jueves, 14 de julio de 2011

La difícil lucha contra la corrupción

La difícil lucha contra la corrupción

   La ética de las virtudes tiende a la coherencia de vida. Sin ésta, no será posible la honestidad en la vida política y económica, por muchas regulaciones que establezcan las leyes mercantiles y penales

Los informes anuales de la ONG Transparencia Internacional, con sede en Berlín, muestran la muy diversa percepción de la ética pública en distintos países. En esa fuente de documentación queda bastante clara la diferencia entre el mundo latino y el anglosajón. Las exigencias morales de éste son vistas a la vera del Mediterráneo casi como puritanismo.

      Se comprueba estos días con las derivas del caso Strauss-Kahn: casi la mitad de los franceses siguen viendo al dimitido director del FMI como un buen candidato a las elecciones presidenciales de 2012, a pesar de la magnitud de su conducta sexual en el Sofitel de Nueva York. Lo suyo puede no ser delictivo, a pesar de la fuerte irrupción inicial de la fiscalía. Pero es toda una inmoralidad. ¿Se fiarán realmente los franceses de la prudencia en el gobierno de Francia por parte de un hombre incapaz de dominar sus pasiones?

      Hace años, el mundo asistió también atónito al caso del presidente de Estados Unidos Bill Clinton, acusado por la becaria Mónica Lewinsky. Pudo seguir adelante, a pesar de la cultura anglosajona, aplicada estos días duramente contra DSK por The Wall Street Journal: "dirigir una institución internacional o aspirar a la presidencia de una importante nación es incompatible con ser a la vez un disoluto famoso y de dedicación completa".

      De todos modos, la opinión pública francesa discurre por otros cauces, como muestra el increíble comentario de Bernard Henri Lévy en Le Point, que tradujo El País el domingo 10 de julio: "Ahogar el establecimiento de la verdad bajo un chorro de imágenes dignas de un mal 'reality show' no es propio de EE UU. En esta ocasión, sin embargo, ese país ha alcanzado la cumbre de la obscenidad".

      Ciertamente, como se ha repetido hasta la saciedad, se puede distinguir y separar la ética privada de la pública. Yo mismo suelo invocar la parábola evangélica del juez inicuo: aunque acaba haciendo justicia a la viuda, sigue siendo injusto. Porque, al menos desde Aristóteles, en la justicia es posible distinguir entre el cumplimiento de su objeto —el derecho de cada uno— y el perfeccionamiento personal del sujeto.

      Pero la ética de las virtudes tiende a la coherencia de vida. Sin ésta, no será posible la honestidad en la vida política y económica, por muchas regulaciones que establezcan las leyes mercantiles y penales. Menos aún en países, como España, que padecen una endémica enfermedad social: el retraso de la administración de justicia. El ciudadano corrupto aprovecha con creces las dilaciones normales, que aumentan con las provocadas mediante incidentes procesales y recursos.

      A pesar de todo, DSK podría ser presidente de Francia, en horas bajas de Nicolas Sarkozy y sin un claro candidato socialista capaz de superarle. De modo semejante, mutatis mutandis, diversos políticos están hoy al frente de comunidades autónomas, diputaciones o ayuntamientos de España, a pesar de existir dudas fundadas sobre su honorabilidad, especialmente a partir de la incoación de procesos judiciales (algunos tan antiguos que casi nadie los recuerda). La posible corrupción no tiene necesariamente consecuencias electorales, al menos, a tenor de los resultados de las recientes consultas: la mayor parte del centenar de candidatos incursos en procesos consiguieron un veredicto favorable en las urnas.

      La ética pública se forja desde la moralidad privada, que incluye a mi entender la necesidad de dimitir ante la menor sospecha de irregularidad. Cuando está en juego el bien común, no se puede invocar la presunción de inocencia, salvo que pueda demostrarse en horas. Porque, en el plano jurídico, no basta el trabajo previo de los "interventores", ni menos aún los informes a posteriori de los Tribunales de Cuentas.

      El excesivo peso del sector público, si falta honestidad personal, viene a ser casi una tentación continua para el político potencialmente corrupto. Como las nuevas tecnologías para la prensa amarilla, tan denostada tras el caso de las escuchas ilegales del News of the World. El magnate Rupert Murdoch puede haberlo sacrificado, no tanto por ética, sino por estrategia: está en juego la toma del 100% de BSkyB, la plataforma de televisión por satélite que ya controla con casi el 39% del capital.

      Al cabo, el fin no justifica los medios. Aunque un político brasileño —no recuerdo si gobernador o alcalde de Sao Paulo, mediado el siglo XX— fue reelegido con este eslogan de campaña: "robo, pero hago".

Salvador Bernal
ReligionConfidencial.com / Almudí

miércoles, 13 de julio de 2011

JMJ: ojos y corazones nuevos

JMJ: ojos y corazones nuevos
   Lo que se espera de la visita de Benedicto XVI es que disipe esa niebla de “malestar”, que se oculta tras la sociedad de “bienestar”

     A casi un mes del inicio de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ), Madrid es la ciudad que más inscripciones ha recibido de jóvenes. Un buen augurio de lo que será esta Jornada, que se celebra 28 años después de la primera realizada en Roma. Es curioso que, entonces, la preocupación de los media se centró en una supuesta devastación de las zonas verdes, a manos (o a pies) de la “horda de jóvenes” que avanzaba sobre Roma. Uno de esos scoops catastrofistas que, a veces, suelta la prensa para luego suspirar aliviada al comprobar que todo quedó en una “pacífica invasión”, que alegró el corazón de los romanos y respetó las escasas zonas verdes de Roma.

      La verdad es que estas Jornadas han sido las concentraciones más “oceánicas” que conoce la Historia. Por ejemplo, en la celebrada en Manila en 1995 cuatro millones de jóvenes se concentraron en esa ciudad de Extremo Oriente. En la última de Sydney, los reunidos superaron a los asistentes a los Juegos Olímpicos del 2000. Madrid espera entre millón y medio y dos millones de jóvenes.

      ¿Por qué Dios interesa a tanta gente joven, ya sea su heraldo un Papa reflexivo de 84 años como Benedicto XVI o uno más activo como Juan Pablo II? En varias JMJ se ha entrevistado a muchos de los asistentes sobre ese extremo. Las respuestas más habituales han sido: 1) Nadie (ningún profesor, ningún familiar etc.) me había hablado con la claridad y exigencia del Papa; 2) No sé si estaré a la altura ética que nos está pidiendo ; 3) Haga o no haga lo que dice, “ese señor” (por el Papa) tiene razón .

