jueves, 16 de junio de 2011

El chaval y su pantalla

El chaval y su pantalla
Las distancias se han eliminado y no hay barreras para el diálogo; pero mucho me temo que el siglo XXI acabe siendo también el de la incomunicación 

        Ha terminado el curso. Los chicos y chicas de segundo ya pasaron el Rubicón de la selectividad y aunque muchos aseguran que no olvidarán el colegio y volverán todos los meses para hablar con el sacerdote, uno sabe muy bien que sus apasionadas promesas son sólo humo que desaparecerá en pocas semanas sin dejar rastro. Así ha sido siempre y así tiene que ser gracias a Dios. Al capellán sólo le queda la esperanza de que la semilla esté bien sembrada y dé fruto en otro lugar y en otro tiempo.

      Han pasado más de quince días desde mi última conversación con Jorge. Venía, como siempre, con su Smart Phone en la mano y un par de cables blancos colgados de las orejas.

      Jorge es un tipo simpático aunque demasiado serio para su edad. Tiene sus razones: sus padres están en proceso de separación y él se encuentra entre dos aguas ejerciendo de juez y sin saber a qué carta quedarse.

      Hablamos un rato de lo de siempre y ni por un instante apartó la mirada de la pequeña pantalla de su Smart. A veces incluso tecleaba velozmente sin dejar de escucharme, y yo me preguntaba cómo es posible que aquellos dedos enormes acertasen en el minúsculo teclado que lleva el aparato.
¿Con quién chateas?
Con nadie, con una amiga…
      No caí en la tentación de decirle que es poco educado eso de chatear a diestro y siniestro mientras hablas con el cura. Probablemente no lo habría entendido; y es que, en realidad, la mayor parte de los chicos y chicas de su curso se pasan media vida con los cables en la oreja y la pantalla entre los dedos.

      Ya me he acostumbrado al espectáculo de cada mañana. Cuando llego al colegio, en el pequeño vestíbulo que hay frente a la capellanía y a las aulas de segundo, nunca faltan cinco o seis chavales ―casi siempre los mismos― que han llegado tarde y no les dejan entrar en clase. Se portan muy bien; el silencio es absoluto: cada uno viene con su minúsculo aparatito y sus auriculares insertados directamente en el tímpano. Sentados en los bancos, ellos se inclinan hacia adelante y teclean mansamente; ellas adoptan una postura más airosa, como de yoga, con las piernas cruzadas sobre el asiento y la cabeza erguida; pero también teclean y teclean si abrir la boca.

      Es verdad que estamos en el siglo de la comunicación. Las distancias se han eliminado y no hay barreras para el diálogo; pero mucho me temo que el siglo XXI acabe siendo también el de la incomunicación. Cuando veo a los chavales “empantallados”, disecados y anestesiados, me dan ganas de hacerles cosquillas y despertarlos del letargo cibernético en el que se encuentran.

      Se ha escrito mucho sobre los juegos de ordenador que existen en el mercado ―miles― con contenidos sexistas, violentos y pornográficos, racistas…, etc. Es un asunto grave, sin duda, pero no caigamos en la trampa: no se trata de sustituir unos juegos malos por otros buenos y piadosos. El mayor peligro está en esa pantalla hipnótica, deshumanizadora e infantilizante que convierte a los adolescentes y a los adultos en estúpidos crónicos, siempre ensimismados, sin musculatura en el cuerpo ni en el alma.

      No hay pantalla que pueda sustituir al trato personal, a la conversación cara a cara, al deporte en equipo, a las peleas en la playa o en el campo, a la amistad y al amor al aire libre. Prefiero un buen partido de fútbol con esguinces y fracturas a esos cerebros poseídos por Google, Microsoft o Steve Jobs. Lo que de verdad forma a los chicos y los convierte en personas maduras es el encuentro real con seres reales de su misma especie; y los triunfos, los fracasos, las cicatrices que deja la vida; las alegrías y las penas; los amores reales, tridimensionales y sin photoshop.

      No, Kloster; no estoy gruñón esta mañana. Yo mismo estoy frente a una pantalla ahora mismo y enviaré a Mundo Cristiano estas líneas aprovechando una conexión inalámbrica que me puede conectar con todo el Planeta. Pero, al ver la manzana mordida del Ipad en el que escribo, he recordado que este paraíso virtual tiene también su serpiente. Y hay que aplastarle la cabeza antes de que sea demasiado tarde.

Enrique Monasterio
PensarPorLibre.blogspot.com / Almudí

miércoles, 15 de junio de 2011

75 años de la muerte de Chesterton: Sobre las cruces en las escuelas

75 años de la muerte de Chesterton: Sobre las cruces en las escuelas
   Consuela saber que Chesterton publicó ‘La esfera y la cruz’ en 1911… La furia iconoclasta no ha triunfado sobre la cruz de Cristo

     El 14 de junio de 1936 —mañana se cumplen 75 años— fallecía en su casa de Beaconsfiled el escritor inglés Gilbert K. Chesterton. Con motivo de este aniversario, he desempolvado este artículo que publiqué aquí hace más de un año. Plantea la cuestión de si debemos arrancar o no las cruces de las escuelas públicas. Y lo hace recordando un pasaje de La esfera y la cruz: un buen modo de rendir homenaje a tan fecundo pensador.

      Chesterton vivió a caballo entre los siglos XIX y XX. Sus novelas detectivescas del Padre Brown son un prodigio de ingenio, porque ese sacerdote humilde y bondadoso resuelve los casos no siguiendo pistas o huellas, sino gracias a su profundo conocimiento del alma humana. Esas historias han sido llevadas al cine en dos ocasiones: en 1934 y 1954, con Walter Connolly y Alec Guinness —respectivamente— en el papel principal. También han sido objeto de dos series televisivas: una en Alemania, de 39 capítulos (1966-72), y otra en Inglaterra, con 13 episodios (1974); esta segunda tuvo mucho más alcance.

      También se estudió la posibilidad de llevar al cine La esfera y la cruz, tal vez la novela que mejor refleja la confrontación entre una cultura cristiana y una mentalidad laicista que ya entonces trataba de sofocarla. Al final, el proyecto cinematográfico se abandonó. Pero traigo a colación su recuerdo porque algunas medidas que hoy quieren imponerse (como la de quitar los crucifijos de las escuelas, por ejemplo) hacen que esa novela resulte plenamente actual; muy especialmente, su escena inicial.

      En ella, el profesor Lucifer y el monje Miguel sobrevuelan Londres en una avioneta. Al divisar la catedral, coronada por la esfera (del mundo) y la cruz encima, Lucifer profiere una blasfemia contra la cruz y afirma airado que habría que arrancarlas de todos los sitios. Tras un momento de silencio, Miguel cuenta esta historia:

    «Conocí a un hombre como tú; él también odiaba al crucifijo: lo eliminó de su casa, del cuello de su mujer, hasta de los cuadros; decía que era feo, símbolo de barbarie, contrario al gozo y a la vida. Pero su furia llegó a más todavía: un día trepó al campanario de una iglesia, arrancó la cruz y la arrojó desde lo alto.
    Este odio acabó transformándose primero en delirio y después en locura furiosa. Una tarde de verano se detuvo ante una larguísima empalizada; no brillaba ninguna luz, no se movía ni una hoja, pero creyó ver la larga empalizada transformada en un ejército de cruces, unidas entre sí colina arriba y valle abajo. Entonces, blandiendo el bastón, arremetió contra la empalizada, como contra un batallón enemigo.
    A lo largo de todo el camino fue destrozando y arrancando los palos que encontraba a su paso. Odiaba la cruz, y cada palo era para él una cruz. Al llegar a casa seguía viendo cruces por todas partes, pateó los muebles, les prendió fuego, y a la mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río».
      El profesor Lucifer, al oír el relato, mordiéndose los labios, mira al anciano monje y le dice:
      — Esta historia te la has inventado tú.
      — , responde Miguel, acabo de inventarla; pero expresa muy bien lo que estáis haciendo tú y tus amigos incrédulos. Comenzáis por despedazar la cruz y termináis por destruir el mundo.

