martes, 21 de junio de 2011

¡Indígnate! Indígnate y ama

¡Indígnate! Indígnate y ama

Ojalá me indigne y abandone la mezquindad de mi vida y me atreva a hacer de ella una vida que valga la pena vivir. El Dr. Chiclana nos habla de otro tipo de "indignación" que nos lleve a cambiar personalmente.

      Desde el 15-M te veo salir de casa indignada, con los ojos verdes llenos de esperanza en vez de ira. No estás dispuesta a que nadie te robe la paz ni la tranquilidad. ¡No me representas!, le gritas al anuncio de la “tía buena” de la marquesina del bus, yo soy una tía normal. Y sales a la calle dispuesta a amar y a cambiar, de una vez por todas, esa parálisis de tu corazón que te hacer ser una marioneta en manos de convencionalismos sociales.

      Indignada has decidido apagar la televisión y lees un libro que te haga pensar y sentir en primera persona. Se te ocurren distintas posibilidades: echarle la culpa al sistema o seguir ese dicho italiano “Piove? Porco governo”

      Anna Freud te hace caer en la cuenta de que la negación, la proyección y el desplazamiento son mecanismos de adaptación primarios. Estrategias inútiles que te bloquean y dejan indefensa. La responsabilidad es de otro: los políticos, el gobierno, el sistema, los bancos, los ricos… Ellos son los que tiene que cambiar. Yo me tengo que quejar y exigirles que cambien. 

      Indignada te da la risa cuando escuchas en la asamblea “exigimos que los políticos…”, “exigimos que el gobierno…”. Manifiestos hueros que “exigen” que otro haga algo, pero “…es necesario comprometerse en nombre de la propia responsabilidad como persona humana” (S. Hessel, Indignaos). 

      Indignada sueñas. Ojalá me indigne y abandone la mezquindad de mi vida y me atreva a hacer de ella una vida que valga la pena vivir. Ojalá me indigne y alce mi voz contra mis errores y acepte mis límites y me dé cuenta de que puedo ser eterno si me arriesgo a vivir el presente. 

      Ojalá me indigne y acampe en la fortaleza de servir a los demás. Ojalá me indigne y sonría de una puñetera vez. Ojalá me indigne y dedique tiempo a mi familia. Ojalá me indigne y no me eche más ese perfume con olor a narciso.

      Indignada ya no eres indiferente. “La peor de las actitudes es la indiferencia, el decir: yo no puedo hacer nada, yo me las apaño” (S. Hessel, Indignaos). Indignada te lo curras en el curro con tu traje de protagonista: «… me siento contentísima cuando consigo que los desayunos en el trabajo sean para unirnos más, para aprender a trabajar en equipo y enseñar a cambio de nada, olvidando el pensamiento de moda "si le enseño a lo mejor lo hace mejor que yo", una competencia que al final rompe el diálogo y hace que seas peor».

      Indignada tarareas una estrofa de La Internacional “El mundo va a cambiar de base / Los nada de hoy todo han de ser” mientras recuerdas unas palabras de Benedicto XVI: «Yo diría que normalmente son las minorías creativas las que determinan el futuro…». Lo que está claro es que quieres cambiar tú para cambiar el mundo: “Piensa globalmente, actúa localmente”.

      Indignada te acuerdas de cuando en Selectividad estudiabas a San Agustín: «Ama y haz lo que quieras». Sueñas en un mundo en el que lo que mueva a las personas sea el amor: a los demás, a su trabajo, a su tierra. 

      Amas y no dejas que te corrompa la comodidad. Amas y luchas contra la guerra fría del comedor familiar. Organizas una rebelión no violenta que se hace esperanza violenta en uno mismo.
      Indignada te niegas a que te coman el coco con la dictadura del relativismo, con la engañifa del buen rollito convencional, con el “todo vale” menos que me pidas que sea coherente. 

      Indignada te decides a cambiar y a amar para vivir ahora como quieres que te recuerden mañana: una indignada que se rebeló para amar.
Carlos Chiclana es médico psiquiatraElConfidencialDigital.com

lunes, 20 de junio de 2011

SOLO EL AMOR MUEVE EL MUNDO

Sólo el amor mueve el mundo
Otras cosas no lo mueven, a veces lo paralizan o lo tuercen

     En el último verso de su Divina Comedia, dice Dante que “el amor mueve al Sol y las demás estrellas”. Alguien replicará que al mundo le mueven sobre todo los intereses, el dinero, el poder, etc. Otros pensarán que al mundo le mueven las ideas. Pero lo que de verdad mueve al mundo es el amor. 

      Esto se aclara plenamente cuando se vive y se comprende la fe cristiana. Lo ha explicado Benedicto XVI en su homilía de Pentecostés (12-VI-2011), en tres pasos: el Espíritu santo (tercera persona en Dios, uno y trino, amor del Padre y el Hijo, persona-amor en Dios), es el vínculo entre lo humano y lo divino; Jesucristo es la manifestación de la verdad del amor; la Iglesia es comunidad de amor (y, por tanto, de amistad y de alegría). 

      Primero el Espíritu Santo. «El Espíritu creador de todas las cosas, y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la comunidad de los discípulos, son uno y el mismo: creación y redención se pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto Pentecostés es la fiesta de la creación».

      Esto, según el Papa, tiene como consecuencia una visión positiva del mundo y de Dios que lo creó por amor. «Para nosotros los cristianos, el mundo es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que Él se alegra porque es “algo bueno”, “algo muy bueno”, como nos recuerda el relato de la Creación (cf. Gn 1,1-31)»

      Si Dios es bueno, y si el mundo (el ser creado) es un acto del amor de Dios, entonces no es verdad lo que a veces se dice de Dios: que no se le puede conocer, que está lejos de nosotros, que si permite el mal, entonces no es bueno... «Por ello, Dios no es el absolutamente Otro, innombrable y oscuro. Dios se revela y tiene un rostro. Dios es razón, Dios es voluntad, Dios es amor, Dios es belleza». Dios es amor que se comunica y se entrega en su Espíritu, tanto al crear todas las cosas como al enviárnoslo en Pentecostés.

