martes, 11 de octubre de 2011

‘El Sacerdote en el siglo XXI’

‘El Sacerdote en el siglo XXI’
"La esperanza del mundo consiste en poder contar, también para el futuro, con el amor de corazones sacerdotales límpidos, fuertes y misericordiosos, libres y mansos, generosos y fieles"

Intervención del Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero, en el encuentro con los Sacerdotes de la Archidiócesis de Los Ángeles, el 3 de octubre de 2011
* * *
Querida Excelencia:
Muy queridos Sacerdotes:
      Dorothy Thompson, escritora estadounidense, hace algunos decenios publicó en un artículo para una revista los resultados de una cuidada indagación sobre el mal afamado campo de concentración de Dachau. 

      Una pregunta clave dirigida a los supervivientes fue la siguiente: «¿Quién en medio del infierno de Dachau ha permanecido más largo tiempo en condiciones de equilibrio? ¿Quién ha mantenido por más tiempo el propio sentido de identidad?». La respuesta fue coral y siempre la misma: "los sacerdotes católicos". Sí, ¡los sacerdotes católicos! Éstos han logrado mantener el propio equilibrio, en medio de tanta locura, porque eran conscientes de su Vocación. Tenían su escala jerárquica de valores. Su entrega al ideal era total. Eran conscientes de su misión específica y de los motivos profundos que la sostenían. 
      ¡En medio del infierno terreno, daban su testimonio: el de Jesucristo! 

      Vivimos en un mundo inestable. Existe una inestabilidad en la familia, en el mundo del trabajo, en las diversas asociaciones sociales y profesionales, en las escuelas y en las instituciones.
      El sacerdote debe ser, sin embargo, constitucionalmente un modelo de estabilidad y de madurez, de entrega plena a su apostolado. 

      En el camino inquieto de la sociedad, se presenta con frecuencia un interrogante a la mente del cristiano: «¿Quién es el sacerdote en el mundo de hoy? ¿Es un marciano? ¿Es un extraño? ¿Es un fósil? ¿Quién es?».
      La secularización, el gnosticismo, el ateísmo, en sus varias formas, están reduciendo cada vez más el espacio de lo sagrado, están chupando la sangre a los contenidos del mensaje cristiano. 

      Los hombres de las técnicas y del bienestar, la gente caracterizada por la fiebre del aparentar, experimentan una extrema pobreza espiritual. Son víctimas de una grave angustia existencial y se manifiestan incapaces de resolver los problemas de fondo de la vida espiritual, familiar y social. 
      Si quisiéramos interrogar la cultura más difundida, nos daríamos cuenta de que está dominada e impregnada de la duda sistemática y de la sospecha de todo lo que se refiere a la fe, la razón, la religión, la ley natural. 

      «Dios es una inútil hipótesis —escribió Camusy estoy perfectamente seguro de que no me interesa».
      En la mejor de las hipótesis, cae un denso silencio sobre Dios; pero se llega con frecuencia a la afirmación del insanable conflicto de las dos existencias destinadas a eliminarse: o Dios o el hombre.
      Si después tuviéramos que dirigir la mirada al conjunto del panorama de los comportamientos morales, no podríamos no constatar la confusión, el desorden, la anarquía que reina en este campo. 
      El hombre se hace creador del bien y del mal.
      Concentra egoístamente la atención sobre sí.

      Sustituye la norma moral con el propio deseo y búsqueda del propio interés.
      En este contexto, la vida y el ministerio del sacerdote adquieren importancia decisiva y urgente actualidad. Mejor aún —permitídmelo decir— cuanto más marginado, más importante es, cuanto más considerado superado, se convierte en más actual.
      El sacerdote debe proclamar al mundo el mensaje eterno de Cristo, en su pureza y radicalidad; no debe rebajar el mensaje, sino, más bien, confortar la gente; debe dar a la sociedad anestesiada por los mensajes de algunos directores ocultos, detenedores de los poderes que valen, la fuerza liberadora de Cristo. 

      Todos sienten la necesidad de reformas en el campo social, económico, político; todos desean que, en las luchas sindicales, y en la proclamación económica se reafirme y se observe la centralidad del hombre y el perseguimiento de objetivos de justicia, de solidaridad, de convergencia hacia el bien común.
      Todo esto será sólo un deseo, si no se cambia el corazón del hombre, de tantos hombres, que renueven por su parte la sociedad.  

      Mirad, el verdadero campo de batalla de la Iglesia es el paisaje secreto del espíritu del hombre y en él no se entra sin mucho tacto, sin mucha compunción, además de contar con la gracia de estado prometida por el Sacramento del Orden.
      Es justo que el sacerdote se inserte en la vida, en la vida común de los hombres, pero no debe ceder a los conformismos y a los compromisos de la sociedad.

      La sana doctrina, pero también la documentación histórica nos demuestran que la Iglesia es capaz de resistir a todos los ataques, a todos los asaltos que las potencias políticas, económicas y culturales pueden desencadenar contra ella, pero no resiste al peligro que proviene del olvidar esta palabra de Jesús: «Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo». El mismo Jesús indica la consecuencia de este olvido: «Si la sal se hace insípida, ¿cómo se preservará el mundo de la corrupción?» (cfr. Mt 5,13-14).

      ¿A qué serviría un sacerdote tan semejante al mundo, que se convierte en sacerdote mimetizado y no en fermento transformador?
      Ante un mundo anémico de oración y de adoración, el sacerdote es, en primer lugar el hombre de la oración, de la adoración, del Culto, de la celebración de los santos Misterios.
      Ante un mundo sumergido en mensajes consumistas, pansexuales, atacado por el error, presentado en los aspectos más seductores, el sacerdote debe hablar de Dios y de las realidades eternas y, para poderlo hacer con credibilidad, debe ser apasionadamente creyente, ¡como también ser “limpio”

      El sacerdote debe aceptar la impresión de estar en medio de la gente, como uno que parte de una lógica y habla una lengua diversa de los otros («no os conforméis a la mentalidad de este mundo», Rm 12,12). Él no es como "los otros". Lo que la gente espera de él es precisamente que no sea "como los demás"

      Ante un mundo sumergido en la violencia y corroído por el egoísmo, el sacerdote debe ser el hombre de la caridad. Desde las alturas purísimas del amor de Dios, del que realiza una particularísima experiencia, desciende al valle, donde muchos viven su vida de soledad, de incomunicabilidad, de violencia, para anunciarles misericordia, reconciliación y esperanza.
      El sacerdote responde a las exigencias de la sociedad, haciéndose voz de quien no tiene voz: los pequeños, los pobres, los ancianos, los oprimidos, marginados. 

      No pertenece a sí mismo sino a los demás. No vive para sí y no busca lo que es suyo. Busca lo que es de Cristo, lo que es de sus hermanos. Comparte las alegrías y los dolores de todos, sin distinción de edad, categoría social, procedencia política, práctica religiosa.

      Él es el guía de la porción del Pueblo, que le ha sido confiada. Ciertamente, no jefe de un ejército anónimo, sino pastor de una comunidad formada por personas que cada una tiene un nombre, su historia, su destino, su secreto.
      El sacerdote tiene la difícil tarea, pero eminente, de guiar estas personas con la mayor atención religiosa y con el escrupuloso respeto de su dignidad humana, de su trabajo, de sus derechos, con la plena conciencia de que, entonces, la condición de hijos de Dios corresponde en ellos a una vocación eterna, que se realiza en la plena comunión con Dios. 

