domingo, 20 de marzo de 2011

El cine está cambiando a la sociedad, pero puede que no lo esté haciendo para mejor

El cine está cambiando a la sociedad, pero puede que no lo esté haciendo para mejor

   Roland Joffé (director de Encontrarás dragones): «Si nuestras vidas tienen profundidad, podemos hacernos esa pregunta: ¿quién soy yo y qué tengo que hacer? También se puede esquivar la cuestión, y no tener un pensamiento original, y limitarse a pagar los impuestos. Pero lo que ni aún entonces se puede esquivar es la presencia de la pregunta» Reproduzco esta interesante entrada de Scriptor

   Nuestro Tiempo es una revista cultural y de cuestiones de actualidad de la Universidad de Navarra. Recoge en su último número una jugosa entrevista con Roland Joffé, en la que éste habla como buen intelectual de los asuntos que ve en la sociedad y le preocupan, sin dejar de responder a las preguntas que se le hacen.

      En este caso, en la conversación se habla mucho acerca del papel que el cine desempeña en la sociedad. Es muy recomendable leer sus palabras, cuando se expresa como un antropólogo y en todo caso como alguien muy lúcido y sincero con experiencia personal acerca de la conciencia, la fragilidad humana y sobre todo el perdón, como una constante que aflora en algunas de sus películas. 

      Cuando menciona que «el cine está cambiando a la sociedad, pero puede que no lo esté haciendo para mejor», seguro que lo dicho por Joffé no tiene nada que ver —aunque sí venga a las mientes de los hispanos que lean esto— con el reciente y penoso éxito de taquilla de la degradante cutrez que han visto en España un millón de personas el pasado fin de semana.

      No quisiera sin embargo reproducir aquí todo el texto de la entrevista, dada su longitud y su enjundia. Pero sí siguen a continuación unas preguntas y respuestas a propósito de "Encontrarás dragones", la película que a fin de cuentas facilita y motiva la misma entrevista:

Su nueva película está recorrida por la metáfora de los dragones. Los hay ocultos en el interior de las personas y en el subsuelo de la sociedad. ¿Cree que la venganza, el orgullo o el individualismo al que también ha aludido son algunos de los dragones del mundo occidental?

    Sí, creo que sí. Supongo que yo mismo soy un producto de eso, que no escapo a esa idea de que, de algún modo, uno es autónomo y autocreador. A mí me encantaba la visión existencial del mundo —al menos lo que entendía de ella—, pero pienso que resulta peligrosa porque es autorreferencial y conduce a la arrogancia, como ya descubrieron los griegos.
    Y también conduce a cierta aridez: si soy autocreado, no hay nada fuera de mí; y eso lleva —me parece— a la visión posmoderna de que nada es real en cualquier caso. Que todo sea filtrado por el cerebro no significa que no haya nada fuera del cerebro. Esta aridez supone un problema.
    Necesitamos realmente que exista un ambiente donde haya algo mayor que nosotros, pero no sé cómo podemos encontrarlo a través de planteamientos puramente humanos. Si no tenemos clara la necesidad de ese ambiente, podemos acabar abocados —bajo la apariencia de racionalidad— a un comportamiento totalmente irracional.

Pasemos a la historia de su nueva película. San Josemaría, el fundador del Opus Dei, es uno de los protagonistas. Si tuviera que escoger un aspecto que haya descubierto en él o en su vida, ¿cuál sería?

    Creo que la idea de conciencia individual. Leí una carta suya en la que cuenta cómo algunos de los estudiantes que se movían a su alrededor cometieron errores. Eso le rompía el corazón, pero no decía nada. Me encanta eso, porque revela una idea muy real de cómo son los seres humanos y de qué necesitan.
    Otra cosa que me sorprendió mucho es su convencimiento de que se puede encontrar a Dios en el día a día. Es muy fácil malinterpretar esa idea, como si se tratase de algo trivial, como si a Dios se le pudiera encontrar en la panadería, pero no creo que sea eso lo que quiere decir. Él se refiere a lo cotidiano: no sólo al panadero haciendo su pan, sino al panadero preguntándose si debería divorciarse de su mujer cuando está haciendo pan. Me di cuenta de que lo que él decía era algo de gran profundidad, pero expresado de un modo muy sencillo.
    Fue precisamente entonces cuando pensé que la historia de la película debería situarse en la Guerra Civil. En España hubo una época en la que el día a día era la Guerra Civil: ¿significa eso que Dios estaba allí? Y si es así, ¿cómo estaba presente?
    Estas cuestiones nos llevan a lo que se ha llamado el “problema del mal”, aunque yo no creo que haya un “problema del mal” que haga difícil la existencia de Dios. La vida incluye cosas que son malas y tenemos que vérnoslas con ellas. Eso es algo totalmente distinto. Así que creo que Josemaría fue muy valiente, muy avanzado. También me gusta mucho su sentido del humor.

Ha mencionado el día a día de la Guerra Civil. ¿Cómo resumiría el efecto que esos tres años de enfrentamientos tuvieron en él y en la gente que le rodeaba?

    Creo que él optó por la defensa del individuo en un momento en el que se imponían los movimientos de masas. Los años treinta del siglo pasado fueron probablemente la mayor época de movimientos de masas.
    Todo estaba mecanizado, todo se producía en cadenas de montaje, incluido el pensamiento. Marx fue incorporado a una especie de máquina extraordinaria destinada a fabricar montones de comunistas. Era un equivalente a lo que hacía la Ford para producir en serie el Modelo T. Y también hubo quien pensaba que se podían crear miles y miles de Ford T de corte fascista.
    Y sin embargo, ahí estaba Josemaría con un mensaje claro: “No sois parte de una gran máquina, no sois un Modelo T ni nada por el estilo. Tenéis vuestra propia conciencia y debéis asumir la responsabilidad que se derive de vuestras acciones. No voy a deciros lo que deberíais pensar, lo tenéis que descubrir vosotros mismos”.
    Si nuestras vidas tienen profundidad, podemos hacernos esa pregunta: ¿quién soy yo y qué tengo que hacer? También se puede esquivar la cuestión, y no tener un pensamiento original, y limitarse a pagar los impuestos. Pero lo que ni aún entonces se puede esquivar es la presencia de la pregunta.

En la época en la que usted sitúa la historia no era fácil elegir el propio camino. Eran las ideologías totalitarias las que los imponían.