      En definitiva, cuando surgen la preguntan: ¿cómo compaginar la vida diaria con la fe, la historia humana y la salvación, las realidades terrenas (el trabajo, el amor humano, la búsqueda de la justicia) y lo propiamente divino (la santidad, la eternidad, la gracia)?, la respuesta viene luminosa: con el Espíritu Santo. Y no es una “escapatoria piadosa”, porque Él es el amor que hace participar de la santidad divina (por la oración y los sacramentos) y conduce al amor del prójimo. 

      Segundo, Jesucristo como “rostro” humano del amor. San Pablo dice que el Espíritu Santo nos lleva a reconocer que “Jesús es el Señor” (cf. 1 Co 12, 3b), lo que es un resumen del Credo. Observa Benedicto XVI que esa expresión se puede leer en dos sentidos: «Jesús es Dios, y, al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad: Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad de nosotros mismos»

      Esa Verdad que es y nos comunica el Espíritu Santo —la Verdad del amor— es transformadora y unificante, respetando lo diverso de las culturas, de las lenguas, de las mentalidades: «La multiplicidad se hace unidad multiforme, del poder unificador de la Verdad crece la comprensión». Donde estaba Babel (la confusión) surge la nueva comunidad que es la Iglesia, familia de Dios. 

      Con otras palabras: el amor de Dios, que une y da vida, se nos da en el Espíritu Santo para que seamos una sola familia que trae la unidad y la vida al mundo. Y esto no es una teoría puramente espiritual, inventada para conseguir poder o influencia, una especie de mística política. Es el horizonte realista, bello y posible, que se ofrece en el Evangelio, y que se puede alcanzar por medio de la fe (don de Dios que suscita nuestra oración) y los sacramentos. 

      Tercer punto, la Iglesia, comunidad de amor (y por tanto de amistad y de alegría). Para explicar la íntima unión entre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre, el Evangelio de San Juan representa al Espíritu como el soplo de Jesús resucitado (cf. Jn 20, 22), en recuerdo del soplo divino que dio vida al primer hombre en la creación (cf. Gn 2, 7). 

      El aliento y el fuego del Espíritu Santo, y con Él la nueva Ley del amor (cf. Hch 2, 2-3; Ex 19, 18) nos llega a los cristianos por la fe y los sacramentos. 

      El libro de los Hechos nos habla de los primeros frutos de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 2, 9-11), su poder unificador y vivificador, en aquel grupo de hombres y mujeres que configuraron la Iglesia naciente y se esparcieron por el orbe conocido. Nos quiere decir que «la Iglesia es católica desde el primer momento, que su universalidad no es fruto de la inclusión sucesiva de comunidades diversas. Desde el primer instante, de hecho, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; ésta abraza al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino»

      Esto confirma lo que confesamos en el Credo: «Desde el principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la santifica siempre». Y todo ello conduce a la alegría, porque Cristo —el “Amigo perdido”— sigue vivo, ha vencido a la muerte y está con nosotros para darnos la alegría como don del Espíritu Santo. 

      En otros términos: la Iglesia surge por la venida del Espíritu Santo, como comunidad de amor. Es la comunidad y la familia de Jesús, Verbo encarnado que sigue dando vida a cada cristiano y al mundo, por la fe, los sacramentos y el amor.

      Por eso la familia de Dios es también el lugar de la amistad y de la alegría. Pero, atención. Esto no quiere decir que el programa cristiano sea “eclesiastizar” el mundo. La misión de la Iglesia y de cada cristiano es abrir a cada persona y al mundo —en su verdad, bondad y belleza— a ese Dios, que es Amor, “Deus caritas est”, y, por tanto, al amor. Por ahí va la solución a todas las “crisis”. El amor, con hechos, es lo que mueve de verdad al mundo. Otras cosas no lo mueven, a veces lo paralizan o lo tuercen. 

Ramiro Pellitero. Universidad de Navarra
AnalisisDigital.com / Almudí

domingo, 19 de junio de 2011

EUROPA CIEGA

Europa ciega


   ¿De verdad pensamos que sea un peligro para la modernidad el hecho de que esta Constitución cite los derechos del nasciturus y que pueda poner en peligro nuestra identidad el hecho de que cite la raíz cristiana de un país?

     Se acaba de celebrar en Estrasburgo un debate sobre la reciente modificación de la Constitución húngara. El nuevo texto constitucional refleja con claridad los valores y principios que están en la base de una Europa unida. 

      El preámbulo afirma que Hungría es una nación "fundada en la cristiandad" y confirma el papel de la Santa Corona de San Stefano, el rey de la conversión al cristianismo, como símbolo de la nación. Por otro lado, añade una mención sobre el hecho de que la vida del feto sea preservada desde su concepción. Otra indicación importante que incluye es la promoción de la familia, representada por la unión en matrimonio de un hombre y una mujer. 

      Durante el debate en el Parlamento, hubo varias intervenciones de condena al Gobierno de Budapest, acusándolo de promover visiones discriminatorias y oscurantistas. Se pidió con insistencia a la comisaria europea Viviane Reding que se interviniera para bloquear el "daño" causado. Tras rechazar estas peticiones, la comisaria precisó que no existe violación alguna de los tratados ni de las normas comunitarias, por lo que la Comisión no puede intervenir en la libre decisión de un Estado miembro. 

      Al reflexionar sobre las objeciones planteadas, por ejemplo, sobre el tema de la discriminación a causa de la orientación sexual, percibo una paradoja. En la Constitución italiana no existe mención alguna a la discriminación por razones de orientación sexual, ¿debemos entonces esperar en breve un debate en el parlamento europeo sobre la Constitución italiana? El caso es aún más singular si pensamos en el hecho de que desde hace 15 años el partido de Berlusconi trata de modificar la Constitución. Quince años durante los cuales la izquierda se niega a cambiar la Constitución porque eso pondría en peligro la democracia. 

      Hay que prestar mucha atención al abrir un debate sobre qué dice o no un texto constitucional. Conviene despejar el campo y evitar posibles equívocos. ¿De verdad pensamos que sea un peligro para la modernidad el hecho de que esta Constitución cite los derechos del nasciturus? ¿De verdad pensamos que pueda poner en peligro nuestra identidad el hecho de que esta Constitución cite la raíz cristiana de un país? 

