domingo, 9 de octubre de 2011

'La mayoría de los sacerdotes son felices y valoran el celibato'

'La mayoría de los sacerdotes son felices y valoran el celibato'
"Un desafío para todos nosotros: Si somos infelices con nuestras vidas, quizás el sitio donde comenzar no es la crítica de lo que hay fuera sino que hay que dirigir nuestra mirada al interior"

      Los sacerdotes en general, están entre los miembros más felices de la sociedad, declara monseñor Stephen Rossetti, y contrariamente a la opinión laicista, muchos consideran el celibato como un aspecto positivo en sus vocaciones.

      Estas son algunas de las conclusiones destacadas por monseñor Rossetti en su libro, ¿Por qué los sacerdotes son felices? (Ave Maria Press), saldrá a la venta el próximo miércoles.

      El autor, que actualmente desempeña el cargo de decano asociado en el seminario y los programas ministeriales de la Universidad Católica de América, también ha escrito Nacimiento de la Eucaristía, La alegría del Sacerdocio, y Cuando el león ruge. Como psicólogo licenciado, monseñor Rossetti trabajó previamente como presidente y CEO del Instituto Saint Luke, un centro de tratamiento y educación para el clero y los religiosos.

      El autor encuestó a 2.500 sacerdotes y llegó a conclusiones que la sociedad moderna encontraría sorprendentes.

      En esta entrevista con ZENIT, explicó algunos de estos descubrimientos, incluyendo la relación entre la felicidad de un sacerdote y su relación con Dios y con los demás, y los signos de esperanza para el futuro del sacerdocio.

Su investigación muestra una conclusión que el público encontraría sorprendente: Los sacerdotes están entre las personas más felices del mundo. ¿Por qué no oímos hablar de esta felicidad más a menudo?
Ha habido un cierto número de estudios en Estados Unidos en los últimos años cuyas conclusiones eran exactamente las mismas: Casi el 90% de los sacerdotes encuestados eran felices. En mi estudio, el 92'4%.

En una investigación parecida, cuando el National Opinion Center llevó a cabo su encuesta científica a unos 27.000 americanos, resultó que los sacerdotes en general estaban más satisfechos y eran más felices que el resto de americanos. Esto es especialmente destacable ya que más del 50% de los americanos se declararon infelices con sus trabajos.

Sin embargo este constante y asombroso hallazgo de la felicidad en los sacerdotes sigue siendo un secreto. ¿Por qué? Antes que nada, porque las buenas noticias no son noticia. Las tragedias y los escándalos llenan las portadas pero los rostros de los muchos sacerdotes felices no lo hacen.
En segundo lugar, aunque de igual importancia, la secularización de nuestra cultura engendra una especie de negativismo hacia la religión organizada. Existe la creencia secular en la actualidad de que practicar la fe debe ser algo restrictivo y triste.

Algunos pensadores modernos sugieren que la única manera de encontrar la felicidad humana es liberarse de las imposiciones de la religión. Consideran la religión como algo restrictivo para la verdadera libertad y humanidad de la persona. Por tanto, usando la lógica, ser un sacerdote debe ser la cosa más triste del mundo.

De esta manera, escuchar que los sacerdotes están entre las personas más felices del país es increíble. El hecho de la felicidad clerical es un desafío poderoso y fundamental para la concepción secular moderna.

Pero para nosotros los cristianos, esto sólo confirma las verdades de nuestra fe. Jesús rezaba “Que mi alegría esté en vosotros, para que vuestra alegría sea completa”. La alegría es uno de los frutos inconfundibles del Espíritu Santo.

Ser un cristiano verdadero y completo es conocer el don de Dios de la alegría. El pensamiento laico busca esta alegría pero lo hace en lugares equivocados.

Lo único que tiene sentido es que estos hombres, que han dedicado sus vidas al servicio de Dios y al de los demás en la fe católica como sacerdotes, han sido completados lenta y suavemente por Dios con una felicidad y alegría interiores.
Jesús nos prometió esta alegría y es una verdad demostrable.

¿Cuáles son los factores clave que contribuyen a la felicidad de un sacerdote?
Tuve que realizar una ecuación de regresión múltiple para encontrar las variables más importantes que contribuyen a la felicidad sacerdotal. La primera y más potente fue la variable de la “paz interior”.
Los que transmitían una imagen positiva y una sensación de paz interior fueron los más felices entre los sacerdotes.

Pensándolo bien, esto tiene mucho sentido. El factor más importante de la felicidad de la persona es lo que ellos aportan a sus trabajos y a sus vidas. Si nos sentimos bien dentro, probablemente nos sentiremos felices con lo que nos rodea.
Este también es un desafío para todos nosotros: Si somos infelices con nuestras vidas, quizás el sitio donde comenzar no es la crítica de lo que hay fuera sino que hay que dirigir nuestra mirada al interior.

Curiosamente mi investigación demostró que el predictor más potente de la paz interior es la relación personal con Dios. La correlación resultó una gran r=.55, que es una correlación muy fuerte en una investigación en ciencias sociales.

Así que ¿de dónde viene la paz interior? Cuando uno tiene una sólida relación con Dios, tiene mucha paz interior. Jesús nos prometió este regalo. Él dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”.
Fue muy emocionante para mí ver las verdades del Evangelio dispuestas ante mis ojos en forma de estadísticas. Sólo encontramos la paz verdadera y duradera en Dios.
Y por supuesto, también la relación personal con Dios fue fuertemente predictiva de la felicidad. De nuevo una correlación importante (r=.53).
Así que vemos cómo nuestra vida espiritual es un poderoso contribuyente para la paz interior y la felicidad personal.

Si hay demasiada violencia y amargura en nuestro mundo actual ¿de dónde viene?
Mis conclusiones sugieren que nunca encontraremos la paz interior y la alegría que estamos buscando hasta que tengamos una relación personal con Dios. La mayoría de nuestros sacerdotes han encontrado este tipo de relación y son hombres felices por esta razón.

¿Podría decirnos algo sobre el papel de las relaciones interpersonales, con la familia, los amigos, los feligreses, en la felicidad de un sacerdote?
Hay varios descubrimientos sorprendentes en la investigación, que reflexionándolo un poco, tienen mucho sentido.
Por ejemplo, realicé otra ecuación de regresión múltiple y pregunté cuál era el predictor más fuerte en una relación con Dios, es decir, qué variable parecía contribuir más a una relación positiva con Dios. La respuesta fue clara: tener amigos cercanos (la correlación fue de r=.46)
Desarrollar una relación sana con los demás nos ayuda a conectar con Dios.