      Estas respuestas dan la razón a aquellos sociólogos que opinan que, en este siglo XXI, “Dios está en racha”. Es más, probablemente será “su” siglo. Lo será, entiéndaseme bien, en la medida en que sus portavoces —que normalmente actuarán en el contexto de las democracias, a las que parecen apuntar las grandes corrientes subterráneas del s. XXI— sepan despertar las sensibilidades dormidas que yacen en su trasfondo. Es sabido, que la opinión pública en las democracias suele ser una mezcla de sensibilidad para ciertos males y de insensibilidad para otros. Entre estos últimos, la mediocridad moral y otros valores espirituales dormidos en el torrente circulatorio de la sociedad.

      Los jóvenes —y no tan jóvenes— que en agosto invadirán las calles de Madrid desean algo distinto del monótono mensaje de los ideólogos de turno, que sostienen que no hay bien ni mal: solo una densa bruma que envuelve en el relativismo moral acciones y personas. El Papa, probablemente, dirá exactamente lo contrario: frente a subjetivismo ético, hablará de verdades objetivas; frente a hedonismo consumista, insistirá en solidaridad y templanza; ante un horizonte cultural teñido de pesimismo, hará hincapié en la belleza de la verdad.

      La importancia de esta nueva visita a Madrid de Benedicto XVI (tal vez la última que realice a España), radica en que, en esta ocasión, sus jóvenes interlocutores son una tierra especialmente ávida para absorber las afables —pero enérgicas— llamadas a despertar esos valores dormidos. Desde el valor de no sacrificar todo en el altar de la profesión (incluida la ética y el derrumbe de sus familias), hasta poner en marcha una revolución religiosa silenciosa, que muestre la global dimensión del iceberg de miseria espiritual que oculta una sociedad huérfana de estímulos morales.
      Lo que se espera de la visita de Benedicto XVI es que disipe esa niebla de “malestar”, que se oculta tras la sociedad de “bienestar”. En una palabra, ayudar a recomponer ojos y corazones nuevos que superen la visión simplemente biológica del acontecer humano.

Rafael Navarro-Valls
Almudí / Zenit

martes, 12 de julio de 2011

Católico a la carta

Católico a la carta
El adjetivo “católico” y su correspondiente conjunción adversativa son como los platillos contrapuestos de una balanza, que, con demasiada frecuencia vienen juntos

      ―Yo soy católico, pero…

      Me lo dijiste nada más llegar y ahora pienso que debo darte las gracias porque, sin pretenderlo, me has proporcionado un buen argumento para el próximo artículo que escriba en la prensa de papel. Quizá lo titule “católicos con adversativa” o “católicos-pero”.

      El adjetivo “católico” y su correspondiente conjunción adversativa son como los platillos contrapuestos de una balanza, que, con demasiada frecuencia vienen juntos. En algunos casos, la carga del pero es mínima: “Soy católico, pero no practicante”, “católico, pero un poco abandonado”… En otros, por desgracia, el pero pesa demasiado: Soy católico “pero no creo en el Papa”, católico, “pero sin dogmas”, “pero a mi manera”

      Eso me dijiste tú, y quizá fui algo brusco cuando te aconsejé:

      ― Te sugiero que seas un poco menos católico. Sé sincero del todo. Reconoce que has abandonado la fe y tal vez sí seas capaz de tomar carrerilla y volver desde lejos, sin tratar de inventar un catolicismo a tu medida.

Enrique Monasterio
PensarPorLibre.blogspot.com

lunes, 11 de julio de 2011

Fe y razón, Teología y Ciencia

Fe y razón, Teología y Ciencia
«La fe recta orienta a la razón hacia su apertura a lo divino, para que ésta, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más de cerca» (Benedicto XVI)

     “La teología es ciencia de la fe”, dice la tradición. Pero aquí surgen diversas preguntas. Ante todo, ¿no son distintas la ciencia y la fe hasta el punto de que no pueden entrar en relación? Es la cuestión que aborda el discurso de Benedicto XVI en la entrega del premio Ratzinger de teología (30-VI-2011). 

Teología e historia, Teología y praxis
      Esta dificultad —explicaba— se plantea ya en la época medieval, pero con el concepto moderno de ciencia (identificada por el método experimental), el problema se agudiza. Y así se entiende que durante la Edad Moderna la teología se limitara a defender su validez científica, primero en el campo de la historia y después en el campo de la praxis humana, estudiada por ciencias como la psicología y la sociología. En cada uno de estos dos campos, historia y praxis, se ha conseguido enriquecer la teología y mostrar su utilidad para la vida. 

      «Ahora bien —objeta el Papa respecto a la vinculación teología e historia—, si la teología se repliega totalmente en el pasado, deja hoy la fe a oscuras». Por otra parte, «si la praxis sólo se refiere a sí misma o vive únicamente de los préstamos de las ciencias humanas, entonces queda vacía y sin fundamento» (porque, en efecto, la praxis no se explica por sí misma: necesita preguntarse por su raíz y su finalidad). 

      En consecuencia, deduce Benedicto XVI, siempre en referencia a la teología: «Estas vías, por lo tanto, no son suficientes. Por útiles e importantes que sean, se convertirían en subterfugios si la pregunta verdadera quedara sin respuesta». Y la pregunta es: «¿Es verdad lo que creemos o no?»; de modo que «en la teología está en juego la cuestión sobre la verdad, que es su fundamento último y esencial»

Cristo y la verdad
      Dando un paso más, el Papa recuerda la afirmación de Tertuliano, cuando escribe que Cristo no dijo “Yo soy la costumbre”, sino “Yo soy la verdad” (cf. Virg. 1, 1). La costumbre puede relacionarse con las religiones paganas, según las cuales «se hace lo que se ha hecho siempre; se observan las formas cultuales tradicionales, esperando mantenerse así en la justa relación con el ámbito misterioso de lo divino». Y añade que la revolución cristiana consistió precisamente en «su ruptura con la ‘costumbre’ por amor a la verdad».  

      El Evangelio de San Juan enseña que la verdad es Cristo, el Logos, la razón. Ahora bien: «Si Cristo es el Logos, la verdad, el hombre debe corresponderle con su propio logos, con su razón. Para llegar hasta Cristo, debe seguir el camino de la verdad. Debe abrirse al Logos, a la Razón creadora, de la que se deriva su propia razón y a la que ésta lo remite». Y así se comprende que la fe cristiana tenía que replantear la relación entre la fe y la razón, y por tanto entre la teología y la ciencia. 

Dos usos de la razón: experimental y "personal"
      En un tercer paso, Benedicto XVI recurre a San Buenaventura, que contempla un doble uso de la razón; por una parte un uso inconciliable con la naturaleza de la fe; de otra parte, el uso propio de la naturaleza de la fe (cf. Comentario a las Sentencias). 