      Por lo que a mí respecta, creo por el contrario que todos debemos familiarizarnos más con el texto de la Constitución europea, que llevaba como lema "Unidos en la diversidad", y tratar de ser un poco más tolerantes respecto a la diferencia de cada uno. Debemos por tanto comprender que en este momento un enorme consenso en Hungría ha llevado a llamar la atención sobre la necesidad de un pueblo y para que esta necesidad no desemboque en el nacionalismo debe encontrarse con una Europa fuerte que reconoce los derechos de todos y los deberes de cada uno. 

Mario Mauro
PaginasDigital.es  / Almudí

sábado, 18 de junio de 2011

Educación diferenciada: ¿Pedagogía o ideología?

Educación diferenciada: ¿Pedagogía o ideología?
   No son razones pedagógicas. No son criterios de economía. Es algo mucho más simple y tremendo: miedo. El miedo más triste y mezquino. El miedo a la libertad

      La OCDE acaba de señalar que España no recuperará el nivel de empleo de 1998 hasta el año 2026, y me parece una previsión razonablemente optimista, puesto que para crear empleo es necesario un crecimiento sostenido de la economía por encima del 2,5% anual, y no parece que vayamos por ese camino.

      Tras el vuelco electoral, con un Gobierno bastante a la deriva centrado en disputas internas, la economía, primer problema nacional, pasa a un segundo plano: la reforma del mercado de trabajo puede esperar; establecer un nuevo marco de negociación colectiva tampoco es urgente; el endeudamiento exterior y la constante subida del diferencial con los bonos alemanes a diez años tampoco es algo que deba preocuparnos. Ni siquiera la bola de nieve de los "indignados" de la Puerta del Sol (los otros indignados, los que están trabajando o buscando trabajo, no salen en los medios), que va corriendo ladera abajo y nadie sabe cómo y cuándo acabará, merece una especial atención de nuestros gobernantes.

      La reacción del Gobierno ha sido rápida y contundente para resolver los que, entiende, son los problemas reales del país: la aprobación del Proyecto de Ley de Igualdad de Trato, el de Muerte Digna y la creación de una comisión para definir el futuro del Valle de los Caídos. Temas todos de una fuerte carga ideológica y absolutamente ajenos a las preocupaciones y necesidades reales.
      Habría mucho que hablar del proyecto de Ley de Muerte Digna, eufemismo sustitutivo de la eutanasia, y de la oportunidad de seguir removiendo las cenizas de la Guerra Civil; pero querría centrarme en el de Igualdad de Trato, que impone un determinado modelo educativo; introduce novedades como la inversión de la carga de la prueba en los casos de denuncia de trato discriminatorio; amordaza preventivamente a los medios y repone la figura del comisario político, aquí llamado Autoridad para la Igualdad en el Trato y la no Discriminación. No es de extrañar que estadistas de la talla de Pedro Zerolo o Leire Pajín estén exultantes.

      Pero el tema estrella de este proyecto de Ley, a juzgar por las declaraciones de la ministra Pajín en su presentación, es la supresión del concierto escolar a aquellos centros que opten por la educación diferenciada, una opción intolerable para los "demócratas de género", aunque haya sido elegida por los padres.

      Así de sencillo y así de tremendo. En contra de lo que pregona el dicho popular, sí hay algo más peligroso que un tonto con una pistola: un político con poder y sin formación, fanatizado por una ideología con afán totalitario —que pretende dar una respuesta total a las necesidades humanas inculcada a golpe de tópicos repetidos en mítines y, subliminalmente, en medios de comunicación afines.

      El Informe Pisa coloca a España, y dentro de ella a Andalucía, a la cola de Europa, con un 40% de fracaso escolar. Sí, de cada 10 alumnos que cursan los niveles de educación obligatoria, sólo 6 los superan. Pero no hay que preocuparse, nuestros gobernantes desde hace treinta años —no pueden alegar que esta es la consecuencia de la herencia recibida— ya parece que han encontrado la solución que nos llevará a la cabeza de Europa en Matemáticas y Lengua —las dos áreas en las que destaca, por abajo, Andalucía— y además resolverá la crisis de valores que ahora todos reconocen como una de las razones de fondo de la crisis económica: la clave está en que la educación ha de ser obligatoriamente mixta, no hay lugar para la educación diferenciada.

      ¿En base a qué criterio pedagógico se justifica esta supresión de concierto económico a los centros con educación diferenciada? No es necesaria la justificación, no importa que en los países con mejores resultados académicos coexistan los dos sistemas, educación diferenciada y coeducación. Para quienes la ideología está por encima del derecho natural, eso es así y punto.

      Tampoco se admiten reparos sobre la licitud de disponer sectariamente de los fondos públicos. Es como si un grupo de matrimonios hacen un fondo común para ir a cenar y el administrador del fondo pide paella para todos. Si alguien dice que prefiere ensalada éste le dice que eso se lo tiene que pagar con su dinero, que el fondo común no debe pagar elecciones personales, para decidir ya está él.

      Pero el corazón tiene razones que la razón no entiende, decía Pascal, y en esta proposición de Ley ha surgido un "daño colateral" que seguramente no habían previsto sus promotores, pero que puede movilizar a los ciudadanos con más vehemencia de la que hayan podido suponer: me refiero a las Hermanas de la Cruz. Ellas mantienen su colegio de educación diferenciada —sólo niñas— porque así lo dispuso Sor Ángela, y no van a cambiar. Rotundamente no. Si la Administración les niega el concierto, es decir, se niega a retornar a los padres el dinero que éstos pagaron en forma de impuestos para la educación de sus hijas, pues pedirán más limosnas para sostener sus colegios; si aun así no les llega, pues cerrarán. Entre seguir el criterio de su santa fundadora o el de Pajín, no creo que tengan muchas dudas.

      Y no se trata sólo de los padres que confían a sus hijas a las Hermanas de la Cruz: ¿quiénes son los padres de los alumnos que van a Altair, o los de las alumnas de Ribamar, o de los demás centros con educación diferenciada concertada? No precisamente los más potentados, sino los de clase trabajadora, muchos de ellos votantes de la izquierda, seguramente bastantes de ellos en paro, y a los que no se les tolera que quieran ejercer su libertad en lo que a la educación de sus hijos se refiere.

      No son razones pedagógicas. No son criterios de economía. Es algo mucho más simple y tremendo: miedo. El miedo más triste y mezquino. El miedo a la libertad. Estoy convencido de que esta vez el PSOE se ha equivocado al elegir a su oponente: Santa Ángela de la Cruz. 