      ¿Qué destruiremos cuando hayamos eliminado todas las cruces? ¿Quemaremos las pinturas religiosas de Murillo, de Zurbarán, de Velázquez? ¿Dejaremos vacíos todos los museos? ¿Prohibiremos las procesiones de Semana Santa? ¿Inventaremos un calendario que no diga “antes de Cristo” y “después de Cristo”? En definitiva: ¿quedará algo de nuestra cultura, si arrancamos todas las cruces y todo vestigio de cristianismo?

      Consuela saber que Chesterton publicó La esfera y la cruz en 1911. Porque ahora se cumplen cien años, y a la vuelta de todo un siglo las cosas están como antes: la furia iconoclasta no ha triunfado sobre la cruz de Cristo. Tampoco lo hará dentro de otro siglo, aunque en todas las épocas hará falta que los cristianos alcemos la cruz en nuestra existencia (en nuestro trabajo, en nuestra familia). Y no para oponerla a nadie, sino para recordar el mensaje de amor de quien dio su vida por todos los hombres. Una actitud, por cierto, bien distinta de la que advertimos en el protagonista de este cuento.

Alfonso Méndiz
JesucristoEnElCine.blogspot.com / Almudí

martes, 14 de junio de 2011

Una llamada a la conciencia

Una llamada a la conciencia
   ¿Queda algo de esa conciencia en un cristiano que decididamente no quiere buscar la armonía entre sus decisiones y las exigencias de la fe?

      En el reciente viaje a Croacia Benedicto XVI ha planteado de nuevo, y una vez más con toda claridad, una cuestión que el hombre occidental hoy parece obstinado en querer olvidar. ¿Qué cuestión?: la conciencia.

      «Si la conciencia, según el pensamiento moderno más en boga, se reduce al ámbito de lo subjetivo, al que se relegan la religión y la moral, la crisis de occidente no tiene remedio y Europa está destinada a la involución». Involución que, a todas luces, quiere realmente decir: destrucción, desaparición.

      La “conciencia” así entendida no es más que puro egoísmo personal; “Yo hago lo que me da la gana”; “yo soy la ley para mí mismo”; “el bien y el mal no existen, sólo existo yo”. Y esto, aplicado a la “conciencia” de cada uno, a la “conciencia” de cada partido, de cada grupo de interés; que al fin y al cabo termina siempre en egoísmo, en involución.  

      Para salir de esa “involución”, de ese encerrarse en su caparazón, de ese “suicido”, Benedicto XVI señala el camino. O mejor, dicho: no lo señala, porque ya está señalado desde la creación del hombre, desde la existencia de la conciencia, desde la conciencia que acusa el alma de Caín después de haber matado a Abel; sencillamente lo recuerda.

      «En cambio, si la conciencia vuelve a descubrirse como lugar de escucha de la verdad y del bien, lugar de la responsabilidad ante Dios y los hermanos en humanidad, que es la fuerza contra cualquier dictadura, entonces hay esperanza en el futuro».

      Sólo si se relaciona con Dios, la conciencia del hombre es verdadera conciencia. Sin la referencia a Dios, la “conciencia” es un juguete que sirve para lo que a cada uno en cada momento considera que le conviene.

      Las palabras de Benedicto XVI tienen el refrendo de la realidad: la vida heroica del Cardenal Stepinac. «Precisamente por su firme conciencia cristiana, supo resistir a todo totalitarismo, haciéndose defensor de los judíos, los ortodoxos y todos los perseguidos en el tiempo de la dictadura nazi y fascista, y después, en el periodo del comunismo, “abogado” de sus fieles, especialmente de tantos perseguidos y asesinados. Sí, llegó a ser “abogado” de Dios en esta tierra, pues defendió tenazmente la verdad y el derecho del hombre a vivir con Dios».

      Esa conciencia de “responsabilidad ante Dios” es la que ha hecho posible que hombres y mujeres, europeos y cristianos, cristianos y europeos, defendieran la Fe en todo el mundo; defendieran la vida de los no nacidos en todo el mundo; defendieran la libertad de los hombres, y de las familias, en todo el mundo.

      ¿Queda algo de esa “conciencia” en el político que apoya con su voto una ley abortista, una ley dictatorial de una falsa, engañosa e “ideologizada” “igualdad”?; ¿Queda algo de esa conciencia de quien convierte el gobernar en un “imponer”, y se olvida completamente de “servir” a los ciudadanos? ¿Queda algo de esa conciencia en un cristiano que decididamente no quiere buscar la armonía entre sus decisiones y las exigencias de la fe? 

      Y Benedicto XVI recordó las palabras de Stepinac, un día de san Pedro de 1943, en plena guerra mundial: «Uno de los mayores males de nuestro tiempo es la mediocridad en las cuestiones de fe. No nos hagamos ilusiones… O somos católicos o no lo somos. Si lo somos, es preciso que se manifieste en todos los campos de nuestra vida».
Ernesto Juliá DíazReligionConfidencial.com / Almudí

lunes, 13 de junio de 2011

Por una nueva cultura de la vida

Por una nueva cultura de la vida
   Hoy más que nunca es necesario trabajar por una nueva cultura de la vida que ahogue y acabe con esa otra marea negra, esa cultura de la muerte que impregna nuestra sociedad

    Acabamos de celebrar el Día del Medioambiente. El mensaje es claro: para construir una sociedad mejor tenemos que ser respetuosos con el planeta que nos acoge. Como biólogos, que nos apasiona la vida, esto significa aportar nuestro trabajo profesional y conocimiento para defender y proteger la naturaleza, de la que todos formamos parte integral. Nuestro destino está estrechamente unido a la biodiversidad, a la gran variedad de otros animales y plantas, y al lugar donde viven. 

      Compartimos el planeta con varios millones de especies distintas: una riqueza natural increíble, un tesoro de incalculable valor que forma la base fundamental del bienestar humano. Una especie, ya sea animal o vegetal, que desaparece es una gran pérdida para las generaciones futuras. Salvaguardar esta riqueza natural y reducir su pérdida es vital para nuestro bienestar presente y futuro. Por eso, debemos trabajar para proteger la biodiversidad, nuestros bosques y nuestros ecosistemas.

      Pero una parte esencial de esa biodiversidad y de esos ecosistemas somos nosotros mismos: el género humano, probablemente la especie más depredadora de todas y al mismo tiempo la más débil. Hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo necesario un compromiso solidario para construir una sociedad mejor: una sociedad que vuelva a sentir el orgullo de ser humanos, que tenga pasión por la vida y que la defienda desde su comienzo hasta su fin. 

      Hoy en día sabemos que en el mismo instante de la fecundación, esa nueva célula posee una dotación genética propia e individual que le hace ser diferente de la madre que la cobija. Comienza un desarrollo apasionante perfectamente controlado y regulado, sin interrupción. Al inicio mismo de la fecundación, el punto de entrada del espermatozoide en el óvulo genera una señal química que determinará la simetría celular del embrión. 