      En primer lugar habla de la violencia o el despotismo de la razón, que se convierte en juez supremo y último de todo; incluso quiere poner a Dios “a prueba” (cf. Salmo 95, 9), someterlo a experimentación. Esto es, según el Papa, lo que ha sucedido en la Edad Moderna en el ámbito de las ciencias naturales. «La razón experimental se presenta hoy ampliamente como la única forma de racionalidad declarada científica. Lo que no pueda verificarse o falsificarse científicamente cae fuera del ámbito científico». Hay que reconocer, señala, que este método es legítimo en su ámbito, y con él se han logrado obras grandiosas. «Pero semejante uso de la razón tiene un límite: Dios no es un objeto de la experimentación humana. Él es Sujeto y se manifiesta tan sólo en la relación de persona a persona, lo que forma parte de la esencia de la persona». En suma, el uso experimental de la razón es insuficiente para tratar con Dios. 

      Después Buenaventura alude a otro uso de la razón: un uso “personal”, pues entre personas el conocimiento es movido por el amor. En palabras de Benedicto XVI, «el amor quiere conocer mejor a aquél que ama. El amor, el amor verdadero, no hace ciegos, sino videntes». Y por eso, deduce, los Padres de la Iglesia consideraron precursores del cristianismo, fuera de Israel, a aquéllos que estaban sedientos de la verdad, y por tanto estaban en camino hacia Dios: los “filósofos”

      Observa el Papa: si falta este segundo uso de la razón, esta dimensión “personal”, entonces las grandes cuestiones de la humanidad se abandonan a la irracionalidad. Y aquí se encuentra la importancia de una teología auténtica, al poner en conexión la fe con la razón: «La fe recta orienta a la razón hacia su apertura a lo divino, para que ésta, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más de cerca». Hay que tener en cuenta que «la iniciativa de este camino la tiene Dios, que ha puesto en el corazón del hombre la búsqueda de su rostro»

Humildad, grandeza y reto de la Teología
      Por lo tanto —deduce Benedicto XVI— forman parte de la teología, de un lado, la humildad que se deja “tocar” por Dios, y, de otro, la vinculación al orden de la razón. Tal es la grandeza y el reto de la auténtica teología, «que preserva al amor de la ceguera y le ayuda a desarrollar su fuerza visual». Y así «la razón, cuando recorre el camino trazado por la fe, no es una razón alienada, sino razón que responde a su altísima vocación»

      Podemos concluir: la razón humana tiene dos usos, un uso experimental y otro uso “personal”. El primero es legítimo con tal que no estorbe al segundo, necesario para abordar las cuestiones más importantes. Entre ellas está la fe, como respuesta a Dios. De esta manera, cada una desde su ámbito, «la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad» (Juan Pablo II, enc. Fides et ratio, n. 1). 

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
AnalisisDigital.com

domingo, 10 de julio de 2011

“A los jóvenes no se les dice ‘no’ lo suficiente”

Dra. Álava
   El número de jóvenes que acuden por su propia voluntad a consulta psicológica ha aumentado en un 100% desde junio de 2008. La mayoría llegan por problemas de ansiedad o inseguridad ante una nueva situación, por ejemplo, al comenzar un nuevo empleo. A veces, se encuentran sin recursos para solucionar los problemas, y tienen poca resistencia a la frustración.

   Estos son, al menos, los datos que maneja María Jesús Álava en su consulta de Madrid. La psicóloga clínica participó en la última jornada del congreso sobre el mismo tema, que se ha celebrado los últimos tres días en el Palacio de Miramar en Donostia, en el marco de los Cursos de Verano. En él, Álava habló también sobre cómo abordar estos problemas, y dio varias de las ‘Claves de éxito para tratar a niños y adolescentes’.

   Una de las principales, aseguró, es poner pautas: “Por ejemplo, cuando los niños empiezan a decir, a los 6 ó 7 años, que no quieren irse a la cama, hay que poner una hora fija para irse a la cama. Cuando los padres establecen determinadas normas, no hay que repetirlas, hay que esperar a que los hijos lo hagan, y si no, debería existir una consecuencia inmediata”, explicó la doctora. “Hay que ser muy contundente cuando desobedezca, los jóvenes reaccionan más ante los hechos que ante las palabras. Y, mientras tanto, hay que proporcionarles los recursos para que cambien”.

   En ese sentido, Álava también explicó que hoy en día una gran cantidad de padres se muestran “demasiado blandos” con sus hijos. En 2004 publicó un libro titulado ‘El NO también ayuda a crecer’. Sobre esto también advirtió la psicóloga: “A los jóvenes no se les dice ‘no’ lo suficiente. Muchas veces se dice, pero no hacen caso y no hay consecuencias. Quizá habría que hacerlo menos veces pero de manera más tajante”. En gran parte de los casos los padres se sienten “culpables” tras decir ‘no’. “Muchos de ellos vienen a la consulta para que les enseñemos a decirlo sin que luego se agobien”, explicó la ponente.

   Siguiendo esta línea, María Jesús Álava alertó de una figura que abunda últimamente, la de ‘padre colega’. Esta actitud, dijo, termina volviéndose al cabo del tiempo contra el padre, ya que el joven le hace responsable de su propia inseguridad o de los límites que atravesó. “Hay casos de chavales con 20 años que les dicen: ¿por qué el primer día que llegué borracho, en lugar de ponerme en mi sitio, no le diste importancia?’. La factura emocional es el alejamiento de ese padre que no le ha puesto límites”.

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María Jesús Ávila
The Family Watch

sábado, 9 de julio de 2011

La libertad religiosa, derecho fundamental

La libertad religiosa, derecho fundamental
El hecho de que los cristianos son actualmente el grupo religioso más perseguido, es una ofensa a Dios y a la dignidad humana, y un obstáculo para el desarrollo moral y social 

     Los cristianos han reivindicado siempre su libertad de religión; pero con frecuencia en las sociedades de predominio cristiano no se ha respetado esta misma libertad para otros. Con el Concilio Vaticano II la Iglesia afirma que siempre ha defendido la libertad religiosa (cf. Decl. Dignitatis humanae, n. 12). ¿Qué se puede decir al respecto? ¿Qué enseña Benedicto XVI sobre esto? 

La libertad religiosa en el Concilio Vaticano II
      El tema lo planteaba el Papa actual al principio de su pontificado, en su discurso a la Curia del 22 de Diciembre de 2005 acerca de la correcta interpretación del Concilio Vaticano II. La base para ello es la distinción, establecida por Juan XXIII, entre el depósito de la fe (sustancialmente invariable) y las diversas formas en que puede ser expresado en los diversos tiempos y lugares (cf. Discurso de apertura del Concilio, 11-X-1962). Efectivamente, y esto se puede ampliar a la celebración de los sacramentos y las expresiones de la vida cristiana. 