      Afortunadamente la Mesa de la Cámara baja, con los votos del PP, CiU y el PNV, ha rechazado la petición del Ejecutivo de tramitar este proyecto por vía de urgencia. Ahora la tramitación puede durar varios meses y, si hay el previsible vuelco en la generales, pasar al baúl de los recuerdos.

Ignacio Valduérteles. Director del Instituto de Investigación Aplicada a la Pyme
AbcDeSevilla.es / Almudí

viernes, 17 de junio de 2011

El papel de Dios en la vida pública


El papel de Dios en la vida pública
Dios no dicta nuestras decisiones en el orden social, económico y político, pero a medida que avanzamos en nuestras vidas la actividad humana más importante es la búsqueda de Dios

   En un momento en que se suele presentar la religión como algo perjudicial o nocivo para la sociedad moderna, el cardenal Francis George de Chicago ha publicado un libro en el que sostiene con firmeza que la religión puede hacer una contribución única al bien común.
      
       En God in Action: How Faith in God Can Address the Challenges of the World (Dios en Acción: Cómo la Fe en Dios puede afrontar los Retos del Mundo) (Doubleday), publicado en mayo, aclara desde el principio que no habla de religión en el sentido de su influencia sobre cómo piensa y actúa la gente, o como filosofía de vida.

      El libro, por el contrario, es un intento de discernir cómo actúa Dios en nuestra época. En otras palabras, se trata de seguir la recomendación del Vaticano II a los católicos de que lean los “signos de los tiempos”.

      Puesto que la autonomía humana se ha convertido en el valor más importante, y el progreso ha sustituido a la providencia, el papel de Dios en gran parte ha desaparecido de la conciencia popular, señalaba el cardenal George.

      También explicaba que la tendencia de la filosofía moderna de exaltar la voluntad por encima de la razón ha influido en la reacción ante situaciones en las que la voluntad de Dios se enfrenta con nuestros deseos. En vez de ver el seguimiento de la voluntad de Dios como un modelo de santidad y alegría, dicha sumisión a Dios se considera como una servidumbre a un poder arbitrario.

      A partir de los siglos XVII y XVIII los pensadores modernos redujeron a Dios a la causa primera que no juega papel vital alguno en la sociedad. De este modo, la religión se convierte en un asunto privado sin valor normativo.

      Una vez en este camino, se ha dado un inevitable deslizamiento hacia el deísmo y a presentar a Dios como un símbolo vacío. De ahí a ver a Dios como una amenaza al progreso humano sólo hay un paso, como ha ocurrido con Feuerbach, Marx y Freud.
      «Más tarde o más temprano, quienes están seguros de ser totalmente libres para determinar su propia identidad y sus acciones sin Dios, negarán su existencia», afirmaba el cardenal George.

Libertad
      Preguntaba después cómo es posible considerar que la actuación de Dios fortalece la libertad humana en vez de ser una amenaza para ella.

      A partir de Tomás de Aquino, el cardenal George explicaba que Dios no sólo crea sino que también sostiene lo que ha creado. Además, las criaturas actúan de una manera determinada porque Dios les ha dado esa determinada naturaleza.

      Un acto libre cuyo fin está en consonancia con la naturaleza humana se realiza bajo la providencia de Dios, no importa lo trivial o profundo que sea dicho acto. Vista bajo esta luz, la influencia de Dios no está fuera de la estructura de nuestro actuar ni es una imposición sobre nuestra libertad.

      Actuar, en cambio, con un fin contrario al bien de nuestra naturaleza humana no es libertad verdadera, ya que, según Tomás de Aquino, la libertad se ordena hacia el bien.

      El cardenal George recomendaba además que, si redescubrimos la perspectiva bíblica de un Dios que habla y actúa, podemos llegar a ver a Dios como un amigo de la libertad humana. Un Dios que se encarnó en Jesús y en el que dos voluntades, la divina y la humana, actúan en unión.

      «La libertad humana de Jesús debidamente ordenada no bloqueaba la libertad divina sino que era una imagen de ella», afirmaba.

      Tras la presentación inicial de su postura, el cardenal George dedicaba la mayor parte del libro, capítulo tras capítulo, a diversas consideraciones que exploran el papel de Dios en la sociedad, la búsqueda de la verdad, el cuerpo humano, y las áreas de la economía y de las relaciones internacionales.

      En el capítulo sobre la libertad y la verdad, señalaba que Dios actúa libremente al crear a los hombres y a las mujeres. Los seres humanos, a su vez, participan de este don al actuar libremente. Sin embargo, si la mentira nos atrapa, nuestro actuar humano impedirá colaborar con Dios, que es la verdad.

Verdad
      En contraste con la persona autónoma, que se autodefine por sus decisiones basadas únicamente en el deseo individual, existe otro sentido de persona, basado tanto en la fe como en la razón, sostenía el cardenal George.

      La ciencia y la tecnología pueden dar respuestas a muchas preguntas, pero debemos también lograr un conocimiento de nosotros mismos que viene de hacer preguntas como: ¿Quién soy? ¿Qué debo hacer? Las respuestas a estas cuestiones no se pueden deducir de las leyes de la física, sino que deben venir de una fuente espiritual regida y perfeccionada por la verdad.

      En esa fuente espiritual, continuaba el cardenal George, encontramos una verdad que nos convence y nos abre a nosotros mismos, a los demás y a nuestro mundo.

      «Nuestra dignidad como personas tiene sus raíces en la libertad que refleja a Dios y que llega a la propia conciencia desde la razón natural y desde la respuesta a la autorrevelación gratuita de Dios», afirmaba.

      Desgraciadamente, comentaba, en la sentencia del Tribunal Supremo de Planned Parenthood contra Casey, que establecía el derecho constitucional al aborto, los jueces afirmaron que la esencia de la personalidad es la capacidad de controlar y definir por uno mismo el significado y el propósito de la vida.

      Este pasaje consagra por ley el precepto de la libertad como algo separado de toda relación. «Es la libertad separada de la verdad de las cosas», observaba.

      Recuperar esta verdad es vital para tratar con los desafíos que plantean muchas cuestiones de bioética, afirmaba en otro capítulo.