Muchas veces el mismo Jesús habló del amor de Dios y del amor al prójimo como dos caras de la misma moneda. O, como nos dicen las Escrituras, “El que no ama al hermano al que ve no puede amar a Dios al que no ve”.

Los resultados estadísticos confirman esta enseñanza del Evangelio: Para amar al prójimo y construir una relación caritativa con los amigos, la familia y los más allegados necesitamos amar a Dios y viceversa. Todo esto es importante para ser feliz.

El aislamiento provoca infelicidad. Estamos hechos para relacionarnos con los demás.
Las buenas noticias son que la amplia mayoría de los sacerdotes encuestados, más del 90%, tienen amistades sólidas con otros sacerdotes y con laicos. Una de las grandes alegrías y apoyos para la vida de un sacerdote es su conexión con los demás. El concepto laicista de que los sacerdotes son personas solitarias, y aisladas sencillamente no es verdad.
Sin duda, la felicidad sacerdotal ha aumentado en los últimos años y es probable que aumente aún más. En mi investigación sólo el 3'1% de los sacerdotes pensaban dejar el sacerdocio. Dada la enorme presión que sufre el sacerdocio en la actualidad y los muchos desafíos reales a los que se enfrentan estos hombres, esto es muy importante.

¿Y el celibato? ¿Cómo está relacionado con la felicidad de un sacerdote?
Esto también fue un descubrimiento interesante. Los sacerdotes que han sido llamados por Dios a vivir una vida célibe y que experimentan el celibato como una gracia personal, a pesar de las dificultades, parecen ser hombres felices. La correlación entre esta visión positiva del celibato y la felicidad sacerdotal fue r=.47.
Las buenas noticias es que más del 75% de los sacerdotes consideran el celibato como una parte positiva de sus vidas.

Se prevé que este porcentaje aumente en el futuro, ya que son los sacerdotes jóvenes quienes defienden con más energía el mandato del celibato.
Así que contrariamente a la mentalidad laicista, el apoyo al celibato sacerdotal aumentará en el futuro en los sacerdotes de los Estados Unidos. Está desapareciendo este tema “candente” entre los sacerdotes de estados Unidos.

Pero éste es el desafío. Una cosa es aceptar el celibato como una parte necesaria de la vida del sacerdote, pero requiere un profundo nivel de espiritualidad experimentar el celibato como un don de Dios y una gracia personal. Requiere una profundidad de vida muy concreta.
Como afirmo y reflexiono en los resultados del estudio, me siento muy inspirado por el compromiso y la vitalidad espiritual de la vida de estos sacerdotes.
Esta es la verdadera realidad que subyace en las conclusiones del estudio: nuestros sacerdotes son hombres santos y felices.

ZENIT.org (Entrevista de Genevieve Pollock)
[Traducción del inglés por Carmen Álvarez]

sábado, 8 de octubre de 2011

La sociedad necesita familias estables

La sociedad necesita familias estables
Hay políticas que deconstruyen la familia, mientras otras persiguen el beneficio social de la estabilidad de las parejas

      A mediados de septiembre, el INE publicó una de sus estadísticas clásicas, sobre rupturas matrimoniales.

      Los datos de conjunto son escalofriantes: en 2010 se produjeron 110.321 disoluciones, un 3,9% más que el año anterior, en contra de la tendencia descendente iniciada en 2007. Como se preveía, tras las últimas reformas jurídicas, crecen los divorcios (102.933: 4,7%), y disminuyen las separaciones (7.248: -5,6%). Esos cambios legales explicarían también que sólo en el 13,3% de los divorcios hubo separación previa, frente al 17,1% del año anterior.

      Por otra parte, sigue creciendo el porcentaje de las disoluciones matrimoniales por mutuo acuerdo: el 67,7% en 2010, frente al 64,6% del año anterior. El fenómeno se da de modo semejante en divorcios (67,4% de mutuo acuerdo) y separaciones (70,7%). Estas cifras suponen un crecimiento proporcional respecto de 2009, en que el consenso afectó al 64,4% de los divorcios y al 67,6% de las separaciones.

      Habrá que ver si los partidos políticos se plantean de veras este problema social, para favorecer las familias estables. La facilidad de las rupturas tiene consecuencias muy negativas, especialmente en cuanto al aumento de la "monoparentalidad". Desde luego, en nuestro entorno la cuestión preocupa, como manifiestan recientes sondeos de opinión e informes parlamentarios elaborados en Francia (cfr. La Croix, 27 y 28 de septiembre de 2011).

      En París, las conclusiones del grupo parlamentario de trabajo ‘Familia’, animado por los diputados de UMP Anne Grommerch y Hervé Mariton, subrayan el contraste de la familia duradera con la monoparentalidad, origen y causa de pobreza, con un excesivo coste social. Las familias monoparentales —en su mayoría, madres solteras— requieren un mayor apoyo económico y laboral, así como para la organización de la vida familiar, especialmente, para el cuidado de los hijos. Y, como sucedió antes en Estados Unidos, replantean las ayudas a las familias monoparentales, para evitar el riesgo —el efecto "perverso"— de agravar la irresponsabilidad de los protagonistas.

      Pero, más importante que la descripción, es la treintena de propuestas para promover una familia duradera: la revalorización institucional del matrimonio; el mantenimiento de las diferencias reales —también como fundamento de derechos— entre matrimonio, pacs y concubinato; la restauración de beneficios fiscales para los recién casados; el desarrollo de una política de apoyo a las uniones estables; el establecimiento de una especie de cursillos prematrimoniales en los ayuntamientos; la organización de cursos colectivos o individuales para las parejas que lo deseen, a fin de aportar pistas de reflexión para construir una convivencia duradera. En definitiva, se trataría de avanzar en la llamada terapia de pareja y en la mediación familiar, sin olvidar "el derecho del niño a tener dos padres de distinto sexo" (criterio decisivo para la adopción).

      Los sondeos reflejan opiniones contradictorias: se considera a la familia un elemento fundamental de felicidad y bienestar, pero la institución es cada vez más frágil afectiva, jurídica y económicamente; a la vez, las encuestas reflejan la tendencia a rehusar o retrasar la asunción de compromisos definitivos, influencia evidente de una sociedad de consumo penetrada por el zapping.