    De ahí el interés de lo que hizo Josemaría. Creo que él demostró una profunda sinceridad intelectual. Él lo llamaba sinceridad con su Dios, y digo “su” Dios porque estoy hablando de él, no de mí. Él respetaba seriamente lo que suponía que era un ser humano. Es un tema muy profundo. En la película, a Josemaría se le plantea la cuestión de cómo debemos aceptar a cada persona como ser humano. “Y si se equivocan, ¿qué?”. Sí —dice él—, también si se equivocan. Esto es algo que tiene un poder extraordinario.
    El terrible talón de Aquiles de una sociedad clasista es que se convierte en un método para criticar a los enemigos internos, en una medida para juzgar a los demás. A mí me parece que una de las verdades extraordinarias que Jesús nos trae es que no hay una medida de lo correcto. Y tampoco hay un Dios crítico. Jesús no está en la cruz juzgando; está en la cruz sufriendo, que es algo completamente distinto. De algún modo, lo que está diciendo desde allí es que comparte la plenitud de nuestra humanidad.
    Eso nos conduce de nuevo al ejemplo del perdón, al caso de la mujer ruandesa [ver abajo]. Ella no juzga al hombre con el que comparte el té como correcto o equivocado, aunque haya asesinado a sus hijos. Obviamente, ella sigue sintiendo que sus hijos hayan sido asesinados, eso es algo que le afecta. Pero su empeño es conectar con la humanidad de ese hombre tutsi. Es entonces cuando se da un paso adelante. ¿Y no es eso lo que Josemaría enseña una y otra vez a las personas que están pasando por experiencias angustiosas?
* * *
SCRIPTOR / ALMUDÍ
    

sábado, 19 de marzo de 2011

La universidad española es de todos, también de los católicos

La universidad española es de todos, también de los católicos
   A propósito del incidente del campus de Somosaguas es oportuno recordar  que  está en juego mucho más que la celebración de una Misa: está en juego la garantía del ejercicio democrático de los derechos fundamentales y la libertad religiosa. El Dr. Reyes nos lo recuerda en este artículo

     Parece que últimamente se ha instalado entre ciertos grupos laicistas la moda de asaltar capillas universitarias. Como es conocido, desde noviembre de 2010 grupos de estudiantes boicotean la asistencia a la Misa que se celebra los miércoles en la facultad de Económicas de la Universidad de Barcelona.

      Más recientemente, unas decenas de estudiantes entraron en la capilla de Somosaguas de la Universidad Complutense de Madrid, gritando eslóganes con un megáfono e insultando a los presentes y rodeando el altar, donde las chicas se hicieron fotografías en topless. A estos hechos se une el sabotaje que grupos radicales hicieron en diciembre a la conferencia que el Cardenal Rouco iba a pronunciar en la Universidad Autónoma de Madrid, que fue tan vehemente que se tuvo que suspender el evento porque el gobierno no garantizaba la seguridad del acto. 

      A consecuencia de estos hechos violentos se ha levantado un debate sobre la presencia de los católicos en las universidades. Pero se debe tener en cuenta que la universidad pública es de todos. No se entiende que Juventudes Socialistas tenga un local en muchas facultades y los católicos no puedan tener una capilla. O que Ecologistas en Acción pronuncie conferencias en los auditorios de las universidades, y el Arzobispo de Madrid no pueda hacer lo mismo. 

      O —en un insultante agravio comparativo— que el cómico Leo Bassi organice un espectáculo hiriente contra los sentimientos cristianos en el Paraninfo de una universidad pública, y se niegue a los católicos la posibilidad de celebrar Misas. Si todas estas instituciones y personas pueden usar los recursos públicos, ¿por qué se niega este derecho a los católicos?

      Los laicistas radicales argumentan que la universidad es un espacio público y laico. Naturalmente lo que pretenden es apropiarse de la universidad, intentando que en ella no tenga cabida ninguna expresión contraria a sus presupuestos ideológicos. Pero les faltan argumentos: la Constitución Española —después de afirmar que ninguna confesión religiosa tendrá carácter estatal— indica que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones” (art. 16.3).

      Sin embargo, a los laicistas radicales la Constitución no parece importarles demasiado. Por eso su actual estrategia incluye el uso de la violencia empleando medios que, dicho sea de paso, recuerda a los que se usaban en la Alemania de los años 30.

      Ante estos desmanes la justicia y los demás poderes públicos deberían actuar con rapidez. No se puede permitir que unos pocos se apoderen a través de la violencia de universidades que son de todos. Está en juego mucho más que la celebración de una Misa: está en juego la garantía del ejercicio democrático de los derechos fundamentales y la libertad religiosa.

Pedro María Reyes Vizcaíno     e-LibertadReligiosa.net / Almudí

viernes, 18 de marzo de 2011

Iglesia, sacerdocio, democracia y otros asuntos esenciales

Iglesia, sacerdocio, democracia y otros asuntos esenciales
¿La Iglesia debe buscar adaptarse necesariamente a todos los cambios culturales del tiempo en el que enfrenta? ¿Es esa la manera correcta de dialogar con el mundo? 

Ante el viaje de Benedicto XVI a Alemania el próximo mes de septiembre y el manifiesto que 143 teólogos firmaron en días pasados en las universidades germanoparlantes donde piden que el Vaticano autorice a las mujeres a ser sacerdotes, los sacerdotes casados y la elección popular de obispos, ZENIT entrevistó al sacerdote francés Laurent Touze de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz.

      Las firmas fueron publicadas en el diario Süddeutsche Zeitung, bajo el título “Iglesia 2011: un cambio necesario”.
      El padre Touze ha publicado en este Año Sacerdotal el libro L'avenir du célibat sacerdotal (El futuro del celibato sacerdotal) (Parole et Silence-Lethielleux, Paris) 

¿Es verdaderamente la abolición del celibato la solución frente a la doble vida o la doble moral que viven algunos sacerdotes?

La verdadera solución a la doble vida, al fariseísmo del “haced aquello que digo, no aquello que hago”, es simplemente la conversión. Muchos hombres y mujeres de hoy intuyen que la fe podría ser la respuesta a aquello que buscan, a veces sin ser conscientes: pero se dan cuenta que decir que sí a Dios les pediría a ellos cambiar de vida moral, de abandonar sus propios apegos y esto sería costoso. 

Se ven sacerdotes hipócritas, no coherentes —y la observación vale para todos los cristianos, no sólo para los sacerdotes— nos encontramos con una excusa para no convertirse. Nosotros los creyentes tenemos buena parte de la culpa, si estos hombres y estas mujeres no encuentran la alegría y la paz del encuentro con su Padre. Nuestra coherencia ambiciosa y humilde con la fe permitirá a Dios convertir sus corazones.

