jueves, 7 de octubre de 2010

SERVIDORES DE LA CONCIENCIA

         Os presento a continuación, las reflexiones del Dr. Cabellos sobre el tema de la lealtad a la propia conciencia, tocado por el Papa en su reciente viaje a Inglaterra.

        No es infrecuente apelar a la conciencia como justificante de nuestros actos. En su histórico viaje a Gran Bretaña, el Papa ha tratado diversos temas, aunque se puede afirmar que unos pocos han sido el eje vertebrador de sus homilías y discursos: santidad y fidelidad de sacerdotes y  laicos a su misión,  y ecumenismo. Pero, y más por tratarse de un país de mayoría no católica, sobresale el tema de  la necesidad de lealtad a la propia conciencia, lo que exige el mutuo requerimiento de fe y razón para que la "dictadura del relativismo" no oscurezca la verdad inmutable sobre la naturaleza del hombre, sobre su destino y bien último, y la verdad rija toda conciencia.

        Escuchar estas afirmaciones en la Misa celebrada en Glasgow no parecería sorprendente, pero es admirable oírlo en Westminster Hall ante los miembros de las dos Cámaras, gobierno, anteriores primeros ministros y cuerpo diplomático. Hablaba  donde se condenó a muerte a Tomás Moro por fidelidad a su conciencia antes que a los dictados del rey. Puso en su sitio a Dios y al César. Y de ahí partió su discurso para reflexionar sobre el lugar apropiado de las creencias religiosas en el proceso político.   
        El cardenal Newman, que iba a beatificar, fue  otro adalid de la lealtad a  la conciencia que busca y vive la verdad sin miedo, lo que le condujo al catolicismo. Con esa rectitud se dirigió el Papa al Parlamento británico. Partiendo de la vigencia de Moro, alabó las grandes aportaciones sajonas a valores como la libertad de expresión, de afiliación política, al respeto por el papel de la ley, a su profunda atención a los deberes y derechos individuales y a la igualdad de todos ante la ley. Delicadamente omitió que, durante siglos,  los católicos carecieron de carta de ciudadanía en el Reino Unido.

         Observó que la Doctrina Social de la Iglesia tiene mucho en común con esos valores a causa de su preocupación primordial por la dignidad de la persona y por su énfasis al tratar los deberes de la autoridad en orden al bien común.  Fiel a su conciencia, volvió sobre las cuestiones en juego en la causa de Moro, que tienen hoy notable validez: ¿Qué exigencias pueden imponer los gobiernos a los ciudadanos de manera razonable? ¿Qué alcance pueden tener esas obligaciones? ¿En nombre de qué autoridad pueden resolverse los dilemas morales? Porque si los principios éticos sólo se cimentan en el consenso, todo el proceso democrático es frágil e inseguro. Ahí, afirmaba Benedicto XVI, reside el verdadero desafío para la democracia. Pienso que se juega su propia subsistencia.

PABLO CABELLOS, Dr.  en Teología
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