      Ahora bien, para distinguir lo que pertenece sustancialmente al depósito de la fe, de sus expresiones variables (es decir, para lograr la síntesis entre fidelidad y dinamismo), señalaba Benedicto XVI, se impone siempre una renovada reflexión y una renovada vivencia de la fe. Esto es necesario para distinguir los principios permanentes de la fe, respecto a las formas contingentes en que se expresan estos principios. De este modo decía el Papa, «las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a contextos nuevos pueden cambiar» (a esto se le viene llamando “hermenéutica de la reforma en la continuidad”). Y ponía precisamente el ejemplo de la libertad religiosa. 

      Señalaba que el Concilio reconoció e hizo suyo un principio esencial del Estado moderno (la libertad de religión), a la vez que renovó sustancialmente un profundo patrimonio de la Iglesia, en sintonía con la enseñanza de Jesús (cf. Mt 22, 21) y también con los mártires de todos los tiempos, que murieron por la propia libertad de vivir la fe cristiana. 

      En síntesis, el Evangelio enseña la libertad religiosa en el sentido de libertad para abrazar la verdad. Si los cristianos han invocado este principio sobre todo para sí mismos, al llegar la época moderna se redescubre, también en la práctica, un aspecto de la misma verdad: que la libertad religiosa debe defenderse para todos los hombres, porque está implicada en la dignidad humana.

Libertad religiosa y aprecio público de la religión
      Benedicto XVI viene enseñando esta doctrina, a la vez que promueve el anuncio de la fe cristiana y el aprecio a los valores religiosos en la sociedad. Podría aducirse especialmente su discurso ante la ONU en 2008 y otros pronunciados en Washington, Australia, Francia, Jordania, Inglaterra, Croacia, etc. Cabe aquí referirse a algunos textos suyos que se centran en la Libertad religiosa o le han dedicado un espacio sustancial. 

      En su tercera encíclica, Caritas in veritate (29-VI-2009), denuncia los principales obstáculos que encuentra actualmente la libertad religiosa: el fanatismo religioso, asociado a la violencia, y el laicismo; éste llega a imponer formas de ateísmo práctico, e incluso a exportarlas a países pobres. «Éste es el daño que el ‘superdesarrollo’ produce al desarrollo auténtico, cuando va acompañado por el ‘subdesarrollo moral’» (n. 29). En el documento avisa que libertad religiosa no quiere decir que todas las religiones sean iguales; más bien se impone un discernimiento de su contribución al bien común, sobre la base de la caridad en la verdad (cf. n. 55). 

      La libertad religiosa es el tema principal del Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, de 2011. Ahí se explica que este derecho es un camino, más aún, el camino privilegiado para construir la paz. El hecho de que los cristianos son actualmente el grupo religioso más perseguido, es una ofensa a Dios y a la dignidad humana, y un obstáculo para el desarrollo moral y social. La libertad religiosa debe ser defendida para todos, tanto en privado como en público, comenzando por sostener la que corresponde a la familia, y siguiendo por la que deben disponer los grupos religiosos y la Iglesia. Hasta tal punto es importante, que este derecho es un “indicador” del respeto a los demás derechos humanos. Tanto el fundamentalismo religioso como el laicismo son formas extremas de rechazo al legítimo pluralismo y al principio de una sana laicidad. Por tanto se ha de fomentar un sano diálogo entre las instituciones civiles y las religiosas, así como dentro de la Iglesia se ha de educar en el diálogo con las religiones, evitando el sincretismo y el relativismo. En cuanto a Europa, debe cesar en sus hostilidades y prejuicios contra los cristianos, y reconciliarse con sus propias raíces cristianas para redescubrir su papel en la historia. 

      En su Mensaje a la Academia Pontifica de las Ciencias Sociales (29-IV-2011), reunida para estudiar la libertad religiosa como un derecho universal, evocó a Tertuliano (primero que habló de “libertad de religión”), y situó al derecho de libertad religiosa en el horizonte de la plenitud de la persona humana. 

      Entre las enseñanzas de Benedicto XVI (con sus hechos y sus palabras) sobre este tema destaca, en todo caso, su insistencia en que la reivindicación de la libertad religiosa cristiana en la sociedad civil ha de hacerse desde la defensa y promoción de la libertad religiosa para todos y en todos los lugares, como Derecho humano fundamental. 

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
Religión Confidencial / Almudí

viernes, 8 de julio de 2011

ALTURA DE MIRAS

Altura de miras

El Dr. Cabellos reflexiona acertadamente sobre el sentido de la vida humana. Hace referencia al testimonio de Rosa Cruz. Al final tenéis un enlace para verlo

      Pensando en dos hechos recientes, que luego resumo, me han venido al recuerdo unas conocidas palabras de Juan de la Cruz: «volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance». No voy a referirme al nivel de unión con Dios logrado por el santo carmelita, sino al nivel de nuestros pensamientos y, en consecuencia, de nuestros proyectos vitales.

      Los sucedidos a los que me refería son muy distintos entre sí, pero revelan dos actitudes muy diversas para proyectar la vida. El primero es un programa de televisión de los llamados culturales; el fondo eran temas muy de nuestro tiempo: fuentes de energía que se agotan, cambio climático, crisis económica, el mundo previsible para los que nos sucedan, envejecimiento de la población europea, final de algunos recursos como la pesca, etc. Todo muy técnico, con un cierto nivel, muy real, muy estadístico. Y lo previsible resultaba catastrófico, aunque no se expresara así por los participantes en la transmisión.

      El otro asunto es sencillo, duro y ejemplar. Era una entrevista, también para una televisión —que ahora anda por la red—, a una mujer de sesenta y pico años a la que han amputado piernas y manos. Es una cristiana convencida, que ve el futuro despejado por una gran esperanza. El entrevistador andaba entre incrédulo, perplejo y entusiasmado al observar el aplomo, la sincera manera de expresar que su vida valía la pena. Ha trabajado siempre en el hogar, pero le importaban multitud de temas: desde la poesía a la canción, pasando por mil cosas, entre las que entraban cómo va a conseguir nadar en la piscina, los muchos deportes que le interesaban o cómo aportar ciencia a las tareas domésticas (1).

      He relacionado los dos asuntos porque los he visto con un margen de cuatro días. Y vuelvo a las poéticas palabras de san Juan de la Cruz para considerar que la mujer amputada iba mucho más lejos que todos los expertos, y la gente de la calle, que lamentaba el futuro incierto. No deseo ahora dar lecciones de fe o esperanza en el sentido cristiano de esas virtudes, aunque sea obvio que ahí están.

