy descaminados no andan, pues los resultados suelen ser superiores en esos colegios.
      Pero al poder todas estas razones —derechos, libertades, criterios educativos, responsabilidad de los padres, sentencias del Supremo, derecho comparado— le traen al fresco. "Ya, ya", contesta como mucho. Y saca una ley; y se acabó lo que se daba. Cartucho, que no te escucho. Y vamos a otra cosa, dicen, a por otra cosa, quieren decir, en contra.
Enrique García-MáiquezDiarioDeSevilla.es / Diario de Sevilla

miércoles, 1 de junio de 2011

¿QUÉ SE PUEDE HACER ANTE LA INGENIERÍA SOCIAL DEL GOBIERNO SOCIALISTA?

¿Y qué podemos hacer?


La realidad es la que es y es lógico que se quieran soluciones inmediatas, claras, eficaces, contundentes, pero eso, hoy por hoy, no es posible
  
      Hace poco me preguntaban en la radio sobre la situación de dos estudiantes a quienes no se les permite pasar a primero de bachiller por no haber cursado Educación para la Ciudadanía. Di mi opinión jurídica y también la extrajurídica. Expuse lo que se presenta, con toda seguridad, como un duro y difícil camino de recursos, impugnaciones... pleitos en definitiva y de resultado incierto, lo que aumenta el desasosiego. En lo extrajurídico hice una serie de consideraciones acerca de cómo podría haberse evitado llegar a esta situación. 

      Muy mal debí de presentar el panorama porque el entrevistador, llevado del inevitable, me reclamaba soluciones ya, inmediatas. De mis palabras deducía —así lo dijo— cierta melancolía, es decir, ese dolor, esa tristeza, estéril ante lo que debió ser y no fue. Lo negué. La realidad es la que es y es lógico que se quieran soluciones inmediatas, claras, eficaces, contundentes, pero eso, hoy por hoy, no es posible. Al día de la fecha este panorama sólo puede clarificarse de la mano de lo que digan dos tribunales, el Constitucional y el de Estrasburgo, o que llegue un cambio de gobierno que mande al trastero todo el andamiaje jurídico que regula esa asignatura. 

      En otra ocasión me ocurrió exactamente lo mismo y en ese caso al interlocutor le sugerí un ejemplo, un ejemplo bélico. Le dije más o menos que en 1940, con casi toda Europa ocupada por los nazis, muchos se preguntarían: ¿Qué podemos hacer? No parecía que Hitler fuese a morir, ni que el Tercer Reich se resquebrajase; alguno podría desear que todos los jerarcas nazis tomasen un avión que acabase desapareciendo en medio de una tormenta. Pero no. Hitler murió unos días antes de la capitulación y los jerarcas o se suicidaron en esos días, o acabaron en el patíbulo, o en la cárcel meses, o años después. Ante una Europa ocupada no existían esas soluciones inmediatas, claras, eficaces, contundentes que me reclamaba el entrevistador; la única solución la dio Churchill en ese famoso discurso: "Sangre, sudor y lágrimas"; triple receta que fue cuádruple pues suele olvidarse que añadió "esfuerzo". Fue en 1940 ante la Cámara de los Comunes, cuando todo era derrota. Estaba todo por ganar y se ganó. 

      Algo parecido ocurre con esas chicas que pueden verse obligadas a repetir y no por haraganear, sino por ejercer un derecho fundamental. Y quien dice esto dice otras situaciones creadas en los últimos años: por ejemplo, ¿qué hacer con la ley del aborto? ¿Y con la de los matrimonios homosexuales? ¿Y con la ley tal o cual?; o en otros aspectos, ¿qué hacer con un Ministerio Fiscal gubernamentalizado? ¿Y con una Justicia ineficaz? Lo deseable serían cambios rápidos, o algo parecido a lo que se hizo en la Segunda República, que en sus primeros momentos revisó toda la obra legislativa de la Dictadura de Primo de Rivera. No sé si llegará, si un cambio de mayoría parlamentaria llevará a revisar la obra legislativa de las últimas legislaturas; habría que hacerlo y exigirlo, pues hay normas que son insalvables en su totalidad y otras que requieren un repaso a conciencia para eliminar innovaciones dañinas y cegar así ciertos focos de los que emana una contaminación persistente. 

      Afortunadamente esas familias no están solas. Si algo hay que agradecer a nuestros actuales gobernantes es que hayan conseguido que vaya cayendo el tópico de que somos un país acomodaticio. Poco a poco va cuajando una masa de pensamiento crítico y mucha gente va despertando. Han logrado que se sienta inquietud ante lo que pasa y nos rodea. Pienso en la situación que había hace unos quince años —por poner una referencia temporal— y creo que no exagero al afirmar que esa anhelada sociedad civil, de la que tanto se habla, va tomando cuerpo. Gracias a esa sociedad, civil esos padres tienen asesoramiento, apoyo y medios, luego no pelean en solitario. 

      Desde luego que aún queda mucho camino por delante hasta que en España se pueda hablar de una sociedad despierta, atenta, crítica y exigente —eso es una sociedad civil—, pero arrastramos una idiosincrasia y algo debe significar que, a diferencia de otros países, en nuestro solar hayan florecido o florezcan dictaduras o actitudes poco amigas de las libertades reales, o que se haya convivido con tanto intervencionismo en lo social y en lo económico. Por lo tanto, nada de melancolías: es que estamos empezando a ir por un camino no precisamente corto.

José Luis Requero (Magistrado) Alacet.org (*) / Almudí

martes, 31 de mayo de 2011

Escuela concertada: discriminada pero popular

   La escuela concertada en España tiene una extraña economía. Cuenta con unos clientes satisfechos, pero, en teoría, no puede cobrarles, por estar subvencionada. Tampoco puede obligar al Estado a que aumente una financiación notoriamente insuficiente, que no garantiza la gratuidad. Al final, la escuela concertada es un buen negocio... para el Estado.