      No podemos esperar tener una conversación sobre la dignidad humana si partimos de una visión que ve a la persona como una mera colección de genes.

      Por el contrario, necesitamos encontrar la dignidad humana como una característica de la naturaleza humana que no puede perderse. La dignidad nos viene también de la aceptación del don de la salvación de Dios y de la vida en él.

Negocios
      La separación de la fe de los asuntos ordinarios de la vida no es un problema nuevo para los cristianos, señalaba el cardenal George al inicio del capítulo dedicado a la economía.

      Si viéramos los negocios como una vocación, podrían convertirse en un camino para lograr la santificación personal y ayudar a los demás a lograrlo también. De esto modo el trabajo llega a ser mucho más que cumplir con las normas y protocolos de una empresa.

      El trabajo se hace dentro de una comunidad de personas, y sirve también a la comunidad, defendía el cardenal George. Las personas se unen al servicio de la sociedad. El mercado ofrece muchas oportunidades de ser creativos y productivos y de crear riqueza. Esto es bueno, admitía, pero hay también un orden de importancia.

      Los manuales de negocios aconsejan que las mejores empresas son las que respetan y cuidan de sus empleados, observaba. Esto, sin embargo, es una reflexión y una verdad profunda, es decir, que hemos sido creados por Dios como seres sociales.

      Es erróneo interpretar que el libro del Génesis considera el trabajo una maldición. Por el contrario, insistía el cardenal George, es una actividad creativa y trabajamos imitando la actividad creativa de Dios. Para un creyente, por tanto, el trabajo es participar en el plan de Dios para el mundo.

      «El trabajo es parte de nuestro ser criaturas de Dios, de trabajar en consonancia con su propósito y establecer el objetivo de lograr lo que es bueno para nosotros y para los demás», explicaba.

      La reciente crisis económica ha llevado a algunas personas religiosas a hablar como si fuera malo obtener beneficios. Esto está mal, sostenía el cardenal George, porque cuando una empresa logra beneficios ha utilizado sus recursos de manera correcta y se han satisfecho necesidades humanas.

      Aun así, el beneficio no es el criterio para juzgar la situación de una empresa. Es posible que las cuentas estén en orden y, al mismo tiempo, las personas que conforman la comunidad de trabajadores pueden ser humillados y ofendidos.

      Dios no dicta nuestras decisiones en el orden social, económico y político, pero a medida que avanzamos en nuestras vidas la actividad humana más importante es la búsqueda de Dios, concluía el cardenal George. Una llamada de atención oportuna en una época en la que la gente se pone con demasiada frecuencia como centro de atención.

John Flynn, L.C.
Zenit / Almudí

jueves, 16 de junio de 2011

El chaval y su pantalla

El chaval y su pantalla
Las distancias se han eliminado y no hay barreras para el diálogo; pero mucho me temo que el siglo XXI acabe siendo también el de la incomunicación 

        Ha terminado el curso. Los chicos y chicas de segundo ya pasaron el Rubicón de la selectividad y aunque muchos aseguran que no olvidarán el colegio y volverán todos los meses para hablar con el sacerdote, uno sabe muy bien que sus apasionadas promesas son sólo humo que desaparecerá en pocas semanas sin dejar rastro. Así ha sido siempre y así tiene que ser gracias a Dios. Al capellán sólo le queda la esperanza de que la semilla esté bien sembrada y dé fruto en otro lugar y en otro tiempo.

      Han pasado más de quince días desde mi última conversación con Jorge. Venía, como siempre, con su Smart Phone en la mano y un par de cables blancos colgados de las orejas.

      Jorge es un tipo simpático aunque demasiado serio para su edad. Tiene sus razones: sus padres están en proceso de separación y él se encuentra entre dos aguas ejerciendo de juez y sin saber a qué carta quedarse.

      Hablamos un rato de lo de siempre y ni por un instante apartó la mirada de la pequeña pantalla de su Smart. A veces incluso tecleaba velozmente sin dejar de escucharme, y yo me preguntaba cómo es posible que aquellos dedos enormes acertasen en el minúsculo teclado que lleva el aparato.
¿Con quién chateas?
Con nadie, con una amiga…
      No caí en la tentación de decirle que es poco educado eso de chatear a diestro y siniestro mientras hablas con el cura. Probablemente no lo habría entendido; y es que, en realidad, la mayor parte de los chicos y chicas de su curso se pasan media vida con los cables en la oreja y la pantalla entre los dedos.

      Ya me he acostumbrado al espectáculo de cada mañana. Cuando llego al colegio, en el pequeño vestíbulo que hay frente a la capellanía y a las aulas de segundo, nunca faltan cinco o seis chavales ―casi siempre los mismos― que han llegado tarde y no les dejan entrar en clase. Se portan muy bien; el silencio es absoluto: cada uno viene con su minúsculo aparatito y sus auriculares insertados directamente en el tímpano. Sentados en los bancos, ellos se inclinan hacia adelante y teclean mansamente; ellas adoptan una postura más airosa, como de yoga, con las piernas cruzadas sobre el asiento y la cabeza erguida; pero también teclean y teclean si abrir la boca.

      Es verdad que estamos en el siglo de la comunicación. Las distancias se han eliminado y no hay barreras para el diálogo; pero mucho me temo que el siglo XXI acabe siendo también el de la incomunicación. Cuando veo a los chavales “empantallados”, disecados y anestesiados, me dan ganas de hacerles cosquillas y despertarlos del letargo cibernético en el que se encuentran.

      Se ha escrito mucho sobre los juegos de ordenador que existen en el mercado ―miles― con contenidos sexistas, violentos y pornográficos, racistas…, etc. Es un asunto grave, sin duda, pero no caigamos en la trampa: no se trata de sustituir unos juegos malos por otros buenos y piadosos. El mayor peligro está en esa pantalla hipnótica, deshumanizadora e infantilizante que convierte a los adolescentes y a los adultos en estúpidos crónicos, siempre ensimismados, sin musculatura en el cuerpo ni en el alma.

      No hay pantalla que pueda sustituir al trato personal, a la conversación cara a cara, al deporte en equipo, a las peleas en la playa o en el campo, a la amistad y al amor al aire libre. Prefiero un buen partido de fútbol con esguinces y fracturas a esos cerebros poseídos por Google, Microsoft o Steve Jobs. Lo que de verdad forma a los chicos y los convierte en personas maduras es el encuentro real con seres reales de su misma especie; y los triunfos, los fracasos, las cicatrices que deja la vida; las alegrías y las penas; los amores reales, tridimensionales y sin photoshop.

