Nada tengo contra Jacques Chirac, quien sigue reafirmando su plena inocencia, a pesar de la reciente condena judicial por un caso típico de corrupción política, para la financiación ilegal de las actividades de los partidos.
Sí habría mucho que hablar de cómo esas prácticas ilícitas se repiten, también cuando las formaciones políticas gozan de amplias subvenciones oficiales. Mi opinión contraria a todo tipo de ayudas públicas a instituciones ideológicas crece con el paso del tiempo. Poca convicción suscitan si no consiguen suficientes apoyos para sostenerse económicamente. Y no excluyo a las actividades eclesiásticas.


