   En los últimos meses, varias denuncias han vuelto a colocar a la escuela concertada en el ojo del huracán. La manzana de la discordia son las cuotas que algunos de estos colegios cobran para compensar la insuficiente aportación pública. Precisamente para tratar este tema se ha constituido una Comisión que abordará la cuantía de los conciertos, aunque muchos piensan que se trata de una operación meramente cosmética.

   En la mesa de negociaciones están presentes, además del Ministerio convocante, sindicatos, patronales y representantes de algunas comunidades autónomas. Las principales reivindicaciones que se están planteando persiguen un objetivo común: la equiparación efectiva de la escuela concertada con la pública en cuanto a la financiación. Si debe ser tan gratuita como la pública, sin poder cobrar cuotas obligatorias a los padres, que se igualen también los salarios y la carga lectiva de los profesores.

   Además, los sindicatos de la concertada piden que se revisen las partidas de “Gastos variables” y “Otros gastos”, verdadero agujero negro para las economías de estos colegios. Prueba de ello son los datos aportados por la Confederación Española de Centros de Enseñanza (CECE), tomados a su vez del MEC: en total, la plaza pública le cuesta al erario público casi un 60% más cara que la concertada.

Un debate recurrente
El debate sobre la escuela concertada se reproduce en España con sospechosa frecuencia, como si estas escuelas tuvieran que justificar una y otra vez su existencia. Hay quien discute su misma legitimidad, por mucho que la amparen la Constitución y un Real Decreto (2377/ 1985) que calificaba el concierto educativo como “el instrumento jurídico preciso para aquellos centros privados que desean impartir la educación obligatoria en régimen de gratuidad”. Las ulteriores leyes de educación –la última, la LOE– han corroborado el mismo criterio.

Sin embargo, el mismo Real Decreto abría la puerta, de manera indirecta, a una posibilidad peligrosa que ha terminado por convertirse en el principal problema de la escuela concertada: por un lado comprometía a la Administración a “asignar fondos públicos para el sostenimiento de los centros concertados”, pero a la vez autorizaba a que los colegios pudieran recibir de los padres –aunque siempre con carácter voluntario– unas cuotas destinadas a sufragar lo que el texto denomina “actividades complementarias”. Aunque la ley no explicita cuáles son esas actividades, en realidad se trata del servicio de comedor, el transporte y las clases de refuerzo.

En principio, el contrato está claro: la Administración subvenciona lo estrictamente necesario –el mantenimiento material del centro y los salarios de los profesores y personal administrativo– y los demás gastos del colegio, considerados automáticamente como lujos, corren a cuenta de los padres, aunque no se les puede obligar a costearlos.

Fondos que no cubren el coste
El problema aparece cuando, en virtud de que los concertados pueden recibir ayuda económica de los padres, la Administración interpreta que de hecho la reciben, y que por tanto necesitan menos dinero público. Solo un razonamiento así puede explicar la inmensa diferencia entre lo que perciben las escuelas públicas y las concertadas: la plaza en un centro público cuesta al fisco una media de 6.567 euros anuales, por los 2.771 de la plaza concertada.

Además, a lo que los colegios públicos reciben de las comunidades autónomas hay que añadir los gastos que sufragan los ayuntamientos, o las consejerías de Educación en el caso de los institutos: agua, luz, conserjería o construcción de nuevas instalaciones como polideportivos. En cambio, la escuela concertada debe financiarse estos mismos conceptos con una ayuda pública que está en torno a los 6.000 y 8.000 euros por aula, muy lejos de la que le corresponde a los centros públicos.

A no ser que en los colegios públicos se derroche el dinero o se paguen sueldos desorbitados, esta diferencia significa que el supuesto “sostenimiento económico” al que se comprometía la Administración, en la práctica, no se cumple, lo que condena a los centros concertados a la inestabilidad económica.

También les obliga a convertirse en expertos en marketing: o consiguen convencer a los padres de que aporten lo que les niega la Administración o están condenados a la quiebra. Claro que, para que los alumnos estudiaran en igualdad de medios con los de la pública, tendrían que conseguir que los padres abonaran más de 3.700 euros anuales, que es la diferencia entre lo que aporta el Estado dependiendo de si la plaza es pública o pertenece a uno de los centros concertados.

La concertada, más castigada por la crisis
Pero la capacidad de pago de las familias no llega a tanto. Según datos del INE de 2009, las familias con hijos en la concertada gastaban de media 1.433 euros al año por plaza, incluyendo material escolar, uniformes, comedor… La media del gasto de las familias en la pública es de 658 euros. Sumando lo que aportan la Administración y las familias, la diferencia en cuanto a recursos económicos sigue siendo enorme a favor de la escuela pública.

Aun así, la concertada está sufriendo una campaña que ha aprovechado las prácticas de algunos colegios –según las acusaciones, habrían vulnerado el principio de no obligatoriedad de las cuotas– para extender la sospecha hacia todo el sector. Esta es la preocupación de Emilio Díaz, portavoz de la Federación Española de Religiosos de la Enseñanza (FERE), mayoritaria en el sector de la escuela concertada: “Espero que el control que van a establecer [sobre la voluntariedad de las cuotas] no sea una llamada a que los padres no colaboren con nuestros colegios, porque si no lo hacen, directamente tendremos que cerrar” (El País, 10-11-2010). Y es que el cobro y las cuantías de las cuotas se han convertido en el principal caballo de batalla para los críticos del concierto económico. Con la batalla ideológica antiprivatización latente, la económica puede terminar por ahogar a este sector de la educación.

De hecho, la crisis ha perjudicado, como era de esperar, a los ingresos de los colegios privados y concertados. Por ejemplo, en el último curso, que ha supuesto un aumento de matriculaciones en términos absolutos, la concertada se ha quedado estancada.