      El sacerdote no dudará en entregar la vida, o en una breve pero intensa temporada de dedicación generosa y sin límites, o en una donación cotidiana, larga, en el estilicidio de humildes gestos de servicio a su pueblo, tendiendo siempre a la defensa y formación de la grandeza humana y del crecimiento cristiano de cada fiel y de todo su pueblo.   

      Un sacerdote debe ser contemporáneamente pequeño y grande, noble de espíritu como un rey, sencillo y natural como un campesino. Un héroe en la conquista de sí, el soberano de sus deseos, un servidor de los pequeños y débiles; que no se humilla ante los poderosos, pero que se inclina ante los pobres y pequeños, discípulo de su Señor y cabeza de su grey. 

      Ningún don más precioso se puede regalar a una comunidad de un sacerdote según el corazón de Cristo.
      La esperanza del mundo consiste en poder contar, también para el futuro, con el amor de corazones sacerdotales límpidos, fuertes y misericordiosos, libres y mansos, generosos y fieles.
      Amigos, si los ideales son altos, el camino difícil, el terreno quizás menos minado, las incomprensiones son muchas, pero todo podemos con Aquel que nos da fuerzas (cfr. Flp 4,13). 
      El eclipse de la Luz de Dios y de su Amor, no es el apagarse la Luz y el Amor de Dios. Ya mañana lo que se había interpuesto, obscureciendo la fe, arrojando el mundo en una oscuridad espantosa, puede convertirse en menos espeso, y después de una larga pausa, demasiado larga del eclipse, volver el sol, lleno y espléndido.  

      Más allá de las inquietudes y contestaciones que agitan el mundo, y se hacen sentir también dentro de la Iglesia, están en acción fuerzas secretas, escondidas y fecundas en santidad.
      Más allá de los ríos de palabras y discursos, de programas y planes, de iniciativas y organizaciones, hay almas santas que rezan, sufren, expían adorando al Dios-con nosotros.
      Entre éstas hay niños y adultos, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, cultos e ignorantes, enfermos y sanos, y hay también tantos sacerdotes, que no sólo son dispensadores de los Misterios de Cristo, pero en la babel hodierna permanecen signos seguros de referencia y de esperanza, para cuantos buscan la plenitud, el sentido, el fin, la felicidad. 

      Estemos unidos, queridos amigos, en el Cenáculo de la Iglesia, en torno a María nuestra Madre, con Pedro y los Apóstoles, sumergidos en la comunión de los santos, para ser también nosotros, de verdad, signos seguros de referencia y de esperanza para todos.
      Es mi deseo, que convierte en oración por todos vosotros que estáis aquí presentes y por todos vuestros Hermanos, que no están aquí ahora. Os llevaré, de ahora en adelante, siempre conmigo.

Cardenal Mauro Piacenza, Prefecto de la Congregación para el Clero

lunes, 10 de octubre de 2011

Una mirada al interior de las conciencias

Una mirada al interior de las conciencias
   En la Europa posmoderna se han apagado muchas ilusiones sobre la libertad y la democracia quizás porque se ha olvidado que "la libertad nace y se realiza en el corazón y el espíritu de los hombres"

      El 5 de octubre de 1936 nacía en Praga el escritor y político checo Vaclav Havel, un hombre que ha dejado una profunda huella en la historia europea del siglo XX. La geografía, la historia y la cultura dieron la razón a su rebeldía frente a la división artificial del Viejo Continente, pero su voz y sus escritos no sólo representan la crónica de un tiempo heroico. Son una llamada a la continua búsqueda de la verdad y un convencimiento de que las auténticas reformas sociales, más allá de los líderes y programas políticos, se construyen en el interior de cada persona 

      El pensamiento de Havel sigue siendo actual en un mundo en crisis, aunque ni siquiera ella nos ha librado de la extendida creencia de que somos omniscientes y autosuficientes y de que podemos predecir el destino del hombre y del mundo, tal y como denunciara el escritor, el año pasado, en el Foro 2000 de Praga [una conferencia anual, ideada por el mismo Havel, que reúne a personalidades de todo el mundo para analizar la problemática mundial]. Aunque Havel no sea pródigo en discursos, nos sigue hablando a través de su obra, especialmente el teatro, que nació de su convicción de que una vida en continua espera no es una auténtica vida. 

      Era cierto bajo el régimen comunista, pendiente del advenimiento de la sociedad sin clases, y lo es en la sociedad consumista de masas, con sus nuevas formas de soledad, y en la que se vive esperando un futuro mejor que el presente, y que acaso se espera conseguir en el fin de semana, las vacaciones, o con la visita a un centro comercial. No es difícil concluir que una vida en espera es una vida sin libertad, desde el momento en que el presente pesa más que una losa y la imaginación se dispara hacia efímeros sueños de futuro. Lo peor de una vida en espera es que es una vida sin esperanza, llena de miedo y angustia que pueden aflorar en el comunismo o en el poscomunismo. 

      ¿Por qué en la Europa posmoderna, occidental u oriental, se han apagado muchas ilusiones sobre la libertad y la democracia? Quizás porque se ha olvidado, como decía Havel en el lejano 1976, en declaraciones a una revista francesa de teatro, que «la libertad nace y se realiza en el corazón y el espíritu de los hombres»

      Nuestro autor no creía en la libertad impuesta por decreto gubernamental, y sólo confiaba en la decencia, el sentido de la justicia y en la verdad que él mismo y sus conciudadanos podían descubrir en el interior de sus conciencias, pese a todos los condicionantes psicológicos y materiales. De ahí que la filosofía de Havel sea una filosofía de lucha interior, una llamada a la lucha contra esa espera ociosa en la vida que equivale a la negación de la propia existencia. Y la mejor forma de sacudir las conciencias de sus contemporáneos sería el teatro, instrumento de introspección de la sociedad y de llevar al escenario aquellas cuestiones que las personas no siempre se atreven a plantearse a sí mismas. 

      Algunos críticos redujeron la obra de Havel a una variante checa del teatro del absurdo, con antecedentes en Kafka, y algunos diálogos y situaciones avalarían esta tesis, pero ciertos personajes suyos nos hablan con suma claridad, pese a las situaciones límite a las que se enfrentan y a la impresión de que el poder totalitario está ganando la última partida. Un ejemplo es el Max de La gran rueda, al proclamar que «el hombre sólo es él mismo por medio de sus relaciones con los demás y, sobre todo, a través del amor». Nos dice, además, que lo realmente alienante no es lo que proclaman los dogmas filosóficos y políticos. Más alienante es el orgullo que arroja al hombre a una soledad vacía en la que es imposible identificarle. 

      En el teatro de Havel asistimos, además, a la dificultad de seguir los dictados de una recta conciencia. Lo vemos en la pieza en un acto La inauguración, estrenada en Viena en 1975, en la que el matrimonio formado por Vera y Michael, miembros del Partido que viven en un espacioso apartamento repleto de antigüedades y muebles modernos, intenta halagar a Ferdinand, un intelectual que ha sido relegado al trabajo en una fábrica de cerveza. Le hacen ver que, si se postra ante el régimen, podrá disfrutar de sus mismos privilegios, incluido permisos para viajar al extranjero. Le invitan a llevar a una "existencia ordenada, sana y razonable". Ferdinand es hombre de pocas palabras, pero irrita a sus amigos cuando les dice que se va a casa. Este acto de dignidad dura poco tiempo, pues no puede soportar que se le tache de ingrato y egoísta. Terminará por sentarse, vacilante, en un sillón mientras sus amigos ponen música. Es la tragedia de una conciencia derrotada por el miedo.