Generalmente la gente asocia celibato y medioevo. ¿Piensa que el celibato, de verdad es una medida conservadora o hace parte de la Iglesia y de la vocación al sacerdocio?

Trabajos científicos como los del padre Christian Cochini o de Stefan Heid han recordado que los sacerdotes de los primeros siglos vivían todos la continencia sexual: ya sea porque eran célibes o porque estaban casados o porque renunciaban al matrimonio luego de la ordenación. 

El celibato para todos los sacerdotes latinos es pues una evolución de esta tradición primitiva. Renunciando al matrimonio, que es un don maravilloso de Dios, el sacerdote no desprecia la carne, la sensualidad. Es más, ofrece el propio cuerpo como el Señor Jesús se donó para la Iglesia. Con su celibato el sacerdote se hace adecuado a la Eucaristía que celebra. Porque dice públicamente en el nombre del Señor: «este es mi cuerpo, esta es mi sangre que será derramada», está llamado a ofrecer también él públicamente su vida para servir a sus hermanos.

Un grupo de teólogos busca el sacerdocio femenino. ¿Es una cuestión de igualdad?

No, es una cuestión de fe. La Igualdad de los bautizados es un principio de base de la Iglesia. Aquello que está aquí en juego es que la Iglesia no es una creación nuestra, nos viene de Dios, quien nos da las características que no podemos cambiar como se cambia una constitución. Que el sacerdocio sea reservado a los hombres hace parte de estas características. La Iglesia lo sabe desde hace tiempo y será pues así por siempre. 

Donde debería haber una profundización, un debate es, para entender mejor el porqué de esta opción de vida, qué cosa nos dice, especialmente sobre el misterio de la mujer. Esto podría ser los teólogos que firmaron esta pretensión, más que repetir un slogan que ya tiene más de medio siglo, y que, sabemos, la Iglesia no puede aceptar.

También se pidió la elección popular de los obispos. ¿Resulta “antidemocrático” dejar esta decisión sólo al Papa?

¡El Papa no decide por sí solo! Sigue un largo proceso de consultas, en el país del obispo que nombra y luego en Roma. En los últimos siglos la Iglesia ha logrado en numerosos países garantizar la propia libertad en la decisión de los obispos, sin tener que someterse sólo a los jefes de estado, a criterios políticos y no pastorales. 

No me parece que sea un progreso el hecho de transformar la elección de obispos en una elección política sometida a sondeos o a manipulaciones. Lo que me parece fundamental es que el proceso de nombramiento permita al pueblo de Dios tener unos pastores fieles y valientes.

ZENIT.org (Entrevista de Carmen Elena Villa) / Almudí
Enlace relacionado:

jueves, 17 de marzo de 2011

Algunos apuntes sobre creación y ciencia

Algunos apuntes sobre creación y ciencia
La fe relata el origen más íntimo del hombre, el proyecto que hay detrás de él. Buenas reflexiones del Dr. Cabellos que arrojan luz sobre los debates actuales fe-ciencia

   He leído una entrevista a Karl Giberson, interesante tanto por su claridad como por la decidida voluntad de abordar los problemas, Giberson es físico y teólogo, autor de publicaciones de referencia en el estudio Fe-Ciencia. Una muy conocida es "The Oracles of the Science". Es director de un Foro sobre Fe y Ciencia y vicepresidente de la Fundación BioLogos, que creó junto a Francis Collins, responsable del proyecto Genoma Humano. Edita la revista Science&Religion Today. Tomo estos datos de la revista Nuestro Tiempo, que publica la citada entrevista, para anotar que no estamos ante un cristiano simplemente voluntarioso.

      Acerca de las actuales relaciones Fe-Ciencia, Giberson afirma que el avance de la ciencia la facilita para unos, mientras que es dificultad para otros. Lo ponen arduo ciertos cristianos muy combativos con la teoría de la evolución, y algunos científicos que se proclaman los "nuevos ateos" porque —según dicen— la ciencia ha sustituido a la religión hasta tal punto que es necesario abolirla. Algo así es el universo determinista de Laplace respecto a Dios. Laplace hace de ese universo una gigantesca maquinaria que opera eternamente y en ella el movimiento está prescrito para siempre. Por eso se atrevió a declarar: Ya no necesito más la hipótesis de Dios.

      En una obra publicada en 1985, afirmaba el entonces arzobispo Ratzinger que enseguida aparecieron nuevos conocimientos, como la teoría de la entropía que sostiene que la energía se consume; y luego surge la teoría de la transformación de la materia en energía, con lo que se desvanecen las dos conservaciones tradicionales: materia y energía. Después vendrá la teoría de la relatividad y otros conocimientos que muestran que el universo tiene un horario, que aún en la nebulosa de miles de millones de años, hacen ver para él un principio y un fin, lo que, junto a su armonía, viene a plantear una razón de todo, de necesaria consideración. Albert Einstein escribió en "Mein Weltbild" —según cita Ratzinger— que en las leyes de la naturaleza «se manifiesta una razón tan considerable que, frente a ella, cualquier ingenio del pensamiento o de la organización humana no es más que un pálido relejo».

      Monod —sigo tomando ideas explicadas por Ratzinger— sostiene, sin embargo, que todo el concierto de la naturaleza es un producto de errores y disonancias. El propio Monod cita lo que Mauriac escribió sobre sus teorías: «lo que este profesor nos quiere demostrar es aún más increíble que lo que se exige creer al cristiano». Fuente de discordancias entre Creación y Ciencia lo ha constituido la conocida frase del Génesis, dirigida por Dios al hombre: «someted la tierra». Se ha entendido mal en ámbitos de creyentes y entre algunos científicos o pensadores que han hecho de ella un arma arrojadiza contra el cristianismo, considerándolo culpable de la miseria del planeta.

      Una y otra vez vuelve Ratzinger sobre un doble asunto a tener en cuenta en la comprensión de la Biblia: es una revelación progresiva —cada pasaje no es "a se"—, en la que hay que estudiar un itinerario y, luego, observarlo todo desde Cristo, explicación última de lo manifestado gradualmente por Dios. En este asunto, por ejemplo, el capítulo siguiente del Génesis, describe con dos palabras el mandato: labrar y cuidar. La razón del activismo y del afán de dominio que hoy nos posee procede de una mentalidad iniciada en el Renacimiento, que se concreta más recientemente en el postulado de Marx: el hombre ya no debe interrogarse por su origen ni procedencia, pues se trata de una pregunta carente de sentido.