¿Selección encubierta?
Otra de las acusaciones más frecuentes es la de que las escuelas concertadas provocan una especie de selección del mejor alumnado a través de las cuotas, que impiden a las familias más desfavorecidas acceder a sus plazas. Tal crítica supone, de manera simplista, que los mejores alumnos son los que provienen de familias con más dinero. Además, olvida el hecho de que las cuotas son voluntarias.
La acusación de elitismo sirve en muchos casos para encubrir los problemas específicos que aquejan a la escuela pública. Uno de ellos es la concentración de extranjeros en sus aulas. Nadie niega que la acumulación de estos alumnos –cerca de un 80% estudia en centros públicos– genera frecuentemente problemas de integración. Pero esto es también una consecuencia de que las plazas en los centros públicos y concertados se adjudican, en buena parte, según el domicilio del alumno.

La realidad es que las normas de admisión de cualquier centro concertado han de ajustarse a una regulación específica, prácticamente igual a la de la enseñanza pública. Si existe algún tipo de favoritismo o exclusión es tan denunciable como si ocurriera en un colegio público.

Ahorro para el Estado
En muchas ocasiones el debate acerca de la escuela concertada se contamina de otros, como el de si es legítimo que las arcas públicas de un estado laico subvencionen centros confesionales.
Los centros concertados suponen actualmente un ahorro de más de 2.000 millones de euros a las comunidades autónomas

En ambos casos, el argumento suele ser el mismo: el que quiera una escuela diferente –diferente de la pública, se entiende–, que se la pague él, no con el dinero de todos. Lo que ocurre es que en ese “todos” están incluidos también los padres que llevan a sus hijos a centro privados o concertados, confesionales o no, y que por tanto no se benefician directamente de los impuestos con los que contribuyen al sostenimiento de los centros públicos, que constituyen el 70% del total.

Una proporción que no está acorde con el gasto presupuestario. En todas las comunidades autónomas españolas el porcentaje del presupuesto de educación destinado a las escuelas concertadas es inferior al que les correspondería por el número de alumnos que estudian en este tipo de colegios. En total, según datos de la CECE, los centros concertados suponen actualmente un ahorro de más de 2.000 millones de euros a las comunidades autónomas.

Sin las cuotas destinadas a cubrir las denominadas "actividades complementarias" los colegios concertados no podrían mantenerse
El error de fondo es confundir dinero público con dinero del Estado. En realidad, el dinero público es de la sociedad, y la elevada demanda de plazas en los centros concertados indica que la sociedad está a favor de este tipo de escuelas. El derecho a la educación reside en los padres, y la elección del centro es una parte importante de ese derecho.

Los retos del sistema público
En principio, la escuela pública tiene muchas bazas que juegan a su favor y debería atraer a los mejores profesores. Las oposiciones de acceso aseguran en teoría la competencia profesional de los docentes. Además, la ratio de alumnos por profesor en la pública es inferior a la de la escuela concertada, que acoge a un 28% del alumnado frente al 24% de los docentes. Si a esto añadimos que los sueldos de los profesores en la pública son netamente superiores –un 25% según CC.OO. y más de un 40% según la FERE– y que su jornada lectiva semanal es en torno a un 25% menor, lo lógico sería esperar un profesorado altamente motivado y capacitado para realizar su trabajo.

A pesar de todo, el rendimiento académico no es mejor en los centros públicos: durante la etapa obligatoria el abandono escolar en los centros públicos es del 33%, mientras que en la concertada se queda en el 13,9%. Los que repiten curso durante esta etapa son el doble en la pública, según datos del Sistema Estatal de Indicadores de la Educación para el curso 2007-2008. Ya en Bachillerato, el 86,65% de los alumnos de escuelas concertadas consigue titularse, frente al 70,7% de los alumnos de escuelas públicas.

Un dato que tener en cuenta es el envejecimiento del profesorado en los centros públicos: solo un 37,6% tiene menos de 40 años, frente al 49% en la concertada.

FERNANDO RODRÍGUEZ BORLADO
ACEPRENSA

FE CRISTIANA Y UNIVERSIDAD

La fe es luz e impulso para la ciencia y la cultura, y vivifica la tarea universitaria al servicio de las personas y de la transformación de la sociedad
 
Con motivo del 90º aniversario de su fundación, el 21 de mayo Benedicto XVI dirigió unas palabras a los miembros de la Universidad Católica del Sacro Cuore (Roma). En ellas manifestó el servicio que la fe cristiana presta a la ciencia y a la cultura. 

Crisis del humanismo y de la universidad
      En una mirada a las transformaciones de nuestro tiempo, que se reflejan en la universidad, señalaba: «La cultura humanista parece afectada por un progresivo deterioro, mientras que se pone el acento en las disciplinas llamadas ‘productivas’, de ámbito tecnológico y económico; hay una tendencia a reducir el horizonte humano al nivel de lo que es mensurable, a eliminar el saber sistemático y crítico, la cuestión fundamental del sentido. La cultura contemporánea, entonces, tiende a confinar a la religión fuera de los espacios de la racionalidad»

      Ante esto, la perspectiva cristiana como marco del trabajo intelectual en una Universidad de inspiración católica, sirve a la ciencia y a la cultura, al ampliar el horizonte y el camino hacia la verdad plena; pues «sin orientación a la verdad, sin una actitud de búsqueda humilde y ardua, toda cultura se deteriora, cae en el relativismo y se pierde en lo efímero». En cambio, «liberada de la presión de un reduccionismo que la mortifica y la limita, puede abrirse a una interpretación verdaderamente iluminada por la realidad, desarrollando así un auténtico servicio a la vida».

