viernes, 19 de junio de 2020

Toma y cómeme. Toda una lección de amor

Podemos aprender de la figura del pelícano, del amor familiar y de la Eucaristía.
Pensaban los antiguos que el pelícano era un ave singular, entendían que alimentaba a sus crías con su propia carne, creían que se autolesionaba para dar su carne y sangre a sus polluelos hambrientos. Por eso el pelícano es símbolo de los padres de familia y de la Eucaristía. 
En el precioso himno que compuso Tomás de Aquino para honrar al Santísimo en la fiesta del Corpus se dice: “Señor Jesús, Pelícano bueno”. Y son muchas las pinturas y esculturas que así representan a Jesús Eucaristía: un pelícano adulto que alimenta a su prole de la sangre que brota de su pecho.

Imagen preciosa de amor y de entrega. Ser alimento de los nuestros, darles nuestra propia vida. Es el mejor icono del amor: toma y cómeme. Nuestro mundo está falto de amor, la sociedad está dividida, crispada; como también lo está la familia. Se podría decir que el siglo XX ha sido el sepulturero de la familia. Lo cantan los números y lo sufrimos todos.
El virus de las rupturas, separaciones y divorcios; abandonos del hogar; violencia doméstica; abusos y maltratos; infidelidades; ancianos que mueren solos… es mucho más agresivo que el bisoño covid-19. Siempre nos han ayudado los modelos: héroes y heroínas; teníamos a quien seguir. Ahora no los encontramos, no salen en las pantallas, los hay, pero el mundo no los tolera. Es triste que a un niño o una niña le pongan el nombre de un cantante de tres al cuarto en vez del de un gran santo, o de un conquistador o sabio.
La pandemia nos ha privado de muchas cosas, la última es de la procesión del Corpus. Hoy habría salido por las calles el Buen Jesús, el Pelícano bueno, el que da la vida por sus amigos. Un ejemplo de amor, de entrega. Un valioso modelo de lo que es amar. Sin Él estamos desnortados, condenados a vivir de amoríos en vez de Amor. Nuestros mayores lo sabían, los que construyeron las catedrales con esas agujas que señalan el cielo, los que cantaban al “Amor de los amores”, a los que todo les parecía poco para honrar al Santísimo sacramento. Lo hacían por fe, pero también por interés.
El sagrario, que contiene el Cuerpo de Cristo, es la fuente del amor. De allí bebían y se alimentaban, así eran fuertes en el amor. Solo Dios es amor, el origen del amor. Solo mirándolo a Él aprendemos a perdonar, a mirar a otro lado, a disculpar, a pasar por alto las miserias de los otros. En su corazón herido de amor nos sentimos seguros, queridos de un modo incondicional, de su pecho llagado nos alimentamos. De su sangre preciosísima, como “filtro de amor”, sacamos fuerzas de flaqueza, en esa “bendita transfusión” nos inmunizamos de tantos males.
Hoy es el día de Cáritas, de esa caridad que brota del Amor. No habrá procesión, pero los cristianos si podemos procesionar. Podemos ser Cristo que pasa entre los nuestros. Decía Benedicto XVI: “El hecho de que el Sacramento del altar haya asumido el nombre de Eucaristía −acción de gracias− expresa precisamente esto: que la conversión de la sustancia del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo es fruto de la entrega que Cristo hizo de sí mismo, donación de un Amor más fuerte que la muerte, Amor divino que lo hizo resucitar de entre los muertos.
Esta es la razón por la que la Eucaristía es alimento de vida eterna, Pan de vida. Con la fuerza que sacamos de la eucaristía, al comerle nos hacemos suyos, podemos ser amor del mundo. Podemos derramar amor a los nuestros, como decía san Josemaría: “Tú y yo estamos en condiciones de derrochar cariño con los que nos rodean, porque hemos nacido a la fe, por el amor del Padre. Pedid con osadía al Señor este tesoro, esta virtud sobrenatural de la caridad, para ejercitarla hasta en el último detalle”.
Dar amor no tiene nada que ver con sentirse queridos, con el gustirrinín de verme deseado, tampoco con esa desafortunada expresión de “hacer el amor”. El amor no es moneda de cambio, es incondicional, lleva a darme al que amo, sacar lo bueno que tiene, aguantar los malos momentos, dar sentido a las noches en vela. Podemos aprender de la figura del pelícano, de esa imagen del amor familiar y de la Eucaristía. Es dar vida mientras yo me consumo.
Es pensar en el otro, es verle feliz. Nada tiene que ver con el egoísmo, por eso el que solo sabe de dar es el mejor Maestro: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo”. La escuela del amor es única, luego hay escuelillas. Otra característica del amor es que nunca dice basta, siempre tiende a más, siempre da más: toma y cómeme, gástame. ¡Qué bonito es el amor verdadero!
Juan Luis Selma,
en 
eldiadecordoba.es.

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