      No, Kloster; no estoy gruñón esta mañana. Yo mismo estoy frente a una pantalla ahora mismo y enviaré a Mundo Cristiano estas líneas aprovechando una conexión inalámbrica que me puede conectar con todo el Planeta. Pero, al ver la manzana mordida del Ipad en el que escribo, he recordado que este paraíso virtual tiene también su serpiente. Y hay que aplastarle la cabeza antes de que sea demasiado tarde.

Enrique Monasterio
PensarPorLibre.blogspot.com / Almudí

miércoles, 15 de junio de 2011

75 años de la muerte de Chesterton: Sobre las cruces en las escuelas

75 años de la muerte de Chesterton: Sobre las cruces en las escuelas
   Consuela saber que Chesterton publicó ‘La esfera y la cruz’ en 1911… La furia iconoclasta no ha triunfado sobre la cruz de Cristo

     El 14 de junio de 1936 —mañana se cumplen 75 años— fallecía en su casa de Beaconsfiled el escritor inglés Gilbert K. Chesterton. Con motivo de este aniversario, he desempolvado este artículo que publiqué aquí hace más de un año. Plantea la cuestión de si debemos arrancar o no las cruces de las escuelas públicas. Y lo hace recordando un pasaje de La esfera y la cruz: un buen modo de rendir homenaje a tan fecundo pensador.

      Chesterton vivió a caballo entre los siglos XIX y XX. Sus novelas detectivescas del Padre Brown son un prodigio de ingenio, porque ese sacerdote humilde y bondadoso resuelve los casos no siguiendo pistas o huellas, sino gracias a su profundo conocimiento del alma humana. Esas historias han sido llevadas al cine en dos ocasiones: en 1934 y 1954, con Walter Connolly y Alec Guinness —respectivamente— en el papel principal. También han sido objeto de dos series televisivas: una en Alemania, de 39 capítulos (1966-72), y otra en Inglaterra, con 13 episodios (1974); esta segunda tuvo mucho más alcance.

      También se estudió la posibilidad de llevar al cine La esfera y la cruz, tal vez la novela que mejor refleja la confrontación entre una cultura cristiana y una mentalidad laicista que ya entonces trataba de sofocarla. Al final, el proyecto cinematográfico se abandonó. Pero traigo a colación su recuerdo porque algunas medidas que hoy quieren imponerse (como la de quitar los crucifijos de las escuelas, por ejemplo) hacen que esa novela resulte plenamente actual; muy especialmente, su escena inicial.

      En ella, el profesor Lucifer y el monje Miguel sobrevuelan Londres en una avioneta. Al divisar la catedral, coronada por la esfera (del mundo) y la cruz encima, Lucifer profiere una blasfemia contra la cruz y afirma airado que habría que arrancarlas de todos los sitios. Tras un momento de silencio, Miguel cuenta esta historia:

    «Conocí a un hombre como tú; él también odiaba al crucifijo: lo eliminó de su casa, del cuello de su mujer, hasta de los cuadros; decía que era feo, símbolo de barbarie, contrario al gozo y a la vida. Pero su furia llegó a más todavía: un día trepó al campanario de una iglesia, arrancó la cruz y la arrojó desde lo alto.
    Este odio acabó transformándose primero en delirio y después en locura furiosa. Una tarde de verano se detuvo ante una larguísima empalizada; no brillaba ninguna luz, no se movía ni una hoja, pero creyó ver la larga empalizada transformada en un ejército de cruces, unidas entre sí colina arriba y valle abajo. Entonces, blandiendo el bastón, arremetió contra la empalizada, como contra un batallón enemigo.
    A lo largo de todo el camino fue destrozando y arrancando los palos que encontraba a su paso. Odiaba la cruz, y cada palo era para él una cruz. Al llegar a casa seguía viendo cruces por todas partes, pateó los muebles, les prendió fuego, y a la mañana siguiente lo encontraron cadáver en el río».
      El profesor Lucifer, al oír el relato, mordiéndose los labios, mira al anciano monje y le dice:
      — Esta historia te la has inventado tú.
      — , responde Miguel, acabo de inventarla; pero expresa muy bien lo que estáis haciendo tú y tus amigos incrédulos. Comenzáis por despedazar la cruz y termináis por destruir el mundo.

      ¿Qué destruiremos cuando hayamos eliminado todas las cruces? ¿Quemaremos las pinturas religiosas de Murillo, de Zurbarán, de Velázquez? ¿Dejaremos vacíos todos los museos? ¿Prohibiremos las procesiones de Semana Santa? ¿Inventaremos un calendario que no diga “antes de Cristo” y “después de Cristo”? En definitiva: ¿quedará algo de nuestra cultura, si arrancamos todas las cruces y todo vestigio de cristianismo?

      Consuela saber que Chesterton publicó La esfera y la cruz en 1911. Porque ahora se cumplen cien años, y a la vuelta de todo un siglo las cosas están como antes: la furia iconoclasta no ha triunfado sobre la cruz de Cristo. Tampoco lo hará dentro de otro siglo, aunque en todas las épocas hará falta que los cristianos alcemos la cruz en nuestra existencia (en nuestro trabajo, en nuestra familia). Y no para oponerla a nadie, sino para recordar el mensaje de amor de quien dio su vida por todos los hombres. Una actitud, por cierto, bien distinta de la que advertimos en el protagonista de este cuento.

Alfonso Méndiz
JesucristoEnElCine.blogspot.com / Almudí

martes, 14 de junio de 2011

Una llamada a la conciencia

Una llamada a la conciencia
   ¿Queda algo de esa conciencia en un cristiano que decididamente no quiere buscar la armonía entre sus decisiones y las exigencias de la fe?

      En el reciente viaje a Croacia Benedicto XVI ha planteado de nuevo, y una vez más con toda claridad, una cuestión que el hombre occidental hoy parece obstinado en querer olvidar. ¿Qué cuestión?: la conciencia.