      Por tanto la fe y la cultura están íntimamente unidas. Y por eso «es necesario que en la Universidad haya una auténtica pasión por la cuestión de lo absoluto, la verdad misma, y por tanto también por el saber teológico». Y explicaba el Papa: «Uniendo en sí la audacia de la búsqueda y la paciencia de la maduración, el horizonte teológico puede y debe valorar todos los recursos de la razón. La cuestión de la Verdad y de lo Absoluto —la cuestión de Dios— no es una investigación abstracta, divorciada de la realidad cotidiana, sino la pregunta crucial, de la que depende radicalmente el descubrimiento del sentido del mundo y de la vida»

La tarea universitaria y el servicio de la fe a la persona y a la sociedad
      Si el presupuesto del trabajo universitario es “la pasión auténtica por el hombre”, según el Concilio Vaticano II, la fe es capaz de donar luz a la existencia: «La fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por ello orienta la mente hacia soluciones plenamente humanas» (Gaudium et spes, 11). 

      Ahora bien, no hay que perder de vista que la fe es inseparable de la caridad, pues «el núcleo profundo de la verdad de Dios, de hecho, es el amor con el que Él se ha inclinado hacia el hombre y, en Cristo, le ha ofrecido dones infinitos de gracia» (cf. 1 Jn 4, 7 y 8). Por eso San Agustín pudo decir: «No se entra en la verdad sino por la caridad» (Contra Faustum, 32).

      Según Juan Pablo II, el hombre necesita la verdad y el amor, para no perder el frágil tesoro de la libertad y exponerse a la violencia de las pasiones y condicionamientos abiertos y ocultos (cf. Enc. Centesimus annus, 46). Y a propósito del amor Benedicto XVI observa: «La fe cristiana no hace de la caridad un sentimiento vago y piadoso, sino una fuerza capaz de iluminar los senderos de la vida en todas sus expresiones». No se trata sólo de una ayuda ocasional, sino de «transformar la vida de la persona y las mismas estructuras de la sociedad». Pues bien: «Este es un compromiso específico que la misión en la Universidad os llama a realizar como protagonistas apasionados, convencidos de que la fuerza del Evangelio es capaz de renovar las relaciones humanas y penetrar el corazón de la realidad»

      En definitiva, la tarea universitaria iluminada por el Evangelio debe «mostrar cómo la fe cristiana es un fermento de cultura y luz para la inteligencia, estímulo para desarrollar todas las potencialidades positivas, por el bien auténtico del hombre». De esa manera, «lo que la razón percibe, la fe lo ilumina y manifiesta. La contemplación de la obra de Dios abre al saber la exigencia de la investigación racional, sistemática y crítica; la búsqueda de Dios refuerza el amor por las letras y ciencias profanas». Así lo señala Hugo de San Víctor: «La fe es ayudada por la razón y la razón es perfeccionada por la fe» (De sacramentis, I, III, 30: PL 176, 232). 

La capilla universitaria
      De ahí también que la capilla universitaria debe ser como el corazón de la Universidad y sus tareas. En palabras del Beato Juan Pablo II, se trata de «un lugar del espíritu, en el que los creyentes en Cristo, que participan de diferentes modos en el estudio académico, pueden detenerse para rezar y encontrar alimento y orientación. Es un gimnasio de virtudes cristianas, en el que la vida recibida en el bautismo crece y se desarrolla sistemáticamente. Es una casa acogedora y abierta para todos los que, escuchando la voz del Maestro en su interior, se convierten en buscadores de la verdad y sirven a los hombres mediante su dedicación diaria a un saber que no se limita a objetivos estrechos y pragmáticos. En el marco de una modernidad en decadencia, la capilla universitaria está llamada a ser un centro vital para promover la renovación cristiana de la cultura mediante un diálogo respetuoso y franco, unas razones claras y bien fundadas (cf. 1 Pe 3, 15), y un testimonio que cuestione y convenza» (Discurso a los Capellanes europeos, 1 de mayo de 1998). 

      En efecto. En la medida en que la vida universitaria esté abierta realmente a la verdad y al amor, los que allí trabajan y estudian pueden encontrar en la fe cristiana la luz y el impulso para servir efectivamente a los demás.
Ramiro Pellitero. Universidad de Navarraiglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

lunes, 30 de mayo de 2011

¿CONFIARÍA SU MUERTE A LA MINISTRA PAJÍN?

Leire Pajín
    Están hartos de su ineptitud, frivolidad, sectarismo e imposturas. Bajo tal grado de deterioro de su crédito, les ha entrado una prisa enorme por tramitar leyes ideológicas con las que, por ejemplo, privar de acceso a los recurso públicos a los padres y colegios que, “supuesta” la libertad de enseñanza, optan por el modelo de enseñanza diferenciada entre chicos y chicas o, en otro campo de gran importancia, colar una ley reguladora de la “muerte digna” con muy sutiles y sospechosas ambigüedades. Visto lo ocurrido con la ley del aborto patrocinada por un personaje como la Aido ¿qué confianza se puede tener en las intenciones reales de una ley sobre la muerte patrocinada por un personaje como la Pajín? En vez de “ingenieras sociales” mejor nos habría ido si fueran ingenieras industriales.

    Las escopetas las cargaba el diablo. Lo digo en pasado porque hoy en día lo que carga son las ruedas de prensa. Quizás sea porque, con el tiempo, Orugario, de la mano de su tío y maestro Escrutopo, ha descubierto que la prensa te explota en la cara mejor que una escopeta. Le pasó a Carmen Chacón en El Epílogo de Tomelloso. “Estamos en el prólogo –dijo- de cosas maravillosas”. Orugario ha conseguido que el prólogo del 22M fuera el epílogo de sus aspiraciones políticas. Una maravilla, of course. Otra le ocurrió ni más ni menos que al Cardenal de Madrid. Estando en el Foro Nueva Sociedad para presentar la próxima venida del Papa, en agosto próximo, para presidir las jornadas mundiales de la juventud, algún periodista le preguntó sobre la Ley Pajín y el bueno de monseñor Rouco, sin recordar que la prensa la carga el taimado Escrutopo, dijo aquello de “ Yo no he leído el texto, lo han hecho mis colaboradores y no se trata de una ley de eutanasia”. El centro de la rueda de prensa, la visita del Papa y la JMJ, pasó a segundo plano. Lo que la prensa enfatizó fue el “positivo” comentario del Cardenal sobre la polémica ley Pajín de la “muerte digna”. La prensa de izquierda aplaudió. Los sectores provida más activos quedaron atónitos. 