      En este sentido, se ha llegado a afirmar que guardamos memoria de nuestro primer día de vida. Ya desde ese primer instante, sabemos que esa célula es uno de los nuestros, de nuestra especie. En esos primeros estadios de nuestro desarrollo no somos un amasijo de células, no somos una verruga o un tumor que le sale a la madre, somos ya nosotros mismos, en un desarrollo continuo hasta la edad adulta. No hay ningún hecho biológico que permita decir que existe una etapa pre-humana en nuestro desarrollo embrionario.
      La palabra pre-embrión no es un término científico, es un invento jurídico-político para justificar la destrucción de vidas humanas. Ninguna vida es una vida inútil. Desde esos primeros momentos hasta la ancianidad. En palabras de Cecily Saunders, primera promotora de los cuidados paliativos: «Tú me importas por ser tú, importas hasta el último momento de tu vida, y haremos todo lo que esté a nuestro alcance, no sólo para ayudarte a morir en paz sino también para vivir hasta el día que mueras»

      Hoy más que nunca es necesario trabajar por una nueva cultura de la vida que ahogue y acabe con esa otra marea negra, esa cultura de la muerte que impregna nuestra sociedad. Todos en su conjunto, los poderes políticos en particular, deberíamos trabajar para sacar adelante este compromiso de construir una sociedad más justa, más humana: una sociedad que protege al débil es una sociedad más fuerte. El aborto no es la solución de la tragedia de un embarazo indeseado. 

      Es necesario un compromiso para que la educación y la información lleguen a todos, porque saber es también un derecho. Un compromiso para que la mujer embarazada nunca se encuentre sola, y no vea la muerte como única solución. La historia juzgará nuestra pasividad o nuestro compromiso solidario con el débil, con una auténtica cultura de la vida, que nos hará más humanos. Todavía hoy se pueden cambiar las cosas.

Ignacio López-Goñi. Decano de la Facultad de Ciencias. Universidad de Navarra
Diario de Navarra / Almudí

domingo, 12 de junio de 2011

EL SENTIDO COMÚN, ESCUELA DE VIDA

El sentido común, escuela de vida
   Todos sus libros tienen el mismo denominador: la defensa del sentido común, no incompatible con un cultivo de una paradoja en la que siempre brota el buen humor

      El 14 de junio de 1936, fallecía, en su residencia de Beaconsfield, el escritor Gilbert Keith Chesterton, una de las mentes más ingeniosas de todos los tiempos. No sólo hizo buena literatura, sino que, con su agudo ingenio, denunció —a veces con décadas de adelanto— las trampas a las que conduce abandonar el mejor criterio que puede seguir el hombre hacia su realización: el sentido común

      G.K. Chesterton cursó estudios de Bellas Artes y Humanidades en Londres, aunque nunca obtuvo un título universitario, porque su rebeldía innata le llevaba a cuestionar los itinerarios académicos. Su vida fue un torrente de lecturas simultáneas, en las que la continua capacidad de asombro sabía imponerse a la tentación de la rutina. Pese a su inteligencia, nunca habría podido ser redactor de tratados con la etiqueta de científicos. 

      Por otra parte, era un conversador innato, de los que no temían al diálogo, muchas décadas antes de que estuviese de moda, porque, al igual que el Dios en el que creía, sus delicias eran estar con los hijos de los hombres. Un título universitario poco habría añadido a un espíritu, a la vez intuitivo y analítico, que por medio de la palabra escrita y hablada fue un profeta en su tiempo, y sigue siéndolo en el nuestro, con unas reflexiones que tienen mucho de los métodos detectivescos que tanto le entusiasmaban.

      Poco antes de su muerte, cuando se detuvo un corazón agotado que siempre estaba maquinando nuevos proyectos, Chesterton se había comprometido a escribir un libro sobre Shakespeare. Previamente, se había sumergido en la vida y en la obra de grandes autores de las letras inglesas, como Chaucer, Dickens, Browning, Stevenson y Shaw, nunca como un estudio literario al uso y sí como una investigación, un tanto intuitiva y no por ello menos minuciosa, de sus respectivas personalidades, aunque las informaciones acerca de sus vidas fueran a veces limitadas. 

      Trascendía el ensayo literario y extraía lecciones de sabiduría práctica para el hombre corriente, porque Chesterton seguía siendo el mismo que escribiera Ortodoxia o los relatos del padre Brown. Todos sus libros tienen el mismo denominador: la defensa del sentido común, no incompatible con un cultivo de una paradoja en la que siempre brota el buen humor. 

      Nuestro autor podía haber culminado una obra de referencia sobre Shakespeare, tan lograda como aquella sobre santo Tomás de Aquino que asombrara a los filósofos neotomistas, aunque algunos de sus ensayos sobre los personajes del dramaturgo sean una apetitosa muestra de lo que habría podido ser. Por desgracia, tampoco Chesterton llegó a escribir un libro sobre Jane Austen, a la que consideraba muy superior a escritoras victorianas como las hermanas Brontë, o George Elliot. El ingenio del escritor la presentó como más fuerte, aguda y sagaz que todas ellas, con una certera cualidad que tampoco poseían las otras: sabía describir de manera desapasionada y sensible a un hombre. Chesterton no pretendía exagerar al comparar a Austen con Shakespeare.

La dinámica del horror
      Chesterton hace de Shakespeare una escuela para la vida, no sólo un consejero para gobernantes por medio de sus tragedias políticas, aunque, en realidad, nuestro escritor no creyera en la tragedia, porque ésta sólo se entiende desde un inexorable determinismo y desde la ausencia de libertad humana. En realidad, el origen de las tragedias, políticas y ordinarias, reside en «el enorme error en el que cae un hombre si supone que un acto decisivo puede contribuir a abrirle camino», y en que «no se puede hacer una cosa descabellada para gozar después de un estado de razón»

      Estas afirmaciones no las aplica únicamente Chesterton a la ambición de Macbeth, que llega hasta el crimen para convertirse en rey de Escocia. Las aplica al hombre común, al que muchas voces quieren persuadir, en nombre de su libertad, para realizar actos ilícitos. Se le anima a romper su vida en dos partes separadas, aunque sólo los gusanos pueden troncharse, y no los seres humanos, que tienen una unidad física y psicológica. Se le insiste en que, si hace determinadas acciones, aunque perjudiquen a otros, luego podrá ser infinitamente feliz y bondadoso. 

      En estas sugestiones no caben remordimientos, como los que tenía un Macbeth que mató para siempre al sueño; ni responsabilidades de las que el determinismo de las ingenierías sociales de nuestro tiempo pretende eximir a los seres humanos. Chesterton coincidía plenamente con Dostoyevski en que nadie puede construir su felicidad a costa de la de los demás. 

      En las Navidades anteriores a su muerte, Chesterton intuyó la dinámica del horror, en medio de los rumores de guerra que sacudían a Europa, cuando decía sentir por Hitler, lo mismo que los hombres sentían, hacía veinte siglos, acerca de Herodes. El escritor llevaba más de medio siglo, desconfiando de teorías acerca de un mundo ideal que se presentaba como perfecto. En cambio, sus lecturas, entre las que no podía faltar Shakespeare, le recordaban que el mundo real siempre está loco, aunque su locura sea de cosas diferentes.
Antonio R. Rubio PloAlfa y Omega

sábado, 11 de junio de 2011

LA MINISTRA INDIGNADA

   El profesor Ayllon reflexiona sobre la reciente Ley de Igualdad: 

   Si los políticos españoles tuvieran la mitad de profesionalidad que nuestros deportistas, España sería un país muy sobrado. Por desgracia, si uno lee los titulares de prensa, lo único que parece sobrar a nuestros representantes es incompetencia y caradura. Ahora se comenta que la ministra de Igualdad anda soliviantada porque, en pleno siglo XXI, la práctica deportiva sigue consagrando la separación por sexos. La indignación de Pajín crece cuando, en cualquier restaurante, cafetería o gasolinera, se topa con aseos diferenciados para hombres y mujeres. Incluso las tiendas donde se viste discriminan entre ropa masculina y femenina, sección de caballero y de mujeres. A Leire le gustaría acabar con esa tradición cultural trasnochada e indignante, que apesta desde hace siglos. Pero no puede. Sería como enfrentarse con lanza y rodela a unos molinos invencibles. En cambio, ha descubierto que su cruzada igualitaria puede dirigirla contra un objetivo mucho más asequible: la escuela diferenciada. Y contra ella va.

