viernes, 28 de agosto de 2020

Elegancia


La elegancia es un estilo atrayente que a todos nos gustaría tener. Pero es una cualidad no fácil de alcanzar y, mucho menos, de mantener. Por eso la elegancia no es común a todos. Descubrir la elegancia en una persona despierta admiración. Se detecta a primera vista y, sin embargo, no es exclusivamente exterior: cuando solo se manifiesta por fuera y no está bien arraigada en la persona, la admiración despertada se convierte en decepción. 

Resulta difícil de definir porque contiene muchos aspectos y siempre nos parece algo misteriosa. Al decir que alguien es elegante no siempre es fácil saber por qué y expresarlo. Es algo sutil, armonioso, sereno, original, equilibrado. Para ser auténtica, la elegancia tiene que brotar del interior de la persona. Cuando no es así, es falsa, aunque impacte a los sentidos y produzca una impresión agradable: enseguida se descubre que eso no es genuino, sino más bien oculta un vacío interior que no encaja ni armoniza.

Cuidar la imagen personal 

Es nuestra carta de presentación ante los demás. Y en ocasiones nuestra presencia exterior habla más claro de nosotros que nuestras palabras. Se transmiten muchas realidades a través del aspecto de una persona y, si deseamos ser admitidos por los otros, es conveniente cuidar la imagen.

Todos queremos ser reconocidos, que los demás nos traten bien y nos respeten: este deseo se alcanza a través de una presencia exterior agradable, a través de una elegancia que no está solo en el vestir, sino en la persona misma: sus movimientos, posturas, gestos, miradas, tono de voz, risa, forma de escuchar.

A través del lenguaje no verbal transmitimos nuestra personalidad y conviene que exista una armonía entre nuestro interior y el aspecto exterior. Es necesario mantener una coherencia entre la apariencia exterior, el tono y modulación de la voz, los gestos, el modo de vestir. La «primera impresión» cuenta, a veces no se presenta la segunda; esta primera se asemeja a una fotografía que los demás guardan.

Cuando se logra este equilibrio, las personas se sienten seguras de sí mismas, pueden interactuar con los demás con naturalidad, sin timidez ni temor, se encuentran a gusto en cualquier ambiente, logran cercanía con cada persona y así pueden ayudar, comprender, animar.

La falta de elegancia. 
El diapasón 

Un filósofo inglés del siglo XVII describe así la elegancia: «es la gracia, la conveniencia en la mirada, en la voz, en las palabras, en los movimientos, en los gestos, en toda la actitud que hace que se triunfe en el mundo y que da tranquilidad, al mismo tiempo que encanta a las personas con quienes conversamos. Es, por así decirlo, el lenguaje por el cual se expresan los sentimientos de sociabilidad que nacen y se desarrollan en el corazón».

Cuando no se ejercen estas virtudes, la elegancia no se manifiesta porque no existe y los resultados de esta carencia aparecen antes o después. El mismo filósofo informa sobre las consecuencias: «Al igual que las maneras dulces y amables tienen el poder de atraer la benevolencia de aquellos con los que vivimos, así, por el contrario, las groseras y rústicas incitan a los demás a odiarnos y despreciarnos. Por tal motivo, aunque no haya ninguna pena establecida por las leyes para las costumbres desagradables y rústicas, observamos sin embargo que la naturaleza misma nos castiga, privándonos por tal causa del concurso y la benevolencia de los hombres; y sin duda, así como los pecados más graves nos acarrean daño, así estos más leves nos traen incomodidad. Por tal motivo, nadie puede dudar de que, para quien se dispone a vivir, no en soledad o en un monasterio, sino en las ciudades y entre los hombres, es una cosa utilísima saber ser en las costumbres y en sus maneras atractivo y agradable»(J. Locke, Pensamientos sobre la educación).