      El 77% de los interrogados por Ifop —el 89% de los jóvenes entre 25 y 34 años— "desea construir una sola familia en su vida, permaneciendo con la misma persona". Son interesantes las razones—también a sensu contrario— que explicarían el incremento de rupturas familiares y divorcios: la gente se esfuerza menos para mantener la convivencia (50%); las mujeres trabajan más y son más independientes (43%; el argumento no es "sexista": lo aduce el 50% de mujeres y sólo el 35% de varones); hay menos hipocresía, y la gente no se siente obligada a continuar juntos (36%); hay más dificultades prácticas en materia de vivienda y trabajo (33%); la sociedad es más tolerantes con las separaciones (21%); se confunde amor con pasión (18%); es más complicada la educación de los hijos (14%); los medios de comunicación no prestigian el modelo de familia tradicional (11%).

      Entre las medidas que ayudarían a fortalecer a las parejas, se mencionan: un cambio global de las mentalidades (33%); una ayuda externa para que las parejas discutan sus problemas (28%); ayudas materiales en materia de vivienda y conciliación de trabajo y familia (25%); acompañamientos efectivos al servicio de la educación de los hijos (17%); revaloración de la institución del matrimonio (15%); preparación previa para la vida en pareja y la asunción de compromisos (12%); que los medios de comunicación den una imagen de felicidad en la vida familiar (12%).

      Inquieta la intervención del Estado en cuestiones familiares, porque el hogar es el gran santuario de la intimidad. Pero hay políticas que deconstruyen la familia, mientras otras persiguen el beneficio social de la estabilidad de las parejas. Importa mucho precisar los fines y aquilatar los medios, para librar batalla y derrocar la dictadura del individualismo.

Salvador Bernal
ReligionConfidencial.com / Almudí

viernes, 7 de octubre de 2011

Carta acerca de los Valores Fundamentales sobre la Vida, el Matrimonio y la Familia


Carta acerca de los Valores Fundamentales sobre la Vida, el Matrimonio y la Familia
Carta enviada por las diferentes iglesias cristianas de Chile al Presidente de la República, a los miembros del Poder Legislativo y del Poder Judicial con motivo de los procesos legislativos que se encuentran en trámite y que atentan contra los valores de la vida, el matrimonio y la familia

Señor Presidente de la República
Señores y Señoras miembros del Poder Legislativo y del Poder Judicial

      Mirando por el supremo bien de Chile y los valores fundamentales que inspiran una cosmovisión cristiana del ser humano y de la sociedad en que vivimos, las Iglesias y comunidades eclesiales abajo firmantes, conjuntamente y en unidad de intenciones, venimos a plantear ante ustedes, autoridades del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, con respeto, lo siguiente:
      1. Afirmamos con toda claridad que la Vida, el Matrimonio y la Familia, constituidos por la unión de un hombre y una mujer, son el fundamento y la base de la sociedad, y que es obligación de Estado promoverlas y evitar aquello que dificulte su desarrollo. La salud o enfermedad de una sociedad y de su Estado se refleja en la situación de sus familias.
      2. Respetamos profundamente a quienes piensan de manera diversa en estos temas, sin embargo ello no legitima que se introduzcan cambios conceptuales drásticos en la legislación que afecten las profundas convicciones arraigadas en nuestro pueblo. De la misma manera, creemos que las leyes que emanan del poder legislativo deben respetar siempre el designio creador sobre el ser humano y lo que la misma naturaleza nos enseña acerca del amor humano, la vida y la familia.
      3. Por estas razones nos parece completamente improcedente que se legisle para introducir en nuestra patria el aborto, es decir la facultad de poner fin a la vida humana en el seno materno. No existe ninguna razón que haga lícita una intervención directa con el propósito de privar de la vida al más inocente de todos los seres.
      4. De la misma manera expresamos nuestro rechazo a la legislación que pretende incluir en el ordenamiento jurídico las uniones de hecho, especialmente entre personas del mismo sexo.
      Creemos que aprobar estas iniciativas, tal como se proponen en los proyectos legislativos presentados al Parlamento, implica por sí mismo discriminaciones atentatorias contra el bien de la institución matrimonial e injustas en contra de la vida.
      5. Las Iglesias Cristianas en Chile rechazamos que en la redacción del actual proyecto de ley que establece medidas contra la discriminación se use el término “orientación sexual”, un concepto cuya ambigüedad ha derivado, en otras naciones, en una distorsión de la sexualidad y de las bases de la familia, así como en un serio peligro para el ejercicio de numerosas libertades, entre otras la religiosa, que son los fundamentos de una sociedad libre. Tampoco quisiéramos que, en virtud de este pretexto, se llegue a permitir el matrimonio y la adopción de niños y jóvenes por personas del mismo sexo unidas legalmente.
      6. Considerando que más de un 85 % de la comunidad nacional se declara de convicciones cristianas, invitamos a nuestras autoridades y legisladores a una seria reflexión acerca de las consecuencias que legislaciones como las señaladas pueden importar para el futuro de Chile. Estamos ante proyectos que amenazan grandes valores de la ética cristiana, que son la base de la vida y de la sociedad que buscamos legar a las generaciones venideras.
      7. Nos importan los valores de la diversidad y el respeto en una sociedad libre y democrática. Pero a la autoridad le corresponde reconocer que existen principios y valores inmutables que han alimentado el alma y los cimientos de nuestra nación, cristiana desde sus inicios. Quienes no los acepten tienen todo el derecho de hacerlo, pero la ley es una ordenación social, moral y ética para todos y no puede imponerse contrariando la naturaleza de las cosas y vulnerando, creemos, el sentir mayoritario del país.

      8. En diversos momentos, como entidades cristianas hemos hecho presente nuestra mirada sobre estas iniciativas. Ahora, en conjunto, pensando sólo en el bien de Chile, de sus hombres y mujeres, y especialmente de la juventud, expresamos formal y públicamente nuestra opinión, solicitando fervientemente a quienes tienen responsabilidades de legislar, que escuchen y acojan estos planteamientos.

      9. Hacemos un llamado fraternal para que nuestras autoridades del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial comprendan que estas iniciativas de ley, actualmente en estado de tramitación, son atentatorias al desarrollo de valores e instituciones fundamentales como la vida, el matrimonio y la familia.

      10. Todos juntos, elevamos a Dios nuestras oraciones para que la sabiduría ilumine a nuestros gobernantes legisladores y jueces, avancemos por los caminos de la paz y la concordia en nuestra patria y tengamos leyes que afirmen estos valores e instituciones sobre los cuales se ha levantado la grandeza de nuestra nación.