    Conviene recordar que, desde hace décadas, el prestigio del PSOE en cuestiones políticas, económicas o sanitarias es mínimo, y su autoridad en temas educativos es sencillamente nula. Muy congruente con la última arbitrariedad tramada por el Gobierno socialista de España: quitar el concierto a los mejores colegios del país. Se trata de centros escolares que aparecen, año tras año, en el prestigioso ranking de El Mundo, y a los que debemos una NBA académica que nada tiene que ver con el suspenso reiterado del Informe PISA. ¿Qué pecado han cometido? Se han atrevido a elegir el modelo diferenciado. Sin embargo, cualquiera que conozca esos colegios reconocerá que son ruiseñores en el concierto desafinado de la Secundaria española. Y precisamente por eso, por lo mucho que cantan, quiere eliminarlos el Gobierno.

    Harper Lee nos enseñó que no hay argumentos para matar a un ruiseñor, pero ahora sabemos que basta la ideología y una larga experiencia en ensuciar con adjetivos descalificativos. Así, el diario El País lleva años preparando el terreno de esta agresión ministerial, afirmando que la escuela diferenciada discrimina y segrega. Nadie sabe qué es lo que segrega exactamente, pero el diario de Prisa lo repite como un mantra.

    Por lo visto, la libertad de elegir modelo educativo no entra en la cabeza de sus redactores. En 1996, cuando se implantó la Logse en España, la Educación Secundaria entró en caída libre. Desde entonces, como bien sabemos, nuestros escolares han suspendido reiteradamente todas las evaluaciones internacionales. Las reformas que han seguido a aquella Ley Orgánica de Educación, todas socialistas, han supuesto más de lo mismo y han respondido al axioma –tan querido por nuestros gobernantes de izquierdas– de mantenella y no enmendalla. Esta penosa postración nos avergüenza, aunque no nos extraña demasiado, y más cuando sabemos que Felipe pensaba que Héctor era un nombre bíblico, y que Sinde desconoce quién gobernó la Ínsula Barataria.

    Pajín y Zapatero saben que la educación diferenciada es una opción legal y legítima, que nada tiene que ver –como han repetido los tribunales europeos– con la desigualdad de oportunidades y la discriminación por razón de sexo. Tampoco desconocen que la mayoría de los estudios sobre rendimiento escolar acreditan que los niños y niñas que estudian en colegios de educación separada suelen estar mejor preparados, y que los países más avanzados en educación fomentan y cuidan los colegios de educación diferenciada. Sólo en Berlín hay 180, y uno de cada cuatro en Baviera. En esa línea, los pedagogos afirman que los países anglosajones son los más rigurosos en el estudio de la educación diferenciada, de sus ventajas y desventajas de socialización, académicas, de disciplina, de igualdad de géneros... No en vano, entre los 50 mejores colegios de Gran Bretaña, 36 son de educación diferenciada, tanto públicos como privados. ¿Más ejemplos? El balance entre los pros y los contras se está saldando, en Australia, con mayor demanda de enseñanza diferenciada que de enseñanza mixta, y con la promoción, en otros muchos países, de centros single-sex en la escuela pública.

    Sin embargo, me parece que el fondo del problema no está en los argumentos a favor o en contra de uno y otro modelo, sino en un plano mucho más radical: el derecho a escoger una opción legítima. Es justamente esa libertad básica de los padres lo que Leire Pajín se empeña en cercenar. Y eso a pesar de que el Consejo de Estado ha advertido al Gobierno de que el proyecto de ley es ilegal, pues habría que reformar la Ley Orgánica de Educación para poder retirar los conciertos a los colegios de enseñanza diferenciada. A pesar de tratarse de una ley promovida por el Ministerio de Igualdad, no de Educación. A pesar de que la ministra no ha consultado a ninguna organización educativa. A pesar de que el Ministerio de Educación le ha recordado a Pajín que el Tribunal Supremo ha establecido que la educación diferenciada es una opción legal y legítima de los padres, que en nada vulnera la igualdad entre hombres y mujeres. Esperemos que a la ministra se le pase su diferenciada indignación. Rectificar también es de sabias.

José Ramón Ayllón  (filósofo y escritor)
Intereconomía

viernes, 10 de junio de 2011

Pensar la discriminación en tiempos de igualdad y diversidad

Pensar la discriminación en tiempos de igualdad y diversidad
     Acertadas reflexiones del Dr. Bernal sobre la Ley de Igualdad: Me inquieta jurídicamente que, después de afirmar que es una ley de garantías, que pretende garantizar el ejercicio del derecho más que reconocer nuevos derechos, el texto de la referencia refleja lo contrario

     No he podido leer aún el proyecto de ley para la igualdad de trato y la no discriminación. El Gobierno decidió enviarlo a las Cortes a finales de mayo, pero no lo he encontrarlo en la página Web del Congreso, quizá por mi impericia informática. Según la referencia oficial del Consejo de ministros, se trata de una ley integral, general, de garantías y de derecho antidiscriminatorio. Afecta a todas las personas, incluidas las jurídicas, y no excluye ningún ámbito: derecho laboral, administrativo, mercantil, educación, sanidad. 

      Me inquieta jurídicamente que, después de afirmar que es una ley de garantías, que pretende garantizar el ejercicio del derecho más que reconocer nuevos derechos, el texto de la referencia refleja lo contrario. Por ejemplo, se reformarían contenidos básicos del actual Estado de derecho, como la inversión de la carga de la prueba. 

      Habrá que leer cómo “mejora” el capítulo I las definiciones de discriminación directa, indirecta y medidas de acción positiva, y en qué consiste la incorporación por primera vez al ordenamiento jurídico español de las definiciones de discriminación por asociación y discriminación por error; discriminación múltiple; acoso discriminatorio; represalia; o, en fin, la diferencia de trato no discriminatoria (cláusula de salvaguardia para aquellas diferencias objetivas, legítimas y adecuadas derivadas de disposición, acto, criterio o práctica).

      Justo estos días he leído en La vie des idées una amplia reseña de un libro del sociólogo norteamericano Frank Dobbin, sobre la acción afirmativa y la igualdad de oportunidades: Inventing Equal Opportunity, Princeton University Press, 2009, 320 p. Su tesis principal es que la acción afirmativa, que ha fortalecido en los EEUU la igualdad en el empleo, se debe sobre todo a la iniciativa de las empresas y de sus directores de recursos humanos, más que a imposiciones gubernamentales o legales.

      Ciertamente, fue importante el impulso del presidente John F. Kennedy y de la ley de 1964 sobre derechos civiles. Pero, contando también con la realidad del federalismo norteamericano, Dobbin insiste en que quienes han estado en la vanguardia del cambio han sido los hombres de empresa y los jefes de personal. 