El diapasón es un instrumento que se utiliza en música para dar el tono a la interpretación del canto o de la orquesta; cuando baja el tono de los que tocan o cantan, el director lo sube y hace sonar el diapasón con el tono apropiado: en circunstancias en las que falta cortesía, respeto y buen trato, es importante hacer algo para «subir el diapasón».

Si se analiza la cuestión más a fondo, se ven otras dimensiones: la ausencia de las virtudes que constituyen la elegancia distorsiona la relación entre las personas e impide la buena comunicación. Y esto no es una cuestión menor: a todos nos resulta difícil tolerar a las personas cuyo trato es difícil por falta de simpatía, delicadeza o moderación.

Manifestaciones de la elegancia «Un hombre elegante, una mujer elegante tiene “estilo” propio, sabe disponer las cosas con distinción, crea a su alrededor un ámbito cuidadoso y agradable, embellecido por el adorno, pero al mismo tiempo deja traducir un buen gusto característico a través de lo que hace»[Ricardo Yepes]. A través del lenguaje aparece la elegancia de la persona si la tiene.

Se trata de hablar bien, con naturalidad y sencillez porque no está la elegancia en la afectación, ni en el vocabulario rebuscado o erudito, sino en la expresión clara de quien dice las cosas con las palabras oportunas, en buen tono, con amabilidad y respeto. Es elegancia callar lo que no debe ser dicho, lo que puede herir a otros; y guardar silencio para escuchar, para dejar hablar a los demás sin interrumpir. Hay una forma elegante de decir las cosas con naturalidad. Vestir con elegancia es cuestión de buen gusto.

Hay modas que se oponen a la elegancia y, cuando las personas se dejan influir por ellas al elegir su ropa, caen fácilmente en la vulgaridad, llevan prendas feas que les sientan mal y no alcanzan a tener un estilo propio con el que, dentro de la moda, podría aparecer su personalidad original. La elegancia se manifiesta en la armonía entre el interior y la presencia exterior, y es conveniente que se manifieste en la forma de vestir: un vestido es elegante cuando está en consonancia con la edad, la personalidad, la constitución física; con la ocasión, cuando es bonito.

La ausencia de pudor –por ejemplo– no es elegante porque significa una falta de respeto hacia sí mismo, una exhibición de lo íntimo, una pérdida de dignidad. Todos somos conscientes de que es así, y cuando nos encontramos ante alguien que no valora su intimidad nos sentimos mal, llega a ofendernos, notamos que esa exhibición procede de intenciones poco limpias, nada buenas. Es posible que algunas personas actúen así por ignorancia, por una falta de educación o por frivolidad, y en estos casos se puede encontrar remedio. La elegancia está reñida con la suciedad, el desaliño, la brusquedad, la intemperancia.

En el trato puede llamarse cortesía. Sin embargo, la verdadera elegancia no entraña formalismo, sino más bien sencillez y amabilidad. La elegancia conlleva tratar con deferencia a las personas mayores, con cariño a los niños, con seriedad amable a los desconocidos, con respeto a los padres y a los abuelos, con confianza a los amigos, con prudencia a los enemigos si aparecen, con sencillez a todos. Es dar preferencia a los otros: en la propia casa, en el trabajo, en la calle, en el juego, en el deporte, en la iglesia, en el teatro, en el campo de fútbol, en un concierto y en un museo, en el cine… Sonreír bien es elegante. Algunas personas no saben hacerlo, pero se puede aprender. La timidez es un estorbo para sonreír, pero también existen sonrisas tímidas encantadoras. En ocasiones, la ausencia de sonrisa indica falta de comprensión o de afecto, de gratitud suficiente. Existe una estrecha conexión entre gratitud y elegancia. Al ser un reconocimiento de los bienes recibidos, y recibimos muchos, la ausencia de gratitud es siempre –por lo menos– un desaire y una falta de educación y de aprecio. Si no se dan las gracias, parece que no pasa nada, pero esta omisión indica poca elegancia.

Francisco F. Carvajal

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