      Respetuosamente y en la confianza de que estos planteamientos sean acogidos para el bien de nuestra patria, pedimos la bendición para ustedes.

Monseñor Ricardo Ezzati. Presidente Conferencia Episcopal Católica
Arzobispo Sergio Abad. Iglesia Ortodoxa de Chile
Obispo Emiliano Soto. Mesa Ampliada de Organizaciones Evangélicas
Arzobispo Héctor Zavala. Iglesia Anglicana de Chile
Obispo Roberto López. Iglesia Metodista Pentecostal de Chile
Obispo Francisco Anabalón. Iglesia Pentecostal Apostólica

                                                                                              Santiago, 3 de Octubre 2011
Humanitas.cl / Almudí


jueves, 6 de octubre de 2011

Invitación a los agnósticos

Invitación a los agnósticos
Los "fieles rutinarios" de los que habla el Papa, no son más que un eco de los "fariseos" de los que tantas veces se lamentó Cristo. Para ellos, la Iglesia es apenas "boato"; espectáculo y ocasión para cumplir simples reglas sociales

      «Las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe».

      Esta frase de Benedicto XVI en la homilía de la Misa celebrada en el aeropuerto de Friburgo, en su reciente viaje a Alemania, ha dado, trastocada y maltrecha, la vuelta al mundo; como si el mensaje del Papa fuera que el agnóstico está más cerca de Dios que un fiel rutinario. Mensaje que, obviamente dicho así, está muy lejos del pensamiento de Benedicto XVI.

      ¿Qué encierran esas palabras?
      A alguno le habrá venido a la cabeza la figura de Miguel de Unamuno, de Juan Ramón Jiménez, y de tantos otros escritores que en sus debates para vislumbrar la divinidad de Cristo, la clara presencia de Dios en la tierra, conjugaban el personal agnosticismo con la personal angustia, porque no tenían paz. Y no dejaban, sin embargo, de seguir buscando, clamando a "un Dios desconocido".

      En sus escritos palpita el ansia de infinito que late en el espíritu de toda criatura de Dios; un pálpito que busca el rostro de Dios, la mirada de Dios. Quien busca está, ciertamente, cerca de la persona a la que busca, porque, de algún modo, ya la tiene en el corazón.

      Las palabras de los que «sufren por nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro», nos llevan a todos los que soportan y padecen los escándalos y los pecados de quienes tenemos el tesoro de Cristo, y no transmitimos su luz con nuestra conducta. ¿Qué rostro de Dios puede transmitir un sacerdote, un laico, un cristiano corrompido, que no se arrepiente? ¿Cómo podemos dar ejemplo de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, si no nos arrodillamos ante el Sagrario? El silencio de la adoración después de la tormenta de Cuatro Vientos es un elocuente reflejo de la Fe que llenaba los corazones jóvenes.

      El sufrimiento, con el deseo de un corazón puro, que sufre y perdona, siempre acerca al corazón misericordioso de Dios, y tarde o temprano, lo encuentra. Y al encontrar a Dios, se encuentran con que su propio corazón se ha convertido en «un corazón abierto, que se deja conmover por el amor de Cristo, y así presta al prójimo que nos necesita más que un servicio técnico: amor, con que se muestra al otro el Dios que ama, Cristo». El deseo de servir a todos los hombres, a todos sus hermanos en el Señor.

      Los "fieles rutinarios" de los que habla el Papa, no son más que un eco de los "fariseos" de los que tantas veces se lamentó Cristo. Para ellos, la Iglesia es apenas "boato"; espectáculo y ocasión para cumplir simples reglas sociales.

      El corazón de estos "fieles" está a oscuras, no ama, porque la luz de la Fe no está encendida en ellos. Su Fe se ha convertido en esa Fe de la que se lamentó el Papa en Alemania: «una fe creada por nosotros mismos no tiene ningún valor».

      No es ésa la Fe que ha sostenido a los fieles de la Iglesia en la pequeña región de Eischeld: sus habitantes son católicos desde muchas generaciones atrás: han sobrevivido a la Reforma; al ateísmo "ilustrado" —¿puede ser verdaderamente ilustrado el ateismo?—; a las dictaduras del nazismo y del comunismo; y a la apatía e indiferencia de hoy.

      «Agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios». Agnósticos por los que el Papa y con él toda la Iglesia —vivificada siempre de fieles no-rutinarios—, reza para que un día vean la luz, y encuentren la paz de Cristo.
Ernesto Juliá Díaz
ReligionConfidencial.com / Almudí

miércoles, 5 de octubre de 2011

Czesław Milosz: azote de totalitarismos

Azote de totalitarismos
Su conciencia le impedía disociar realidad y verdad, y menos todavía confundir realidad con ilusión, tal y como habían hecho las ideologías en Europa durante los dos últimos siglos, con trágicas consecuencias

      Acaba de cumplirse el centenario del nacimiento del escritor polaco, premio Nobel de Literatura en 1980. Su existencia se movió bajo el signo de la incomprensión, dentro y fuera de su país. Se explica por no simpatizar con el nacionalismo chovinista, imperante en la Polonia de entreguerras, ni tampoco con el determinismo ciego del totalitarismo comunista. Pero lo que realmente le sublevaba a Czesław Milosz era la actitud de los intelectuales que habían renunciado a su espíritu crítico para acogerse a las prebendas del estalinismo. 

      Milosz siempre creyó en «la divina y maravillosamente compleja imprevisibilidad de la vida». En uno de sus poemas llegó a escribir que la moderación podía ser la mayor de las rebeldías. Era incapaz de violentar su conciencia para venderse a las ideologías del momento, y en una ocasión escribió a su compatriota Juan Pablo II que su principal preocupación era no ignorar la ortodoxia católica en sus creaciones. Karol Wojtyla, poeta como el propio Milosz, le respondió que él también compartía ese objetivo.

      Fue calificado de conciencia moral de Europa, después de publicar en Francia El pensamiento cautivo (1953), demoledora exposición sobre la actitud de los intelectuales que habían renunciado a su espíritu crítico para acogerse a las prebendas de los regímenes estalinistas. Tras la Segunda Guerra Mundial, y precisamente por ser "amigo de la razón", según se definió él mismo, Milosz soñaba con transformar la realidad polaca. 

      Sin embargo, el comunismo, hijo del racionalista Marx, se le reveló enseguida como un peligroso adversario de la razón. No podía ser de otro modo, dado el carácter escatológico de una teoría que buscaba el paraíso en este mundo. Lo peor es que, durante sus años de exilio en Occidente, en París o en el campus de Berkeley, Milosz encontró una irracional y peligrosa atracción de los intelectuales hacia las ideas comunistas. 