      Todo eso tiene que ver con el precepto divino. Marx lo transforma de modo fundamental: el hombre debe producir la verdadera creación, que luego le será útil. Ernst Bloch completa el cuadro afirmando que la verdad no es lo que nosotros percibimos. Verdad será únicamente la transformación. La naturaleza ya no será para cultivarla, no es lo que es, sino que se concibe en sí misma como transformación. Ratzinger observa aquí la gran opresión de nuestro tiempo. Todo comenzó con la concepción del cosmos como fruto del azar y la necesidad.

      Hay diversas hipótesis sobre el origen del universo, siempre contando con el evolucionismo, planteamiento sugestivo, hasta como expresión del poder divino, pero con muchos aspectos por explicar: la materia inicial, la admirable armonía cósmica que contemplamos y el particular caso del hombre. De cualquier modo, no se trata de Creación o Evolución, sino de ambas cosas, porque responden a preguntas distintas. La fe relata el origen más íntimo del hombre, el proyecto que hay detrás de él. La evolución trata de describir periodos biológicos. Lo empírico o el cálculo matemático, la física tienen mucho que decir. Y un cristiano —como Collins o Ken Miller— ama la ciencia, sabiendo que no demostrará la existencia ni la inexistencia de Dios.

      Pero muros no traspasables por la ciencia, pueden hacer necesaria la honradez de plantearse otros problemas meta-científicos, en cuya puerta nos sitúa el mismo conocimiento. Con humor, expresa Giberson que si nos limitásemos a las conclusiones de la ciencia, nunca podríamos asegurar que nuestra esposa nos ama.

Pablo Cabellos Llorente
Almudí

miércoles, 16 de marzo de 2011

Una voz del Opus Dei ante el estreno de “Encontrarás Dragones”


   ZENIT ha entrevistado a Marta Manzi, del departamento de comunicación del Opus Dei en Roma sobre la película Encontrarás Dragones, que se estrena el próximo 25 de marzo. Me parece muy interesante la entrevista.

«Tras la experiencia de la guerra, San Josemaría escribió: "No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz"»

   El 25 de marzo se estrena en España (en mayo en los Estados Unidos) la película Encontrarás Dragones, en la que san Josemaría Escrivá, fundador del Opus Dei, se convierte en uno de los personajes principales de un filme ambientado en buena parte durante la guerra civil española.

      Después de haber entrevistado al director, Roland Joffé (que ha dirigido películas como La Misión, Los gritos del silencio o La ciudad de la alegría), ZENIT ha querido saber cuál es el parecer del Opus Dei sobre esta producción.

      Para ello, hemos entrevistado a Marta Manzi, que trabaja desde 1992 en el Departamento de Comunicación del Opus Dei en Roma, donde se ocupa de las relaciones con medios internacionales.

      Madre de siete hijos, es también profesora de Antropología de la diferencia en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz. Atenta a las novedades del séptimo arte, colabora con una productora italiana en el análisis de guiones cinematográficos.

¿Le ha gustado “Encontrarás Dragones”? ¿Cuál ha sido su primera reacción ante una película que presenta al fundador del Opus Dei entre sus personajes principales?
He aprendido mucho de la mirada lúcida con que un cineasta que se declara no creyente trata cuestiones relacionadas con la fe cristiana y, de modo más específico, con la vida de San Josemaría y los orígenes del Opus Dei. Joffé expresa de forma artística realidades espirituales profundas.

Desde el punto de vista del cine, pienso que es una película rica en contenidos y emociones. El guión de Roland Joffé habla a todos: a través de las vidas paralelas de Josemaría Escrivá (Charlie Cox) y Manolo Torres (Wes Bentley), captura la atención e interpela sobre asuntos como el amor, la paternidad, la posibilidad de dar un rumbo diverso a tu vida y, sobre todo, un tema que me parece novedoso en la narrativa actual: el perdón. Plantea tantas cuestiones que, una vez acabada la proyección, se mantiene viva en la memoria.

Como persona que trata de comunicar la realidad del Opus Dei, me digo: ahora me toca a mí completar el cuadro, y facilitar un conocimiento directo del santo real y de su mensaje.

¿Hasta qué punto es fiel a la realidad el retrato que hace Roland Joffé sobre San Josemaría?
El film, en mi opinión, da un rostro convincente a ese sacerdote que yo he visto en sus primeros escritos de juventud, como “Camino” y “Santo Rosario”. Con su aproximación artística, Joffé me ayuda a ver de un modo nuevo el mensaje que procuro vivir desde hace 40 años.

Entonces, ¿va a colaborar la Obra en la difusión de “Encontrarás Dragones”?
Sé que los productores la están mostrando a obispos, sacerdotes y líderes de opinión, que aprecian su mensaje sobre la fuerza renovadora del perdón y la imagen que transmite del sacerdocio, y la recomiendan a otros; y también —por supuesto— a personas de la Obra, y a numerosas instituciones sociales y educativas que se inspiran en el mensaje de San Josemaría. A la gran mayoría les ha gustado mucho y la están promoviendo con presentaciones, proyecciones, debates sobre el film y otras iniciativas. Pero quizá haya otros miembros del Opus Dei que se esperaban otra cosa de la película: probablemente, habrá tantas opiniones y actitudes ante el film como personas hay en la Obra.

Desde su punto de vista, ¿se puede afirmar que la parte referida a San Josemaría es históricamente comprobable?
La mayoría de hechos narrados sobre San Josemaría corresponden a episodios documentados y por tanto comprobables; al mismo tiempo, es claro que algunas de las situaciones y varios de los personajes con que interactúa son recreaciones del director y guionista.

No es fácil retratar a una persona en dos horas de película, y por eso es necesario tomarse licencias artísticas. Le pongo un ejemplo: el joven Josemaría no acompañó en la muerte al judío Honorio que aparece en el film (Derek Jacobi), pero sí está muy documentado que asistió en la muerte a numerosos enfermos en los hospitales y suburbios de Madrid; además, las palabras que el joven sacerdote dice a Honorio, son muy parecidas a las que dirigió a judíos que encontró en sus viajes de catequesis por países de América: «yo amo mucho a los hebreos —solía decir, por ejemplo— porque amo a Jesucristo con locura, que es hebreo». Se nota que detrás de cada escena hay abundante trabajo de documentación por parte del director y guionista.