   El Cardenal debe ser consciente –decían- que su juicio es muy cualificado, de manera que si no ha leído personalmente el texto puede haber sido imprudente trasladar la opinión de sus colaboradores sin caer en cuenta que le sería atribuida a su autoridad. Menos mal que, según añadió el propio Cardenal, la Iglesia “trabaja en un análisis interno del texto”. Parece razonable sugerir que, en tal supuesto, haya menos improvisación y mas presencia de aquellos profesionales expertos y movimientos civicos provida, no sea que en cuestiones de razon y derecho natural la ausencia de unos y el exceso de protagonismo jerárquico pueda dar la impresión que la postura contra la eutanasia, como en su día contra el aborto, se sustenta sólo en argumentos de fe religiosa sólo validos para creyentes.

    El anteproyecto de “ley reguladora de los derechos de la persona ante el proceso final de su vida” plantea una primera cuestión de oportunidad política. La muerte es un hecho biográfico muy importante del que ningún ciudadano quedará exento. Afecta al paciente, a su entorno familiar, al personal facultativo, a los centros médicos públicos y privados, y a la administración sanitaria, en especial de las Comunidades Autónomas. La regulación de los procesos terminales requiere un gran consenso social y político, con un protagonismo experto de los cuerpos facultativos más experimentados y una correspondiente dotación de equipos especializados en paliativos. De manera que la primera duda razonable es si el Gobierno Zapatero y su ministra Pajín, en la objetiva circunstancia de descrédito y desconfianza que padecen hoy día ante la ciudadanía y dadas su conocidas afinidades con los sectores proeutanasia, son los más idóneos gestores de una ley de tamaña importancia para todos los ciudadanos. Las prisas en tramitarla aumentan esta inconveniencia y las sospechas.

    El texto del anteproyecto define, en su art. 1, los dos objetivos principales. Primero, la protección de la dignidad de las personas en los procesos terminales de la vida. Segundo, el garantizar el pleno respeto a la voluntad del paciente en la toma de decisiones sanitarias. Nada que objetar al primer principio. Pero el segundo va a ser fuente de muchos problemas, si se mantiene con una radicalidad de raíz ideológica y, además, se refuerza en la praxis prevista en el art. 11, 2 c, en relación con los arts. 15, 3 y el 17, 2. ¿Por qué? Porque la voluntad del paciente, por muy suya y libre que sea, no garantiza que lo que quiere sea lo mejor para él y para la lex artis, es decir, honorable y correcto para la buena praxis médica. Una cosa es la dignidad del paciente y otra que su voluntad sea digna. Los pacientes en procesos terminales –cuyo pronóstico se reduce a semanas o meses- y sus entornos familiares sufren situaciones físicas y psicológicas muy duras, intensas y cambiantes. Convertir la voluntad del paciente –o de su representante y familiares, si aquel estuviere incapacitado- en derecho a decidir las intervenciones y tratamientos médicos, y no sólo los necesarios para paliar el dolor y sufrimiento, sino incluso los que tienen como efecto el acortar la vida o ponerla en peligro inminente (arts. 4 y 6, 1) puede ser una vía que encubre una práctica positivamente eutanásica, sobre todo si se tiene en cuenta que el texto de ley asegura la falta de responsabilidad para el personal sanitario que haya actuado así cumpliendo los deseos del paciente, su representante o sus familiares. La experiencia enseña que no siempre que el entorno familiar o sanitario acorta la vida de un terminal lo es en su favor, aunque esa sea la excusa.

    En estos detalles, el anteproyecto de ley favorece que pueda desdibujarse la diferencia entre la sedación terminal y la eutanasia, de manera que la intención sedativa terminal de paliar los sufrimientos sea sustituída, usando el proceso sedativo, por la de provocar la muerte. No hay un argumento sólido para negar al personal médico y sanitario ya no sólo la objeción de conciencia, sino la de ciencia. No siempre los cuadros médicos estarán de acuerdo en la naturaleza terminal y sus pronósticos, de manera que es muy razonable permitir la garantía de la objeción de ciencia y conciencia. Su negativa tan radical no deja de ser sospechosa de un trágala ideológico. En suma, ¿por qué en cuestión de tanta trascendencia no se camina con menos prisas y más mesura? Conociéndoles como les conocemos, es decir, por sus obras, ¿usted confiaría su muerte a un entorno familiar y médico afecto a la ideología de ZP y la Pajín?

PEDRO JUAN VILADRICH
Catedrático de Universidad
LA GACETA

UN PROYECTO DE INGENIERÍA SOCIAL

   Quizá no exista un síntoma más rotundo de que un gobierno se desliza por la pendiente que conduce al totalitarismo que su pretensión de erigirse en autoridad espiritual: La naturaleza del proyecto socialista consiste en la transformación moral radical de la sociedad.

       El anuncio de Rodríguez Zapatero de que no se presentará a la reelección como candidato de su partido a la presidencia del Gobierno y su desastre electoral no despejan las dudas sobre la continuidad de su proyecto político, al menos hasta la convocatoria de elecciones generales. Ahora de lo que se trata es de si el PSOE persiste o no en él.

      Varias han sido y son las interpretaciones sobre la empresa política y la índole intelectual y moral, valga la exageración, de Zapatero. Entre ellas, el "buenismo", el "pensamiento Alicia", la improvisación permanente, la ausencia de proyecto, la ingenuidad utópica. Algunas aciertan, pero solo en parte. En realidad, sea obra suya o no, y más bien cabe conjeturar lo segundo, existe un proyecto político muy bien definido y, en gran parte, consumado. Sus consecuencias quizá solo en parte serán reversibles.