      Mucho tiempo después, un nonagenario Milosz arremetería contra la filosofía de Jacques Derrida, considerada como hija póstuma del marxismo, que tiene no poco de filología y de obsesión por liberarse de toda lógica racional. La deconstrucción, defendida por el filósofo francés, es muy útil para políticas de corte orwelliano, en las que el hombre queda reducido a un mero producto lingüístico. 

      A Milosz no le gustaban las ideologías negadoras de la realidad. En su discurso de aceptación del Nobel, planteó la similitud de la escéptica pregunta de nuestro tiempo: ¿Qué es la realidad?, con la no menos incrédula de Pilatos: ¿Qué es la verdad? Y es que la conciencia del escritor le impedía disociar realidad y verdad, y menos todavía confundir realidad con ilusión, tal y como habían hecho las ideologías en Europa durante los dos últimos siglos, con trágicas consecuencias. 

      Pese a todo, nuestro autor fue siempre un "catastrofista optimista", en expresión acuñada por un grupo de poetas lituanos que, en la década de 1930, presentían terribles amenazas para Europa. Lo fue durante la insurrección de Varsovia de 1944, en las cuatro décadas de comunismo y en la más cercana ampliación de la UE, a la que no consideraba como un riesgo para la cultura centroeuropea. 

      Quienes no podían contrarrestar sus argumentos solían recurrir a las descalificaciones personales. En su libro autobiográfico, Abecedario, Milosz enumera algunos de los calificativos que le hicieron en su vida: astuto, cómodo, adorador del dinero, esteta al que no le interesan las personas, vanidoso, arrogante, mujeriego... En realidad, era mucho más frágil de lo que pudiera pensarse, y sabía expresar abiertamente sentimientos de culpa y de vergüenza, pese a que en la sociedad contemporánea hay quien considere esto como una debilidad de la que conviene deshacerse. 

      En cambio, Milosz poseía la sabiduría profunda de reconocer que un mismo hombre es capaz de realizar los actos más heroicos y los más viles. Los hombres son seres divididos, por mucho que las utopías ideológicas hayan pretendido ignorarlo. Según el escritor, esa división podría explicar que la gente acudiera a las iglesias. Las ideologías les han enseñado que sólo existe una realidad material. Por el contrario, entrar en una iglesia, sobre todo en la misa del domingo, supondría la voluntad de encontrarse con una realidad diferente a la que se considera como la única verdadera. 

      Milosz comprendía bien el dicho evangélico de que no son los sanos, sino los pecadores, los que necesitan médico. El cristianismo, a diferencia de las ideologías elevadas a la categoría de religiones, no es para seres perfectos, personas con una fe incombustible, y versadas en lecciones teológicas. Los cristianos no acuden a la iglesia porque se consideren elegidos. Van porque se sienten necesitados, porque son pecadores y quieren acercarse a una dimensión trascendente. A este respecto, escribía nuestro autor: «Participando en la Misa, una vez más, negamos que el mundo carezca de sentido y compasión, entramos en una dimensión donde cuentan la bondad, el amor y el perdón».

Antonio R. Rubio Plo. Analista internacional
Cope.es  /  Almudí

martes, 4 de octubre de 2011

INTOCABLES


   Nuevamente ha surgido la idea de legislar sobre el llamado “aborto terapéutico”, y como siempre, para justificarlo se presentan dolorosos casos-límite de carácter excepcional, como primer paso para abrir una brecha en el derecho a la vida que no hará más que acrecentarse hasta terminar en el aborto libre, como muestra la evolución que ha tenido este tema en muchos países.

   Ahora bien, a nuestro juicio, tal vez el problema mayor en todo este debate, es el del valor que posee el ser humano como tal. La cuestión podría plantearse así: este valor ¿deriva de su mera existencia como un miembro más de la especie humana o, por el contrario, depende de algún tipo de apreciación que puedan tener otros a su respecto?

   La pregunta no es trivial, porque en el primer caso, todos los miembros de la especie humana tendríamos una dignidad inherente, de forma independiente a cualesquiera circunstancias o a lo que otros estimen (incluyendo las limitaciones físicas que se posean, los eventuales riesgos que pudiera significar para la vida o salud de la madre, o el origen que haya tenido esa nueva vida). En el segundo caso, la dignidad de cada uno pasaría a depender de lo que los demás consideren a su respecto, con lo cual el centro de gravedad pasaría desde una realidad objetiva (lo que el ser es), a otra esencialmente subjetiva y cambiante (lo que este ser vale para terceros).

   Mas, en este último caso, la cuestión esencial es saber si tenemos derecho a proceder así.
   Me explico: si los que “vemos” el mundo y “decidimos” a su respecto somos los seres humanos, ello quiere decir que no hay nadie que se encuentre hasta ahora –y dejando de lado las creencias religiosas– más “alto” que nosotros. En consecuencia, esto significa que al margen de nuestras diferencias accidentales (nacidos y no nacidos, jóvenes y viejos, poderosos y débiles), nos encontramos todos en un pie de igualdad ontológica, o si se prefiere, compartimos el mismo grado del ser. Todo lo demás (salud, origen, etc.) es secundario y jamás puede hacernos ignorar esta igualdad fundamental.

   De este modo si no hay nada más “alto” que nosotros mismos y somos todos esencialmente iguales, nadie tiene la capacidad de quitarle a otro ser humano su calidad de tal, de desconocerlo como igual a sí mismo, como “otro yo”. No importa si es por decisión individual o mayoritaria: nadie puede despojar a otro de su calidad de tal ni por tanto, atentar contra su vida, puesto que para cada viviente, “vivir es ser”.

   Así, puesto que la vida se confunde con su propio titular, este derecho resulta inviolable, porque desconocerlo acarrea la destrucción de dicho titular.
En consecuencia, como todos somos igualmente “intocables”, nunca y bajo ninguna circunstancia puede atentarse contra la vida inocente, ni siquiera a propósito del llamado “aborto terapéutico”.