      El sociólogo de Princeton subraya que la ley de 1964 no incluyó una definición neta e inequívoca de la noción de igualdad de oportunidades; se limitó a señalar como contrarias a ley las prácticas claramente discriminatorias en materia de empleo, escuela, o alojamientos separados para blancos y negros. Porque, desde la revolución industrial del siglo XIX, el trabajo estaba abiertamente organizado según criterios de raza y sexo. Ni el desarrollo del taylorismo ni el de los sindicatos desde los comienzos del siglo XX había cambiado ese estado de cosas, porque el reconocimiento del mérito individual se limitaba a los hombres blancos. Pero las normas dictadas bajo Kennedy no contenían una definición explícita de lo que se debía hacer, ni daban competencia a ninguna autoridad específica para supervisar su aplicación. 

      En las empresas se impuso poco a poco una nueva racionalidad, que agilizó los procedimientos de selección de personal y de retribución en términos de eficiencia y modernidad. Se dio una profesionalización de las cuestiones sociales, con el nacimiento de redes de expertos en equal opportunity. Difundieron sus planteamientos y soluciones prácticas en revistas especializadas, y se fueron “codificando” lo que los manuales de dirección considerarían “buenas prácticas”. A este enfoque se unía algo típico del derecho americano: cierto temor a que los jueces crearan una jurisprudencia sobre discriminación. En todo caso, cuando la discriminación positiva entraba en la admisión de alumnos universitarios, se rechazaba en las empresas, como algo contrario a la meritocracia.

      La situación no cambió en la era Reagan, que era manifiestamente contrario a ese tipo de regulaciones. Los profesionales de la gestión siguieron defendiendo sus competencias y reinterpretaron la igualdad de oportunidades, asociando la "diversidad" al aumento de la eficiencia y la creatividad. Esto se imponía también, en buena medida, porque los trabajadores era cada vez más diversos, por la incorporación creciente de la mujer, la presencia de las minorías y el incremento de la inmigración. Las grandes compañías predicaron con el ejemplo en la promoción de la diferencia y la diversidad desde la década de los 90. 

      En la evolución ha tenido mucha importancia, a juicio de Frank Dobbin, la presencia cada vez mayor de mujeres en el ámbito de la gestión de recursos humanos: un 70% a finales de 1990. Han contribuido a la promoción del trabajo flexible (tiempo parcial, compartido, en casa), y al nacimiento de un nuevo sector en el área de personal: el family management

      En definitiva la primacía de la sociedad civil sobre el Estado resulta sorprendente para un lector francés, comenta la autora de la reseña. Más aún para un lector español. Pero, frente a la tosca “ingeniería social” que refleja el proyecto español, vale la pena pensar más o fondo estas cuestiones, en que están en juego conceptos básicos sobre el sentido de la persona humana, en su igualdad y en su diversidad.

Salvador Bernal
ReligionConfidencial.com

jueves, 9 de junio de 2011

La familia, en cabeza del ranking de valores

La familia, en cabeza del ranking de valores
El compromiso del amor se traduce en la apertura a la vida y en el respeto a la moral natural, como signos y caminos de esperanza y libertad

        Las encuestas de los últimos años vienen mostrando que la familia no se encuentra en crisis, sino a la cabeza de los valores. Otra cosa es lo que suele denominarse los “modelos” de familia y el tipo de vínculos que los constituyen. 

      El viaje de Benedicto XVI a Croacia ha tenido como referencia la familia basada en el matrimonio cristiano. En su homilía con motivo de la Jornada de las Familias Católicas (Zagreb, 5-VI- 2011), comenzó señalando la necesidad que tiene esta institución de ser evangelizada y apoyada, y al mismo tiempo su papel «decisivo para la educación en la fe, para la edificación de la Iglesia como comunión y para su presencia misionera en las más diversas situaciones de la vida», y también para vivificar el tejido social.

Misión de la familia cristiana
      Citando al beato Juan Pablo II, insistió en que «la familia cristiana está llamada a tomar parte viva y responsable en la misión de la Iglesia de manera propia y original, es decir, poniendo al servicio de la Iglesia y de la sociedad su propio ser y obrar, en cuanto comunidad íntima de vida y de amor» (Familiaris consortio, 50). 

      A continuación habló directamente a los miembros de las familias, primero invitando a la educación cristiana de los hijos: «Queridos padres, esforzaos siempre en enseñar a rezar a vuestros hijos, y rezad con ellos; acercarlos a los Sacramentos, especialmente a la Eucaristía (…); introducirlos en la vida de la Iglesia; no tengáis miedo de leer la Sagrada Escritura en la intimidad doméstica, iluminando la vida familiar con la luz de la fe y alabando a Dios como Padre. Sed como un pequeño cenáculo, como aquel de María y los discípulos, en el que se vive la unidad, la comunión, la oración»

      De esta manera el Papa recordaba a los padres y madres cristianos su deber gustoso de transmitir a sus hijos la fe y vida cristiana. Por eso deben enseñarles a rezar (con breves oraciones pero habituales: por ejemplo al principio y al final del día, en la bendición de la mesa, y otros pequeños detalles de piedad vividos en familia). Han de explicarles la centralidad de la Misa del domingo, enseñarles a confesarse, etc. Obviamente esto no desnaturaliza el hogar, sino que, al contrario, asienta las bases de la personalidad cristiana de los hijos. 

      Sobre estas bases, gracias a Dios, las familias cristianas —seguía Benedicto XVI— «toman conciencia cada vez más de su vocación misionera, y se comprometen seriamente a dar testimonio de Cristo, el Señor». Esta “misión” de la familia —que consiste sobre todo en la ejemplaridad cristiana de su vida— se necesita hoy para manifestar los valores humanos y éticos fundamentales, como la apertura a Dios, el sentido de la libertad y de la felicidad.

Testimoniar la cultura de la vida
      Es el diagnóstico del Papa: «En la sociedad actual es más que nunca necesaria y urgente la presencia de familias cristianas ejemplares. Hemos de constatar desafortunadamente cómo, especialmente en Europa, se difunde una secularización que lleva a la marginación de Dios de la vida y a una creciente disgregación de la familia. Se absolutiza una libertad sin compromiso por la verdad, y se cultiva como ideal el bienestar individual a través del consumo de bienes materiales y experiencias efímeras, descuidando la calidad de las relaciones con las personas y los valores humanos más profundos; se reduce el amor a una emoción sentimental y a la satisfacción de impulsos instintivos, sin esforzarse por construir vínculos duraderos de pertenencia recíproca y sin apertura a la vida. Estamos llamados a contrastar dicha mentalidad»

      Por eso les decía que, junto a la palabra de la Iglesia, es central el apoyo de las familias en los valores que envuelven la cultura de la vida: «la intangibilidad de la vida humana desde la concepción hasta su término natural, el valor único e insustituible de la familia fundada en el matrimonio y la necesidad de medidas legislativas que apoyen a las familias en la tarea de engendrar y educar a los hijos».