Antonio R. Rubio Plo es analista internacional
Cope.es / Almudi

domingo, 9 de octubre de 2011

'La mayoría de los sacerdotes son felices y valoran el celibato'

'La mayoría de los sacerdotes son felices y valoran el celibato'
"Un desafío para todos nosotros: Si somos infelices con nuestras vidas, quizás el sitio donde comenzar no es la crítica de lo que hay fuera sino que hay que dirigir nuestra mirada al interior"

      Los sacerdotes en general, están entre los miembros más felices de la sociedad, declara monseñor Stephen Rossetti, y contrariamente a la opinión laicista, muchos consideran el celibato como un aspecto positivo en sus vocaciones.

      Estas son algunas de las conclusiones destacadas por monseñor Rossetti en su libro, ¿Por qué los sacerdotes son felices? (Ave Maria Press), saldrá a la venta el próximo miércoles.

      El autor, que actualmente desempeña el cargo de decano asociado en el seminario y los programas ministeriales de la Universidad Católica de América, también ha escrito Nacimiento de la Eucaristía, La alegría del Sacerdocio, y Cuando el león ruge. Como psicólogo licenciado, monseñor Rossetti trabajó previamente como presidente y CEO del Instituto Saint Luke, un centro de tratamiento y educación para el clero y los religiosos.

      El autor encuestó a 2.500 sacerdotes y llegó a conclusiones que la sociedad moderna encontraría sorprendentes.

      En esta entrevista con ZENIT, explicó algunos de estos descubrimientos, incluyendo la relación entre la felicidad de un sacerdote y su relación con Dios y con los demás, y los signos de esperanza para el futuro del sacerdocio.

Su investigación muestra una conclusión que el público encontraría sorprendente: Los sacerdotes están entre las personas más felices del mundo. ¿Por qué no oímos hablar de esta felicidad más a menudo?
Ha habido un cierto número de estudios en Estados Unidos en los últimos años cuyas conclusiones eran exactamente las mismas: Casi el 90% de los sacerdotes encuestados eran felices. En mi estudio, el 92'4%.

En una investigación parecida, cuando el National Opinion Center llevó a cabo su encuesta científica a unos 27.000 americanos, resultó que los sacerdotes en general estaban más satisfechos y eran más felices que el resto de americanos. Esto es especialmente destacable ya que más del 50% de los americanos se declararon infelices con sus trabajos.

Sin embargo este constante y asombroso hallazgo de la felicidad en los sacerdotes sigue siendo un secreto. ¿Por qué? Antes que nada, porque las buenas noticias no son noticia. Las tragedias y los escándalos llenan las portadas pero los rostros de los muchos sacerdotes felices no lo hacen.
En segundo lugar, aunque de igual importancia, la secularización de nuestra cultura engendra una especie de negativismo hacia la religión organizada. Existe la creencia secular en la actualidad de que practicar la fe debe ser algo restrictivo y triste.

Algunos pensadores modernos sugieren que la única manera de encontrar la felicidad humana es liberarse de las imposiciones de la religión. Consideran la religión como algo restrictivo para la verdadera libertad y humanidad de la persona. Por tanto, usando la lógica, ser un sacerdote debe ser la cosa más triste del mundo.

De esta manera, escuchar que los sacerdotes están entre las personas más felices del país es increíble. El hecho de la felicidad clerical es un desafío poderoso y fundamental para la concepción secular moderna.

Pero para nosotros los cristianos, esto sólo confirma las verdades de nuestra fe. Jesús rezaba “Que mi alegría esté en vosotros, para que vuestra alegría sea completa”. La alegría es uno de los frutos inconfundibles del Espíritu Santo.

Ser un cristiano verdadero y completo es conocer el don de Dios de la alegría. El pensamiento laico busca esta alegría pero lo hace en lugares equivocados.

Lo único que tiene sentido es que estos hombres, que han dedicado sus vidas al servicio de Dios y al de los demás en la fe católica como sacerdotes, han sido completados lenta y suavemente por Dios con una felicidad y alegría interiores.
Jesús nos prometió esta alegría y es una verdad demostrable.

¿Cuáles son los factores clave que contribuyen a la felicidad de un sacerdote?
Tuve que realizar una ecuación de regresión múltiple para encontrar las variables más importantes que contribuyen a la felicidad sacerdotal. La primera y más potente fue la variable de la “paz interior”.
Los que transmitían una imagen positiva y una sensación de paz interior fueron los más felices entre los sacerdotes.

Pensándolo bien, esto tiene mucho sentido. El factor más importante de la felicidad de la persona es lo que ellos aportan a sus trabajos y a sus vidas. Si nos sentimos bien dentro, probablemente nos sentiremos felices con lo que nos rodea.
Este también es un desafío para todos nosotros: Si somos infelices con nuestras vidas, quizás el sitio donde comenzar no es la crítica de lo que hay fuera sino que hay que dirigir nuestra mirada al interior.

Curiosamente mi investigación demostró que el predictor más potente de la paz interior es la relación personal con Dios. La correlación resultó una gran r=.55, que es una correlación muy fuerte en una investigación en ciencias sociales.

Así que ¿de dónde viene la paz interior? Cuando uno tiene una sólida relación con Dios, tiene mucha paz interior. Jesús nos prometió este regalo. Él dijo: “Mi paz os dejo, mi paz os doy”.
Fue muy emocionante para mí ver las verdades del Evangelio dispuestas ante mis ojos en forma de estadísticas. Sólo encontramos la paz verdadera y duradera en Dios.
Y por supuesto, también la relación personal con Dios fue fuertemente predictiva de la felicidad. De nuevo una correlación importante (r=.53).
Así que vemos cómo nuestra vida espiritual es un poderoso contribuyente para la paz interior y la felicidad personal.

Si hay demasiada violencia y amargura en nuestro mundo actual ¿de dónde viene?
Mis conclusiones sugieren que nunca encontraremos la paz interior y la alegría que estamos buscando hasta que tengamos una relación personal con Dios. La mayoría de nuestros sacerdotes han encontrado este tipo de relación y son hombres felices por esta razón.

¿Podría decirnos algo sobre el papel de las relaciones interpersonales, con la familia, los amigos, los feligreses, en la felicidad de un sacerdote?
Hay varios descubrimientos sorprendentes en la investigación, que reflexionándolo un poco, tienen mucho sentido.
Por ejemplo, realicé otra ecuación de regresión múltiple y pregunté cuál era el predictor más fuerte en una relación con Dios, es decir, qué variable parecía contribuir más a una relación positiva con Dios. La respuesta fue clara: tener amigos cercanos (la correlación fue de r=.46)
Desarrollar una relación sana con los demás nos ayuda a conectar con Dios.

Muchas veces el mismo Jesús habló del amor de Dios y del amor al prójimo como dos caras de la misma moneda. O, como nos dicen las Escrituras, “El que no ama al hermano al que ve no puede amar a Dios al que no ve”.

Los resultados estadísticos confirman esta enseñanza del Evangelio: Para amar al prójimo y construir una relación caritativa con los amigos, la familia y los más allegados necesitamos amar a Dios y viceversa. Todo esto es importante para ser feliz.