      He pensado, más bien, en el porqué de nuestra falta de fe en el hombre. Y es cierto que, de algún modo, nos lo hemos ganado a pulso. Porque esta civilización del bienestar y del consumismo, que ahora se tambalea o quizás se cae, pensando supuestamente en el hombre, lo ha ignorado. Y la sencilla razón de que así ocurra es que estamos fabricando un sucedáneo del ser humano, efecto de polarizarnos en un aspecto de nuestra vida, que no es el más importante. Nos hemos quedado con la ciencia empírica que parece arreglarlo todo —la salud, el transporte rápido, conocimientos inmediatos vía internet, etc.—, pero ¿es eso todo en el ser humano? La ciencia y la técnica son fruto humano, pero ¿qué es el hombre?

      Posiblemente, fallamos en la cuestión del sentido, quizás obviamos las famosas cuestiones de quién soy yo, de dónde vengo, adónde voy, qué hay tras la muerte... Se puede vivir sin planteárselo, pero esa actitud pasa factura: el hombre no piensa, el hombre desconfía del hombre porque ha abaratado su esencia. Tal camino, cuando faltan cosas e ideas, ni siquiera permitirá decir aquello de Alejandro Magno: me queda la esperanza.
Pablo Cabellos LlorenteLevante-Emv / Almudí

(1) Podéis ver el vídeo AQUÍ

jueves, 7 de julio de 2011

La atrevida ingenuidad de la JMJ

   Si la indignación puede contagiarse, también lo puede hacer la confianza. No resulta tan ingenuo pensar que, entre tanta indignación, los jóvenes quieran acudir a la llamada de un Papa esperanzado.

   Nadie duda de que la desconfianza es un rasgo característico de la actual juventud occidental, al menos en cuanto a determinadas instituciones. Pero también es cierto que a veces se exagera la naturaleza de esta desconfianza, o se retroalimenta a través de encuestas, estudios o noticias que refuerzan la idea de que toda una generación de jóvenes ha perdido la confianza en el futuro o en la sociedad.

   La Jornada Mundial de la Juventud de Madrid quiere romper con ese círculo vicioso. Las JMJ no fueron concebidas simplemente como una cura de optimismo contra el derrotismo social. Sin embargo, en el actual contexto de crisis económica, que muchos vinculan directamente con una crisis ética de raíces más profundas, la convocatoria a los jóvenes brilla con luz propia. Pero ¿pueden los jóvenes cambiar algo?

   Cuando se eligió a Benedicto XVI como sucesor de Juan Pablo II, muchos pensaron que el nuevo Papa no se movería tan a gusto en las reuniones multitudinarias con los jóvenes. No ha sido así: el entusiasmo de Benedicto XVI con las JMJ puede tener que ver con su idea de “pueblo de Dios”. En Spe salvi comentaba: “Babel, el lugar de la confusión de las lenguas y de la separación, se muestra como expresión de lo que es el pecado en su raíz. Por eso, la redención se presenta precisamente como el restablecimiento de la unidad en la que nos encontramos de nuevo juntos en una unión que se refleja en la comunidad mundial de los creyentes”.

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Fernando Rodríguez Borlado
ACEPRENSA

miércoles, 6 de julio de 2011

Apuntarse al optimismo

Apuntarse al optimismo

   Muchas veces las realidades se pueden ir cambiando con la actitud, en vez de que la realidad module totalmente la cabeza y los sentimientos

        No se trata de ningún curso de los muchos que existen. Es mi propuesta ante una actitud generalizada de resignación o actitud negativa ante la vida que se percibe, sobre todo por la aterradora realidad del paro y de un horizonte sombrío. 

      Llega un momento, en conversaciones de comidas o cenas, de tren o en coche, en familia o con amigos, en que salta alguien pidiendo que se hable de algo positivo. Parece que si no se mencionan las dificultades actuales uno no está en el mundo real.

      El mundo real es un conjunto multicolor de realidades y de actitudes. Muchas veces las realidades se pueden ir cambiando con la actitud, en vez de que la realidad module totalmente la cabeza y los sentimientos. Por supuesto que es difícil vivir —y dormir— con serenidad cuando no se llega a final de mes o agobian las deudas familiares. Pero la cuestión básica sigue siendo qué contribuye a mejorar la situación, si insistir hasta la saciedad en lo que no funciona y en las penas personales o colectivas, o bien estimular la capacidad de sacrificio, esfuerzo, ilusión y nuevos horizontes.

      Hasta se recurre con excesiva frecuencia a los fármacos para evitar el desaliento existencial. Allá con médicos y pacientes que recurren demasiado a esa solución, pero es que además no resuelven bien los problemas. Los problemas exigen soluciones, no disfraces ni placebos exclusivamente, y las soluciones hay que buscarlas en la raíz, no únicamente o sobre todo en ciertas medicinas.

      Hace poco lo escuchaba de un jefe de psicología clínica de un gran hospital: “la mejor medicina es el optimismo”. Lo razonó bien, y los allí presentes convinimos en esa afirmación, aunque la pregunta decisiva es simple: ¿y cómo lograr el optimismo? No se logra con medicinas ni con alcohol —siempre germen de optimismos pasajeros—, sino de un equilibrio personal basado en virtudes y actitudes, que arrancan de la infancia y se han de cultivar durante la vida.

      Y aquí tenemos la solución y el problema: la gente ha vivido en una suma facilidad, y por tanto en una suma fragilidad. Se resiste poco la dificultad, el esfuerzo. Y el esfuerzo necesita un “por qué” y “para qué”, que no aprenden de los mayores. No se logra el optimismo con un voluntarismo de pretender ser optimista, sino con un aprendizaje constante de objetivos con valor y que requieren esfuerzo.

Javier Arnal
JavierArnal.wordpress.com / Almudí

martes, 5 de julio de 2011

CONSEJOS PARA LA JMJ2011

Consejos para la JMJ 2011

En los encuentros de Benedicto XVI con los jóvenes hay unas claves interesantes que desvelan su preocupación por vivir de modo coherente el Evangelio 

       Ya se ha publicado la Agenda oficial del viaje de Benedicto XVI, que estará en Madrid desde el jueves 16 de agosto al domingo 21. Son unas jornadas para la vivir la fe y comunicarla con alegría, en el contexto de la nueva evangelización, promovida inicialmente por el Beato Juan Pablo II y desarrollada ahora por su sucesor, el Papa Benedicto XVI.

Creer en Jesucristo sin verlo
      Muchos se preguntan hoy dónde está Jesucristo, desconcertados por los problemas del mundo, y desorientados por su abandono de la Iglesia y los sacramentos. A todos ellos se puede aplicar el consejo de Benedicto XVI cuando recordaba aquella experiencia apóstol Tomás, desalentado por la muerte de Jesús, cuando exigía verle vivo y tocarle para creer en su Resurrección: «También para nosotros es posible tener un contacto sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión, las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular, se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda».