El mismo Joffé ha dicho que ha tratado de reflejar el alma y el ethos de Josemaría, y no tanto la historia cronológica, aunque de hecho la respeta en sus líneas principales.

Usted ha conocido personalmente al fundador del Opus Dei: ¿qué recuerdos le ha traído el Josemaría interpretado por Charlie Cox?
Me impresiona que un actor inglés de 28 años me haga recordar a la persona que conocí a finales de los sesenta. Aparte de rasgos externos, como la mirada o la sonrisa, refleja acertadamente su carácter recio y amistoso. Y su naturalidad: cuando estabas con él, te sentías como un hijo con su padre. Era poco dado a las solemnidades; no lo veías como “el fundador”, sino como un sacerdote que te escuchaba, que bromeaba, hablaba de Dios y era cercano, como también se ve en la película.

En 1970, junto a mi marido, le pedí consejo sobre un dilema personal: dedicarme de lleno a la familia o continuar con la carrera en la universidad. Me contestó sonriendo, en tono de simpática reprimenda: «vosotros, italianos, a veces, queréis que el cura os dé la respuesta a todo, y éste sacerdote no te la va a dar, porque ciertas cuestiones competen sólo a marido y mujer, y a nadie más». Amaba la libertad, y que cada uno pechara con su propia responsabilidad. Recordé este episodio al ver la respuesta que da, en la película, cuando algunos jóvenes le piden una orientación política, y él se la niega, y les anima a usar el cerebro que Dios les ha dado.

En la película, San Josemaría ayuda a superar los conflictos y odios del momento, durante la guerra española, cosa que no debió ser fácil, teniendo en cuenta la persecución a que estaban sometidos los sacerdotes y religiosos.
Creo que el film de Joffé refleja la experiencia de Josemaría Escrivá durante la guerra civil en España: un profundo dolor por los ataques a sacerdotes, religiosos y cristianos comunes que sufrieron persecución, junto a una conciencia viva de que ni siquiera en esas circunstancias trágicas se podía dar paso al odio o a la venganza.

Tras la experiencia de la guerra, San Josemaría escribió: «No levantes jamás una cruz sólo para recordar que unos han matado a otros. Sería el estandarte del diablo. La Cruz de Cristo es callar, perdonar y rezar por unos y por otros, para que todos alcancen la paz».

Numerosos son los testimonios escritos de esa época que muestran cómo su predicación mantuvo siempre una actitud de perdón y de acogida a todas las personas. A los jóvenes que le siguieron en aquellos años no les ofrecía un programa de reformas sociales o políticas. Algunos no entendieron esta actitud y lo dejaron.

¿Cuál ha sido la relación del Opus Dei con los realizadores del film? ¿Han colaborado con ellos? ¿Ha habido alguna participación económica de la Prelatura?
En 2007 y 2008, el director y los productores de esta película vinieron varias veces a Roma, para buscar asesoramiento histórico, hablar con personas que conocieron a San Josemaría, visitar los lugares donde vivió, etc. Desde la oficina de comunicación se les ayudó en todo lo que se pudo, como solemos hacer con quien se toma la molestia de acudir a las fuentes. Desde entonces, les hemos facilitado fotografías, material audiovisual y otros documentos; y hemos procurado responder a todas sus preguntas.

En cuanto a la financiación, los productores han dicho que han reunido a varias empresas televisivas y un fondo de capital riesgo con algo más de cien inversores, entre los que se encuentran algunas personas del Opus Dei, como ellas mismas han contado, y algunos que no son creyentes, como el mismo Joffé. La Prelatura no participa en este tipo de proyectos: las personas de la Obra que han participado en él, actúan a título personal, profesional.

Hay quien ha interpretado esta película como una respuesta al ‘Código da Vinci’. ¿Hay algo de cierto en ello?
Habría que preguntarlo a Roland Joffé y a los productores. Por parte de la Oficina de comunicación del Opus Dei, el “Código Da Vinci” nos llevó a desarrollar una amplia acción informativa que dimos por cerrada en 2006: tratando de no perder el buen humor, se procuró aclarar la confusión sembrada sobre la Iglesia católica, sobre la persona de Cristo y sobre el Opus Dei.

¿Piensa que la película gustará a personas no católicas o no creyentes?
Hay mensajes y personas que, precisamente por ser católicas, son universales. Pienso ahora en Juan Pablo II: dentro de poco —en su próxima beatificación— veremos una manifestación impresionante del impacto positivo de los santos en la vida de muchas personas.

En mi opinión una película como ésta puede tocar muchos corazones porque afronta temas que no son propios de creyentes o no creyentes, de izquierdas o derechas: el dolor, el mal, la soledad, el rechazo... son temas que nos afectan a todos.

¿Qué le aconsejaría a una persona que oye hablar por primera vez de San Josemaría y que desee hacerse una idea real?
Le aconsejaría en primer lugar el encuentro directo con sus Homilías y con sus libros de meditación como “Camino”, “Surco” y “Forja”; a través de ellos muchas personas se han acercado a Jesucristo. Y le animaría a visitar la página josemariaescriva.info, en la que encontrará muchos recursos. También existe un canal con vídeos: youtube.com/josemariaescriva.
* * *
Enlace relacionado:
Joffé muestra de nuevo su respeto a la religión. Entrevista a Ignacio Gómez-Sancha, en JosemaríaEscriva.info, publicada originariamente en Palabra

Almudí

martes, 15 de marzo de 2011

55 preguntas sobre Jesús de Nazaret, 55 respuestas de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI

55 preguntas sobre Jesús de Nazaret, 55 respuestas de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI
El texto de las respuestas está sacado literalmente del original. Las preguntas son mías
Joseph Ratzinger-Benedicto XVI acaba de publicar la segunda parte de su biografía sobre Cristo: "Jesús de Nazaret. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección".
Se trata de un viaje hacia «las palabras y los acontecimientos decisivos de la vida de Jesús» (p. 9). Recoge y debate aportaciones de un gran número de investigadores sobre qué hay de cierto en los Evangelios.
El resultado es un libro con respuestas a muchos de los interrogantes de la investigación teológica pero también a muchas de las grandes preguntas del ser humano.
Entre otras muchas cuestiones, responde a estas 55

Marc Argemí / bxvi.wordpress.com / Almudí

lunes, 14 de marzo de 2011

En el campus universitario de Somosaguas

Campus de Somosaguas
    Acertado análisis del Dr. Juliá sobre el lamentable incidente en la capilla de Somosaguas

   ¿Por qué? Podrían haber dado un espectáculo semejante en cualquier otro lugar.  Ciertamente, la gente habría reaccionado de otra manera. En ningún otro sitio les habrían dejado actuar más de 30 segundos, si acaso.