Max Silva Abbott. Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Católica de la Ssma. Concepción (Chile)

ANÁLISIS DIGITAL

lunes, 3 de octubre de 2011

Las “Promesas Rotas” en la prevención del sida en África

   Con su libro de 2003 Repensar la prevención del sida, el investigador Edward Green puso sobre la mesa lo que estaba funcionando y lo que estaba fallando en la lucha contra el sida en África. Y lo que decía era una voz disonante en el coro de los que todo lo cifraban en la distribución de preservativos. Ahora, Green muestra en su nuevo libro Broken Promises (Promesas rotas) cómo “el AIDS establishment ha traicionado al mundo en desarrollo” al imponer unas estrategias equivocadas que renuncian a cambiar las conductas sexuales de riesgo.

   Green ha trabajado durante más de treinta años en desarrollo internacional, y desde los años ochenta ha investigado la epidemia de sida, sobre todo en África. En la Universidad de Harvard ha sido director del Proyecto de Investigación sobre la Prevención del Sida, y es consejero de organismos dedicados a esta tarea.

   Green, que antes había trabajado para grupos de control de población, enfoca las estrategias de prevención del sida con una mente abierta, tratando de descubrir lo que funciona, sin prejuicios ideológicos. Cuando en 1993 visitó Uganda, observó el éxito que estaba teniendo la estrategia conocida como ABC para reducir las infecciones. El retraso en el inicio de las relaciones sexuales de los jóvenes (A), la fidelidad a una sola pareja (B) y el uso de condones (C) solo si no se vive lo anterior, había logrado reducir sustancialmente las tasas de infección.

En Broken Promises, Green explica cómo lo que llama el “AIDS establishment” prefiere ignorar las crecientes pruebas de que la prevención a través solo de condones es un fracaso. En este establishment incluye a activistas gays, grupos de control de población, fabricantes de condones y algunas ONG decididas a imponer su idea de revolución sexual en África.

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ACEPRENSA

domingo, 2 de octubre de 2011

Probemos a convencer sin querer derrotar

 El Dr. Mora reflexiona sobre las actitudes del cristiano al afrontar su misión evangelizadora
Diez reglas para comunicar la fe
      La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Es una cuestión antigua, pero es también un tema de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación la fe.
      Con frecuencia, esta cuestión se relaciona con la “nueva evangelización”. En ese contexto, Juan Pablo II afirmó que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.
      Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.
      Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública. Ante todo, el mensaje ha de ser ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.
      Juan Pablo II afirma en la Exhortación Apostólica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.  
      El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente a los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.
      Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.
      En segundo lugar, el mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla. Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta. Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas. Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.
      En tercer lugar, el mensaje ha de ser claro. La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas. En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, del cine, de la publicidad, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.
      A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.
      Pasemos ahora a los principios relativos a la persona que comunica.
      Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.
      El segundo principio es la empatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones. Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia. Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.
      El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía. La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.
      Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura. 
      Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: “En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después”. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.
      Veamos por último algunos principios que se refieren al modo de comunicar: El primero es la profesionalidad. “Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella. Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.
      La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los políticos, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas, los sindicalistas, son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos. San Josemaría Escrivá recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos políticos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente. Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.
      El segundo principio podría denominarse transversalidad. La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.
      En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. Al hacer la declaración de la renta, más del 80% de los italianos marcan la casilla correspondiente a la Iglesia, porque desean apoyar económicamente sus actividades. Eso quiere decir que la Iglesia merece la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.
      El tercer principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad. Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar, regar, podar, limpiar, esperar, antes de cosechar.
      El fenómeno de la secularización se ha ido consolidando en los últimos siglos. Procesos de tan larga gestación no se resuelven en años, meses o semanas. El cardenal Ratzinger explicaba que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma “masculino", donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Y concluía que conviene dar más espacio a un paradigma “femenino", porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia.
      Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo, porque es imposible lograr objetivos de entidad en plazos cortos.
      A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de la caridad.
      Algunos autores han destacado que, en los primeros siglos, la Iglesia se extendió de forma muy rápida porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.
      La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta. Porque el mundo en que vivimos es también con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.
Juan Manuel Mora, Universidad de Navarra
L´Osservatore Romano / Almudí

sábado, 1 de octubre de 2011

Declaración de la Santa Sede en la ONU sobre los desafíos actuales

Declaración de la Santa Sede en la ONU sobre los desafíos actuales

Os presento a continuación el discurso que pronunció este martes monseñor Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones de la Santa Sede con los Estados, en la 66ª sesión de la Asamblea General de la ONU.

      Señor presidente:
      En nombre de la Santa Sede, tengo el placer de felicitarle por su elección a la Presidencia de la LXVI sesión de la Asamblea General de la ONU, y de asegurarle la plena y sincera colaboración de la Santa Sede. Mis felicitaciones se extienden también al Secretario General, S.E. Señor Ban Ki-moon, quien, durante este periodo de sesiones, el 1 de enero de 2012, comenzará su segundo mandato. Quisiera igualmente saludar cordialmente a la Delegación del Sudán del Sur, convertido en el 193º país miembro de la Organización el pasado julio.

      Señor presidente:
      Como cada año, el debate general ofrece la ocasión de compartir y de afrontar las principales cuestiones que preocupan a la humanidad en búsqueda de un futuro mejor para todos. Los desafíos planteados a la comunidad internacional son numerosos y difíciles. Con todo, ponen cada vez más a la luz la profunda interdependencia existente dentro de la “familia de las naciones”, que ve en la ONU un instrumento importante, a pesar de sus límites, en la identificación y la aplicación de las soluciones a los principales problemas internacionales. En este contexto, sin querer ser exhaustivo, mi Delegación quiere detenerse sobre los desafíos prioritarios, para que el concepto de “familia de las naciones” se concrete cada vez más.

      El primer desafío es de orden humanitario. Interpela a toda la comunidad internacional, o mejor, a la “familia de las naciones”, a cuidar de sus miembros más débiles. En ciertas partes del mundo, como en el Cuerno de África, estamos por desgracia en presencia de emergencias humanitarias graves y dramáticas que provocan el éxodo de millones de personas, en su mayoría mujeres y niños, con un número elevado de víctimas de la sequía, del hambre y de la desnutrición. La Santa Sede desea renovar su llamamiento, muchas veces expresado por el Papa Benedicto XVI, a la comunidad internacional para amplificar y apoyar las políticas humanitarias en esas zonas e influir concretamente sobre las diferentes causas que acrecientan su vulnerabilidad.