El aislamiento provoca infelicidad. Estamos hechos para relacionarnos con los demás.
Las buenas noticias son que la amplia mayoría de los sacerdotes encuestados, más del 90%, tienen amistades sólidas con otros sacerdotes y con laicos. Una de las grandes alegrías y apoyos para la vida de un sacerdote es su conexión con los demás. El concepto laicista de que los sacerdotes son personas solitarias, y aisladas sencillamente no es verdad.
Sin duda, la felicidad sacerdotal ha aumentado en los últimos años y es probable que aumente aún más. En mi investigación sólo el 3'1% de los sacerdotes pensaban dejar el sacerdocio. Dada la enorme presión que sufre el sacerdocio en la actualidad y los muchos desafíos reales a los que se enfrentan estos hombres, esto es muy importante.

¿Y el celibato? ¿Cómo está relacionado con la felicidad de un sacerdote?
Esto también fue un descubrimiento interesante. Los sacerdotes que han sido llamados por Dios a vivir una vida célibe y que experimentan el celibato como una gracia personal, a pesar de las dificultades, parecen ser hombres felices. La correlación entre esta visión positiva del celibato y la felicidad sacerdotal fue r=.47.
Las buenas noticias es que más del 75% de los sacerdotes consideran el celibato como una parte positiva de sus vidas.

Se prevé que este porcentaje aumente en el futuro, ya que son los sacerdotes jóvenes quienes defienden con más energía el mandato del celibato.
Así que contrariamente a la mentalidad laicista, el apoyo al celibato sacerdotal aumentará en el futuro en los sacerdotes de los Estados Unidos. Está desapareciendo este tema “candente” entre los sacerdotes de estados Unidos.

Pero éste es el desafío. Una cosa es aceptar el celibato como una parte necesaria de la vida del sacerdote, pero requiere un profundo nivel de espiritualidad experimentar el celibato como un don de Dios y una gracia personal. Requiere una profundidad de vida muy concreta.
Como afirmo y reflexiono en los resultados del estudio, me siento muy inspirado por el compromiso y la vitalidad espiritual de la vida de estos sacerdotes.
Esta es la verdadera realidad que subyace en las conclusiones del estudio: nuestros sacerdotes son hombres santos y felices.

ZENIT.org (Entrevista de Genevieve Pollock)
[Traducción del inglés por Carmen Álvarez]

sábado, 8 de octubre de 2011

La sociedad necesita familias estables

La sociedad necesita familias estables
Hay políticas que deconstruyen la familia, mientras otras persiguen el beneficio social de la estabilidad de las parejas

      A mediados de septiembre, el INE publicó una de sus estadísticas clásicas, sobre rupturas matrimoniales.

      Los datos de conjunto son escalofriantes: en 2010 se produjeron 110.321 disoluciones, un 3,9% más que el año anterior, en contra de la tendencia descendente iniciada en 2007. Como se preveía, tras las últimas reformas jurídicas, crecen los divorcios (102.933: 4,7%), y disminuyen las separaciones (7.248: -5,6%). Esos cambios legales explicarían también que sólo en el 13,3% de los divorcios hubo separación previa, frente al 17,1% del año anterior.

      Por otra parte, sigue creciendo el porcentaje de las disoluciones matrimoniales por mutuo acuerdo: el 67,7% en 2010, frente al 64,6% del año anterior. El fenómeno se da de modo semejante en divorcios (67,4% de mutuo acuerdo) y separaciones (70,7%). Estas cifras suponen un crecimiento proporcional respecto de 2009, en que el consenso afectó al 64,4% de los divorcios y al 67,6% de las separaciones.

      Habrá que ver si los partidos políticos se plantean de veras este problema social, para favorecer las familias estables. La facilidad de las rupturas tiene consecuencias muy negativas, especialmente en cuanto al aumento de la "monoparentalidad". Desde luego, en nuestro entorno la cuestión preocupa, como manifiestan recientes sondeos de opinión e informes parlamentarios elaborados en Francia (cfr. La Croix, 27 y 28 de septiembre de 2011).

      En París, las conclusiones del grupo parlamentario de trabajo ‘Familia’, animado por los diputados de UMP Anne Grommerch y Hervé Mariton, subrayan el contraste de la familia duradera con la monoparentalidad, origen y causa de pobreza, con un excesivo coste social. Las familias monoparentales —en su mayoría, madres solteras— requieren un mayor apoyo económico y laboral, así como para la organización de la vida familiar, especialmente, para el cuidado de los hijos. Y, como sucedió antes en Estados Unidos, replantean las ayudas a las familias monoparentales, para evitar el riesgo —el efecto "perverso"— de agravar la irresponsabilidad de los protagonistas.

      Pero, más importante que la descripción, es la treintena de propuestas para promover una familia duradera: la revalorización institucional del matrimonio; el mantenimiento de las diferencias reales —también como fundamento de derechos— entre matrimonio, pacs y concubinato; la restauración de beneficios fiscales para los recién casados; el desarrollo de una política de apoyo a las uniones estables; el establecimiento de una especie de cursillos prematrimoniales en los ayuntamientos; la organización de cursos colectivos o individuales para las parejas que lo deseen, a fin de aportar pistas de reflexión para construir una convivencia duradera. En definitiva, se trataría de avanzar en la llamada terapia de pareja y en la mediación familiar, sin olvidar "el derecho del niño a tener dos padres de distinto sexo" (criterio decisivo para la adopción).

      Los sondeos reflejan opiniones contradictorias: se considera a la familia un elemento fundamental de felicidad y bienestar, pero la institución es cada vez más frágil afectiva, jurídica y económicamente; a la vez, las encuestas reflejan la tendencia a rehusar o retrasar la asunción de compromisos definitivos, influencia evidente de una sociedad de consumo penetrada por el zapping.

      El 77% de los interrogados por Ifop —el 89% de los jóvenes entre 25 y 34 años— "desea construir una sola familia en su vida, permaneciendo con la misma persona". Son interesantes las razones—también a sensu contrario— que explicarían el incremento de rupturas familiares y divorcios: la gente se esfuerza menos para mantener la convivencia (50%); las mujeres trabajan más y son más independientes (43%; el argumento no es "sexista": lo aduce el 50% de mujeres y sólo el 35% de varones); hay menos hipocresía, y la gente no se siente obligada a continuar juntos (36%); hay más dificultades prácticas en materia de vivienda y trabajo (33%); la sociedad es más tolerantes con las separaciones (21%); se confunde amor con pasión (18%); es más complicada la educación de los hijos (14%); los medios de comunicación no prestigian el modelo de familia tradicional (11%).

      Entre las medidas que ayudarían a fortalecer a las parejas, se mencionan: un cambio global de las mentalidades (33%); una ayuda externa para que las parejas discutan sus problemas (28%); ayudas materiales en materia de vivienda y conciliación de trabajo y familia (25%); acompañamientos efectivos al servicio de la educación de los hijos (17%); revaloración de la institución del matrimonio (15%); preparación previa para la vida en pareja y la asunción de compromisos (12%); que los medios de comunicación den una imagen de felicidad en la vida familiar (12%).

      Inquieta la intervención del Estado en cuestiones familiares, porque el hogar es el gran santuario de la intimidad. Pero hay políticas que deconstruyen la familia, mientras otras persiguen el beneficio social de la estabilidad de las parejas. Importa mucho precisar los fines y aquilatar los medios, para librar batalla y derrocar la dictadura del individualismo.