       La naturaleza del proyecto consiste en la transformación moral radical de la sociedad. No se trata de un ingenuo u oportunista improvisador. Está orientado por el relativismo ético, pero acaso se trate de algo aún peor. El relativismo es quizá el medio, pero no el fin. Este fin es más la inversión de la jerarquía natural de los valores que su mera disolución. Al cabo, se trata, en muchos casos, de que lo inferior ocupe el lugar de lo superior, y lo malo el de lo bueno. Si estoy en lo cierto, se trata de un proyecto de ingeniería social, es decir, de conformación de la sociedad a la medida de los valores (o contravalores) del Gobierno. Ignoro si todo su partido lo respalda, aunque lo dudo, pero lo cierto es que los discrepantes son o escasos o silentes.

      Los ejemplos son notorios. La crisis económica, solo en este sentido providencial, no ha hecho sino aminorar la intensidad del desmán. La nómina es conocida, aunque demasiadas veces se mire hacia otro lado, como si no se quisiera ver la realidad. La nueva legislación del aborto ha transformado un delito en un derecho de la mujer, solo limitado por un plazo arbitrario. La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, que muy probablemente contraviene el derecho de los padres a elegir la educación religiosa y moral de sus hijos, entraña una usurpación del Gobierno, cuya misión es garantizar el ejercicio del derecho a la educación, pero no determinar su contenido antropológico y moral. La regulación de la experimentación con embriones y la reproducción asistida asesta un golpe decisivo a la dignidad de la vida. Algo más renuente se encuentra, aparentemente, el Ejecutivo sobre la legalización de la eutanasia. 

       Ha elegido, de momento, una vía vergonzante: la regulación de los cuidados paliativos y la "concesión" de un nuevo derecho: el derecho a la muerte digna. Como si hasta ahora el encarnizamiento terapéutico fuera una exigencia legal y la práctica médica no se preocupara de la administración de los cuidados paliativos; como si la legislación actual nos condenara al deber de una muerte indigna. La consideración como matrimonio de las uniones legales entre personas del mismo sexo ha destruido la concepción tradicional del matrimonio y la familia. La legislación sobre la "memoria histórica" entraña una ruptura de la concordia nacional y un agravio al derecho a la libertad de investigación y de expresión. Y ya está preparado el proyecto de ley de no discriminación e igualdad de trato, de naturaleza totalitaria.

      Estos son los elementos principales de este proyecto de ingeniería social, que persigue la modelación de la sociedad y sus costumbres a los dictados del poder político. Un poder que, por cierto, nunca ha obtenido la mayoría absoluta, que sí lograron González y Aznar. Sus raíces ideológicas quizá se encuentren, si es que se encuentran en algún lugar, en el nihilismo derivado del posestructuralismo francés. Y su objetivo es el combate contra el cristianismo y el liberalismo (y no cabe olvidar a este último). Todo proyecto de ingeniería social es enemigo de la libertad. Este lo es también del cristianismo, y, más concretamente del catolicismo. Se trata de derruir los fundamentos católicos de la sociedad española, por más que se invoque solo la aconfesionalidad del Estado y la libertad religiosa.

      Y, de manera solo aparentemente paradójica, se ataca a la libertad mientras se reconocen "nuevos derechos". Por lo demás, los derechos no son creaciones ni concesiones del Gobierno, como si se tratara de un nuevo señor feudal democrático que dispensa derechos a sus vasallos agradecidos. Los derechos solo se reconocen y garantizan, pero no se crean. Además, esta apoteosis de los derechos los convierte en enemigos de la libertad. Y no es extraño. Kant afirmó que tener un derecho es tener la capacidad de obligar a los demás. Todo derecho entraña deberes y obligaciones para uno mismo y para los demás. Desde el aborto al aire limpio. Si abortar, contra todo derecho y razón, se convierte en un derecho, generará obligaciones para el personal de la Sanidad y, en general, para toda la sociedad. Si uno tiene derecho a no aspirar humo de tabaco ajeno, se limitará necesariamente el derecho a fumar en espacios públicos. Y así podríamos continuar con otras limitaciones a la libertad, unas justificadas y muchas no, en el nombre de los derechos Los deberes se cobran así su venganza, y el dispensador de derechos se convierte en generador de cargas y obligaciones.

      Quizá no exista un síntoma más rotundo de que un gobierno se desliza por la pendiente que conduce al totalitarismo que su pretensión de erigirse en autoridad espiritual. Y esto se manifiesta en su designio de que las leyes por él aprobadas, no por cierto las aprobadas por la oposición cuando estaba en el poder, constituyen la única y verdadera moral exigible a todos. Todo gobernante autoritario pretende que su Derecho se convierta en moral. No quiere rivales. El poder temporal pretende suplantar hoy al poder espiritual. Y esto solo es posible cuando el poder espiritual está vacante.

      Ortega y Gasset afirmó en La rebelión de las masas que Europa se había quedado sin moral. Parece que seguimos así, pues, si la hubiera, no podría fabricarla a su antojo el Gobierno. Al final del segundo volumen de La democracia en América, afirmó Tocqueville que las naciones democráticas de sus (nuestros) días no podían evitar la igualdad de condiciones en su seno, pero que de ellas dependía que la igualdad condujera a la libertad, la civilización y la prosperidad, o al despotismo, la barbarie y la miseria. De nosotros, me refiero a los españoles, depende, pero mucho me temo que hayamos emprendido el camino equivocado. Pero el futuro no está determinado, y podemos cambiar el rumbo. Mas conviene advertir que no se trata solo de un cambio de Gobierno, con ser este necesario y urgente, sino de algo mucho más profundo y difícil: la restauración de la moral. Por eso, el único modo de combatir el proyecto de ingeniería social consiste en emprender otro proyecto alternativo de regeneración intelectual y moral. La política, imprescindible, vendrá después y de suyo. Están en juego la libertad, la civilización y la prosperidad.