Asumir el compromiso del amor
      Benedicto XVI animaba también —y esto afecta sobre todo a los jóvenes— a ser fuertes, con la ayuda de Dios, para asumir el compromiso del amor, sin aceptar sucedáneos del matrimonio como las relaciones prematrimoniales: «¡Sed valientes! No cedáis a esa mentalidad secularizada que propone la convivencia como preparatoria, o incluso sustitutiva del matrimonio. Enseñad con vuestro testimonio de vida que es posible amar, como Cristo, sin reservas; que no hay que tener miedo a comprometerse con otra persona»

      El compromiso del amor se traduce en la apertura a la vida y en el respeto a la moral natural, como signos y caminos de esperanza y libertad: «Queridas familias, alegraos por la paternidad y la maternidad. La apertura a la vida es signo de apertura al futuro, de confianza en el porvenir, del mismo modo que el respeto de la moral natural libera a la persona en vez de desolarla».
Familia de Dios e Iglesia doméstica
      Y puesto que la Iglesia es familia de Dios, «el bien de la familia es también el bien de la Iglesia». Lo había dicho ya al principio de su pontificado y lo repetía ahora: «La edificación de cada familia cristiana se sitúa en el contexto de la familia más amplia, que es la Iglesia, la cual la sostiene y la lleva consigo... Y, de forma recíproca, la Iglesia es edificada por las familias, "pequeñas Iglesias domésticas"» (Discurso en la apertura de la Asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6-VI-2005).

      Todo un programa para la vida familiar, que podemos y debemos aplicar. Así pues, conviene que los cristianos que han constituido un hogar se pregunten cómo es su proyecto de familia, y cómo viven su misión de padres y madres cada día, para que la familia que forman sea lo que está llamada a ser: un signo del amor de Dios y de la auténtica humanidad, que construye el presente y asegura el futuro del mundo. Esta misma reflexión la deberán hacer, con otra perspectiva y con matices diversos, todos los que tienen, o tenemos, el deber de ayudar a las familias en los distintos ámbitos de la educación cristiana.
Ramiro Pellitero.
Universidad de Navarra
iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

miércoles, 8 de junio de 2011

La escuela diferenciada: ni discriminación ni segregación

La escuela diferenciada: ni discriminación ni segregación
El pasado 27 de mayo el Consejo de Ministros aprobó el proyecto de Ley de Igualdad de Trato y no Discriminación.  Su argumentación para suprimir los conciertos de la enseñanza diferenciada carece de sentido

En el conjunto del articulado se introduce una cuestión educativa que es de gran importancia: la prohibición de concertar los colegios de enseñanza diferenciada. Estos centros son en su mayoría de ideario católico y escolarizan a muchos miles de niños y niñas. También crean muchos miles de puestos de trabajo. 

      No es una iniciativa inocente. Desde hace ya tiempo, la autodenominada izquierda educativa adoptó como objetivo suprimir la influencia que la educación católica tiene en la sociedad, y de manera singular especificó su estrategia en los centros de educación diferenciada. No es tampoco casual que el recrudecimiento de la campaña de acoso y derribo a la escuela diferenciada coincida con el final de la batalla de "educación para la ciudadanía" y de la avalancha de objeciones a la asignatura, muchas de ellas localizadas en este tipo de centros. 

      El argumento central de su ofensiva consiste en la "discriminación" de niños y niñas en la escolarización, una forma de "segregación" intolerable en una sociedad moderna, laica y comprometida con una idea de "igualdad" reducida e interesada: ¿No han caído en la cuenta de la financiación pública destinada a las federaciones deportivas que "segregan" por sexo sistemáticamente desde el nivel del deporte base hasta la alta competición? ¿No les provoca en igual medida la escasa paridad que hay en la selección española de fútbol o baloncesto? 

      La realidad es muy diferente a la que predican los apóstoles de la coeducación, o escuela mixta. Sin entrar al fondo de la cuestión sobre la filosofía y la práctica de ambos modelos pedagógicos, el hecho esencial es la imposición de una censura predemocrática desde un poder que dice ser el campeón de los valores democráticos. Lo que está en juego es la definición misma de la libertad de enseñanza consagrada en nuestra constitución: cualquier centro de enseñanza que tenga la autorización administrativa para impartir enseñanza reglada, si tiene suficiente demanda social, puede y debe ser beneficiario del concierto educativo para garantizar la mayor igualdad posible en la elección de colegio por parte de todas las familias. Sin discriminación por motivos económicos. 

      La escuela diferenciada es perfectamente legal en nuestro país y en todos los países de nuestro entorno. También en el marco LOE. Sus detractores han perdido siempre la batalla jurídica. Por ello era necesario crear una ley que les diera la razón a cualquier precio y arrinconar la escuela diferenciada a un gueto lo más inofensivo posible. 

      Es sorprendente que los partidarios del "antiapartheid" escolar defiendan la retirada del concierto educativo por la "discriminación por sexo" que practican estos colegios sin reparar en que dicha discriminación, tal y como ellos mismos la definen, es falsa e inexistente. ¿Cómo, si no, sería posible que la Administración les haya concedido la autorización administrativa para desempeñar su labor educativa y el concierto educativo desde sus comienzos?

Antonio Amate, Secretario General de la Federación de Enseñanza de USO
PaginasDigital.es / Almudí

martes, 7 de junio de 2011

DEBATE PLANETARIO SOBRE EL MATRIMONIO

Debate planetario sobre el matrimonio

    Las grandes contiendas jurídicas no son simplemente nacionales: son planetarias. Así ocurrió, por ejemplo, con los debates en torno a la codificación. Y así está ocurriendo ahora con la nota de heterosexualidad del matrimonio. Muchos países se blindan contra el matrimonio homosexual

     La tensión se percibe entre dos tendencias opuestas. La primera es lo que en términos de derecho internacional se llama “efecto dominó”. Es decir, la propensión expansiva de una institución jurídica, cuando es adoptada por un sistema político de cierta influencia sobre otros. La especial gravedad de que España aceptara — con fuertes oposiciones, todo hay que decirlo, por parte de los órganos jurídicos españoles de mayor relieve— el llamado matrimonio entre personas del mismo sexo, radicó en que produjo como reacción que algún país latinoamericano (por ejemplo Argentina, o, más limitadamente en el estado de México D.F., que representa tan sólo el 8% de la población de la república de México) alteraran profundamente la estructura configurativa del matrimonio, aceptando el matrimonio entre homosexuales. En otros países (Chile, Ecuador, Perú etc.) solamente se planteó a nivel político o jurídico, pero sin cambios apreciables en la configuración del matrimonio.

      Junto a esta tendencia expansiva, la adopción por algunos sistemas jurídicos del matrimonio entre personas del mismo sexo, ha producido una reacción contraria. Lo que he llamado en alguna ocasión “efecto blindaje”, esto es, la defensa del matrimonio heterosexual a través de la constitucionalización de la nota de heterosexualidad. El último ejemplo en Europa de esta tendencia ha sido Hungría. Hace menos de un mes (25 de abril) se aprobó en el Parlamento húngaro por 262 votos contra 44 (bastante más de los dos tercios exigidos) una nueva Constitución, que elimina los últimos residuos comunistas de la antigua de 1990. En lo que respecta al matrimonio, expresamente se establece la protección de la “institución del matrimonio, considerado como la unión natural entre un hombre y una mujer y como fundamento de la familia”. Anteriormente, la Constitución polaca de 1997 (artículo 18) definió el matrimonio exclusivamente como “la unión entre un hombre y una mujer”. En fin, la constitución de Lituania (1992) establece que “el matrimonio debe ser efectuado con el consentimiento mutuo y libre del hombre y la mujer”, definiendo su Código civil el matrimonio como “el acuerdo voluntario entre un hombre y una mujer".

      ¿Cuál de ambas tendencias progresa con mayor rapidez? Contra lo que pudiera creerse, la realidad es que existe un equilibrio inestable modelado por reacciones y contra-reacciones que dibujan, en mi opinión, un panorama más cercano a la defensa del matrimonio heterosexual que al avance del matrimonio entre personas del mismo sexo.

