lunes, 19 de mayo de 2014

Una ecología espiritual


   A mí a veces también me parece ver claramente que es el hombre quien amenaza a la naturaleza con arrebatarle su hálito de vida. Y esa contaminación ambiental exterior que sufrimos también me parece espejo y emanación de la contaminación de nuestro interior, a la que apenas prestamos atención. 

   Yo diría que ese es el gran déficit de los movimientos ecologistas. Arremeten con pasión muy comprensible y justificada contra la contaminación del medio ambiente, mientras tratan la autocontaminación espiritual del hombre como si fuera uno de sus derechos a la libertad. Ahí hay algo erróneo. Eliminamos la contaminación cuantificable, pero no prestamos atención a la contaminación espiritual del hombre -que es parte de la Creación- para poder respirar humanamente, y, en cambio, defendemos lo que, con un concepto falso de libertad, crea la voluntad humana.

Mientras sigamos cultivando en nuestro interior esa caricatura de libertad, es decir, la libertad de la destrucción espiritual, todos los cambios que queramos dirigir hacia el exterior serán ineficaces. Creo que habría que prestar más atención a esto. No sólo la naturaleza tiene leyes, disposiciones y un orden de vida que hemos de seguir si queremos vivir en y de ella. El hombre es criatura y, como tal, tiene también un orden en la Creación. El hombre no puede hacer nada arbitrariamente, por sí mismo. Para poder vivir desde dentro, tiene que reconocerse como criatura y procurar tener en su interior la pureza del ser criatura, algo así como una especie de "ecología espiritual", si queremos llamarlo así. Cuando no se entiende este punto central de la ecología, todo lo demás es inútil.

El capítulo 8 de la Carta a los Romanos lo explica muy claramente. Dice que Adán, o sea, el hombre interiormente contaminado, trata a la Creación como a una esclava y la somete, y que la Creación sometida gime por ello. Hoy en día escuchamos a la Creación gemir como nunca. Pablo, además, añade que la Creación espera la presencia del Hijo de Dios para poder respirar, y que sólo respirará cuando se vea sometida a hombres que sean un reflejo de Dios.

Joseph Ratzinger en "La sal de la tierra"
serpersona.info

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