Ignacio Sánchez Cámara es Catedrático de Filosofía del Derecho
ABC / ALMUDÍ

domingo, 29 de mayo de 2011

El “cielo” de Hawking

   Hawking tiene realmente “razón”. Su “cielo” no existe.  Ese “cielo” que, en sus palabras, “es un cuento de hadas para los que tienen miedo a la muerte, para los que temen la oscuridad”.

   Efectivamente, ese “cielo”, el “cielo” de Hawking no existe. Y a Dios gracias. ¿Para que tenía que existir un “cielo” tan inútil?

   A los hombres jamás se les hubiera ocurrido inventarse un “cielo” para calmar sus temores a la muerte; sencillamente, porque si el Cielo no existiera, jamás el hombre hubiera tenido el mínimo temor a la muerte. Como no tiene “miedo a la muerte” ni la hormiga, ni el gato, ni el orangután, ni el jilguero, ni la mariposa, ni el pez más escuálido ni la ballena más voluminosa.

   ¿Por qué Hawking tiene esa preocupación de un “cielo” que no “existe”? Me viene a la cabeza un par de escolios de Gómez Dávila: “El ateo nunca le perdona a Dios su inexistencia”; “Es más fácil creer en los dioses del Olimpo o de los Indigitamenta que en la inexistencia de Dios”.

   Hawking es muy libre de seguir haciendo afirmaciones sobre “dios”, sobre “el cielo”. ¿Añora quizá el Cielo que sí existe, el Dios que sí existe? Quizá eso podría explicar que vuelva de vez en cuando sobre estos temas. ¿Busca acaso que alguien le convenza de que la existencia de Dios está fuera del alcance de sus fórmulas físico-matemáticas? Y que, por consiguiente más allá de la razón existe la Fe, una Fe tan llena de inteligencia como la razón misma.

   Reconozco que rezo para que Hawking abra su inteligencia, su prodigiosa inteligencia a la Fe. La Fe cristiana no se opone, en absoluto, al saber científico. Al contrario, la Fe amplía el horizonte de nuestro conocimiento y empuja el corazón del hombre a  conquistar cada más profundamente  el conocimiento del universo.

   “Dejadme ir a la casa del Padre”. Juan Pablo II, y con él muchos otros hombres y mujeres, no han tenido ningún miedo a la muerte. No se inventaron nada, ni tuvieron la más mínima necesidad de “cuentos de hadas”. ¿Qué sentido tiene inventarse algo que ya existe? Sencillamente descubrieron en el fondo de su corazón “lo que el Señor tiene reservado para quienes le aman”: el Cielo, el Amor de Dios.

   Quizá algún día Hawking amplíe el horizonte de su visión del mundo, de su visión de la Creación –que no cabe, ciertamente, en ninguna fórmula matemática. Y entonces se dará cuenta de que  el hombre es lo suficientemente inteligente para ser consciente de que su vida no acaba aquí.

   Y no necesitará ni temblar ante la muerte, ni buscarse un refugio en un “cuento de hadas”. Sencillamente dirá, con serenidad y paz: “Dejadme ir a la casa del Padre”.

 Ernesto Juliá Díaz
RELIGIÓN CONFIDENCIAL

sábado, 28 de mayo de 2011

Abramos los ojos... ¿son las sedaciones eutanasias?

Abramos los ojos... ¿son las sedaciones eutanasias?

En la sedación el parámetro de respuesta es la del alivio del síntoma con un indeseable efecto de acortamiento de la vida, siendo en la eutanasia la muerte rápida del paciente
Morirse no es lo que era y los entierros tampoco. Las misas, las oraciones y hasta el llanto por la pérdida han sido sustituidos por interpretaciones de Vivaldi en vivo y directo, y por parlamentos, más o menos logrados, de algún familiar o de un amigo con vocación de orador, capaz de convertir los vicios del difunto en virtudes. También ha cambiado la forma de afrontar la muerte, si ésta tarda en llegar, pues lo importante es que el moribundo no sea consciente del trance que se avecina y que el sufrimiento sea el objetivo a eliminar, aunque así eliminemos al que sufre. 
      Pronto tendremos una nueva ley, anunciada para el mes de mayo, que regulará nuevas formas de morir. En este proyecto de ley se habla de la sedación como un derecho del paciente, pero ¿puede el enfermo o la familia exigir una sedación? La nueva ley de regulación del aborto dejó sin protección a los no nacidos para inventar un supuesto derecho de la madre a abortar, por lo que cabe pensar que hablar de nuevos derechos para que las sedaciones se realicen a petición del enfermo y no por un criterio del profesional, puede ser la puerta de entrada a la eutanasia, un coladero de homicidios intencionados por razones de sufrimiento o enfermedad crónica o terminal. ¿Qué son acaso las llamadas sedaciones de confort para acabar con el sufrimiento, pero que acaban con el que sufre?.
      La sedación debe tener siempre una indicación médica y por tanto está bajo un criterio profesional. El paciente tiene derecho a ser atendido, a que se controle los síntomas de dolor, a no ser abandonado, pero nunca a un tratamiento que no esté indicado, o que le provoquen la muerte. Por encima de las leyes están las conciencias personales, que formadas en el respeto al moribundo, darán la buscada excelencia profesional, también en el proceso de morir. Formar a las personas es más adecuado que una ley para promover actitudes pues una línea invisible separa la sedación de la eutanasia que el profesional bien formado debe conocer. 
      La sedación puede estar médicamente indicada y no presentar dilema moral alguno o también puede ser una forma encubierta de eutanasia cuando no está indicada y es utilizada para acabar con un enfermo. La sedación se diferencia de la eutanasia, en la intencionalidad ya que la sedación buscaría aliviar unos síntomas determinados y la eutanasia buscaría provocar la muerte para liberar al paciente de sus padecimientos. 
      Se diferencia también en el propio proceso de administración de los fármacos que en la sedación buscará la dosis y respuesta adaptada a cada paciente y en la eutanasia buscará la garantía de una muerte rápida. Por último, en la sedación el parámetro de respuesta es la del alivio del síntoma con un indeseable efecto de acortamiento de la vida, siendo en la eutanasia la muerte rápida del paciente. 
      ¿Quién puede distinguir los matices éticos entre sedación, médicamente indicada, y eutanasia? Evidentemente el que hace la acción, el que la realiza, por este motivo las leyes enredan y distorsionan con sus indicaciones pues lo necesario, lo urgente para no vulnerar el derecho fundamental a la vida, es una formación ética profunda para que el profesional siempre respete al enfermo, viviendo o muriendo.