      Prescindiendo de la algarabía mediática de uno u otro signo, conviene circunscribirnos a los hechos. Un rápido “tour d´horizon” probablemente avalará lo que digo. Volviendo a Europa, la verdad es que si Países Bajos (2001), Bélgica (2003), España (2004), Noruega (2009), Suecia (2009) y Portugal (2010) han regulado el matrimonio entre personas del mismo sexo, la corriente mayoritaria se muestra concesora de diversos efectos a las uniones civiles de personas del mismo sexo, pero no demasiado receptiva a transformar esas uniones en verdaderos matrimonios. Ya hemos visto la tendencia de los países del Este de Europa a constitucionalizar la nota de heterosexualidad. En otros países europeos (Francia, Italia, Alemania etc.), aunque el debate se plantea con mayor o menor intensidad, la posición de los órganos legislativos o jurisprudenciales mantiene una posición de equilibrio que no se inclina hacia la concesión “tout court” del estado matrimonial a las uniones civiles. Así, por ejemplo, en febrero de este mismo año, el Consejo Constitucional francés consideró que la prohibición del matrimonio homosexual, tal y como lo recoge el Código Civil, es conforme a la Constitución francesa.

      Latinoamérica es un ámbito jurídico en el que las reacciones se producen con rapidez ante modelos distintos. Un ejemplo. Acabo de regresar de México, donde he debido viajar por cuestiones académicas a varios estados. El único de ellos en que se ha aprobado el matrimonio entre personas del mismo sexo es Ciudad de México. La reacción fue inmediata. Los estados de Jalisco, Morelos, Sonora, Tlaxcala y Guanajuato plantearon ante la Corte Suprema cuestión de inconstitucionalidad. Aunque esta declaró constitucionales los matrimonios aprobados en Ciudad de México (naturalmente sin imponerlos a los demás estados), inmediatamente el Congreso del estado de Baja California reformó el artículo 7 de la Constitución estatal, definiendo el matrimonio exclusivamente como “la unión entre un hombre y una mujer”. Esta tendencia a “blindar” las constituciones estatales está encontrando eco en algunos otros estados mexicanos, centroamericanos y sudamericanos.

      En Estados Unidos, el matrimonio entre personas del mismo sexo es reconocido a nivel estatal por seis Estados: Massachusetts (2004), Connecticut (2008), Iowa, Vermont, New Hampshire y Distrito de Columbia (estos cuatro en 2009). Sin embargo, como reacción ante la tendencia expansiva, antes o después de esas fechas, más de 20 estados alteraron sus constituciones para definir el matrimonio como una unión entre hombre y mujer. Es decir, para blindarse frente a la tendencia expansiva.

      Hace unos días, Obama ha cursado órdenes al Departamento de Justicia para que deje de apoyar ante los tribunales la ley federal aprobada en 1996 durante la Administración Clinton, en la que se define el matrimonio como la unión legal entre un hombre y una mujer. Esta “ley de defensa del matrimonio” (DOMA), por la que ningún estado está obligado a reconocer como matrimonio una relación entre personas del mismo sexo reconocida como matrimonio en otro estado, se aprobó en su momento una amplia mayoría bipartidista en ambas cámaras del Congreso. La reacción ha sido inmediata. El presidente de la Cámara de Representantes anunció que iba a reunir a un grupo de asesoramiento legal formado por miembros de ambos partidos para defender la DOMA. “Es de lamentar —dijo— que la Administración Obama haya abierto esta cuestión tan polémica en un momento en que los americanos quieren que sus líderes se centren en el empleo y en los problemas económicos. La constitucionalidad de esta ley debe ser decidida por los tribunales, no por el presidente de modo unilateral, y esta decisión de la Cámara quiere garantizar que la cuestión se afrontará de modo conforme con la Constitución”.

      El balance final es que de los 192 países reconocidos ante la ONU (más 10 de facto, no integrados oficialmente en dicha organización) solamente reconocen el matrimonio entre personas del mismo sexo un total de 10 países, más algunos estados aislados de México y Estados Unidos. Entre ellos, no se cuenta ningún país asiático y ninguno africano (salvo Sudáfrica), y solamente un latinoamericano, y parte de otro. Comparando la demografía de ese pequeño grupo de países con la de todo el planeta que rechaza el modelo de matrimonio entre personas del mismo sexo, la anomalía jurídica está todavía localizada. Desde luego es una localización con tendencia a la expansión, pero al parecer la mayoría de la corriente sanguínea del organismo jurídico tiende a defenderse, buscando otras fórmulas que equilibren la concesión de algunos efectos a las uniones entre personas del mismo sexo con el derecho de mantener en su real configuración las instituciones jurídicas, entre ellas el matrimonio como unión entre hombre y mujer

      Desde luego, la prevalencia del sentido común y jurídico en esta importante materia exige —en especial a los juristas— esa cualidad tan propia de los hombres dedicados a la defensa de la justicia que consiste en mantener la firmeza de una roca en las convicciones, moderándola con la flexibilidad de un junco en sus aplicaciones.
Rafael Navarro-Valls
ZENIT / ALMUDÍ

lunes, 6 de junio de 2011

ESPERANDO PENTECOSTÉS

     “Cada cinco minutos un cristiano muere asesinado por su fe”. Massimo Introvigne, representante de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa difundió este dato en la Conferencia internacional sobre el diálogo interreligioso entre cristianos, judíos y musulmanes.

    Y continuó: “Si no se gritan estas cifras al mundo, si no se pone fin a esta masacre, si no se reconoce que la persecución de los cristianos es la primera emergencia mundial en materia de violencia y discriminación religiosa, el diálogo entre las religiones producirá sólo encuentros muy bonitos pero ningún resultado concreto”.

    Me atrevo a añadir, que no sólo esos diálogos serán infructuosos, sino cualquier otra conversación que trate de buscar un modo de vivir en paz en este planeta globalizado.

    El Consejo Mundial de  Iglesias se ha reunido recientemente para concluir un programa de diez años para combatir toda forma de violencia. Benedicto XVI ha pedido a los católicos: “Unámonos en oración por esta noble intención, y renovemos nuestro compromiso de eliminar la violencia en las familias, en la sociedad y en la comunidad internacional”.

   Los cristianos elevamos esa oración al Creador, y sabemos que nuestra espera no será inútil; no es nunca inútil.

    Durante la conversación que ha mantenido Benedicto XVI con los astronautas de la nave espacial Soyuz, les ha preguntado: “En medio de vuestro intenso trabajo e investigación, ¿os habéis detenido para reflexionar sobre los orígenes y sobre el destino del universo y de la humanidad, y para elevar una oración al Creador?”.

   Un astronauta italiano le contestó: “Cuando tenemos un momento para bajar la mirada a la tierra, la belleza, que es el efecto en tres dimensiones de la hermosura del planeta, nos conquista el corazón, me conquista el corazón. Y entonces, sí rezo: rezo por mí, por nuestras familias, por nuestro futuro”.

    Pentecostés. La venida del Espíritu Santo, Dios con nosotros. Los cristianos asesinados, los perseguidos con violencia en su libertad, los acosados en su actuación con leyes inicuas que desean tapar la voz de la Iglesia en la enseñanza de la Fe. Los cristianos rezamos, y contemplamos no sólo la “hermosura del planeta”, sino también, y muy especialmente, la “hermosura y bondad” de su Creador.

“La Palabra de Dios no sólo consuela sino que también cambia a los creyentes, individualmente y en comunidad, para avanzar en justicia, reconciliación y la paz entre ellos mismos y la totalidad de la sociedad” (Benedicto XVI).