Consejos de Benedicto XVI a los jóvenes
      En los encuentros de Benedicto XVI con los jóvenes hay unas claves interesantes que desvelan su preocupación por vivir de modo coherente el Evangelio. Sólo desde la propia conversión personal se puede ayudar a los demás, tanto en el terreno material de la caridad como en el espiritual del apostolado. Por ejemplo, invita a dialogar diariamente con Dios, leer la Biblia, acudir a la Misa del domingo, contar las alegrías y penas a Cristo, dar ejemplo, o ser útil a los demás.

    — No desconfiar de Cristo: «Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo él da plenitud de vida a la humanidad. Decid, con María, vuestro “sí” al Dios que quiere entregarse a vosotros. Os repito hoy lo que dije al principio de mi pontificado: “Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada, absolutamente nada de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren de par en par las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera”. Estad plenamente convencidos: Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo».

    — Leer la Biblia: «El secreto para tener un “corazón que entienda” es formarse un corazón capaz de escuchar. Esto se consigue meditando sin cesar la palabra de Dios y permaneciendo enraizados en ella, mediante el esfuerzo de conocerla siempre mejor. Queridos jóvenes, os exhorto a adquirir intimidad con la Biblia, a tenerla a mano, para que sea para vosotros como una brújula que indica el camino a seguir. Leyéndola, aprenderéis a conocer a Cristo. San Jerónimo observa al respecto: “El desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo”».

    — Ir a Misa el domingo: «No os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía dominical y ayudad también a los demás a descubrirla. Ciertamente, para que de esa emane la alegría que necesitamos, debemos aprender a comprenderla cada vez más profundamente, debemos aprender a amarla. Comprometámonos a ello, ¡vale la pena! Descubramos la íntima riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no somos nosotros los que hacemos fiesta para nosotros, sino que es, en cambio, el mismo Dios viviente el que prepara una fiesta para nosotros. Con el amor a la Eucaristía redescubriréis también el sacramento de la Reconciliación, en el cual la bondad misericordiosa de Dios permite siempre iniciar de nuevo nuestra vida».

    — Hablar de Dios con los amigos: «Son tantos nuestros compañeros que todavía no conocen el amor de Dios, o buscan llenarse el corazón con sucedáneos insignificantes. Por lo tanto, es urgente ser testigos del amor contemplado en Cristo. Queridos jóvenes, la Iglesia necesita auténticos testigos para la nueva evangelización: hombres y mujeres cuya vida haya sido transformada por el encuentro con Jesús; hombres y mujeres capaces de comunicar esta experiencia a los demás».

    — Demostrar que Dios no es triste: «Quien ha descubierto a Cristo debe llevar a otros hacia él. Una gran alegría no se puede guardar para uno mismo. Es necesario transmitirla. En numerosas partes del mundo existe hoy un extraño olvido de Dios. Parece que todo marche igualmente sin él. Pero al mismo tiempo existe también un sentimiento de frustración, de insatisfacción de todo y de todos. Dan ganas de exclamar: ¡No es posible que la vida sea así! Verdaderamente no».

Recuerdo del Beato Juan Pablo II
      El quinto Viaje apostólico de Juan Pablo II a España, en mayo del 2003, congregó a dos millones de personas en los actos programados y en los recorridos por Madrid, mostrando una Iglesia viva y unos fieles que celebran con naturalidad su fe en medio de la calle. «¡España evangelizada, España evangelizadora! ¡Ése es el camino!», nos dijo el Papa. Y en el aeródromo de Cuatro Vientos señaló a los jóvenes como los centinelas del mañana pues es sus manos está el cristianismo del siglo XXI. Que sea verdad.

Jesús Ortiz López. Doctor en Derecho CanónicoAnalisisDigital.com / Almudí

lunes, 4 de julio de 2011

La Eucaristía, remedio para el individualismo

La Eucaristía, remedio para el individualismo
   A través de Cristo participamos en la vida de la Trinidad y al mismo tiempo nos unimos profundamente entre nosotros, en la Iglesia, germen de unidad en el mundo

De modo sencillo y profundo, y también con fuerza y originalidad, Benedicto XVI ha mostrado la importancia de la Eucaristía en el momento actual de globalización (cf. Homilía del Corpus Christi, 23-VI-2011).

Desde el corazón de Cristo, como fruto del Amor
      1. «Todo parte, se podría decir, del corazón de Cristo». En la Última Cena, Jesús transforma el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre, adelantando su sacrificio en la Cruz. La Eucaristía nace así en el interior de su oración, como fruto de su Amor. «Por esto sabe agradecer y alabar a Dios incluso frente a la traición y a la violencia, y en este modo cambia las cosas, las personas y el mundo». Y esa capacidad de transformación pasa a los cristianos.

      ¿Cómo sucede esto? Al “recibir la comunión”, al comer el Pan eucarístico, y por la acción del Espíritu Santo, «entramos en comunión con la vida misma de Jesús, en el dinamismo de esta vida que se da a nosotros y por nosotros». Y a través de Cristo participamos en la vida de la Trinidad y al mismo tiempo nos unimos profundamente entre nosotros, en la Iglesia, germen de unidad en el mundo.

      Por eso, ha explicado también el Papa: «En una cultura cada vez más individualista, como lo es aquella en la que estamos inmersos en las sociedades occidentales, y que tiende a difundirse en todo el mundo, la Eucaristía constituye una especie de ‘antídoto’, que actúa en las mentes y en los corazones de los creyentes y que siembra continuamente en ellos la lógica de la comunión, del servicio, del compartir, en resumen, la lógica del Evangelio» (Angelus, 26-VI-2011). 

      De esta manera, señalaba, se entiende la vida y la eficacia de los primeros cristianos, como también la de los mártires como los de Abitinia, cuando exclamaban: «!Sin el Domingo (es decir, sin la misa dominical) no podemos vivir!». Asimismo —por la Eucaristía— se explica la perseverancia de los cristianos oprimidos por regímenes totalitarios. En todo caso, observa Benedicto XVI, «la comunión con el Cuerpo de Cristo es fármaco de la inteligencia y de la voluntad, para volver a encontrar el gusto de la verdad y del bien común» (Ibid).

