jueves, 7 de marzo de 2013

Fe, oración, belleza

   Al final de sus últimos ejercicios espirituales como papa, Benedicto XVI escribió una carta al predicador, el cardenal Ravasi (Carta del 23-II-2013). También pronunció unas palabras de agradecimiento a quienes le habían acompañado. Estos textos constituyen en su conjunto una poderosa luz para comprender lo que está pasando y lo que Dios nos pide a los cristianos, hoy y ahora.

   Además de agradecer su servicio al predicador, en esa carta señala algunas características de la oración de los salmos. En primer lugar, su doble "movimiento", ascendente (del hombre hacia Dios) y descendente (de Dios hacia el hombre). "Los Salmos –escribe el ya por poco tiempo papa– en efecto orientan sobre todo hacia el Rostro de Dios, hacia el misterio en el que la mente humana naufraga, pero que la misma Palabra divina permite captar según los diversos perfiles en los que Dios mismo se ha revelado". Al mismo tiempo, "justo a la luz que emana del Rostro de Dios, la oración sálmica nos hace mirar al rostro del hombre, para reconocer en verdad sus alegrías y sus dolores, sus angustias y sus esperanzas".


Así es, porque los salmos pertenecen a la Revelación bíblica: son oraciones inspiradas por Dios mismo, y por podemos hacerlas nuestras; también nosotros experimentamos esos sentimientos del creyente que en todo tiempo eleva su plegaria a Dios y de él recibe luz e impulso para vivir. Esto se hace especialmente profundo en el cristianismo, pues, como dice san Agustín, en los salmos Cristo "ora por nosotros, como sacerdote nuestro; ora en nosotros, como cabeza nuestra; recibe nuestra oración, como nuestro Dios" (Comentario sobre los salmos, Ps 85, 1: CCL 39, 1176-1177).

Arte de creer, arte de orar", había sido el tema de aquellas meditaciones en torno a los salmos. La fe y el modo de creer llevan a la oración y viceversa: la oración y el modo de rezar reconducen a la fe y la fortalecen.

En este Año de la Fe, y más aún en las circunstancias que la Iglesia está viviendo, decía Benedicto XVI, "el sucesor de Pedro y sus colaboradores están llamados a dar a la Iglesia y al mundo un claro testimonio de fe, y esto es posible solo gracias a una profunda y estable inmersión en el diálogo con Dios". Fe y oración.

Y añadía que hoy, a tantos que preguntan "¿quién nos hará ver el bien?, les pueden responder "cuantos reflejan en su rostro y con su vida la luz del rostro de Dios (cf. Sal 4, 7)". Las personas que rezan, precisamente porque contemplan a Dios, son la respuesta viva para los que buscan el rostro de Dios.
También al final de esos mismos ejercicios espirituales, el papa pronunció unas palabras queriendo agradecer la compañía y el apoyo especialmente de sus colaboradores, en esos días y en general durante los ocho años de su ministerio como sucesor de Pedro.

A partir del pensamiento de los teólogos medievales observó que "logos" no significa solamente palabra o razón; sino, que, cuando lo vemos en el Verbo hecho carne en Cristo, el Logos es también arte, belleza y amor: "El 'Logos' tiene un corazón, el 'Logos' es también amor. La verdad es bella, verdad y belleza van juntas: la belleza es el sello de la verdad". Al hacer esto retomaba el tema –que atraviesa todo su pontificado– de una de sus célebres conferencias poco antes de asumir el ministerio petrino, sobre el valor de la belleza en relación con el testimonio de la fe (cf. Cardenal J. Ratzinger, Mensaje al Encuentro de Rimini sobre "la contemplación de la belleza", 24-30 de agosto de 2002).

Observó en esta ocasión que, en un mundo marcado, ensuciado y oscurecido por el mal, el Logos, que es la Belleza eterna y el Arte eterno, es ahora el Hijo de Dios coronado de espinas. "Y  sin embargo justo así, en esta figura sufriente del Hijo de Dios, empezamos a ver la belleza más profunda de nuestro Creador y Redentor; podemos, en el silencio de la 'noche oscura', escuchar todavía la Palabra".
En efecto. Desde el fondo de la oración comprendemos esa tradición de los Padres de la Iglesia y de toda la tradición cristiana, particularmente la oriental: en Cristo redentor está la máxima belleza. Y por eso decía Dostoievski, "sólo la belleza salvará al mundo".

"Creer –concluye Benedicto XVI- no es otra cosa que, en la oscuridad del mundo, tocar la mano de Dios y así, en el silencio, escuchar la Palabra, ver el Amor".

Así cabe redescubrir de nuevo, desde la oración y al mismo tiempo, la fe y su belleza; incluso en lo que cuesta comprender del todo, o en lo que cuesta llevar a cabo, pero se realiza por amor a Dios y a los demás.

Así han obrado los santos, en la vida cotidiana y en los acontecimientos más especiales o inusuales, sabiendo hacer extraordinariamente –por su unión con Dios– lo ordinario y sencillamente lo heroico. Y de esta manera han colaborado con la salvación de los hombres y han iluminado al mundo con la Verdad.
Y así también nosotros, proponía el papa, hemos de "ser cada vez más capaces de orar, de pedir, de anunciar, de ser testigos de la verdad, que es bella, que es amor".

Ramiro Pellitero, Universidad de Navarra
iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com.es

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