Salvador Bernal
ReligionConfidencial.com / Almudí

viernes, 7 de octubre de 2011

Carta acerca de los Valores Fundamentales sobre la Vida, el Matrimonio y la Familia


Carta acerca de los Valores Fundamentales sobre la Vida, el Matrimonio y la Familia
Carta enviada por las diferentes iglesias cristianas de Chile al Presidente de la República, a los miembros del Poder Legislativo y del Poder Judicial con motivo de los procesos legislativos que se encuentran en trámite y que atentan contra los valores de la vida, el matrimonio y la familia

Señor Presidente de la República
Señores y Señoras miembros del Poder Legislativo y del Poder Judicial

      Mirando por el supremo bien de Chile y los valores fundamentales que inspiran una cosmovisión cristiana del ser humano y de la sociedad en que vivimos, las Iglesias y comunidades eclesiales abajo firmantes, conjuntamente y en unidad de intenciones, venimos a plantear ante ustedes, autoridades del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial, con respeto, lo siguiente:
      1. Afirmamos con toda claridad que la Vida, el Matrimonio y la Familia, constituidos por la unión de un hombre y una mujer, son el fundamento y la base de la sociedad, y que es obligación de Estado promoverlas y evitar aquello que dificulte su desarrollo. La salud o enfermedad de una sociedad y de su Estado se refleja en la situación de sus familias.
      2. Respetamos profundamente a quienes piensan de manera diversa en estos temas, sin embargo ello no legitima que se introduzcan cambios conceptuales drásticos en la legislación que afecten las profundas convicciones arraigadas en nuestro pueblo. De la misma manera, creemos que las leyes que emanan del poder legislativo deben respetar siempre el designio creador sobre el ser humano y lo que la misma naturaleza nos enseña acerca del amor humano, la vida y la familia.
      3. Por estas razones nos parece completamente improcedente que se legisle para introducir en nuestra patria el aborto, es decir la facultad de poner fin a la vida humana en el seno materno. No existe ninguna razón que haga lícita una intervención directa con el propósito de privar de la vida al más inocente de todos los seres.
      4. De la misma manera expresamos nuestro rechazo a la legislación que pretende incluir en el ordenamiento jurídico las uniones de hecho, especialmente entre personas del mismo sexo.
      Creemos que aprobar estas iniciativas, tal como se proponen en los proyectos legislativos presentados al Parlamento, implica por sí mismo discriminaciones atentatorias contra el bien de la institución matrimonial e injustas en contra de la vida.
      5. Las Iglesias Cristianas en Chile rechazamos que en la redacción del actual proyecto de ley que establece medidas contra la discriminación se use el término “orientación sexual”, un concepto cuya ambigüedad ha derivado, en otras naciones, en una distorsión de la sexualidad y de las bases de la familia, así como en un serio peligro para el ejercicio de numerosas libertades, entre otras la religiosa, que son los fundamentos de una sociedad libre. Tampoco quisiéramos que, en virtud de este pretexto, se llegue a permitir el matrimonio y la adopción de niños y jóvenes por personas del mismo sexo unidas legalmente.
      6. Considerando que más de un 85 % de la comunidad nacional se declara de convicciones cristianas, invitamos a nuestras autoridades y legisladores a una seria reflexión acerca de las consecuencias que legislaciones como las señaladas pueden importar para el futuro de Chile. Estamos ante proyectos que amenazan grandes valores de la ética cristiana, que son la base de la vida y de la sociedad que buscamos legar a las generaciones venideras.
      7. Nos importan los valores de la diversidad y el respeto en una sociedad libre y democrática. Pero a la autoridad le corresponde reconocer que existen principios y valores inmutables que han alimentado el alma y los cimientos de nuestra nación, cristiana desde sus inicios. Quienes no los acepten tienen todo el derecho de hacerlo, pero la ley es una ordenación social, moral y ética para todos y no puede imponerse contrariando la naturaleza de las cosas y vulnerando, creemos, el sentir mayoritario del país.

      8. En diversos momentos, como entidades cristianas hemos hecho presente nuestra mirada sobre estas iniciativas. Ahora, en conjunto, pensando sólo en el bien de Chile, de sus hombres y mujeres, y especialmente de la juventud, expresamos formal y públicamente nuestra opinión, solicitando fervientemente a quienes tienen responsabilidades de legislar, que escuchen y acojan estos planteamientos.

      9. Hacemos un llamado fraternal para que nuestras autoridades del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial comprendan que estas iniciativas de ley, actualmente en estado de tramitación, son atentatorias al desarrollo de valores e instituciones fundamentales como la vida, el matrimonio y la familia.

      10. Todos juntos, elevamos a Dios nuestras oraciones para que la sabiduría ilumine a nuestros gobernantes legisladores y jueces, avancemos por los caminos de la paz y la concordia en nuestra patria y tengamos leyes que afirmen estos valores e instituciones sobre los cuales se ha levantado la grandeza de nuestra nación.

      Respetuosamente y en la confianza de que estos planteamientos sean acogidos para el bien de nuestra patria, pedimos la bendición para ustedes.

Monseñor Ricardo Ezzati. Presidente Conferencia Episcopal Católica
Arzobispo Sergio Abad. Iglesia Ortodoxa de Chile
Obispo Emiliano Soto. Mesa Ampliada de Organizaciones Evangélicas
Arzobispo Héctor Zavala. Iglesia Anglicana de Chile
Obispo Roberto López. Iglesia Metodista Pentecostal de Chile
Obispo Francisco Anabalón. Iglesia Pentecostal Apostólica

                                                                                              Santiago, 3 de Octubre 2011
Humanitas.cl / Almudí


jueves, 6 de octubre de 2011

Invitación a los agnósticos

Invitación a los agnósticos
Los "fieles rutinarios" de los que habla el Papa, no son más que un eco de los "fariseos" de los que tantas veces se lamentó Cristo. Para ellos, la Iglesia es apenas "boato"; espectáculo y ocasión para cumplir simples reglas sociales

      «Las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe».

      Esta frase de Benedicto XVI en la homilía de la Misa celebrada en el aeropuerto de Friburgo, en su reciente viaje a Alemania, ha dado, trastocada y maltrecha, la vuelta al mundo; como si el mensaje del Papa fuera que el agnóstico está más cerca de Dios que un fiel rutinario. Mensaje que, obviamente dicho así, está muy lejos del pensamiento de Benedicto XVI.

      ¿Qué encierran esas palabras?
      A alguno le habrá venido a la cabeza la figura de Miguel de Unamuno, de Juan Ramón Jiménez, y de tantos otros escritores que en sus debates para vislumbrar la divinidad de Cristo, la clara presencia de Dios en la tierra, conjugaban el personal agnosticismo con la personal angustia, porque no tenían paz. Y no dejaban, sin embargo, de seguir buscando, clamando a "un Dios desconocido".

      En sus escritos palpita el ansia de infinito que late en el espíritu de toda criatura de Dios; un pálpito que busca el rostro de Dios, la mirada de Dios. Quien busca está, ciertamente, cerca de la persona a la que busca, porque, de algún modo, ya la tiene en el corazón.

      Las palabras de los que «sufren por nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro», nos llevan a todos los que soportan y padecen los escándalos y los pecados de quienes tenemos el tesoro de Cristo, y no transmitimos su luz con nuestra conducta. ¿Qué rostro de Dios puede transmitir un sacerdote, un laico, un cristiano corrompido, que no se arrepiente? ¿Cómo podemos dar ejemplo de la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, si no nos arrodillamos ante el Sagrario? El silencio de la adoración después de la tormenta de Cuatro Vientos es un elocuente reflejo de la Fe que llenaba los corazones jóvenes.

