viernes, 14 de enero de 2011

La aventura de la propia historia

 El proyecto personal de vida necesita de Dios para realizarse y llegar a su plenitud. El Dr. Pellitero nos ayuda a reflexionar sobre ello recordando la estupenda película Diarios de la calle.

Los guionistas y publicistas saben valorar una buena historia. Pero hay mucha gente que no encuentra el sentido de su propia historia. El sentido y la historia dependen sobre todo del final. Y es difícil, o imposible, vivir sin sentido, sin saber hacia dónde se va y por tanto qué hacer y cómo.
El resultado de un partido de fútbol es lo que acaba de dar sentido pleno al juego. Ciertamente, también importa cómo se desarrolla el juego, porque la participación tiene su emoción y su belleza; pero de tal modo que sea posible ganar. Cada jugada debería ir dirigida a esa meta.

Una pequeña luz en un cuarto oscuro
  En la película “Diarios de la calle” (Freedom writers, R. LaGravenese, 2007) se ve que especialmente los jóvenes aspiran a protagonizar su propia historia y poder contarla a los demás.


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            Erin Gruwell, profesora de un instituto en Long Beach (California), consigue traer ante los alumnos a una mujer austriaca –“Miep” (Hermine) Gies († 2010)– que, durante la II Guerra mundial, había ocultado a Ana Frank en el desván de su casa. Escuchando a Miep, los alumnos (que viven en un ambiente de conflictos interraciales) se quedan estupefactos. Uno de ellos pide la palabra y se pone en pie tímidamente:
            –“Nunca había conocido a una heroína. Pero usted es mi heroína”.
            Y ella le responde:
            – “Ah, no, no, no: yo no soy una heroína, no. Hice lo que tenía que hacer, porque era lo que había que hacer, nada más.  Todos somos gente corriente. Pero incluso una secretaria corriente o una ama de casa, o un adolescente, puede, con su granito de arena, encender una pequeña luz en un cuarto oscuro, ¿no?”
Para un cristiano la meta final es el cielo, la comunión definitiva en el amor. Y ahí cada uno debería de poder “contar su historia”. El libro del Apocalipsis dice que a los bienaventurados (los salvados), sus hechos “les siguen”, quedan escritos como en un libro. Es una forma de expresar que la historia de cada uno no está escrita de antemano. Cada cual la escribe con su libertad.
           Quien tiene proyectos, esperanzas, metas o ideales, proyectos pequeños o grandes, trabaja y se esfuerza por ellos. Pero ese esfuerzo –señala Benedicto XVI en el número 35 de su encíclica sobre la esperanza, Spe salvi– puede desembocar fácilmente en cansancio o en fanatismo. En efecto, las frustraciones van minando la voluntad y los fracasos amenazan con vencerla definitivamente, a menos que se sobreponga en una autoafirmación forzada: el fanatismo, que el diccionario define como ceguera irracional producida por la pasión. Pero esto produce a su vez más cansancio, y así se entra en un círculo destructivo. Por tanto la voluntad necesita la luz de la inteligencia, si ésta sabe adónde dirigirse. A veces lo descubre a la mitad del camino, como ocurrió a la actriz italiana Claudia Koll, que lo hizo implicándose primero en actividades de voluntariado y beneficencia, y luego mediante “un viaje al interior” de sí misma. Y concluye: “Cuando se es auténtico en la búsqueda de sí mismo, necesariamente se busca también a Dios” (Zenit, 19.2.09).
           La luz más segura es también la esperanza más grande, es decir, Dios y su amor. “aquella esperanza más grande que no puede ser destruida ni siquiera por frustraciones en lo pequeño ni por el fracaso en los acontecimientos de importancia histórica” (Spe salvi). 
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RAMIRO PELLITERO
http://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com/

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