Isabel ViladomiuIsabelViladomiu.blogspot.com / Almudí

El borrador de ‘Ley de Muerte Digna’ introduce prácticas eutanásicas y lesiona derechos: LEER AQUÍ


viernes, 27 de mayo de 2011

Segundo volumen de un libro sobre las enseñanzas del fundador del Opus Dei

Segundo volumen de un libro sobre las enseñanzas del fundador del Opus Dei
   «En la línea del horizonte, hijos míos, parecen unirse el cielo y la tierra. Pero no, donde de verdad se juntan es en vuestros corazones, cuando vivís santamente la vida ordinaria...»

      “Vida cotidiana y santidad en la enseñanza de san Josemaría” es el título del libro de E. Burkhart y J. López en la que exponen teológicamente, de modo sistemático, el conjunto del mensaje de san Josemaría acerca de la santificación del trabajo profesional y de la vida cotidiana.

       De esta obra acaba de aparecer el segundo volumen que trata de la filiación divina, la libertad y las virtudes cristianas en la enseñanza del fundador del Opus Dei.

      El primer volumen fue publicado hace seis meses y ha visto ya dos ediciones. Se abre con una Parte preliminar que ambienta al lector en los precedentes históricos y en el contexto cultural y teológico del mensaje de san Josemaría: un mensaje cuya novedad es la de ofrecer una espiritualidad laical y secular que hunde sus raíces en la tradición de la Iglesia. 

    Después de estos preliminares, los autores pasan a la Primera parte de la exposición sistemática, centrada en el tema de la finalidad última de la vida cristiana. San Josemaría la expresaba con las siguientes palabras: «Hemos de dar gloria a Dios (…); y por eso queremos que Cristo reine (…); y exigencia de su gloria y de su reinado es que todos, con Pedro, vayan a Jesús por María»

     Dar gloria a Dios procurando ser contemplativos en medio del mundo; buscar que Cristo reine, poniéndole en la entraña del trabajo profesional y de todas las actividades humanas; y cooperar con el Espíritu Santo en la edificación de la Iglesia por la santificación y el apostolado, haciendo de la Eucaristía el centro y la raíz de la propia vida, son los temas de los tres capítulos de esta Primera Parte que desgranan esa orientación última que el cristiano ha de buscar en todo momento, en cualquier cosa que realice.

      En el segundo volumen, que acaba de ver la luz, los autores se preguntan qué sucede en el cristiano cuando, bajo la acción de la gracia divina, trata de orientar su vida de esa manera. Encuentran la respuesta en una sugestiva afirmación de san Josemaría: El cristiano es (y ha de ser cada vez más) un «alter Christus, ipse Christus»: «otro Cristo, el mismo Cristo»

     Para estudiar en qué consiste la identificación con Jesucristo, desarrollan tres temas centrales en las enseñanzas de san Josemaría. En primer lugar, la filiación divina adoptiva que el cristiano ha recibido en el Bautismo y que le ha de llevar a comportarse en todo como hijo de Dios. Para san Josemaría, el “sentido de la filiación divina” es el fundamento que ha de poner un cristiano para edificar su vida espiritual. 

      El segundo tema resulta insólito en un libro de este género, pero los autores advierten que es imprescindible para comprender las enseñanzas de san Josemaría: es el tema de la libertad cristiana, don propio y característico de la dignidad de un hijo de Dios, realidad cargada de consecuencias que san Josemaría despliega ampliamente, hasta el punto de haber sido definido como “maestro de libertad cristiana”

      
     Tercer y último tema de este volumen es la caridad y las demás virtudes cristianas que manifiestan la identificación con Cristo y la desarrollan. El amor es la esencia de la vida de un hijo de Dios, pero necesita de las virtudes humanas, a las que san Josemaría concede gran importancia para vivir la vida de Cristo, “perfecto Dios y perfecto hombre”

      Al final del volumen II se encuentra un interesante apéndice titulado “Amor filial y amor esponsal” en el que los autores explican por qué san Josemaría emplea principalmente el lenguaje propio de la filiación divina y la relación que tiene con la tradicional metáfora esponsal. 

      La publicación del tercer volumen está prevista para octubre de 2011, con los temas sobre la santificación del trabajo profesional y de la vida familiar y social, la lucha por la santidad y los medios de santificación y apostolado de que dispone el cristiano. Concluye con un epílogo sobre la “unidad de vida”, noción que sirve a los autores para compendiar el conjunto de la enseñanza de san Josemaría, y con una reflexión acerca del valor de estas enseñanzas para la Teología, tomando ocasión de unas palabras del cardenal Ratzinger, hoy Benedicto XVI, sobre su figura y su mensaje.

      Los autores han realizado este estudio a partir de la canonización de san Josemaría en 2002, acudiendo a todos sus escritos y textos procedentes de la predicación, tanto publicados como pendientes de publicación. Actualmente se trabaja en la edición crítica de sus obras completas, por parte del Instituto Histórico Josemaría Escrivá.

Almudí