Un acto personal con efectos anti-individualistas
      2. ¿Qué consecuencia tiene esto? Según el Papa, comulgar no puede entenderse en una perspectiva individualista, pues en la Eucaristía nos hacemos miembros del cuerpo de Cristo (cf. 1 Co 10, 16-17). De esta manera explica lo que acontece a partir de ese contacto personalísimo con Cristo: «Nuestra individualidad, en este encuentro, se abre, liberada de su egocentrismo e insertada en la Persona de Jesús, que a su vez está inmersa en la comunión trinitaria» (Homilía, 23-VI-2011). Y desde ahí, subraya, «la Eucaristía, mientras que nos une a Cristo, nos abre a los demás, nos hace miembros los unos de los otros: ya no estamos divididos, sino que somos una sola cosa en Él». Más en concreto: «La comunión eucarística me une a la persona que tengo al lado, y con la que, quizás, ni siquiera tengo una buena relación, y también nos une a los hermanos que están lejos, en todas las partes del mundo»

      De ahí, prosigue Benedicto XVI, deriva «el sentido profundo de la presencia social de la Iglesia, como testifican los grandes Santos sociales, que fueron siempre grandes almas eucarísticas». Así es, teniendo en cuenta que la presencia de la Iglesia en la sociedad no se restringe a su presencia institucional u "oficial", por medio de los obispos o los sacerdotes, o por el testimonio de los miembros de la vida religiosa; la Iglesia se hace presente también a través de los fieles laicos (la mayoría de los cristianos). Los laicos no actúan ordinariamente representando a la Iglesia de modo oficial, sino que "son Iglesia" haciendo el mundo. Es decir, en ellos la Iglesia se hace presente mientras conviven y trabajan en la sociedad, al lado de los otros ciudadanos, con coherencia cristiana.

Cristo en la Eucaristía y en los necesitados
      3. Pues bien, en todos los cristianos deben manifestarse las consecuencias de recibir la comunión eucarística: «Quien reconoce a Jesús en la Hostia Santa, lo reconoce en el hermano que sufre, que tiene hambre y sed, que es forastero, desnudo, enfermo, encarcelado; y está atento a todas las personas, se compromete, de modo concreto, por todos los que tienen necesidad». En otras palabras: «Del don del amor de Cristo proviene, por tanto, nuestra especial responsabilidad de cristianos en la construcción de una sociedad solidaria, justa y fraterna». Esto adquiere especial relieve en nuestra época de globalización, que nos hace cada vez más dependientes unos de otros: «El Cristianismo puede y debe hacer que esta unidad no se construya sin Dios, es decir, sin el Verdadero Amor, lo que daría lugar a la confusión, al individualismo, y la opresión de todos contra todos»

      Todo esto, que procede del amor de Cristo y que apela a nuestra generosidad es, según el Papa, la transformación que el mundo necesita, siguiendo el camino de Cristo que es Él mismo, viviendo con Él. No se trata de utopías ideológicas, ni de espejismos. «No hay nada de mágico en el Cristianismo. No hay atajos, sino que todo pasa a través de la lógica humilde y paciente de la semilla de grano que se parte para dar la vida, la lógica de la fe que mueve las montañas con el suave poder de Dios». Así Dios «quiere continuar renovando la humanidad, la historia y el cosmos, a través de esta cadena de transformaciones, de la que la Eucaristía es el sacramento».

Semilla de unidad y de paz
      En conclusión: «El Espíritu Santo, que transforma el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, transforma también a cuantos lo reciben con fe en miembros del cuerpo de Cristo, para que la Iglesia sea realmente sacramento de unidad de los hombres con Dios y entre ellos» (Angelus, 26-VI-2011). Así la Eucaristía es, por medio de los cristianos, semilla de unidad y paz en el mundo, y antídoto contra el veneno del individualismo; pues el amor que viene de Dios es más fuerte que el mal, la violencia y la muerte.
Ramiro Pellitero. Universidad de Navarraiglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com

domingo, 3 de julio de 2011

¿Cuesta tanto hablar claro?

¿Cuesta tanto hablar claro?
¿Qué puede impedir hablar claro en un caso semejante? ¿Quién puede amordazar la boca de la Iglesia?
Vuelvo sobre este asunto, porque continúa ahí, en primera página, en toda su actualidad, aunque no pocas personas desearían que pasara completamente en silencio.
      A las peticiones para que se aclarara si ha habido o no abortos —interrupción voluntaria del embarazo, interrupción de la vida de la criatura en el seno materno, o como quiera llamársele— en los dos Hospitales catalanes, de Barcelona y de Granollers, la Delegación de Medios de Comunicación Social, del Arzobispado de Barcelona se limita a decir que en esos hospitales se practica la medicina “en conformidad con los principios éticos del humanismo cristiano y con las normas morales de la Iglesia católica. Esta línea de actuación ha sido la constante seguida en el Hospital a lo largo de toda su historia”.
      Una declaración de principios, que posiblemente conste en el ideario del Hospital, pero que difícilmente puede ser considerada una respuesta adecuada a la cuestión planteada. No se trata de cuestión de principios, sino de hechos.
      A renglón seguido, el comunicado insiste en que “los dos canónigos presentes en el Patronato del Hospital y el arzobispo han trabajado para que se respete este ideario”. Y no hay razón para dudar de la verdad de estas palabras. Lástima que tampoco afectan directamente a la cuestión planteada. No sería la primera vez que los mejores deseos coinciden con malas acciones.
      Las afirmaciones siguientes de esa Delegación tampoco aportan la deseada claridad sobre esta cuestión que, de verdad, tanto escándalo está originando entre los fieles. Y a mí es lo que, de verdad, me duele. Porque el mal ejemplo, por desgracia, llena de sombras la luz de tantas vidas cristianas, sacerdotales, ejemplares y heroicas.
      El hecho de que el Hospital de San Pablo “nunca ha pedido la acreditación como centro autorizado para la práctica de interrupciones del embarazo”, además de estar en contradicción con lo afirmado por el Ministerio de Sanidad, diciendo claramente lo contrario —uno de los dos, obviamente, miente—, tampoco da una respuesta a la cuestión de si se han practicado o no abortos.
      ¿Por qué no se habla claro? 
      La Jornada Mundial de la Juventud, y con ella la venida de Benedicto XVI a España, está ya a las puertas. Eso quiere decir que un escándalo en España, se puede convertir —si no se ha convertido ya— en un escándalo en todo el mundo.
      Si se han realizado abortos, es el momento de pedir públicamente perdón, arrepentirse, y que cualquier representación de la Iglesia abandone esos hospitales; salvo que, lógicamente, se comprometan a que no vuelva a suceder; y se comprometan en serio, sin limitarse a “dar instrucciones al Director del Servicio de Ginecología y Obstetricia para que no se lleve a cabo esta práctica en este hospital”.
      Y, si no se han realizado, es el momento de hacer una afirmación neta, rotunda, tajante, que disipe todas las nubes de la duda acumuladas ya, por desgracia, en el horizonte.
      ¿Qué puede impedir hablar claro en un caso semejante? ¿Quién puede amordazar la boca de la Iglesia?
      Desde los primeros tiempos, los cristianos han sido reconocidos —entre otras señales indiscutibles— como quienes “no matan a los hijos en el seno de la madre”. Y hasta que Dios ponga punto final a la historia de los hombres sobre este plantea, será así. Y la Madre de Dios, en Montserrat, lo sabe.
Ernesto Juliá DíazReligionConfidencial.com / Almudí