      «Si la conciencia, según el pensamiento moderno más en boga, se reduce al ámbito de lo subjetivo, al que se relegan la religión y la moral, la crisis de occidente no tiene remedio y Europa está destinada a la involución». Involución que, a todas luces, quiere realmente decir: destrucción, desaparición.

      La “conciencia” así entendida no es más que puro egoísmo personal; “Yo hago lo que me da la gana”; “yo soy la ley para mí mismo”; “el bien y el mal no existen, sólo existo yo”. Y esto, aplicado a la “conciencia” de cada uno, a la “conciencia” de cada partido, de cada grupo de interés; que al fin y al cabo termina siempre en egoísmo, en involución.  

      Para salir de esa “involución”, de ese encerrarse en su caparazón, de ese “suicido”, Benedicto XVI señala el camino. O mejor, dicho: no lo señala, porque ya está señalado desde la creación del hombre, desde la existencia de la conciencia, desde la conciencia que acusa el alma de Caín después de haber matado a Abel; sencillamente lo recuerda.

      «En cambio, si la conciencia vuelve a descubrirse como lugar de escucha de la verdad y del bien, lugar de la responsabilidad ante Dios y los hermanos en humanidad, que es la fuerza contra cualquier dictadura, entonces hay esperanza en el futuro».

      Sólo si se relaciona con Dios, la conciencia del hombre es verdadera conciencia. Sin la referencia a Dios, la “conciencia” es un juguete que sirve para lo que a cada uno en cada momento considera que le conviene.

      Las palabras de Benedicto XVI tienen el refrendo de la realidad: la vida heroica del Cardenal Stepinac. «Precisamente por su firme conciencia cristiana, supo resistir a todo totalitarismo, haciéndose defensor de los judíos, los ortodoxos y todos los perseguidos en el tiempo de la dictadura nazi y fascista, y después, en el periodo del comunismo, “abogado” de sus fieles, especialmente de tantos perseguidos y asesinados. Sí, llegó a ser “abogado” de Dios en esta tierra, pues defendió tenazmente la verdad y el derecho del hombre a vivir con Dios».

      Esa conciencia de “responsabilidad ante Dios” es la que ha hecho posible que hombres y mujeres, europeos y cristianos, cristianos y europeos, defendieran la Fe en todo el mundo; defendieran la vida de los no nacidos en todo el mundo; defendieran la libertad de los hombres, y de las familias, en todo el mundo.

      ¿Queda algo de esa “conciencia” en el político que apoya con su voto una ley abortista, una ley dictatorial de una falsa, engañosa e “ideologizada” “igualdad”?; ¿Queda algo de esa conciencia de quien convierte el gobernar en un “imponer”, y se olvida completamente de “servir” a los ciudadanos? ¿Queda algo de esa conciencia en un cristiano que decididamente no quiere buscar la armonía entre sus decisiones y las exigencias de la fe? 

      Y Benedicto XVI recordó las palabras de Stepinac, un día de san Pedro de 1943, en plena guerra mundial: «Uno de los mayores males de nuestro tiempo es la mediocridad en las cuestiones de fe. No nos hagamos ilusiones… O somos católicos o no lo somos. Si lo somos, es preciso que se manifieste en todos los campos de nuestra vida».
Ernesto Juliá DíazReligionConfidencial.com / Almudí

lunes, 13 de junio de 2011

Por una nueva cultura de la vida

Por una nueva cultura de la vida
   Hoy más que nunca es necesario trabajar por una nueva cultura de la vida que ahogue y acabe con esa otra marea negra, esa cultura de la muerte que impregna nuestra sociedad

    Acabamos de celebrar el Día del Medioambiente. El mensaje es claro: para construir una sociedad mejor tenemos que ser respetuosos con el planeta que nos acoge. Como biólogos, que nos apasiona la vida, esto significa aportar nuestro trabajo profesional y conocimiento para defender y proteger la naturaleza, de la que todos formamos parte integral. Nuestro destino está estrechamente unido a la biodiversidad, a la gran variedad de otros animales y plantas, y al lugar donde viven. 

      Compartimos el planeta con varios millones de especies distintas: una riqueza natural increíble, un tesoro de incalculable valor que forma la base fundamental del bienestar humano. Una especie, ya sea animal o vegetal, que desaparece es una gran pérdida para las generaciones futuras. Salvaguardar esta riqueza natural y reducir su pérdida es vital para nuestro bienestar presente y futuro. Por eso, debemos trabajar para proteger la biodiversidad, nuestros bosques y nuestros ecosistemas.

      Pero una parte esencial de esa biodiversidad y de esos ecosistemas somos nosotros mismos: el género humano, probablemente la especie más depredadora de todas y al mismo tiempo la más débil. Hoy, en pleno siglo XXI, sigue siendo necesario un compromiso solidario para construir una sociedad mejor: una sociedad que vuelva a sentir el orgullo de ser humanos, que tenga pasión por la vida y que la defienda desde su comienzo hasta su fin. 

      Hoy en día sabemos que en el mismo instante de la fecundación, esa nueva célula posee una dotación genética propia e individual que le hace ser diferente de la madre que la cobija. Comienza un desarrollo apasionante perfectamente controlado y regulado, sin interrupción. Al inicio mismo de la fecundación, el punto de entrada del espermatozoide en el óvulo genera una señal química que determinará la simetría celular del embrión. 

      En este sentido, se ha llegado a afirmar que guardamos memoria de nuestro primer día de vida. Ya desde ese primer instante, sabemos que esa célula es uno de los nuestros, de nuestra especie. En esos primeros estadios de nuestro desarrollo no somos un amasijo de células, no somos una verruga o un tumor que le sale a la madre, somos ya nosotros mismos, en un desarrollo continuo hasta la edad adulta. No hay ningún hecho biológico que permita decir que existe una etapa pre-humana en nuestro desarrollo embrionario.
      La palabra pre-embrión no es un término científico, es un invento jurídico-político para justificar la destrucción de vidas humanas. Ninguna vida es una vida inútil. Desde esos primeros momentos hasta la ancianidad. En palabras de Cecily Saunders, primera promotora de los cuidados paliativos: «Tú me importas por ser tú, importas hasta el último momento de tu vida, y haremos todo lo que esté a nuestro alcance, no sólo para ayudarte a morir en paz sino también para vivir hasta el día que mueras»

      Hoy más que nunca es necesario trabajar por una nueva cultura de la vida que ahogue y acabe con esa otra marea negra, esa cultura de la muerte que impregna nuestra sociedad. Todos en su conjunto, los poderes políticos en particular, deberíamos trabajar para sacar adelante este compromiso de construir una sociedad más justa, más humana: una sociedad que protege al débil es una sociedad más fuerte. El aborto no es la solución de la tragedia de un embarazo indeseado. 