   Pentecostés. El Amor de Dios, el Espíritu Santo, se derrama en nuestros corazones, como llenó el espíritu de los apóstoles y los discípulos, en los primeros tiempos de la Iglesia, y les dio la fortaleza para ser sembradores de paz y de alegría en todo el mundo.

   Los que persiguen a los cristianos, los que matan a los fetos, los que eliminan a los enfermos, los que impiden vivir a los discapacitados, pretenden ahogar ese Fuego del Amor de Dios, ese Fuego de Pentecostés.

   Tarea inútil, que les lleva a la desesperación, que les lleva a rechazar las oraciones que los cristianos asesinados elevan a Dios Padre para que un día dejen de matar de asesinar, y contemplen también ellos la “hermosura y bondad” del plantea y de su Creador, y lleguen a ser hombres y mujeres de “paz”. ¿Lo desean, verdaderamente?.

ERNESTO JULIÁ DÍAZ
RELIGIÓN CONFIDENCIAL

domingo, 5 de junio de 2011

LA ATENCIÓN AL FINAL DE LA VIDA

La atención al final de la vida
   Como cualquier tratamiento médico, quien debe indicar la sedación paliativa es el médico cuando se dan las condiciones clínicas y éticas para que sea considerada buena práctica

      Comenzó Andalucía, le siguió Navarra, ahora Aragón y estamos a la espera de la ley que se está elaborando a nivel nacional. Con estos movimientos los legisladores autonómicos y ahora el Gobierno central desean garantizar una atención médica al final de la vida a todos los ciudadanos de nuestro país. Pero, a partir de la promulgación de estas leyes ¿sufrirán menos los enfermos al final de sus vidas? ¿No se deteriorará la relación médico-enfermo en una fase tan delicada donde esta relación debe ser de ayuda y no una relación defensiva, exigiendo algún derecho que pueda no ser una indicación médica adecuada? ¿No estaremos potenciando una medicina defensiva en la que el médico se vea amenazado constantemente con sanciones?

      El artículo 14 de la Ley 10/2011, de 24 de marzo, de Derechos y Garantías de la Dignidad de la Persona en el Proceso de Morir y de la Muerte, de Aragón, que hace referencia al derecho del paciente a la administración de sedación paliativa —"El paciente en situación grave e irreversible, terminal o de agonía que padece un sufrimiento refractario tiene derecho a recibir sedación paliativa"— me ha provocado algunas reflexiones que deseo compartir con quienes hayan elegido leer esta tribuna. 

      Siguiendo la Declaración sobre la Atención Médica al Final de la Vida de la Organización Médica Colegial (OMC), en la que intervine como coautor, esta atención no debe considerarse un privilegio del paciente sino un derecho. Toda la atención al final de la vida debe ser un derecho para el paciente que se encuentra en esa situación clínica.

      Este derecho lo exigimos los médicos porque en estas circunstancias el paciente debe tener derecho a no sufrir y para ello la atención médica que se le preste deberá estar obligada a secuenciar todas aquellas estrategias que tengan el objetivo de aliviar su sufrimiento: no abandonarle, aliviarle el dolor con la dosis de analgesia necesaria hasta que el enfermo nos diga "ya no tengo dolor", evitar las exploraciones diagnósticas y aquellos tratamientos que son más insufribles que la propia enfermedad y que en ese momento se consideran inútiles, y sedarle si a pesar de todos los tratamientos empleados no hemos conseguido aliviar su sufrimiento, teniendo en cuenta siempre los deseos del enfermo.

Tratamiento indicado
      En la Declaración de la Comisión Central de Deontología de la OMC Ética de la sedación en la agonía (aprobada por la Asamblea General el 21 de febrero de 2009) se considera "como un tratamiento adecuado para aquellos enfermos que, en los pocos días u horas que preceden a su muerte, son presa de sufrimientos intolerables que no han respondido a los tratamientos adecuados". Los médicos nos hemos dado, con esta declaración, unas normas que le garantizan al enfermo que aliviaremos su sufrimiento con la sedación cuando la precise y él nos la autorice, pero consideramos que no debemos realizarla cuando él nos la exija como un derecho si no la consideramos indicada.

      Como cualquier tratamiento médico, quien debe indicar la sedación paliativa es el médico cuando se dan las condiciones clínicas y éticas para que sea considerada una buena práctica médica. El enfermo debe tener derecho a que le ayudemos a prevenir las enfermedades que le pueden amenazar, a curarlas cuando no ha sido posible prevenirlas y a aliviar sus efectos si no hemos conseguido ni lo uno ni lo otro. Para ello los médicos debemos emplear todas las estrategias adecuadas para cumplir sus objetivos, pero no las que el enfermo elija para ello; entiendo que en este sentido puede ser equívoco el artículo 14 de la citada ley —Derecho del paciente a la administración de sedación paliativa— porque para ello será el médico quien debe considerarla indicada o no. De la misma manera estoy de acuerdo en que si está indicada y algún médico se negara a realizarla, en ese caso sí tiene derecho el enfermo a recibirla y el médico el deber de realizarla, porque si no fuera así, el citado médico estaría realizando una mala práctica médica al no sedar al paciente.

      Es probable que si no tenemos las ideas claras al legislar no estemos garantizando una atención médica adecuada al final de la vida sino confrontando por un lado las exigencias del enfermo garantizadas por la ley y, por otro, la buena práctica médica. Por eso, creo que cuando se elabora una ley que no ayuda, sino más bien confunde, precisa de más reflexión.

La función de los colegios
      Sobre las sanciones ante el incumplimiento de los derechos creo que los colegios oficiales de médicos, a través de sus comisiones de deontología, controlan y sancionan la mala práctica médica de sus colegiados según el Código de Ética y Deontología Médica. Esto justifica la existencia de estos colegios profesionales y la obligación del médico que desee ejercer su profesión de estar colegiado para poder ser controlado y realizar una atención adecuada al final de la vida a la que todo enfermo debe tener derecho.

      El vigente código garantiza una atención médica al final de la vida adecuada a los enfermos, para lo que obliga a todos los médicos colegiados a lo siguiente:
      "El médico tiene el deber de intentar la curación o mejoría del paciente siempre que sea posible. Y cuando ya no lo sea, permanece su obligación de aplicar las medidas adecuadas para conseguir el bienestar del enfermo, aun cuando de ello pudiera derivarse, a pesar de su correcto uso, un acortamiento de la vida. En tal caso, el médico debe informar a la persona más allegada al paciente y, si lo estima apropiado, a éste mismo" (Capítulo VII artículo 27.1). 

      "El médico no deberá emprender o continuar acciones diagnósticas o terapéuticas sin esperanza, inútiles u obstinadas. Ha de tener en cuenta la voluntad explícita del paciente a rechazar el tratamiento para prolongar su vida y a morir con dignidad. Y cuando su estado no le permita tomar decisiones, el médico tendrá en consideración y valorará las indicaciones anteriores hechas por el paciente y la opinión de las personas vinculadas responsables" (Capítulo VII artículo 27.2).

      Lo positivo de estas leyes y la que está por venir es que responsabilizan a las autoridades sanitarias a garantizar el derecho reconocido para todos los ciudadanos de este país mediante una ley de calidad en la atención al final de la vida, para lo que dispondrán de los recursos necesarios. Serán los garantes de estos derechos quienes deberán dar cuenta de que los enfermos hayan podido recibir la atención médica que necesiten y deseen. Los médicos somos conscientes de lo que nuestra profesión nos compromete para aliviar el sufrimiento del enfermo, sobre todo al final de la vida.

Jacinto Bátiz. Jefe de la Unidad de Cuidados Paliativos (Santurce-Vizcaya)Diario Médico / Almudí