lunes, 4 de agosto de 2014

Familia y sacerdocio real de los cristianos

   El título de estas líneas puede parecer extraño para algunos, pero es una realidad importante para las familias cristianas. Todos los cristianos participamos del sacerdocio real de Cristo. La vida de la familia cristiana tiene, por eso, una dimensión sacerdotal. La vida familiar es una ofrenda a Dios, una escuela de fe, un servicio a las personas.
            1. El “culto espiritual” propio de la vida matrimonial y familiar. El cuerpo humano fue creado por Dios para expresar y servir al espíritu humano, en la unidad de la persona humana. Según la revelación cristiana, el pecado rompe la armonía entre cuerpo y alma, y por tanto hiere, oscurece y debilita esta capacidad de manifestar y entregar el amor.


            Cristo, con su obra redentora,  ha restaurado también el amor humano, y concretamente el amor conyugal. En los sacramentos la Iglesia se sirve de realidades materiales –pan, vino, agua, etc.– para manifestar y comunicar la gracia divina. En el sacramento del matrimonio es el mismo amor de los esposos –que implica su recíproca entrega corporal–, lo que sirve de cauce a Dios para manifestarles y comunicarles su gracia y su fuerza. Esta gracia y fuerza divina –alimentada por la oración y la Eucaristía– es ayuda preciosa para vivir la indisolubilidad del vínculo matrimonial. Para que a través de los esposos cristianos el amor divino llegue a la familia y al mundo.
            La sexualidad matrimonial vivida en el cristianismo es signo de la Nueva Alianza en Cristo. Por eso es ámbito de culto a Dios. Y no en un sentido metafórico sino propio. La relación entre los esposos, sin desnaturalizarse lo más mínimo y contando con su apertura natural a la procreación de nuevas vidas, les trasciende y es cauce que les conecta con el amor de Dios y de los demás.
            La exhortación de San Pablo a todos los cristianos “ofreced vuestros cuerpos como ofrenda viva, santa, agradable a Dios: éste es vuestro culto razonable” (Rm 12, 1) y “glorificad a Dios con vuestro cuerpo” (1 Co 6, 20), se hace, en los esposos cristianos, camino de santidad para ellos y sus hijos, modo principal de dar gloria a Dios, nada menos. Así participan los padres y madres de familia en el sacerdocio real de los cristianos.
            2. La piedad con Dios es la primera manifestación de este culto que los esposos dan con su propia vida y que promueven entre sus hijos. La piedad encuentra un impulso concreto en la misa dominical y la oración diaria –diálogo personal con Dios–, al que se reservan algunos tiempos, y en el que se van introduciendo poco a poco también a los niños. En torno a ese núcleo pueden crecer algunas devociones y costumbres familiares, en las que importa más la calidad que el número: la bendición de la mesa o el rezo del rosario al menos en días señalados.
            Tiene especial valor el rezo en familia con ocasión de los acontecimientos más destacados: nacimientos, aniversarios, bodas, funerales, etc. La vida sacramental debe ser adecuadamente iniciada con el acompañamiento familiar (bautismo, confirmación, primera Eucaristía y primera confesión), pues los sacramentos nos hacen nacer y crecer en la familia de Dios, que es la Iglesia, familia de familias.
            3. La educación de la fe encuentra en la familia un protagonista principal, con la ayuda de la parroquia, de la escuela, de los grupos y movimientos eclesiales, etc. Hoy estamos ante una “urgencia educativa” (cf. Benedicto XVI, Mensaje a la Diócesis de Roma sobre la tarea urgente de la educación, 21-I-2008), que pide un particular esfuerzo para salir del analfabetismo religioso, dando un “salto de calidad” en la catequesis y en la enseñanza de la religión.
            Especialmente los jóvenes “deben sentir la cercanía y la atención de la familia y de la comunidad eclesial en su camino de crecimiento en la fe” (Encíclica Lumen fidei, n. 53). Necesitan que se les muestre la belleza de la fe, en sus diversas dimensiones (moral e intelectual, personal y social, etc.), y esto solo puede hacerse por medio de testigos creíbles entre los que se cuentan ante todo sus padres.
Hoy asistimos a una educación que cae a veces en las redes del relativismo y del secularismo ambientales, como consecuencia del racionalismo que se ha encaminado en Occidente hacia el consumismo y el nihilismo. De otro lado, quizá por la ley del péndulo, se asiste en ocasiones a una educación de tendencia fideísta, espiritualista e individualista, no ajena al rigorismo, heredera también de deformaciones predominantes en los últimos siglos.
Una adecuada educación en la fe debe huir de estos errores extremos. Para saber educar en armonía, es preciso saber emplear instrumentos y registros diversos como los que componen una sinfonía: la antropología cristiana que conduce a vivir y educar en la Iglesia como familia de Dios, el camino educativo de la belleza, la educación o catequesis bíblica, la educación litúrgica y sacramental, la vida moral como respuesta al amor de Dios y que se refleja en el amor al prójimo; la Doctrina social de la Iglesia sobre la base de la sensibilidad social recibida por los hijos a través de lo que ven en su familia; la oración que nos acerca a Dios y nos saca de nosotros mismos; el afán apostólico, evangelizador o misionero; la santidad también en la vida ordinaria. Los padres deben pedir especialmente a los profesores de religión –particularmente a la escuela de inspiración católica– y a la parroquia, la necesaria colaboración, sin eludir su propia responsabilidad.
            4. La caridad, síntesis y fruto de la vida matrimonial y familiar. La vida de la familia cristiana transcurre en medio de las circunstancias ordinarias, a la luz de la fe, en torno al centro de la Eucaristía y dando continuamente fruto mediante el amor, la caridad. Las familias cristianas deberían poder decir al mundo: hemos creído en el amor y lo manifestamos con hechos, a diario. Manifestamos lo que somos: una familia unida a Jesucristo, que vive de la vida que Dios ha traído a la tierra; y que transmite esa vida desde dentro del amor humano entre varón y mujer, con la potencialidad que tiene ese amor, gracias a la acción del Espíritu Santo.
            La caridad, especialmente con los más necesitados tanto material como espiritualmente, es la mayor fuerza de la familia para la nueva evangelización. Por eso cada familia debería ser una “escuela de misericordia” para sus miembros.
            En definitiva, la dimensión sacerdotal de la familia cristiana se traduce en la práctica en un espíritu de familia que todo lo impregna de amor y de alegría: desde el amor entre los esposos, integrado y alimentado por la relación con Dios, pasando por la responsabilidad educativa de los hijos en la fe y desembocando en los frutos de caridad y de misericordia. 
            Como ha escrito el Papa Francisco, “el espíritu de amor que reina en una familia guía tanto a la madre como al hijo en sus diálogos, donde se enseña y aprende, se corrige y se valora lo bueno” (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, n. 139).
Ramiro Pellitero, Universidad de Navarra


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