      El sufrimiento, con el deseo de un corazón puro, que sufre y perdona, siempre acerca al corazón misericordioso de Dios, y tarde o temprano, lo encuentra. Y al encontrar a Dios, se encuentran con que su propio corazón se ha convertido en «un corazón abierto, que se deja conmover por el amor de Cristo, y así presta al prójimo que nos necesita más que un servicio técnico: amor, con que se muestra al otro el Dios que ama, Cristo». El deseo de servir a todos los hombres, a todos sus hermanos en el Señor.

      Los "fieles rutinarios" de los que habla el Papa, no son más que un eco de los "fariseos" de los que tantas veces se lamentó Cristo. Para ellos, la Iglesia es apenas "boato"; espectáculo y ocasión para cumplir simples reglas sociales.

      El corazón de estos "fieles" está a oscuras, no ama, porque la luz de la Fe no está encendida en ellos. Su Fe se ha convertido en esa Fe de la que se lamentó el Papa en Alemania: «una fe creada por nosotros mismos no tiene ningún valor».

      No es ésa la Fe que ha sostenido a los fieles de la Iglesia en la pequeña región de Eischeld: sus habitantes son católicos desde muchas generaciones atrás: han sobrevivido a la Reforma; al ateísmo "ilustrado" —¿puede ser verdaderamente ilustrado el ateismo?—; a las dictaduras del nazismo y del comunismo; y a la apatía e indiferencia de hoy.

      «Agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios». Agnósticos por los que el Papa y con él toda la Iglesia —vivificada siempre de fieles no-rutinarios—, reza para que un día vean la luz, y encuentren la paz de Cristo.
Ernesto Juliá Díaz
ReligionConfidencial.com / Almudí

miércoles, 5 de octubre de 2011

Czesław Milosz: azote de totalitarismos

Azote de totalitarismos
Su conciencia le impedía disociar realidad y verdad, y menos todavía confundir realidad con ilusión, tal y como habían hecho las ideologías en Europa durante los dos últimos siglos, con trágicas consecuencias

      Acaba de cumplirse el centenario del nacimiento del escritor polaco, premio Nobel de Literatura en 1980. Su existencia se movió bajo el signo de la incomprensión, dentro y fuera de su país. Se explica por no simpatizar con el nacionalismo chovinista, imperante en la Polonia de entreguerras, ni tampoco con el determinismo ciego del totalitarismo comunista. Pero lo que realmente le sublevaba a Czesław Milosz era la actitud de los intelectuales que habían renunciado a su espíritu crítico para acogerse a las prebendas del estalinismo. 

      Milosz siempre creyó en «la divina y maravillosamente compleja imprevisibilidad de la vida». En uno de sus poemas llegó a escribir que la moderación podía ser la mayor de las rebeldías. Era incapaz de violentar su conciencia para venderse a las ideologías del momento, y en una ocasión escribió a su compatriota Juan Pablo II que su principal preocupación era no ignorar la ortodoxia católica en sus creaciones. Karol Wojtyla, poeta como el propio Milosz, le respondió que él también compartía ese objetivo.

      Fue calificado de conciencia moral de Europa, después de publicar en Francia El pensamiento cautivo (1953), demoledora exposición sobre la actitud de los intelectuales que habían renunciado a su espíritu crítico para acogerse a las prebendas de los regímenes estalinistas. Tras la Segunda Guerra Mundial, y precisamente por ser "amigo de la razón", según se definió él mismo, Milosz soñaba con transformar la realidad polaca. 

      Sin embargo, el comunismo, hijo del racionalista Marx, se le reveló enseguida como un peligroso adversario de la razón. No podía ser de otro modo, dado el carácter escatológico de una teoría que buscaba el paraíso en este mundo. Lo peor es que, durante sus años de exilio en Occidente, en París o en el campus de Berkeley, Milosz encontró una irracional y peligrosa atracción de los intelectuales hacia las ideas comunistas. 

      Mucho tiempo después, un nonagenario Milosz arremetería contra la filosofía de Jacques Derrida, considerada como hija póstuma del marxismo, que tiene no poco de filología y de obsesión por liberarse de toda lógica racional. La deconstrucción, defendida por el filósofo francés, es muy útil para políticas de corte orwelliano, en las que el hombre queda reducido a un mero producto lingüístico. 

      A Milosz no le gustaban las ideologías negadoras de la realidad. En su discurso de aceptación del Nobel, planteó la similitud de la escéptica pregunta de nuestro tiempo: ¿Qué es la realidad?, con la no menos incrédula de Pilatos: ¿Qué es la verdad? Y es que la conciencia del escritor le impedía disociar realidad y verdad, y menos todavía confundir realidad con ilusión, tal y como habían hecho las ideologías en Europa durante los dos últimos siglos, con trágicas consecuencias. 

      Pese a todo, nuestro autor fue siempre un "catastrofista optimista", en expresión acuñada por un grupo de poetas lituanos que, en la década de 1930, presentían terribles amenazas para Europa. Lo fue durante la insurrección de Varsovia de 1944, en las cuatro décadas de comunismo y en la más cercana ampliación de la UE, a la que no consideraba como un riesgo para la cultura centroeuropea. 

      Quienes no podían contrarrestar sus argumentos solían recurrir a las descalificaciones personales. En su libro autobiográfico, Abecedario, Milosz enumera algunos de los calificativos que le hicieron en su vida: astuto, cómodo, adorador del dinero, esteta al que no le interesan las personas, vanidoso, arrogante, mujeriego... En realidad, era mucho más frágil de lo que pudiera pensarse, y sabía expresar abiertamente sentimientos de culpa y de vergüenza, pese a que en la sociedad contemporánea hay quien considere esto como una debilidad de la que conviene deshacerse. 

      En cambio, Milosz poseía la sabiduría profunda de reconocer que un mismo hombre es capaz de realizar los actos más heroicos y los más viles. Los hombres son seres divididos, por mucho que las utopías ideológicas hayan pretendido ignorarlo. Según el escritor, esa división podría explicar que la gente acudiera a las iglesias. Las ideologías les han enseñado que sólo existe una realidad material. Por el contrario, entrar en una iglesia, sobre todo en la misa del domingo, supondría la voluntad de encontrarse con una realidad diferente a la que se considera como la única verdadera. 

      Milosz comprendía bien el dicho evangélico de que no son los sanos, sino los pecadores, los que necesitan médico. El cristianismo, a diferencia de las ideologías elevadas a la categoría de religiones, no es para seres perfectos, personas con una fe incombustible, y versadas en lecciones teológicas. Los cristianos no acuden a la iglesia porque se consideren elegidos. Van porque se sienten necesitados, porque son pecadores y quieren acercarse a una dimensión trascendente. A este respecto, escribía nuestro autor: «Participando en la Misa, una vez más, negamos que el mundo carezca de sentido y compasión, entramos en una dimensión donde cuentan la bondad, el amor y el perdón».

Antonio R. Rubio Plo. Analista internacional
Cope.es  /  Almudí

martes, 4 de octubre de 2011

INTOCABLES


   Nuevamente ha surgido la idea de legislar sobre el llamado “aborto terapéutico”, y como siempre, para justificarlo se presentan dolorosos casos-límite de carácter excepcional, como primer paso para abrir una brecha en el derecho a la vida que no hará más que acrecentarse hasta terminar en el aborto libre, como muestra la evolución que ha tenido este tema en muchos países.