    En un autobús, las bajarían sin más contemplaciones en la primera parada. En unos grandes almacenes, no excluyo que les hubieran llovido más de un golpe de manos de mujeres; y una buena retahíla de insultos, de boca de hombres.

    ¿Qué han querido manifestar con un gesto semejante? Unos universitarios y universitarias que se desnudan en una iglesia y se suben al altar, ¿qué pretenden con una obscenidad ridícula y más digna de lástima que de incitación al pecado?

   En el templo, ninguna de las pocas personas presentes habrá prestado la mínima atención a sus cualidades corporales. Si iban con la intención de manifestar su odio a Cristo, con su desnudez no hicieron otra cosa que expresar una rabia infantil, de niños-niñas inmaduros, que no saben qué hacer con su sexualidad, y la exponen para no ahogarse en la propia miseria a la que han reducido su sexualidad. Hasta el mismo Freud les hubiera echado del templo a bastonazos; pero Freud no estaba allí. Cristo es compasivo y misericordioso; y perdona a quien se arrepiente.

   Y no vale la pena ni siquiera considerar qué habría sucedido si en lugar de una iglesia católica estos hechos hubieran ocurrido en el templo de otra religión. No vale la pena, porque ni se le pasa por la cabeza a quien les “anima”. Estos actos son, al revés, actos diabólicos de fe: el diablo sabe perfectamente en qué templo está Cristo.

    No han faltado –sería difícil que no hubiera ocurrido– comentarios sacando a relucir que en las universidades no debería haber lugar para una capilla o para actos religiosos. Y yo me pregunto: ¿Por qué? ¿Porque el Estado es laico? Y ¿qué tiene que ver la laicidad del Estado, que es lógica y adecuada, con la práctica religiosa de los ciudadanos?

   La universidad no es propiedad del Estado; y mucho menos propiedad de ningún gobierno. La universidad es pública, en todo caso, porque es de la sociedad y para la sociedad. Y la sociedad son los estudiantes de todo tipo que frecuentan sus aulas y comparten sus terrenos. Terrenos públicos, sociales. El Estado, y mucho más un gobierno, no tiene, obviamente, que predicar ni anunciar ninguna religión, y no tiene, además, ningún derecho a hacerlo.

¿Qué derecho puede tener, entonces, para negar un lugar a unos universitarios para que se reúnan a rezar, a compartir creencias, a cambiar impresiones? ¿Va a eliminar los campos de deportes, los bares, las salas de reuniones, las oficinas de los bancos, las “movidas”, “los botellones”, etc., dentro de los límites de las universidades?  ¿O es el campus de la universidad el único territorio nacional en el que no se pueden celebrar actos religiosos? ¿No estamos ante un claro ejemplo de pura y simple discriminación?

   En la universidad, el Estado tiene la misión de garantizar el orden, para que la formación intelectual de los universitarios trascurra de la forma más pacífica y normal posible. Garantizar un mínimo de convivencia para que profesores y alumnos puedan transmitir y recibir conocimientos, experiencias, dentro de un ambiente libre y respetuoso con las ideas y actitudes de cada uno, que no provoquen violencia contra los demás.

   La capilla del campo universitario de Somosaguas estaba prácticamente vacía cuando esos “valientes” universitarios y universitarias se lanzaron a la aventura. Había pocos riesgos de fracasar en su intento blasfemo. El diablo, además de mentiroso, es cobarde.

                Ernesto Juliá Díaz
                 ernesto.julia@gmail.com

Fernando Pascual: «Enseñanza de la bioética en la Universidad»

Clonación   En el último número del siempre interesante servicio de prensa de Análisis y Actualidad (A&A) se recogen unas oportunas reflexiones de Fernando Pascual, LC, Profesor de Filosofía y de Bioética en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma), sobre el sentido y la urgencia de la enseñanza de la bioética en la Universidad.

   El estudio de la bioética  -defiende Pascual-  se convierte en algo concreto y existencial, “pues cada uno vive y actúa, escoge y orienta su conducta, influye en las vidas de otros seres humanos (familiares, amigos, conocidos, incluso sobre los lejanos en formas no siempre bien identificadas), desde los principios de fondo que le llevan a respetar la vida ajena o a someterla a sus propios intereses particulares“.

   “En otras palabras  -señala-, cada opción particular y cada comportamiento, arrancan desde algunos principios más o menos explícitos, así como desde ese misterioso y variable mundo de los sentimientos y emociones que también ocupan un lugar importante en la vida ética de las personas”.

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PROFESIONALES POR LA ÉTICA

domingo, 13 de marzo de 2011

Discrepar con respeto, una asignatura pendiente no sólo para adolescentes

Discrepar con respeto, una asignatura pendiente no sólo para adolescentes

   Los distintos modos de ver las cosas son enriquecedores, y una ocasión estupenda para ejercitar la actitud de respeto

     Una de las lecciones que veo cada día con más claridad que hemos de enseñar en las aulas pero especialmente en casa es ésta: enseñar a hablar con respeto, enseñar a discrepar con respeto… y eso afortunada o desafortunadamente no se aprende teorizando, al final sólo se aprende con el ejemplo personal de los propios padres y profesores.

      Por mucho que hablemos de respeto, uno sólo puede aprender a respetar viendo cómo otros lo hacen. En una familia en la que al hablar de personas, compañeros de trabajo, familiares, profesores, política, religión, etc., los padres no hablaran con respeto, los hijos repetirán esa actitud también en el colegio, entre sus amigos y allá donde estén…. Da igual que vaya a un buen colegio de pago o no, eso se aprende sobre todo en casa. 

      En la edad de la pre-adolescencia y adolescencia, cuando nuestros hijos empiezan a agudizar su sentido crítico hacia los acontecimientos y las personas, qué importante es que los padres sepan reconducir sus comentarios y sean capaces de hacerles ver los aspectos positivos que siempre hay en los mismos. Si por ejemplo critican a una compañera o profesora de clase por una actuación determinada, qué bueno es recordarles aquella vez que esa misma compañera o profesora les ayudó en aquella otra situación. Cuesta mucho más descubrir los aspectos positivos de los demás — que siempre son más numerosos y atractivos— que los negativos. 

