Porque no siempre el aprecio teórico va acompañado de la indispensable coherencia práctica. Lo pensaba hace unos días, al leer en La Vanguardia la información sobre un sondeo de opinión realizado en la primera de junio sobre “Valores sociales y políticos en Catalunya”. Mientras caen en picado otros aspectos decisivos para la vida pública, según esa encuesta, para el 87,5% de los ciudadanos la familia es muy importante en su vida, y para un 12% más, algo bastante importante. Se puede concluir que para el 99,5% de los catalanes es su primera prioridad.
Sin duda, en estos tiempos de crisis económica y social, si no se ha producido una auténtica subversión ha sido gracias al colchón de tantos hogares generosos. Aunque no se rijan por criterios intelectuales, viven de hecho la realidad de que en la familia cuenta el ser, no el tener.
Lo subrayaba con fuerza Juan Pablo II en la misa que celebró en el paseo de la Castellana de Madrid el 2 de noviembre de 1982: “La familia es la única comunidad en la que todo hombre 'es amado por sí mismo', por lo que es y no por lo que tiene. La norma fundamental de la comunidad conyugal no es la de la propia utilidad y del propio placer. El otro no es querido por la utilidad o placer que puede procurar: es querido en sí mismo y por sí mismo. La norma fundamental es, pues, la norma personalística; toda persona (la persona del marido, de la mujer, de los hijos, de los padres) es afirmada en su dignidad en cuanto tal, es querida por sí misma".

Fue una constante de su Magisterio, que enlaza con escritos de juventud sobre la persona y el amor humano. Ya casi al final de su vida, en la audiencia del 30 de abril de 2004 a los miembros de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales, sintetizaba: “La familia, como origen y base de la sociedad humana, tiene además un rol irreemplazable en la construcción de la solidaridad intergeneracional. No hay edad en la que se deja de ser padre o madre, hijo o hija". La familia se constituye en el orden del ser del que derivan esas condiciones naturales, inseparables de la natio, del nacimiento.
Esa realidad va más allá del matrimonio natural, sobre el que Cristo instituye el sacramento. La gracia fortalece la naturaleza y la modaliza radicalmente, en términos sintetizados por Familiaris Consortio 57, indispensables para entender a fondo tantos problemas actuales. Se me perdonará una cita tan extensa: "La Eucaristía es la fuente misma del matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la alianza de amor de Cristo con la Iglesia, en cuanto sellada con la sangre de la cruz. Y en este sacrificio de la Nueva y Eterna Alianza los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la que brota, que configura interiormente y vivifica desde dentro, su alianza conyugal. En cuanto representación del sacrificio de amor de Cristo por su Iglesia, la Eucaristía es manantial de caridad. Y en el don eucarístico de la caridad la familia cristiana halla el fundamento y el alma de su «comunión» y de su «misión», ya que el Pan eucarístico hace de los diversos miembros de la comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más amplia unidad de la Iglesia; además, la participación en el Cuerpo «entregado» y en la Sangre «derramada» de Cristo se hace fuente inagotable del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana".
Al cabo, esa exigencia de santidad y apostolado evoca los primeros pasos del cristianismo, cuando Lidia, mujer temerosa de Dios, vendedora de púrpura en Tiatira, fue la gran valedora de la entrada de Pablo en la antigua Europa, como relata Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Se deduce que estaba casada, pues el texto revelado indica que fue bautizada ella y su casa. ¿Cómo no recordar también el papel de Áquila y Priscila en la evangelización de Grecia?
La santidad de la familia estuvo muy presente entre los primeros cristianos y en la doctrina de los Padres, aunque se fue desdibujando con el tiempo, hasta la reafirmación doctrinal de Concilio Vaticano II. Baste una cita de un sermón de san Agustín: “En el huerto del Señor no sólo están las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes y las yedras de los casados, así como las violetas de las viudas”.
El pasado 25 de marzo, al presentar la oración por el próximo sínodo[1], incluida en una estampa que se difundió entre los asistentes a la audiencia en la plaza de san Pedro, el papa Francisco pedía por favor que no dejaran de rezarla todos, no sólo obispos y sacerdotes: "todos estamos llamados a rezar por el Sínodo. ¡Esto es lo que necesitamos y no chismes! Invito a rezar también a los que se sienten distantes, o ya no están acostumbrado a hacerlo".
Salvador Bernal, en religionconfidencial.com.


[1] Jesús, María y José
en vosotros contemplamos
el esplendor del verdadero amor,
a vosotros, confiados, nos dirigimos.
Santa Familia de Nazaret,
haz también de nuestras familias
lugar de comunión y cenáculo de oración,
auténticas escuelas del Evangelio
y pequeñas Iglesias domésticas.
Santa Familia de Nazaret,
que nunca más haya en las familias episodios
de violencia, de cerrazón y división;
que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
Santa Familia de Nazaret,
que el próximo Sínodo de los obispos
haga tomar conciencia a todos del carácter
sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escuchad, acoged nuestra súplica.
Amén.