      Es necesario un compromiso para que la educación y la información lleguen a todos, porque saber es también un derecho. Un compromiso para que la mujer embarazada nunca se encuentre sola, y no vea la muerte como única solución. La historia juzgará nuestra pasividad o nuestro compromiso solidario con el débil, con una auténtica cultura de la vida, que nos hará más humanos. Todavía hoy se pueden cambiar las cosas.

Ignacio López-Goñi. Decano de la Facultad de Ciencias. Universidad de Navarra
Diario de Navarra / Almudí

domingo, 12 de junio de 2011

EL SENTIDO COMÚN, ESCUELA DE VIDA

El sentido común, escuela de vida
   Todos sus libros tienen el mismo denominador: la defensa del sentido común, no incompatible con un cultivo de una paradoja en la que siempre brota el buen humor

      El 14 de junio de 1936, fallecía, en su residencia de Beaconsfield, el escritor Gilbert Keith Chesterton, una de las mentes más ingeniosas de todos los tiempos. No sólo hizo buena literatura, sino que, con su agudo ingenio, denunció —a veces con décadas de adelanto— las trampas a las que conduce abandonar el mejor criterio que puede seguir el hombre hacia su realización: el sentido común

      G.K. Chesterton cursó estudios de Bellas Artes y Humanidades en Londres, aunque nunca obtuvo un título universitario, porque su rebeldía innata le llevaba a cuestionar los itinerarios académicos. Su vida fue un torrente de lecturas simultáneas, en las que la continua capacidad de asombro sabía imponerse a la tentación de la rutina. Pese a su inteligencia, nunca habría podido ser redactor de tratados con la etiqueta de científicos. 

      Por otra parte, era un conversador innato, de los que no temían al diálogo, muchas décadas antes de que estuviese de moda, porque, al igual que el Dios en el que creía, sus delicias eran estar con los hijos de los hombres. Un título universitario poco habría añadido a un espíritu, a la vez intuitivo y analítico, que por medio de la palabra escrita y hablada fue un profeta en su tiempo, y sigue siéndolo en el nuestro, con unas reflexiones que tienen mucho de los métodos detectivescos que tanto le entusiasmaban.

      Poco antes de su muerte, cuando se detuvo un corazón agotado que siempre estaba maquinando nuevos proyectos, Chesterton se había comprometido a escribir un libro sobre Shakespeare. Previamente, se había sumergido en la vida y en la obra de grandes autores de las letras inglesas, como Chaucer, Dickens, Browning, Stevenson y Shaw, nunca como un estudio literario al uso y sí como una investigación, un tanto intuitiva y no por ello menos minuciosa, de sus respectivas personalidades, aunque las informaciones acerca de sus vidas fueran a veces limitadas. 

      Trascendía el ensayo literario y extraía lecciones de sabiduría práctica para el hombre corriente, porque Chesterton seguía siendo el mismo que escribiera Ortodoxia o los relatos del padre Brown. Todos sus libros tienen el mismo denominador: la defensa del sentido común, no incompatible con un cultivo de una paradoja en la que siempre brota el buen humor. 

      Nuestro autor podía haber culminado una obra de referencia sobre Shakespeare, tan lograda como aquella sobre santo Tomás de Aquino que asombrara a los filósofos neotomistas, aunque algunos de sus ensayos sobre los personajes del dramaturgo sean una apetitosa muestra de lo que habría podido ser. Por desgracia, tampoco Chesterton llegó a escribir un libro sobre Jane Austen, a la que consideraba muy superior a escritoras victorianas como las hermanas Brontë, o George Elliot. El ingenio del escritor la presentó como más fuerte, aguda y sagaz que todas ellas, con una certera cualidad que tampoco poseían las otras: sabía describir de manera desapasionada y sensible a un hombre. Chesterton no pretendía exagerar al comparar a Austen con Shakespeare.

La dinámica del horror
      Chesterton hace de Shakespeare una escuela para la vida, no sólo un consejero para gobernantes por medio de sus tragedias políticas, aunque, en realidad, nuestro escritor no creyera en la tragedia, porque ésta sólo se entiende desde un inexorable determinismo y desde la ausencia de libertad humana. En realidad, el origen de las tragedias, políticas y ordinarias, reside en «el enorme error en el que cae un hombre si supone que un acto decisivo puede contribuir a abrirle camino», y en que «no se puede hacer una cosa descabellada para gozar después de un estado de razón»

      Estas afirmaciones no las aplica únicamente Chesterton a la ambición de Macbeth, que llega hasta el crimen para convertirse en rey de Escocia. Las aplica al hombre común, al que muchas voces quieren persuadir, en nombre de su libertad, para realizar actos ilícitos. Se le anima a romper su vida en dos partes separadas, aunque sólo los gusanos pueden troncharse, y no los seres humanos, que tienen una unidad física y psicológica. Se le insiste en que, si hace determinadas acciones, aunque perjudiquen a otros, luego podrá ser infinitamente feliz y bondadoso. 

      En estas sugestiones no caben remordimientos, como los que tenía un Macbeth que mató para siempre al sueño; ni responsabilidades de las que el determinismo de las ingenierías sociales de nuestro tiempo pretende eximir a los seres humanos. Chesterton coincidía plenamente con Dostoyevski en que nadie puede construir su felicidad a costa de la de los demás. 

      En las Navidades anteriores a su muerte, Chesterton intuyó la dinámica del horror, en medio de los rumores de guerra que sacudían a Europa, cuando decía sentir por Hitler, lo mismo que los hombres sentían, hacía veinte siglos, acerca de Herodes. El escritor llevaba más de medio siglo, desconfiando de teorías acerca de un mundo ideal que se presentaba como perfecto. En cambio, sus lecturas, entre las que no podía faltar Shakespeare, le recordaban que el mundo real siempre está loco, aunque su locura sea de cosas diferentes.
Antonio R. Rubio PloAlfa y Omega