De sus palabras finales destacaré cómo nos animó a todos los que trabajamos en la Universidad a algo aparentemente tan sencillo como es sonreír siempre, aunque estemos cansados y no nos apetezca.
En estos días he tenido ocasión de escuchar a Mons. Fernando Ocáriz, nuevo Gran Canciller de mi Universidad, y he quedado del todo cautivado por su amable sencillez. El viernes por la mañana en el acto académico en homenaje a su predecesor, Mons. Javier Echevarría, hubo hermosos discursos y sentidas palabras.
Sin embargo, a mí, más que lo que allí se dijo, me impresionó sobre todo el sencillo ademán de don Fernando pidiendo −al entrar en el salón de actos del Museo− que no se le aplaudiera. El Gran Canciller hacía su entrada por primera vez en un imponente salón de actos abarrotado por 800 profesores y directivos de la Universidad que le recibían con un cerrado aplauso. En aquel gesto el prelado del Opus Dei expresaba con enorme sencillez y naturalidad su personal convicción de que no lo merecía.



