sábado, 2 de julio de 2011

Vida humana: instrucciones de uso

    Os invito a leer estas interesantes reflexiones sobre la dignidad de la vida humana realizadas por el Dr. García Sánchez
    La premisa instructora de la argumentacion vendría a ser esta: toda naturaleza humana es digna por el simple hecho de existir como naturaleza humana. Por tanto en cuanto se identifica desde la biología un ser humano, un individuo de la gran familia de los humanos, y en este punto la ciencia genética es tozuda en su diagnostico, ya bastaría para exigir 4 criterios éticos fundamentales: respetarlo, protegerlo, curarlo y cuidarlo. Para todo ser que descienda del hombre y a partir del primer momento de su existencia y hasta el final, confirmada esta ontología natural es suficiente para la posesion en plenitud de la dignidad sin que sea estrictamente necesario o lícito añadir desde fuera otro criterio adicional. Aunque la dimension total de lo que es un ser humano pueda exigir sin duda otros enfoques, no serían más que complementarios a este presupuesto de partida que por sí solo debería estar completo en sí mismo al menos para que de él se derive el respeto incondicional.  

    La identidad genética singular materializada en la informacion combinada de 25.000 genes maternos y paternos es el sello biologico y diferencial de cada individuo humano. Y esta realidad biologica se convierte en un indicador nada despreciable de humanidad que permite que ese ser sea único e irrepetible a lo largo del tiempo, un continuum biologico invariable hasta el final de la vida. No hay más naturaleza humana, más cantidad de ser humano en unos momentos que en otros: es siempre el mismo ser humano en todas sus fases y estados aunque no siempre sea exactamente lo mismo. Si es de naturaleza humana o no se puede comprobar empíricamente, y declarada su realidad biologica ya no es posible negarla hasta que se extinga. Lo comprobo el nobelado en medicina Robert Edwards y lo comprueban actualmente sus discípulos cuando unánimemente reconocen que la crisis de la fecundacion in vitro sería que de la fusion gametal artificial no apareciera vida humana, porque es precisamente ese el sugestivo mensaje publicitario por el que captan a sus clientes. 

    Si hay vida humana hay naturaleza humana en vivo y en ésta se halla inherida de modo especial y solo a ella una cualidad o dimension que fundamenta su respeto: la dignidad, una dimension real que pertenece a la esencia, a la naturaleza.

    La dignidad aparece desplegada en su totalidad en cuanto hay vida humana y desaparece con la muerte, por tanto o está desde el inicio y hasta el final o no tiene sentido, no estaría nunca. Siempre persiste en el existiendo y en el muriendo del ser humano, constituyéndose estos en los límites de la dignidad. Cuando hablamos de dignidad no se trata de un yuxtapuesto a la naturaleza, algo de quita y pon en función de la calidad de vida, de la fase de su desarrollo, de la autogestión racional, de la belleza, de la fuerza. Todas estas características no dicen objetivamente nada de la dignidad ontológica de una vida humana, no la definen en absoluto porque sencillamente la dignidad es independiente de todas ellas, pertenece intrínsecamente a la naturaleza humana. Es una dimensión que radica en la realidad del ser, en la naturaleza, y coexiste con ella hasta su extinción: si está el ser está ella, y por eso la dignidad o se tiene o no se tiene. Es decir, no se trata de una categoría conmensurable, no tiene precio, no aumenta ni disminuye, no es un valor más o menos positivo de los humanos pero fluctuante por razones de conveniencia o de una mayoría parlamentaria. Por el contrario en el momento en el que se le adjudica precio a la vida humana y a su inherente dignidad cosifico e instrumentalizo al ser humano, y como asegura Kant en su Metafísica de las costumbres: “cuando a algo le asigno un precio o un valor, aquello a partir de ese momento podría ser sustituido por algo equivalente”. Pero el ser humano es un fin y un bien en sí mismo, y no en función de otro ni de uno mismo. Si esto no se asume se legitima la violabilidad de la vida humana mancillando su grandeza constitutiva, produciéndola artificialmente, manipulándola, congelándola, abandonándola y eliminándola.

   La dignidad es algo absoluto, y lo único éticamente legítimo que se permite hacer en un ser humano vivo es constatarla en él, señalar que está, y si lo está – porque hay vida- lo está en su totalidad, no parcial, circunstancial, condicional ni temporalmente. No es relativa a nada, escapa y es inmune a la subjetividad humana, porque estamos ante una cualidad objetiva de la naturaleza. Es independiente de todo, incluso independiente de que se la reconozca o se la niegue desde el exterior, y más aún, independiente de que el propio sujeto enfermo y la sociedad se cuestione su posesión.

    Esta lógica ontológica nos conduce a una conclusión final práctica: la naturaleza humana iguala a todos los seres humanos en dignidad, es común a todos, convirtiéndose este principio no en un derecho humano sino constitutivamente en el mismo fundamento de los derechos humanos. Nadie queda fuera de la posesión plena de su dignidad por ningún motivo. Y definida esta radical igualdad ontológica se puede asegurar que lo natural humano degradado, enfermo, es tan natural – es decir digno- como lo natural humano sin degradarse o sano. Si no son humanos y dignos los débiles, los enfermos, los discapacitados, no pueden ser humanos ni dignos ninguno de los hombres, tampoco ninguno de los sanos, que perderían su dignidad en cuanto enfermaran. Si se excluye de la dignidad a un tipo de miembros de la sociedad humana por su vulnerabilidad, con la misma fuerza o lógica intrínseca acabaríamos excluyendo al resto por otras razones, abocándonos a la inhumanidad.

  Elementalmente todos los sanos, pero también todos los incurables, los deficientes, los moribundos están vivos, no son fragmentos ni residuos de una naturaleza humana que se esté esfumando. No son ciudadanos de 2ª categoría sino hombres y mujeres plenos en naturaleza y en dignidad. La contemplación de la belleza ética de cualquier ser humano está de sobra justificada por el solo hecho de ser humano y estar vivo.
 

Emilio García Sánchez
DNI: 34799193 D
Profesor de Bioética
Universidad CEU Cardenal Herrera
Departamento de Ciencias Políticas, Ética y Sociología.
Email: emilio.garcia@uch.ceu.es

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