lunes, 6 de diciembre de 2010

Cuando nos amordazan, la belleza del cristianismo se hace más elocuente

   Chesterton lo hubiese tenido claro. Habría propuesto que, para evitar los robos, entregáramos el dinero a los ladrones, de buen rollo, así se solucionarían gran parte de los delitos contra la propiedad. La delegada del Gobierno en Madrid, Amparo Valcarce, ha convertido la que hubiera sido una ironía del autor de El napoleón de Notting Hill en una filosofía de la seguridad. Como había un puñado de estudiantes que no quería que el cardenal Rouco fuera a la Universidad Autónoma de Madrid a pronunciar una conferencia, ha recomendado que se suprimiera esa conferencia. Y Rouco no ha podido hablar.

    En realidad la solución es la que está en el origen de una vieja perversión de la democracia: se suprime la libertad y, de este modo, se garantiza la seguridad. El Estado abdica de una de sus funciones primordiales y les da la razón a los enemigos de la libertad. El agravante es que todo esto se produce en un espacio como la Universidad, que por vocación es el espacio para la razón, para el diálogo, para la búsqueda de la verdad. De un tiempo a esta parte las universidades madrileñas se han convertido en un lugar dominado por la intolerancia. Reducidos grupos de estudiantes radicales, apoyados por algunos profesores anclados en la intransigencia sesentayochista, boicotean cualquier manifestación pública que no esté dentro de ciertos esquemas progresistas. La ideología se convierte así en violencia.

    La Universidad necesita abrir espacios de libertad. Pero no será con una dinámica ideológica, aunque sea de "una ideología buena", como se consiga ese propósito. El cardenal Rouco iba a hablar a la Autónoma de cristianismo. Y el cristianismo, cuando ha sido fiel a sus orígenes, ha sido capaz de romper esa dialéctica que ya estaba presente en el Imperio Romano. Ha generado lugares de libertad de la que han gozado todos, también sus enemigos. Y lo ha hecho proponiendo esa frescura, esa fiebre de vida que hace 2.000 años sacudió a un puñado de pescadores de Galilea. Esta pretensión de hacer callar a los cristianos es vieja, es la pretensión del poder. Ya la tenían el Sanedrín y los emperadores, la heredaron los totalitarismos del siglo XX. Y cuanto más intensa ha sido la pretensión de silenciarlos más se ha difundido la vida bella de los que siguen a Cristo. Esa pretensión les ha hecho más conscientes de su valor.

    Así sigue siendo. Ahora que han pretendido amordazar a un sucesor de los apóstoles, los varios centenares de alumnos y profesores que querían escucharlo han encontrado una razón más profunda, más llena de afecto, para proponer a todos, también a los que se manifestaban en contra del cardenal, lo que para ellos es irrenunciable. Ahora el cielo está más limpio, ahora se hace más evidente que la Universidad, para ser libre, necesita que el cristianismo esté presente no como un conjunto de ideas o de valores sino como un acontecimiento que sorprende porque hace la vida más grande. Las autoridades no han cumplido su tarea, pero eso no va a impedir que haya hombres libres que reconozcan libremente la conveniencia humana de la fe. Esa es la tarea de los cristianos. 

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