      Estamos en una sociedad muy plural, y el universo de lo opinable es muy grande. Los distintos modos de ver las cosas son enriquecedores, y una ocasión estupenda para ejercitar la actitud de respeto. Las acciones efectivamente pueden estar bien o mal, pero al hablar de las personas que las han realizado cabe tratarlas con respeto y comprensión, o por el contrario con desprecio e intransigencia.

      Como decía  Luis Vives: «no hay espejo que mejor refleje la imagen del hombre que sus palabras», en otras palabras «de lo que sale del corazón habla la boca». Si esto es así, hay mucho que reeducar porque basta escuchar a personas adultas y adolescentes, leer un periódico, escuchar la radio o encender la televisión para oír o leer palabras que no están a la altura del que las utiliza, y que además hieren con mucha frecuencia la dignidad de las personas o instituciones. 

      Como leí en un artículo de Pablo Cabellos «con demasiada frecuencia, parece que la libertad de expresión consista en ofender a otros, bien frivolizando lo que para unos es serio, bien adjetivando de forma manipuladora, también con el uso de palabras y expresiones malsonantes o poniendo en ridículo aquel o aquello con lo que no se está de acuerdo. No me refiero sólo a los profesionales de la comunicación, sino a todos los que de un modo u otro opinamos en público»

      Opinar sin herir es, pues, una asignatura pendiente que hemos de empeñarnos en enseñar en primer lugar en casa con el testimonio personal de los padres, y en segundo lugar en la escuela. Ya sé que no es una tarea fácil pero sí es urgente y necesario que nos la tomemos más en serio si queremos convivir en una sociedad plural como la que vivimos. Los padres y educadores tenemos que hacer un firme propósito para hablar y vivir en positivo. Como decía San Josemaría, «si no puedes alabar, cállate».

Elizabete Bengoetxea Kortazar
Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Deusto
Máster en Dirección de Empresas Educativas, y Máster en Asesoramiento Familiar

SonTusHijos.org / Almudí

sábado, 12 de marzo de 2011

Encontrarás también tus dragones

   El corazón del hombre sabe de las profundidades de las tinieblas, allí donde habita el abismo. Sólo el corazón del hombre es capaz de desear el amanecer, la novedad que trae todo lo que brota. “Encontrarás dragones” es mucho más que una película. Es una oportunidad para que una gran historia, una historia elocuente, que marcó vidas, que ha sellado el pasado y sigue determinando el presente, nos ayude a vivir nuestra densa y compleja existencia. El corazón del hombre anhela lo grande y lo pequeño, todo junto, mezclado, confundido. ¿Qué ocurre cuando nos quedamos a medio camino?

   Es muy posible que las magnitudes que han hecho posible esta película sobre destacados episodios de la vida de san Josemaría Escrivá de Balaguer produzcan una catarata de comentarios, no exentos de polémica. Más de treinta y seis millones de dólares, un fondo internacional de inversiones para sufragar su coste, señores muy importantes, y con mucho dinero, implicados en este proyecto cultural, estudios de mercado, -americanos por supuesto-, sobre la seducción mediática, un director de lujo, Roland Joffé, que ha asentado una forma de hacer cine, actores de primera en el protagonismo y en el reparto. Pero la clave de “Encontrarás dragones” no radica en los grandes números, en la macroeconomía. 

   En el film, lo grande sólo es silogismo de lo que importa. Lo relevante es un delirio divino y humano de belleza, como la santidad; la narración de una vida sin oscuras pretensiones y sin recovecos, de un hombre con su genio, su orgullo y su vanidad, que deja crecer en su interior la presencia de Cristo, que le arrebata, le puede, le subyuga, le fascina, le atrapa, del que no se puede despegar. Es el drama y la tragedia, mezcla de actos de libertad, en la vida de su amigo de infancia, Manolo. Es el diálogo de las miradas, de los corazones que buscan y encuentran; de los gestos, las caricias y las confidencias. Es esa mixtura de realidad y de ficción que hace de la verdad verosímil, y del bien evidencia. Es un bálsamo de estética cinematográfica, con retazos de laboratorio experimental.

   La película hace bailar el tiempo y los tiempos de la historia. Más allá del imaginario de juicios previos y de prejuicios acrecentados, permítanme una recomendación para quienes vayan a ver “Encontrarás dragones”: para entender algo, déjense llevar de la mano de lo que se cuenta, con la inteligencia de la mirada y la transparencia de la lógica de lo posible.

   El corazón del hombre, siempre mutante, es capaz de lo más pequeño y de lo más grande. Vivimos atrapados en un mundo en el que lo grande se ha frivolizado, en el que Dios se presenta como un extraño en nuestra casa. En el reino de los corazones de lo humano habitan los dragones. Los dragones ralentizan el latir del corazón, y lo hacen pequeño, diminuto, insignificante. Ya en los primeros años del cristianismo, un texto litúrgico, la Didajé, invitaba a los neófitos a luchar contra los dragones, a ejercer la libertad consciente de la estación de término. 

   Espectadores difuminados de paisajes de tristes resistencias, quienes se acerquen a ver esta película, tendrán una nueva oportunidad de comenzar de nuevo. Más allá de los sueños, en el interior que uno habita, se encontrarán con la pócima que convierte la amistad en esperanza. Nada está perdido; el amor siempre espera. Y allí, en el secreto de una sonrisa, de un afecto o de una palabra de verdad, un detalle aparentemente sin trascendencia hizo posible que se disiparan las tinieblas del corazón de Manolo, el héroe de su engaño.