   Ahora bien, a nuestro juicio, tal vez el problema mayor en todo este debate, es el del valor que posee el ser humano como tal. La cuestión podría plantearse así: este valor ¿deriva de su mera existencia como un miembro más de la especie humana o, por el contrario, depende de algún tipo de apreciación que puedan tener otros a su respecto?

   La pregunta no es trivial, porque en el primer caso, todos los miembros de la especie humana tendríamos una dignidad inherente, de forma independiente a cualesquiera circunstancias o a lo que otros estimen (incluyendo las limitaciones físicas que se posean, los eventuales riesgos que pudiera significar para la vida o salud de la madre, o el origen que haya tenido esa nueva vida). En el segundo caso, la dignidad de cada uno pasaría a depender de lo que los demás consideren a su respecto, con lo cual el centro de gravedad pasaría desde una realidad objetiva (lo que el ser es), a otra esencialmente subjetiva y cambiante (lo que este ser vale para terceros).

   Mas, en este último caso, la cuestión esencial es saber si tenemos derecho a proceder así.
   Me explico: si los que “vemos” el mundo y “decidimos” a su respecto somos los seres humanos, ello quiere decir que no hay nadie que se encuentre hasta ahora –y dejando de lado las creencias religiosas– más “alto” que nosotros. En consecuencia, esto significa que al margen de nuestras diferencias accidentales (nacidos y no nacidos, jóvenes y viejos, poderosos y débiles), nos encontramos todos en un pie de igualdad ontológica, o si se prefiere, compartimos el mismo grado del ser. Todo lo demás (salud, origen, etc.) es secundario y jamás puede hacernos ignorar esta igualdad fundamental.

   De este modo si no hay nada más “alto” que nosotros mismos y somos todos esencialmente iguales, nadie tiene la capacidad de quitarle a otro ser humano su calidad de tal, de desconocerlo como igual a sí mismo, como “otro yo”. No importa si es por decisión individual o mayoritaria: nadie puede despojar a otro de su calidad de tal ni por tanto, atentar contra su vida, puesto que para cada viviente, “vivir es ser”.

   Así, puesto que la vida se confunde con su propio titular, este derecho resulta inviolable, porque desconocerlo acarrea la destrucción de dicho titular.
En consecuencia, como todos somos igualmente “intocables”, nunca y bajo ninguna circunstancia puede atentarse contra la vida inocente, ni siquiera a propósito del llamado “aborto terapéutico”.

Max Silva Abbott. Doctor en Derecho y Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Católica de la Ssma. Concepción (Chile)

ANÁLISIS DIGITAL

lunes, 3 de octubre de 2011

Las “Promesas Rotas” en la prevención del sida en África

   Con su libro de 2003 Repensar la prevención del sida, el investigador Edward Green puso sobre la mesa lo que estaba funcionando y lo que estaba fallando en la lucha contra el sida en África. Y lo que decía era una voz disonante en el coro de los que todo lo cifraban en la distribución de preservativos. Ahora, Green muestra en su nuevo libro Broken Promises (Promesas rotas) cómo “el AIDS establishment ha traicionado al mundo en desarrollo” al imponer unas estrategias equivocadas que renuncian a cambiar las conductas sexuales de riesgo.

   Green ha trabajado durante más de treinta años en desarrollo internacional, y desde los años ochenta ha investigado la epidemia de sida, sobre todo en África. En la Universidad de Harvard ha sido director del Proyecto de Investigación sobre la Prevención del Sida, y es consejero de organismos dedicados a esta tarea.

   Green, que antes había trabajado para grupos de control de población, enfoca las estrategias de prevención del sida con una mente abierta, tratando de descubrir lo que funciona, sin prejuicios ideológicos. Cuando en 1993 visitó Uganda, observó el éxito que estaba teniendo la estrategia conocida como ABC para reducir las infecciones. El retraso en el inicio de las relaciones sexuales de los jóvenes (A), la fidelidad a una sola pareja (B) y el uso de condones (C) solo si no se vive lo anterior, había logrado reducir sustancialmente las tasas de infección.

En Broken Promises, Green explica cómo lo que llama el “AIDS establishment” prefiere ignorar las crecientes pruebas de que la prevención a través solo de condones es un fracaso. En este establishment incluye a activistas gays, grupos de control de población, fabricantes de condones y algunas ONG decididas a imponer su idea de revolución sexual en África.