      Estas urgencias humanitarias llevan a subrayar la necesidad de encontrar formas innovadoras para poner a la obra el principio de la responsabilidad de proteger, en cuyo fundamento se encuentra el reconocimiento de la unidad de la familia humana y la atención a la dignidad innata de cada hombre y de cada mujer. Como se sabe, este principio hace referencia a la responsabilidad de la comunidad internacional de intervenir en las situaciones en las cuales los Gobiernos ya no pueden por sí mismos o ya no quieren cumplir con el primer deber que les incumbe de proteger a sus poblaciones contra violaciones graves de los derechos humanos, así como ante las consecuencias de las crisis humanitarias. Si los Estados ya no son capaces de garantizar esta protección, la comunidad internacional debe intervenir con los medios jurídicos previstos por la Carta de las Naciones Unidas y por otros instrumentos internacionales.

      Sin embargo, hay que recordar que existe el riesgo de que dicho principio pueda ser invocado en ciertas circunstancias como un motivo cómodo para utilizar la fuerza militar. Es bueno recordar que el mismo uso de la fuerza conforme a las reglas de las Naciones Unidas debería ser una solución limitada en el tiempo, una medida de verdadera urgencia que debería acompañarse y seguirse de un compromiso concreto de pacificación. En consecuencia, es necesario, para responder al desafío de la “responsabilidad de proteger”, que haya una búsqueda más profunda de los medios de prevenir y de gestionar los conflictos, explorando todas las vías diplomáticas posibles a través de la negociación y del diálogo constructivo y prestando atención y aliento a los más débiles signos de diálogo o de deseo de reconciliación por parte de las partes implicadas. La responsabilidad de proteger debe entenderse no solamente en términos de intervención militar, que deberían ser siempre el último recurso, sino, ante todo, como un imperativo para la comunidad internacional de estar unida ante las crisis y de crear las instancias para negociaciones correctas y sinceras, para apoyar la fuerza moral del derecho, para buscar el bien común y para incitar a los Gobiernos, a la sociedad civil y a la opinión pública a encontrar las causas y a ofrecer soluciones a las crisis de todo tipo, actuando en estrecha colaboración y solidaridad con las poblaciones afectadas y poniendo por encima de todo, la integridad y la seguridad de todos los ciudadanos. Es por tanto importante que la responsabilidad de proteger, entendida en este sentido, sea el criterio y la motivación que subyazga en todo el trabajo de los Estados y de la Organización de las Naciones Unidas para restaurar la paz, la seguridad y los derechos del hombre. Por otro lado, la larga y generalmente exitosa historia de las operaciones de mantenimiento de la paz (peacekeeping) y las iniciativas más recientes de construcción de la paz (peacebuilding) pueden ofrecer experiencias valiosas para concebir modelos de puesta en acto de la responsabilidad de proteger, en el pleno respeto del derecho internacional y de los intereses legítimos de todas las partes implicadas.

      Señor presidente:
      El respeto de la libertad religiosa es el camino fundamental para la construcción de la paz, el reconocimiento de la dignidad humana y la salvaguarda de los derechos del hombre. Este es el segundo desafío, sobre el que quisiera detenerme. Las situaciones en las que el derecho a la libertad religiosa es lesionado o negado a los creyentes de las diferentes religiones, son desgraciadamente numerosos; se observa, hay, un aumento de la intolerancia por motivos religiosos, y desgraciadamente se constata que los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre en mayor número persecuciones a causa de su fe. La falta de respeto de la libertad religiosa representa una amenaza para la seguridad y la paz e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral. El peso particular de una religión determinada en una nación no debería jamás implicar que los ciudadanos pertenecientes a otras confesiones sean discriminados en la vida social o, peor aún se tolere la violencia contra ellos. A propósito de esto, es importante que un compromiso común de reconocer y de promover la libertad religiosa de cada persona y de cada comunidad sea favorecido por un diálogo interreligioso sincero, promovido y puesto en práctica por los representantes de las diferentes confesiones religiosas y apoyado por los Gobiernos y por las instancias internacionales. Renuevo a las autoridades y a los jefes religiosos el llamamiento preocupado de la Santa Sede, para que se adopten medidas eficaces para la protección de las minorías religiosas, allí donde están amenazadas, con el fin de que, por encima de todo, los creyentes de todas las confesiones puedan vivir en seguridad y seguir aportando su contribución a la sociedad de la que son miembros. Pensando en la situación de ciertos países, quisiera repetir, en particular, que los cristianos son ciudadanos con el mismo título que los demás, ligados a su patria y fieles a todos sus deberes nacionales. Es normal que puedan gozar de todos los derechos de ciudadanía, de la libertad de conciencia y de culto, de la libertad en el campo de la enseñanza y de la educación y en el uso de los medios de comunicación.

      Por otra parte, hay países en los que, aunque se concede gran importancia al pluralismo y a la tolerancia, paradójicamente, se tiende a considerar la religión como un factor extraño a la sociedad moderna o considerarlo como desestabilizador, buscando por diversos medios marginarla e impedirle toda influencia en la vida social. ¿Pero cómo puede negarse la contribución de las grandes religiones del mundo al desarrollo de la civilización? Como ha subrayado el Papa Benedicto XVI, la búsqueda sincera de Dios ha llevado a un mayor respeto de la dignidad del hombre. Por ejemplo, las comunidades cristianas, con sus patrimonios de valores y de principios, han contribuido fuertemente a la toma de conciencia de las personas y de los pueblos respecto a su propia identidad y dignidad, así como a la conquista de las instituciones del Estado de derecho y a la afirmación de los derechos del hombre y de sus correspondientes deberes. En esta perspectiva, es importante que los creyentes, hoy como ayer, se sientan libres de ofrecer su contribución a la promoción de un ordenamiento justo de las realidades humanes, no solamente mediante un compromiso responsable a nivel civil, económico y político, sino también mediante el testimonio de su caridad y de su fe.