José Francisco Serrano Oceja

viernes, 11 de marzo de 2011

TOTALITARISMO DÉBIL

Totalitarismo débil
«La verdad no depende del sufragio universal. Un buen Gobierno no se opone a que el conocimiento aumente, pero jamás puede legítimamente determinar lo que es verdadero o bueno. Si el poder público impone como verdad sus opiniones, destruye la libertad»

   La democracia, por sí sola, no vacuna contra el totalitarismo. Democracia se opone a autocracia o dictadura, pero no a totalitarismo. Talmon escribió un ensayo titulado Rousseau y los orígenes de la democracia totalitaria. Democracia y totalitarismo no son, pues, incompatibles.
      Al final de La democracia en América, acaso el mejor libro que se haya escrito sobre la democracia, escribe Alexis de Tocqueville: «Las naciones de nuestro tiempo no pueden evitar la igualdad de condiciones en su seno, pero de ellas depende que esta igualdad las conduzca a la servidumbre o a la libertad, a la civilización o a la barbarie, a la prosperidad o a la miseria».
      Y Macaulay afirmó que «las instituciones democráticas puras conducirán, tarde o temprano, a la destrucción de la libertad, de la civilización, o de ambas». No la democracia, sino la democracia pura o radical. La democracia no garantiza la libertad, la civilización ni la prosperidad. Por supuesto, tampoco las impide. De ella nacen dos caminos, y depende de cada nación cuál de los dos toma: el de la libertad, la civilización y la prosperidad, o el de la servidumbre, la barbarie y la miseria. Tal vez no sea impertinente preguntarnos cuál de estas dos vías está transitando hoy la democracia española.
      No encuentro razón para negar que en España la libertad, la civilización y la prosperidad se encuentren amenazadas. Tenemos, sin duda, instituciones democráticas, aunque su funcionamiento sea muchas veces defectuoso. Pero ya sabemos que eso no garantiza la libertad. Un amo democrático y, más o menos, benevolente no deja de ser un amo. Y no hay libertad si existe un amo.
      Tocqueville advirtió de que en los tiempos democráticos la ciencia del despotismo, antaño mucho más compleja, se había simplificado. Bastaba al déspota con amar la igualdad o, al menos, aparentar que la ama. Los ciudadanos rechazarán cualquier atentado contra la igualdad, pero aceptarán sumisos la entrega de su libertad al poder democrático.
      Tres ejemplos domésticos: la intromisión ilegítima del Gobierno en la educación; la imposición de la memoria histórica; y la invasión de las costumbres, como hace, por ejemplo, el nuevo proyecto de ley de Igualdad de Trato. Corremos el peligro de la imposición estatal de una especie de "religión" laica y política.
      Condorcet escribió: «Los mismos que quisieron liberar a los hombres del yugo de la religión se arriesgan a convertirse en servidores de un culto no menos opresivo. A partir del momento en que es el poder el que dice al pueblo lo que hay que creer, nos encontramos con una especie de religión política, apenas preferible a la anterior». El poder temporal aspira así a imponer las creencias que le convienen. El poder podrá de este modo vigilarlo y controlarlo todo, hasta las conciencias. Es un camino, lento y seguro, hacia el despotismo. Se equivoca quien piense que los ciudadanos no necesitamos defender la libertad frente a nuestros representantes. La tradición liberal ha rechazado la pretensión de los Estados de determinar el contenido de la educación.
      Por lo demás, un Estado educador es casi una contradicción en los términos. Una cosa es el poder y otra la verdad. John Stuart Mill afirmó que el Gobierno debe promover y exigir una buena educación para los niños, pero jamás proporcionársela por él mismo. La función del Estado en la educación es garantizar el ejercicio del derecho a ella, pero nunca determinar su contenido. A menos que uno opte por el totalitarismo.
      La verdad no depende del sufragio universal. Un buen Gobierno no se opone a que el conocimiento aumente, pero jamás puede legítimamente determinar lo que es verdadero o bueno. Si el poder público impone como verdad sus opiniones, destruye la libertad.
      Creo que lo ha sentenciado recientemente Tzvetan Todorov, en El espíritu de la Ilustración: «No corresponde al pueblo pronunciarse sobre lo que es verdad o mentira, ni al parlamento deliberar sobre el significado de los hechos históricos del pasado, ni al gobierno decidir lo que debe enseñarse en la escuela. La voluntad colectiva o soberana del pueblo topa aquí con un límite, el de la verdad, sobre el cual no tiene influencia. Esta independencia de la verdad protege al mismo tiempo la autonomía del individuo, que puede apelar a la verdad ante el poder. La verdad está por encima de las leyes. Por su parte, las leyes del país no son fruto de una verdad establecida, sino expresión de la voluntad pública, siempre sujeta a variación. La búsqueda de la verdad no depende de la deliberación pública, ni esta de aquella».
      A veces, se diría que algunos atacan a la religión (cristiana) o a la Iglesia Católica para ocupar su lugar como poder espiritual. Pero si el poder espiritual y el temporal llegaran a reunirse en las mismas manos, la libertad sucumbiría irremediablemente.

      Por lo demás, la lógica del Estado del bienestar conduce en la práctica a invalidar el criterio de Mill para delimitar cuándo la sociedad puede interferir legítimamente en la libertad de una persona. Todo lo que hago o dejo de hacer puede, en alguna medida, afectar a otros. Por lo tanto, todo puede ser regulado o prohibido. Parece que en esas estamos. Lo mismo cabe decir de la intromisión en las costumbres. Como el Estado aspira a regularlo todo, no puede dejar fuera nada, ni siquiera lo que el buen sentido encomienda al civismo o a la buena educación.
      Hay cosas que no se pueden imponer mediante el Derecho, o que, si se intenta, resulta contraproducente. Cedo la palabra a Amartya Sen, quien no es, creo, un ultraliberal: «La importancia ética de la libertad de un tartamudo a no ser menospreciado o ridiculizado en público puede ser muy importante y merecer protección, pero no es probable que sea un buen tema para que la legislación punitiva (con multas o encarcelamientos para los desaprensivos) suprima la violación de la libertad de expresión de la persona afectada. La protección de ese derecho humano tendría que procurarse de otra manera, por ejemplo a través de la influencia de la educación y la discusión pública sobre la civilidad y la conducta social». Dejemos de lado el detalle de que si se trata de un derecho humano, entonces deberá intervenir el Derecho. Salvo en esto, Sen tiene razón.
      La libertad, la civilización y la prosperidad se encuentran amenazadas entre nosotros, aunque la mayoría, algo miope, solo repare en la tercera. Nadie sensato comparará nuestra situación con la que impusieron los totalitarismos del siglo pasado. Pero existe un totalitarismo, acaso más débil y benigno, pero no menos totalitario, que oprime directamente las conciencias sin necesidad de violentar los cuerpos.
      En este sentido, no es que la libertad nos esté siendo arrebatada; más bien la perdemos por desuso, por falta de afecto y apego a ella. Por eso, me parece mucho más urgente reivindicar hoy la libertad que la igualdad, pues está mucho más amenazada. En cualquier caso, no estamos ante un destino inexorable. De nosotros depende que la democracia nos lleve hacia la libertad, la civilización y la prosperidad, y no hacia la servidumbre, la barbarie y la miseria.
Ignacio Sánchez Cámara es Catedrático de Filosofía del Derecho
ABC / Almudí