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ACEPRENSA

domingo, 2 de octubre de 2011

Probemos a convencer sin querer derrotar

 El Dr. Mora reflexiona sobre las actitudes del cristiano al afrontar su misión evangelizadora
Diez reglas para comunicar la fe
      La comunicación de la fe es una cuestión antigua, presente en los dos mil años de vida de la comunidad cristiana, que siempre se ha considerado mensajera de una noticia que le ha sido revelada y es digna de ser comunicada. Es una cuestión antigua, pero es también un tema de candente actualidad. Desde Pablo VI hasta Benedicto XVI, los Papas no han dejado de señalar la necesidad de mejorar la comunicación la fe.
      Con frecuencia, esta cuestión se relaciona con la “nueva evangelización”. En ese contexto, Juan Pablo II afirmó que la comunicación de la fe ha de ser nueva "en su ardor, en sus métodos, en su expresión". Aquí nos referiremos en particular a la novedad en los métodos.
      Hay factores externos que obstaculizan la difusión del mensaje cristiano, sobre los que es difícil incidir. Pero cabe avanzar en otros factores que están a nuestro alcance. En ese sentido, quien pretende comunicar la experiencia cristiana necesita conocer la fe que desea transmitir, y debe conocer también las reglas de juego de la comunicación pública.
      Partiendo, por un lado, de los documentos eclesiales más relevantes y, por otro, de la bibliografía esencial del ámbito de la comunicación institucional, articularé mis reflexiones en una serie de principios. Los primeros se refieren al mensaje que se quiere difundir; los siguientes, a la persona que comunica; y los últimos, al modo de transmitir ese mensaje en la opinión pública. Ante todo, el mensaje ha de ser ser positivo. Los públicos atienden a informaciones de todo género, y toman buena nota de las protestas y las críticas. Pero secundan sobre todo proyectos, propuestas y causas positivas.
      Juan Pablo II afirma en la Exhortación Apostólica “Familiaris consortio” que la moral es un camino hacia la felicidad y no una serie de prohibiciones. Esta idea ha sido repetida con frecuencia por Benedicto XVI, de diferentes maneras: Dios nos da todo y no nos quita nada; la enseñanza de la Iglesia no es un código de limitaciones, sino una luz que se recibe en libertad.  
      El mensaje cristiano ha de transmitirse como lo que es: un sí inmenso al hombre, a la mujer, a la vida, a la libertad, a la paz, al desarrollo, a la solidaridad, a las virtudes... Para transmitirla adecuadamente a los demás, antes hay que entender y experimentar la fe de ese modo positivo.
      Adquieren particular valor en este contexto unas palabras del Cardenal Ratzinger: “La fuerza con que la verdad se impone tiene que ser la alegría, que es su expresión más clara. Por ella deberían apostar los cristianos y en ella deberían darse a conocer al mundo”. La comunicación mediante la irradiación de la alegría es el más positivo de los planteamientos.
      En segundo lugar, el mensaje ha de ser relevante, significativo para quien escucha, no solamente para quien habla. Tomás de Aquino afirma que hay dos tipos de comunicación: la locutio, un fluir de palabras que no interesan en absoluto a quienes escuchan; y la illuminatio, que consiste en decir algo que ilustra la mente y el corazón de los interlocutores sobre algún aspecto que realmente les afecta. Comunicar la fe no es discutir para vencer, sino dialogar para convencer. El deseo de persuadir sin derrotar marca profundamente la actitud de quien comunica. La escucha se convierte en algo fundamental: permite saber qué interesa, qué preocupa al interlocutor. Conocer sus preguntas antes de proponer las respuestas. Lo contrario de la relevancia es la auto-referencialidad: limitarse a hablar de uno mismo no es buena base para el diálogo.
      En tercer lugar, el mensaje ha de ser claro. La comunicación no es principalmente lo que el emisor explica, sino lo que el destinatario entiende. Sucede en todos los campos del saber (ciencia, tecnología, economía): para comunicar es preciso evitar la complejidad argumental y la oscuridad del lenguaje. También en materia religiosa conviene buscar argumentos claros y palabras sencillas. En este sentido, habría que reivindicar el valor de la retórica, de la literatura, de las metáforas, del cine, de la publicidad, de las imágenes, de los símbolos, para difundir el mensaje cristiano.
      A veces, cuando la comunicación no funciona, se traslada la responsabilidad al receptor: se considera a los demás como incapaces de entender. Más bien, la norma ha de ser la contraria: esforzarse por ser cada vez más claros, hasta lograr el objetivo que se pretende.
      Pasemos ahora a los principios relativos a la persona que comunica.
      Para que un destinatario acepte un mensaje, la persona o la organización que lo propone ha de merecer credibilidad. Así como la credibilidad se fundamenta en la veracidad y la integridad moral, la mentira y la sospecha anulan en su base el proceso de comunicación. La pérdida de credibilidad es una de las consecuencias más serias de algunas crisis que se han producido en estos años.
      El segundo principio es la empatía. La comunicación es una relación que se establece entre personas, no un mecanismo anónimo de difusión de ideas. El Evangelio se dirige a personas: políticos y electores, periodistas y lectores. Personas con sus propios puntos de vista, sus sentimientos y sus emociones. Cuando se habla de modo frío, se amplía la distancia que separa del interlocutor. Una escritora africana ha afirmado que la madurez de una persona está en su capacidad de descubrir que puede “herir” a los demás y de obrar en consecuencia. Nuestra sociedad está superpoblada de corazones rotos y de inteligencias perplejas. Hay que aproximarse con delicadeza al dolor físico y al dolor moral. La empatía no implica renunciar a las propias convicciones, sino ponerse en el lugar del otro. En la sociedad actual, convencen las respuestas llenas de sentido y de humanidad.
      El tercer principio relativo a la persona que comunica es la cortesía. La experiencia muestra que en los debates públicos proliferan los insultos personales y las descalificaciones mutuas. En ese marco, si no se cuidan las formas, se corre el riesgo de que la propuesta cristiana sea vista como una más de las posturas radicales que están en el ambiente. Aun a riesgo de parecer ingenuo, pienso que conviene desmarcarse de este planteamiento. La claridad no es incompatible con la amabilidad.
      Con amabilidad se puede dialogar; sin amabilidad, el fracaso está asegurado de antemano: quien era partidario antes de la discusión, lo seguirá siendo después; y quien era contrario raramente cambiará de postura. 
      Recuerdo un cartel situado a la entrada de un “pub” cercano al Castillo de Windsor, en el Reino Unido. Decía, más o menos: “En este local son bienvenidos los caballeros. Y un caballero lo es antes de beber cerveza y también después”. Podríamos añadir: un caballero lo es cuando le dan la razón y cuando le llevan la contraria.
      Veamos por último algunos principios que se refieren al modo de comunicar: El primero es la profesionalidad. “Gaudium et Spes” recuerda que cada actividad humana tiene su propia naturaleza, que es preciso descubrir, emplear y respetar, si se quiere participar en ella. Cada campo del saber tiene su metodología; cada actividad, sus normas; y cada profesión, su lógica.
      La evangelización no se producirá desde fuera de las realidades humanas, sino desde dentro: los políticos, los empresarios, los periodistas, los profesores, los guionistas, los sindicalistas, son quienes pueden introducir mejoras prácticas en sus respectivos ámbitos. San Josemaría Escrivá recordaba que es cada profesional, comprometido con sus creencias y con su profesión, quien ha de encontrar las propuestas y soluciones adecuadas. Si se trata de un debate parlamentario, con argumentos políticos; si de un debate médico, con argumentos científicos; y así sucesivamente. Este principio se aplica a las actividades de comunicación, que están conociendo un desarrollo extraordinario en los últimos años, tanto por la calidad creciente de las formas narrativas, como por las audiencias cada vez más amplias y por la participación ciudadana cada día más activa.
      El segundo principio podría denominarse transversalidad. La profesionalidad es imprescindible cuando en un debate pesan las convicciones religiosas. La transversalidad, cuando pesan las convicciones políticas.
      En este punto, vale la pena mencionar la situación de Italia. Al hacer la declaración de la renta, más del 80% de los italianos marcan la casilla correspondiente a la Iglesia, porque desean apoyar económicamente sus actividades. Eso quiere decir que la Iglesia merece la confianza de una gran mayoría de ciudadanos, no solamente de quienes se reconocen en una tendencia política.
      El tercer principio relativo al modo de comunicar es la gradualidad. Las tendencias sociales tienen una vida compleja: nacen, crecen, se desarrollan, cambian y mueren. En consecuencia, la comunicación de ideas tiene mucho que ver con el “cultivo”: sembrar, regar, podar, limpiar, esperar, antes de cosechar.
      El fenómeno de la secularización se ha ido consolidando en los últimos siglos. Procesos de tan larga gestación no se resuelven en años, meses o semanas. El cardenal Ratzinger explicaba que nuestra visión del mundo suele seguir un paradigma “masculino", donde lo importante es la acción, la eficacia, la programación y la rapidez. Y concluía que conviene dar más espacio a un paradigma “femenino", porque la mujer sabe que todo lo que tiene que ver con la vida requiere espera, reclama paciencia.
      Lo contrario de este principio es la prisa y el cortoplacismo que llevan a la impaciencia y muchas veces también al desánimo, porque es imposible lograr objetivos de entidad en plazos cortos.
      A estos nueve principios habría que agregar otro que afecta a todos los aspectos mencionados: al mensaje, a la persona que comunica y al modo de comunicar. El principio de la caridad.
      Algunos autores han destacado que, en los primeros siglos, la Iglesia se extendió de forma muy rápida porque era una comunidad acogedora, donde era posible vivir una experiencia de amor y libertad. Los católicos trataban al prójimo con caridad, cuidaban de los niños, los pobres, los ancianos, los enfermos. Todo eso se convirtió en un irresistible imán de atracción.
      La caridad es el contenido, el método y el estilo de la comunicación de la fe; la caridad convierte el mensaje cristiano en positivo, relevante y atractivo; proporciona credibilidad, empatía y amabilidad a las personas que comunican; y es la fuerza que permite actuar de forma paciente, integradora y abierta. Porque el mundo en que vivimos es también con demasiada frecuencia un mundo duro y frío, donde muchas personas se sienten excluidas y maltratadas y esperan algo de luz y de calor. En este mundo, el gran argumento de los católicos es la caridad. Gracias a la caridad, la evangelización es siempre y verdaderamente, nueva.
Juan Manuel Mora, Universidad de Navarra
L´Osservatore Romano / Almudí