      Un tercer desafío sobre el que la Santa Sede querría llamar a la atención a esta asamblea concierne la prolongación de la crisis económica y financiera mundial. Todos sabemos que un elemento fundamental de la crisis actual es el déficit ético en las estructuras económicas. La ética no es un elemento externo a la economía y la economía no tiene futuro si no tiene en cuenta el elemento moral: en otras palabras, la dimensión ética es fundamental para afrontar los problemas económicos. La economía no sólo funciona a través de una autorregulación del mercado y mucho menos a través de acuerdos que se limiten a conciliar los intereses de los más poderosos; tiene necesidad de una razón de ser ética para funcionar al servicio del hombre. La idea de producir recursos y bienes, es decir la economía, y de gestionarlos de una manera estratégica, es decir política, sin tratar de hacer el bien a través de las mismas acciones, es decir sin ética, se convierte en una ilusión ingenua o cínica, siempre fatal. De hecho, cada decisión económica tiene una consecuencia moral. La economía tiene necesidad de la ética para funcionar correctamente; no de una ética cualquiera, sino de una ética centrada en la persona y capaz de ofrecer perspectivas a las nuevas generaciones. Las actividades económicas y comerciales orientadas hacia el desarrollo deberían ser capaces de hacer disminuir efectivamente la pobreza y de aliviar los sufrimientos de los más desprotegidos. La Santa Sede alienta en este sentido el refuerzo de la ayuda pública al desarrollo, en conformidad con los compromisos asumidos en Gleneagles. Y mi delegación tiene la esperanza de que las discusiones sobre este tema, con motivo del próximo diálogo de alto nivel sobre la “Financiación del desarrollo”, traigan los resultados esperados. Por otra parte, la Santa Sede ha subrayado en varias ocasiones la importancia de una nueva y profunda reflexión sobre el sentido de la economía y sus objetivos, así como una revisión clarividente de la arquitectura financiera y comercial global para corregir los problemas de funcionamiento y las distorsiones. Esta revisión de las reglas económicas internacionales debe integrarse en el marco de la elaboración de un nuevo modelo global de desarrollo. En realidad, lo exige el estado de salud ecológico del planeta, y lo requiere sobre todo la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son evidentes por doquier desde hace tiempo.

      Esta reflexión debe inspirar también las sesiones de trabajo de la Conferencia de la ONU sobre el desarrollo sostenible (Río+20), del mes de junio próximo, con las convicción de que “el ser humano debe ser el centro de las preocupaciones por el desarrollo sostenible”, como lo afirma el primer principio de la Declaración de Río de 1992 sobre el ambiente y el desarrollo. El sentido de la responsabilidad y la salvaguarda del ambiente deberían ser orientadas por la conciencia de ser una “familia de naciones”. La idea de “familia” evoca inmediatamente algo más que relaciones simplemente funcionales o simples convergencias de intereses. Una familia es por su misma naturaleza una comunidad fundada en la interdependencia, en la confianza y ayuda mutua, en el respeto sincero. Su pleno desarrollo no se basa en la supremacía del más fuerte, sino en la atención al más débil y marginado, y su responsabilidad se amplía a las generaciones futuras. El respeto por el desarrollo nos debería hacer más atentos a las necesidades de los pueblos más desfavorecidos; debería crear una estrategia a favor de un desarrollo centrado en las personas, favoreciendo la solidaridad y la responsabilidad con todos, incluyendo las generaciones futuras.

      Esta estrategia debe beneficiarse de la Conferencia de la ONU para analizar el Tratado sobre el Comercio de Armas (TCA), prevista en 2012. Un comercio de armas que no esté regulado ni sea transparente tiene importantes repercusiones negativas. Frena el desarrollo humano integral, aumenta los riesgos de conflictos, sobre todo internos, y de inestabilidad, y promueve una cultura de violencia y de impunidad, con frecuencia ligada a las actividades criminales, como el tráfico de droga, el tráfico de seres humanos y la piratería, que constituyen problemas internacionales cada vez más graves. Los resultados del actual proceso del TCA serán un test para medir la voluntad real de los estados de asumir su responsabilidad moral y jurídica en este campo. La comunidad internacional debe preocuparse por alcanzar un Tratado para el Comercio de Armas que sea efectivo y aplicable, consciente del gran número de personas que están afectadas por el comercio ilegal de armas y municiones, así como de sus sufrimientos. De hecho, el objetivo principal del Tratado no sólo debería ser la regulación del comercio de armas convencionales o convertirse en obstáculo del mercado negro, sino también y sobre todo debería tener por objetivo proteger la vida humana y edificar un mundo más respetuoso de la dignidad humana.

      Señor presidente:
      Su contribución a la edificación de un mundo más respetuoso de la dignidad humana demostrará la capacidad efectiva de la ONU para cumplir con su misión, que tiene por objetivo ayudar a la “familia de naciones” a perseguir objetivos comunes de paz, de seguridad, y de un desarrollo humano integral para todos.

      La preocupación de la Santa Sede se dirige también a los acontecimientos que tienen lugar en algunos países de África del Norte y de Oriente Medio. Quisiera renovar aquí el llamamiento del Santo Padre Benedicto XVI para que todos los ciudadanos, en particular los jóvenes, hagan todo lo posible para promover el bien común y para edificar sociedades en las que se venza la pobreza y en las que toda opción política se inspire en el respeto de la persona humana; sociedades en las que la paz y la concordia triunfarán sobre la división, el odio y la violencia.

      Una última observación concierne a la demanda de reconocimiento de Palestina como Estado miembro de las Naciones Unidas, presentada aquí mismo el 23 de septiembre por el Presidente de la Autoridad Nacional Palestina, señor Mahmud Abas. La Santa Sede considera esta iniciativa en la perspectiva de los intentos de encontrar una solución definitiva, con el apoyo de la comunidad internacional, a la cuestión ya afrontada por la Resolución 181 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, con fecha del 29 de noviembre de 1947. Este documento fundamental sienta la base jurídica para la existencia de dos Estados. Uno de ellos ya fue creado, mientras que el otro aún no ha sido aún constituido, a pesar de que han pasado casi sesenta y cuatro años. La Santa Sede está convencida de que, si uno quiere la paz, hay que saber adoptar decisiones valientes. Es necesario que los órganos competentes de las Naciones Unidas tomen una determinación que ayude a poner por obra de forma efectiva el objetivo final, es decir, la realización del derecho de los palestinos a tener su propio Estado independiente y soberano, y el derecho de los israelíes a la seguridad, estando ambos Estados provistos de fronteras reconocidas internacionalmente.

      La respuesta de las Naciones Unidas, sea la que sea, no constituirá una solución completa, y sólo se logrará una paz duradera mediante negociaciones de buena fe entre israelíes y palestinos evitando acciones o condiciones que contradigan las declaraciones de buena voluntad. La Santa Sede, en consecuencia, exhorta a las partes a retomar las negociaciones con determinación y hace un apremiante llamamiento a la comunidad internacional para que aumente su compromiso y estimule su creatividad y sus iniciativas, para que se llegue a una paz duradera, en el respeto de los derechos de los israelíes y de los palestinos.
      Gracias, Señor presidente.

Monseñor Dominique Mamberti, secretario para las Relaciones de la Santa Sede con los Estados
[Traducción del original francés realizada por Inma Álvarez y Jesús Colina]
ZENIT.org / Almudí